La Tierra Prometida Chapter 8
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Chapter 8

CAPÍTULO QUINTO

LO IRREPARABLE

»No menos que la lectura ocupaban a Adán sus propias reflexiones.

Anotando las impresiones que le producían las llaves principales halladas, valorando el lugar que se les concedía en las páginas de los manuscritos, cotejando y analizando, terminó por determinarlas todas sin excepción.

No cabía la menor duda. Eran estas: el agua, la naturaleza, el corazón, el amor, la conciencia, el espíritu del mundo y el impulso de la vida.

En todas partes aparecían señaladas de manera especial; los cronistas las indicaban como las hipóstasis principales de la vida.

Y eran precisamente esas siete llaves las que, reunidas, debían componer la fórmula capaz de manifestar la verdad oculta en las tablas.

»Podría parecer extraño que Adán determinara las siete llaves para quitar los sellos de las tablas antes de terminar de traducir los manuscritos, pero eso ya no le importaba.

La traducción del último capítulo se la confió a su ayudante Zenón.

Adán ardía en deseos de compartir su descubrimiento con el Sínodo Supremo de los kronos.

Estaba entusiasmado y no lograba serenarse a causa de su propio logro.

Adán presentía un avance enorme en la cultura de los atlantes.

El Sínodo Supremo fue convocado con carácter urgente.

»Quedaba algo de tiempo y Adán decidió aprovechar el momento para pasar por su casa; estaba muy alterado.

Su amada esposa Eva preparaba un plato con sus bayas favoritas, las que dotan al alma de fuerza y despiertan los procesos mentales que llenan de sosiego a la razón sobrecargada, y de sensación de armonía y de alegría.

Ella veía cómo le brillaban los ojos a Adán y compartía su júbilo.

Eva le pidió que le contara su descubrimiento.

Y aunque él no cabía en sí, se esforzó por exponerle en pocas palabras lo que se disponía a comunicar al sínodo.

Le habló de las siete llaves que ya tenía en sus manos.

Le explicó que aquellas llaves resultaban ser los elementos de la vida de los que los atlantes disponían en abundancia.

Todo lo que le quedaba era probar las llaves halladas presentándose ante la Esfinge. Los ojos de Adán ardían.

»—¡Si todo sale bien, Eva, pasaremos a una nueva fase de nuestro desarrollo!

La cultura divina se unirá a la nuestra y quizá también nosotros lleguemos a ser dioses como ellos.

Las tablas nos revelarán los secretos de la vida y de la muerte, que hasta hoy nos han sido desconocidos.

Es una evolución que se cumple ante nuestros ojos, Eva, y estamos preparados para ella.

»Eva no le dijo nada, aunque no estaba menos agitada que él.

Lo que había visto en su última visita al templo del Corazón no era cosa de contar con prisas.

Bajo las bóvedas del templo, Eva había sentido el dolor de la tierra, de la naturaleza sagrada, del Alma del Todo.

Aquel dolor se parecía a un alarido que atravesó el ser entero de Eva.

El grito fue tan fuerte y el dolor tan palpable que Eva no logró retener al hijo que había concebido de Adán.

Perdió a la criatura aún no nacida; algo así no había ocurrido jamás en su naturaleza, los atlantes ni siquiera tenían noción de nada semejante, pero ahora Eva lo había experimentado en carne propia y temía perder también a su elegido.

De ese sentimiento nuevo, del dolor sufrido, de sus propios temores era de lo que quería hablarle a Adán.

Pero él tenía demasiada prisa y ella decidió aplazar la conversación.

Adán había comido ya las bayas y se disponía a partir, pero en la puerta Eva lo detuvo.

Por un instante Adán pareció ponerse en guardia, al advertir algo insólito en sus ojos.

Eva quiso decirle algo, pero no encontró las palabras y se limitó a desearle suerte.

Le parecía que Adán se marchaba para siempre.

Se quedó inmóvil en el umbral y lo siguió con la mirada hasta que desapareció.

El peso de su corazón no cedía. Un presentimiento extraño y opresivo le llenó el pecho.

Lo que estaba viviendo le ocurría por primera vez, y no hallaba explicación a sus propios sentimientos.

»Cuanto más se acercaba Adán al templo del Tiempo, más se alzaba ante él la majestuosa Esfinge.

Adán no podía apartar de ella la mirada; al atlante le parecía que la Esfinge lo llamaba, que lo percibía y lo veía por dentro.

Aquella mirada de piedra lo atraía. La Esfinge parecía saber algo, conocer aquello que no puede impedirse, sentir una fatalidad que estaba a punto de convertirse en la suerte de todos.

Parecía acercarse el fin del misterio, agotarse un servicio milenario y cumplirse la misión que los creadores de todo habían depositado sobre aquella talla de piedra.

»El sínodo sagrado esperaba ya a Adán, y este empezó a hablar casi desde el umbral:

»—¡Hermanos míos en el espíritu, guardianes del mundo y sostenedores del cielo!

Me confiasteis un trabajo de dificultad extraordinaria, y por voluntad de la gran providencia lo he llevado a término.

¡Sí, he reunido todas las llaves de las tablas de la vida y de la muerte!

Ha llegado el momento de probarlas, de romper los sellos de la sabiduría de los dioses.

Los escritos antiguos eran exactos al describir esas llaves prodigiosas y, según creo, he alcanzado a comprender el sentido del universo encerrado en ellas…

»El sínodo escuchaba a Adán con toda atención mientras, entretanto, Zenón terminaba la traducción de las últimas páginas del relato del dios Mara sobre la caja de Pandora.

Al leer el texto que le había quedado y adentrarse en su sentido, Zenón se horrorizó.

Todo era distinto de como Adán se lo imaginaba.

En el último capítulo había algo que no aparecía en ninguno de los demás capítulos del manuscrito.

Solo en el último capítulo se hablaba de la muerte espiritual, de los mundos inferiores, de los horrores del infierno, de lugares en los que la vida no podía existir.

A Zenón se le reveló el reverso absoluto de la vida, y el miedo se apoderó de él.

Se le cayó de las manos el instrumento de escritura, se puso en pie de un salto y echó a correr para informar a Adán de lo traducido.

»Pero Adán, con las tablas de la vida y de la muerte que le había entregado el Sínodo Supremo de los kronos, estaba ya ante la Esfinge.

Sin saber nada del contenido del último capítulo, Adán fue abriendo uno a uno los siete sellos de las tablas de la vida y de la muerte, y estas, a su vez, abrieron la caja de Pandora.

Al verlo, Zenón cayó de rodillas y se quedó mirando con espanto lo que sucedía.

»—Está consumado —dijo Adán.

»De pronto la tierra se estremeció y la enorme Esfinge comenzó a derrumbarse.

Adán quedó paralizado. No sabía que en las tablas había también una advertencia: el relato sobre la esencia del Universo dual y sobre la fuerza de la muerte.

No sabía que las llaves abrían un portal sellado, pero que ya no podían cerrarlo.

No sabía que quitar los sellos rompía el vínculo sagrado de los atlantes con la naturaleza, con el Alma del Todo y, en fin, con los dioses mismos.

Equivalía a la muerte; no a la muerte física, sino a la muerte espiritual.

Significaba desaparecer de la vida de una vez y para siempre, quedar tachados de su libro.

Significaba hundirse en una maldición eterna.

Y no era un cuento de miedo para dormir a los niños: era una ley de la naturaleza.

Todo lo que no coincidía con la vida se precipitaba por otras corrientes temporales.

Caía en portales, en eones sin vida que arrancaban las almas vivas y las conducían al no ser, que las hundían en el vacío y en el caos, allí donde no podía existir el impulso de la vida sempiterna, sacando así la vida fuera de los límites de la plenitud divina.

Era un espacio en el que no había tiempo, donde reinaba el cero absoluto y desaparecían la materia y la energía.

Era el agujero negro del Universo, la tiniebla eterna.

La caja de Pandora resultó ser una fuente de destrucción a la que nada podía oponerse.

El Universo se partió en dos. El conocimiento de la vida y de la muerte fue el conocimiento de dos contrarios: el bien y el mal.

»La verdad se quebró, y por aquella fractura se desplomaron de inmediato muchos mundos.

Una maldición feroz desplegó sus alas y lo cubrió todo.

Las verdades sempiternas se trocaron en un instante en mentira oscura, en un reflejo torcido en el que la luz mutaba y desaparecía para siempre.

Como un virus universal, algo se abalanzó sobre las civilizaciones prósperas y las cegó.

La naturaleza lanzó un grito salvaje, el Alma del Todo exhaló su último aliento y la fractura llegó hasta la isla de los atlantes.

»La luz blanca del cielo, que se derramaba por todas partes, desapareció, y sobre la Atlántida se espesaron las tinieblas, y aquellas tinieblas miraron hacia abajo con millones de ojos desde un cielo al que le habían arrancado su cúpula eterna.

El continente de los atlantes se hundió en una oscuridad total, pero se hundió en silencio.

Al principio no hubo gritos de espanto. Ninguno de los atlantes comprendió nada.

Para ellos era la primera vez. Los atlantes no conocían el cambio de las estaciones, ignoraban la noche y la oscuridad, pero pronto empezaron a comprender que había ocurrido algo terrible.

Ya no sentían el vínculo con el espíritu de la tierra; la naturaleza no les respondía.

Solo el dolor que sufría el Alma del Todo llegaba hasta ellos y llenaba sus corazones de un tormento insoportable.

»Entretanto la tierra empezó a temblar y, cuando se desplomaron las primeras casas, Adán corrió hacia la suya, donde había dejado a Eva.

Sumido en la confusión, mientras corría, intentaba comprender qué había pasado.

No lograba determinar si lo que ocurría procedía de la caja de Pandora o si se trataba de una coincidencia trágica.

Las entrañas de la tierra emitían un gemido espantoso, desde la cima de la pirámide sagrada empezó a deslizarse la lava y sobre el cráter que se había formado se alzó una columna de humo.

En el aire giraban copos de ceniza. La lava cubría con su papilla incandescente las caras del templo del Tiempo y del Corazón.

Y por todas partes, como estatuas inmóviles, permanecían los atlantes.

Creían en la providencia y no se resistían a lo inevitable.

En el horizonte se encendieron nuevos volcanes. Su civilización perecía.

»Al llegar corriendo a su casa, Adán vio a Eva en el umbral, como si no se hubiera movido desde que lo despidió.

Sus ojos estaban llenos de lágrimas; parecía incapaz de creer que aquello estuviera ocurriendo de verdad.

El presentimiento espantoso que había sentido en las últimas horas se había cumplido.

Pero no había tiempo para pensar ni para consolar. Adán la agarró de la mano:

»—¡Corramos, Eva, corramos! Todo llega a su fin. Se ha abierto la caja de Pandora, pero no es lo que esperábamos. ¡He destruido el mundo! ¡He destruido el mundo! ¡He destruido el mundo!

»No hay palabras para describir el estado de Adán.

La tristeza, el desaliento, el arrepentimiento, la desesperación y otros sentimientos hasta entonces desconocidos para él le desgarraban el ser y le volvían el alma del revés.

Adán lloraba, no quería vivir. Había liberado una maldición de las entrañas de la tierra y había visto lo que significa la muerte.