La tierra heredada (Los casos de Mara Valdés 3) Capítulo 29
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Capítulo 29

Lo que queda de una herencia

Celia había empezado a ordenar los papeles de su padre por tamaños.

Cuando Mara entró aquella tarde en la casa de Ramiro, encontró tres montones sobre la mesa del comedor y otro ocupando una silla.

En uno había facturas; en otro, sobres y comunicaciones bancarias; el tercero reunía cuadernos de campo, hojas sueltas y pequeñas libretas donde Ramiro anotaba desde tratamientos hasta nombres de propietarios.

La clasificación no parecía responder a ningún criterio administrativo, pero al menos había despejado una parte de la mesa.

Clara estaba junto a la ventana hablando por teléfono. Terminó la conversación en cuanto vio entrar a Mara y Raquel.

—Era el seguro —explicó—. Ahora todo el mundo necesita un papel distinto.

Celia levantó la vista. Llevaba varios días entrando y saliendo entre Vigo y la Ribeira Sacra para ocuparse de trámites que hasta la semana anterior ignoraba que existieran.

A Mara le llamaba la atención la distancia que mantenía con aquella casa: sabía dónde se guardaban las tazas y qué puerta se atascaba, pero tenía que preguntar a Clara qué significaban muchas de las carpetas de su padre.

—¿Ya está?

Mara supo a qué se refería.

—Sabela ha sido detenida como presunta autora del homicidio. Las diligencias seguirán ahora su curso judicial.

Celia permaneció unos segundos en silencio.

—Entonces fue ella.

Raquel dejó la carpeta que llevaba en una esquina libre de la mesa.

—La investigación atribuye el homicidio a Sabela y hay una base probatoria que sostiene esa atribución. A partir de ahora habrá actuaciones judiciales que ya no dependen de nosotras.

Celia miró los montones de papeles.

—Mi padre confiaba en ella.

No era una pregunta y Mara no intentó responderla como si lo fuera. Clara sí intervino.

—Tu padre confiaba en la gente mientras hicieran las cosas como él quería.

Celia levantó la cabeza.

—Tía.

—No estoy hablando mal de él. Estoy diciendo cómo era.

No había dureza en su tono. Durante la investigación, Mara había comprobado que Clara podía estar enfadada con su hermano y echarlo de menos al mismo tiempo sin que una cosa anulara la otra.

Clara se sentó.

—¿Lo mató por las tierras?

—No exactamente —respondió Mara.

Celia la miró.

—Pero discutieron por eso.

—Discutieron por una reorganización que afectaba a la explotación de Sabela, a unas expectativas de ampliación y al dinero que ella había invertido. La tierra forma parte del motivo, pero reducirlo a una pelea por una parcela sería simplificar demasiado.

—La de Diego —dijo Clara.

—Su posición permitía a Ramiro plantear otra organización del conjunto. Esa nueva configuración dejaba fuera parte del proyecto con el que Sabela llevaba tiempo contando.

Celia pasó los dedos por el borde de una de las libretas.

—Y él pensaba que podía cambiarlo sin más.

Mara escogió las palabras.

—Pensaba que tenía margen para modificar un acuerdo que no estaba completamente formalizado. Lo que Sabela había entendido y aquello sobre lo que había invertido eran más sólidos en la práctica que en los papeles.

Clara soltó el aire.

—Eso también era muy de Ramiro.

Esta vez Celia no dijo nada.

Mara había encontrado aquel mismo mecanismo una y otra vez durante la investigación: acuerdos que una persona consideraba casi cerrados porque llevaban años funcionando y que otra seguía entendiendo como arreglos válidos únicamente mientras convinieran a ambas partes.

La muerte de Ramiro no iba a transformar esas relaciones en contratos ni a aclarar de golpe quién tenía derecho a utilizar cada paso o cada bancal.

Clara señaló las carpetas.

—Ahora estamos intentando averiguar hasta dónde llegaban las promesas que hizo sin ponerlas por escrito.

—No solo a Sabela —añadió Celia.

—No. A bastante gente.

Raquel intervino.

—Eso ya queda fuera de la investigación del homicidio, salvo en lo que haya sido necesario comprobar. Tendréis que revisar los acuerdos con asesoramiento y separar lo que esté documentado de lo que dependa de versiones personales.

—Ya hemos empezado —dijo Clara.

Durante años, Ramiro había mantenido en funcionamiento un conjunto de parcelas mediante una mezcla de propiedades, arrendamientos, tolerancias, favores y acuerdos verbales.

Buena parte del sistema dependía de que él estuviera allí para recordar qué había pactado con cada uno y resolver las fricciones cuando aparecían.

Ahora faltaba precisamente la persona que mantenía unidas aquellas piezas.

—¿Y la bodega? —preguntó Celia.

Clara intercambió una mirada con Mara antes de responder.

—Yo había hablado con ellos. Más de lo que te conté al principio.

—Eso ya lo sé.

—Quería saber qué podía hacer con mi parte sin tener que pedirle permiso a tu padre para todo. No había firmado nada.

—Pero ibas a vender.

—Estaba valorándolo.

Celia tardó unos segundos.

—Pues ahora podrás hacerlo.

Clara se tensó.

—No quiero que esto se convierta en una discusión contigo.

—No estoy discutiendo.

Celia apartó una carpeta para hacer sitio a una taza. Mara no percibió reproche abierto en su voz, sino cansancio.

—No sé qué quiero hacer con nada de esto —continuó—. Ese es el problema. Todos habláis de vender, mantener, arrendar o reorganizar como si yo tuviera una opinión preparada.

Clara bajó la mirada.

—No tienes que tenerla hoy.

Mara no añadió nada. Era suficiente.

El teléfono de Raquel vibró poco después. Era Esteban. Habían quedado en cerrar con él una última cuestión documental relacionada con las conversaciones paralelas y la teniente decidió atender la llamada desde allí para evitar otro desplazamiento. No la puso en altavoz.

La conversación fue breve. Al terminar, explicó únicamente lo necesario: la bodega mantendría en suspenso cualquier decisión relacionada con el conjunto de parcelas vinculado a Ramiro hasta que quedara claro quién podía negociar y en qué condiciones.

Los contactos que Esteban había mantenido con Clara y Diego seguían existiendo, pero ya no podían integrarse sin más en el proyecto que había estado negociando con Ramiro.

—Así que volverán a hablar conmigo —dijo Clara.

—Si tú quieres hablar con ellos —respondió Raquel—. Lo que ya hemos comprobado es que esas negociaciones no tuvieron relación con el homicidio.

Clara permaneció pensativa.

—No sé si quiero.

Celia dejó escapar una pequeña risa sin humor.

—Bienvenida.

Diego llegó media hora después. No había ido expresamente para hablar con la Guardia Civil; tenía que recoger unos documentos que Clara conservaba sobre la herencia familiar y aceptó quedarse unos minutos cuando Raquel le explicó que querían cerrar algunos extremos relacionados con la investigación.

A Mara le pareció menos defensivo que durante las primeras entrevistas.

—Supongo que ya no necesitáis saber cuántas veces hablé con la bodega.

—Ya está documentado —respondió Raquel.

Diego miró hacia Celia, que seguía revisando papeles.

—Me sabe mal que todo esto haya empezado por mi parcela.

—No empezó por tu parcela —dijo Mara.

—Ya me entiendes.

—Sí, pero conviene decirlo bien. Tu parcela hizo posible un cambio en los planes de Ramiro. Lo que ocurrió después fue una decisión de otra persona.

Diego no discutió la precisión.

—Sigo sin saber qué hacer con ella.

Clara levantó la cabeza.

—Pues no hagas nada de momento.

—No puedo dejarlo así eternamente.

—Una semana no es eternamente.

Diego guardó silencio.

Al principio había resultado fácil verlo como el heredero que vivía fuera, descubría que una pequeña propiedad tenía más importancia de la esperada y quería aprovechar la ocasión para renegociar.

Las comprobaciones habían mostrado una situación menos simple y bastante más corriente: Diego no trabajaba aquella tierra, no había organizado su vida alrededor de ella y no consideraba que debiera asumir una obligación solo porque la generación anterior hubiese dado por hecho que la conservaría.

—La investigación no condiciona lo que decidas hacer —dijo Raquel—. La discusión que tuviste con Ramiro y tus conversaciones con terceros han quedado aclaradas respecto al homicidio.

Diego asintió.

—Eso era lo que quería saber.

No preguntó si la parcela valía ahora más o menos ni si la bodega seguiría interesada. Guardó los documentos que Clara le entregó y dijo que regresaría a Ourense aquella misma tarde. Antes de salir volvió la vista hacia los papeles de Ramiro.

—Cuando sepáis quién lleva todo esto, decidme con quién tengo que hablar.

Celia respondió antes que Clara.

—Cuando lo sepamos nosotros, te llamamos.

Roi estaba en la ladera cuando Mara y Raquel bajaron después.

No iban a realizar otra reconstrucción. La visita tenía una finalidad mucho más sencilla: cerrar cuestiones que durante días habían formado parte de la investigación y que, una vez aclarado el homicidio, volvían al terreno al que realmente pertenecían.

Roi las vio acercarse y dejó lo que estaba haciendo.

—¿Es verdad lo de Sabela?

Raquel no entró en detalles.

—Ha sido detenida en relación con la muerte de Ramiro.

Roi miró hacia los bancales inferiores.

—No pensé que...

Se detuvo. Mara esperó, pero él no terminó la frase.

—Tu declaración ha quedado incorporada —dijo Raquel—. También las comprobaciones del recorrido y de las líneas de visión.

—¿Y lo del paso?

—Lo del paso sigue siendo lo del paso.

Roi frunció el ceño.

—¿Qué quiere decir eso?

—Que haberlo utilizado no te convierte en autor de un homicidio, pero tampoco decide quién tiene derecho a usarlo ni en qué condiciones. Ese conflicto tendrá que aclararse por la vía que corresponda entre propietarios y usuarios.

Roi miró hacia el camino cuyo uso había negado durante días.

—Con Ramiro era imposible hablarlo.

—Ahora tendrás que hacerlo con quien asuma esos derechos —dijo Raquel.

No pareció satisfecho, aunque tampoco discutió.

Antón estaba trabajando dos bancales más abajo. Subió cuando Roi le hizo una señal y llegó con las manos manchadas de tierra.

—Ya sé para qué venís.

—Entonces nos ahorras tiempo —respondió Raquel.

Antón sonrió.

Su situación era distinta. La mentira sobre la tarde del crimen había quedado separada del homicidio, pero seguían existiendo los trabajos particulares realizados durante tiempo y con recursos vinculados a Ramiro.

—Benito ya lo sabe todo —explicó—. Bueno, lo que no sabía.

—¿Y los demás? —preguntó Mara.

Antón se encogió de hombros.

—Tendré que hablar con quien se haga cargo. Si me reclaman algo, ya veremos qué corresponde.

No parecía especialmente preocupado, aunque tampoco orgulloso.

—Ramiro también hacía las cuentas a su manera —añadió—, pero eso ya no sirve como excusa.

Mara no necesitó comentar la frase. Habían demostrado que Antón estaba en otra ladera cuando murió Ramiro; lo demás pertenecía a relaciones laborales y económicas que la Guardia Civil no iba a resolver.

Antes de marcharse, Antón miró las terrazas.

—¿Y ahora quién lleva esto?

Mara siguió la dirección de su mirada.

—No lo sabemos.

—Pues ese es un problema bastante más grande de lo que parece.

Roi soltó una risa breve.

—Tú lo dices porque quieres seguir cobrando.

—Y tú porque quieres seguir pasando.

La discusión empezó con tanta naturalidad que Mara y Raquel se alejaron sin intervenir. A sus espaldas, los dos continuaron hablando de accesos, trabajos pendientes y de quién tendría autoridad para tomar decisiones a partir de entonces.

Cuando regresaron a la casa, Celia había abandonado el sistema de montones y utilizaba cajas.

En una había escrito FACTURAS ; en otra, PARCELAS . Una tercera llevaba simplemente REVISAR , y a Mara le pareció que tenía bastantes posibilidades de acabar siendo la más grande.

Clara se había marchado a Monforte para resolver otro trámite.

—¿Habéis terminado? —preguntó Celia.

—Con las conversaciones que necesitábamos, sí.

Celia señaló la caja de las parcelas.

—He contado diecisiete nombres distintos solo en estas libretas. Personas, fincas, propietarios... Algunos ni siquiera sé quiénes son.

—Tu padre trabajaba un conjunto muy fragmentado.

—Eso sí lo he entendido.

Sacó una hoja doblada y la dejó sobre la mesa.

—Lo que todavía no entiendo es qué parte era realmente suya y qué parte trataba como si lo fuera porque llevaba años ocupándose de ella.

Mara pensó en todo lo que Noelia había tenido que separar durante la investigación: titularidad, explotación y uso. Para resolver el homicidio habían necesitado distinguir conceptos que Ramiro manejaba en su vida cotidiana con fronteras mucho menos claras.

—Tendrás que revisarlo con calma.

Celia recorrió la habitación con la mirada.

—Vivo en Vigo. Tengo mi trabajo. No sé cultivar una viña y tampoco quiero aprender porque mi padre haya muerto.

A Mara no le sonó a indiferencia. Sonaba más bien a una decisión que Celia necesitaba poder pronunciar sin que nadie la confundiera con falta de afecto.

—Entonces esa es una de las cosas que ya sabes —respondió.

Celia permaneció callada un momento.

—No significa que quiera venderlo todo.

—Tampoco tienes que decidir eso ahora.

La joven volvió a sentarse y metió dos cuadernos en la caja marcada REVISAR . Antes de guardar el tercero lo abrió. Había páginas llenas de nombres, números de parcela y pequeñas anotaciones sobre trabajos pendientes.

—Mañana vuelvo a Vigo. Regresaré la semana que viene con tiempo.

—Me parece sensato.

—Clara dice que podemos contratar a alguien para que nos ayude a ordenar esto.

—También parece sensato.

Celia sonrió.

—No me estás ayudando mucho a decidir.

—No he venido a decidir por ti.

Esta vez se rio de verdad.

Cuando Mara y Raquel salieron de la casa, las cajas continuaban abiertas sobre la mesa y una de las libretas de Ramiro permanecía fuera, junto a la taza de Celia.

Seguía sin haber un nuevo responsable para la explotación ni decisiones tomadas sobre la parcela de Diego, las propiedades de Clara o las conversaciones con la bodega.

El homicidio estaba aclarado para la investigación. Lo que Ramiro había dejado detrás necesitaría bastante más tiempo.