La tierra heredada (Los casos de Mara Valdés 3) Capítulo 30
100%

Capítulo 30

La salida de Val de Moure

A última hora de la tarde todavía quedaban dos carpetas abiertas sobre la mesa de Raquel y una bolsa de viaje sin cerrar junto a la silla de Noelia.

Mara había recogido sus cosas antes de bajar por última vez a Val de Moure, pero al regresar a Monforte encontró nuevas copias que revisar, una diligencia pendiente de firma y varias anotaciones que debían quedar claras antes de que emprendieran el viaje a Madrid.

Ninguna modificaba la resolución del homicidio.

Era el trabajo menos visible que llegaba después: comprobar referencias, ordenar anexos y asegurarse de que lo escrito permitiera reconstruir cómo se había obtenido cada dato sin depender de la memoria de quienes participaron en la investigación.

Noelia acababa de cerrar el documento económico cuando Mara se acercó.

—Ya está.

—Llevas diciendo eso desde esta mañana.

—Porque desde esta mañana siguen apareciendo cosas que también tienen que estar.

Giró el portátil para que pudiera verlo.

Había reducido las inversiones de Sabela a las partidas que podían sostener documentalmente y separado con claridad las mejoras que ya había aprovechado de aquellas cuya viabilidad económica estaba ligada a la ampliación prevista.

No intentaba demostrar que cada euro gastado dependiera de una promesa de Ramiro y, precisamente por eso, el perjuicio que quedaba era más sólido.

—Así está mejor —dijo Mara.

—Eso dijiste de la versión anterior.

—Esta vez es verdad.

Noelia la miró con resignación.

—Voy a guardarme esa frase para el próximo caso.

Mara sonrió y dejó el portátil donde estaba.

Durante los últimos días, Noelia había hecho bastante más que reunir facturas.

Había conseguido dar límites comprensibles a un conflicto económico que al principio parecía difuso, sin transformarlo en una cifra artificial.

La muerte de Ramiro no se explicaba porque Sabela hubiera perdido de golpe una fortuna, sino por el riesgo de que un proyecto pequeño, construido durante dos años con dinero y trabajo, dejara de alcanzar la escala para la que ella llevaba tiempo preparándolo.

—Sin todo esto habríamos terminado hablando de un enfado por unas parcelas —dijo Mara.

Noelia la miró un instante antes de responder.

—Y sin tus caminos habríamos pensado que la cámara la sacaba de la ladera.

—Antón y Roi nos enseñaron cómo se movía la gente por allí. Nicolás lo convirtió en medidas.

—Ya estamos.

—¿Qué?

—Que te cuesta muchísimo aceptar una parte del mérito sin repartirla inmediatamente.

—Porque en este caso hay bastante que repartir.

Raquel entró con una carpeta antes de que Noelia pudiera responder.

—Pues podéis empezar por mí, que soy la que se queda aquí con todo esto mientras vosotras os vais.

Dejó los documentos sobre la mesa y se sentó. El cansancio de la semana se le notaba en la cara, aunque seguía revisando los papeles con la misma atención de los primeros días.

—La puesta a disposición ha seguido el cauce previsto. A partir de aquí continuarán diligencias, llegarán informes definitivos y habrá decisiones judiciales que ya no nos corresponden. Por nuestra parte, la atribución del homicidio está cerrada y documentada.

Mara abrió la carpeta.

La declaración de Sabela figuraba junto al resultado de Criminalística y la reconstrucción de los recorridos.

En otra sección estaban las comprobaciones que habían apartado del homicidio a Clara, Diego, Esteban, Roi y Antón.

El atestado conservaba las dudas de los primeros días, las mentiras que habían llevado a explicaciones distintas y los datos cuyo significado cambió a medida que comprendían mejor el caso.

Le parecía preferible a un relato demasiado limpio construido después de conocer el desenlace.

—Nicolás manda esta tarde la versión definitiva del plano —dijo Raquel—. Ha añadido las cotas y ha dejado señaladas las dos rutas con las horquillas que medimos.

—¿Ha cambiado algo?

—No. Solo ha quitado una precisión que le parecía excesiva en uno de los desniveles.

Noelia recogió su bolsa.

—Me cae bien ese hombre.

—Porque corrige números en lugar de corregirte frases.

—Principalmente por eso.

La colaboración con Nicolás había resultado especialmente útil porque la ladera exigía algo más que saber observar.

Mara podía detectar contradicciones entre un relato y el espacio, pero necesitaban medidas comparables, comprender la lógica cotidiana del trabajo vitícola y distinguir una impresión razonable de una conclusión técnica.

Que Nicolás asumiera esa parte no había reducido el valor de su propia lectura del terreno; había permitido integrarla con información que ella no tenía por qué dominar.

—Dile que el informe nos ha servido mucho —dijo.

—Se lo puedes decir tú. Está abajo.

Mara miró hacia la puerta.

—¿Abajo dónde?

—En la entrada. Ha venido a dejar una copia y dice que no sube porque, si entra, vais a encontrarle otra cosa que medir.

Noelia soltó una carcajada.

Bajaron juntas.

Nicolás esperaba junto a la recepción con una carpeta bajo el brazo y las llaves del coche en la mano. Parecía preparado para marcharse antes incluso de haber llegado.

—No pienso volver a medir nada —advirtió en cuanto las vio.

—No veníamos a pedirlo —dijo Mara.

—Eso decís ahora.

Entregó a Raquel el plano definitivo y explicó dos correcciones menores. Las distancias y las horquillas de tiempo permanecían iguales; únicamente había modificado la representación de uno de los cruces para que sobre el papel no pareciera más ancho de lo que era.

Mara esperó a que terminara.

—Gracias.

Nicolás la miró con cierta desconfianza.

—¿Solo gracias?

—Solo gracias.

—Entonces me voy antes de que cambies de opinión.

—Has conseguido convertir recorridos que la gente de allí conocía de memoria en algo que nosotros podíamos comparar.

Nicolás se encogió de hombros.

—Yo los medí. Los caminos ya estaban ahí.

—Precisamente.

No hizo falta añadir nada.

Cuando volvieron a salir a la calle, la tarde empezaba a enfriarse. Habían decidido abandonar Monforte antes de que anocheciera del todo y hacer parte del trayecto todavía con luz. Noelia quería parar a tomar algo antes de incorporarse a la carretera larga y Mara no puso objeciones.

Raquel las acompañó hasta el coche.

—La próxima vez que vengáis a Lugo, procurad que no sea por un muerto.

—Noelia puede venir por las facturas —dijo Mara.

—Ni se te ocurra —respondió ella.

Raquel apoyó una mano en la puerta.

—Ha sido un caso complicado.

Mara miró la carpeta del asiento trasero. Al principio no les había faltado información, sino una forma correcta de entenderla. Ramiro tenía demasiados conflictos reales alrededor y demasiada gente había ocultado algo por motivos que, salvo uno, no tenían relación con su muerte.

—Lo habría sido más si hubieras aceptado la primera historia que encajaba —dijo.

—O si tú hubieras decidido que todos los caminos eran tuyos.

—Lo pensé.

Raquel sonrió.

—Ya lo sé.

Noelia terminó de colocar el equipaje. Mara estrechó la mano de Raquel y después la teniente se acercó a despedirse de Noelia.

—Si encuentro otra factura esta noche, te la mando.

—Te bloqueo.

—Eso quedará reflejado en diligencia.

Subieron al coche todavía riéndose y salieron de Monforte poco después.

Durante los primeros kilómetros, Noelia habló más de lo habitual.

Comentó un restaurante al que no habían conseguido ir, protestó por toda la ropa limpia que había llevado sin necesidad y anunció que en el siguiente desplazamiento no metería dos pares de zapatos de repuesto «por si acaso».

Luego puso música a volumen bajo y dejó que el silencio ocupara parte de la carretera.

Mara lo agradeció.

Su teléfono vibró en el compartimento central. Era un mensaje de Inés.

¿Llegas hoy o mañana?

Miró la hora antes de contestar.

Hoy, pero tarde. Mañana podemos vernos.

La respuesta apareció casi enseguida.

Vale. Café y me cuentas solo lo que puedas contar.

Mara escribió que sí y dejó el teléfono.

—¿Inés? —preguntó Noelia.

—Sí.

—¿Te ha recordado que existes fuera de la Guardia Civil?

—Ha preguntado si llego hoy.

—Es una forma más educada de decirlo.

Mara no discutió.

La carretera empezó a ganar altura y, durante un tramo, volvieron a ver parte del paisaje por el que habían trabajado aquellos días.

Desde lejos las pendientes parecían menos abruptas.

Algunas parcelas se confundían con las vecinas y muchos de los muros que condicionaban cada desplazamiento desaparecían entre las líneas de vegetación.

Al principio había sido fácil interpretar mal casi todo aquello.

El coche de Ramiro en la parte alta no indicaba dónde se encontraba él.

La parcela de Diego apenas llamaba la atención por su tamaño y, sin embargo, cambiaba la relación entre sectores.

La cámara de las 19:11 situaba a Sabela después del homicidio, pero no explicaba por dónde había llegado hasta allí.

Roi podía pasar cerca de C sin ver el cuerpo.

Y el acceso que acabó resolviendo el problema temporal no estaba escondido: pertenecía al uso cotidiano de la ladera y por eso un plano administrativo no bastaba para entenderlo.

Noelia debió de notar que seguía mirando hacia fuera.

—¿Todavía lo estás repasando?

—Un poco.

—Está resuelto.

—Lo sé.

—Pues intenta no encontrar otra ruta antes de llegar a Madrid.

Mara sonrió.

—No prometo nada.

El recorrido de salida las acercó de nuevo a Val de Moure antes de abandonar definitivamente la zona. Durante unos minutos pudieron ver la parte superior de las terrazas.

La actividad continuaba. Un hombre avanzaba por una hilera revisando alambres; más abajo, dos personas trabajaban junto a un pequeño muro con herramientas y un capazo. En otro bancal había cajas vacías apiladas al borde de una senda. Ninguno prestó atención a los coches de la carretera.

Noelia bajó ligeramente la música.

—Antón tenía razón en una cosa.

—¿Solo en una?

—En que saber quién mató a Ramiro no resuelve quién se va a hacer cargo de todo esto.

Mara observó las terrazas.

Celia volvería a Vigo y regresaría más adelante para ordenar una herencia que no quería gestionar de improviso.

Clara tendría que decidir si continuaba negociando sus derechos.

Diego seguía sin saber qué hacer con su parcela.

Roi necesitaría aclarar el uso de un acceso y Antón, sus relaciones de trabajo.

La bodega hablaría con quienes estuvieran legitimados para negociar.

Nada de aquello correspondía ya a la investigación.

—Eso ya no es nuestro —dijo.

Noelia la miró.

—Te ha costado decirlo menos de lo que esperaba.

—Estoy mejorando.

El coche dejó atrás el último acceso desde el que todavía podía distinguirse Val de Moure.

Mara siguió mirando hacia delante mientras pensaba en el trabajo de los últimos días.

Había recurrido al terreno como hacía siempre, pero esta vez su lectura había funcionado porque se había apoyado pronto en quienes conocían partes que ella no podía conocer por sí sola: Antón y Roi sabían cómo se transitaba entre bancales; Nicolás había medido recorridos y desniveles; Noelia había reconstruido el dinero y los acuerdos, y Raquel había mantenido cada diligencia dentro de lo que realmente podían sostener.

Varias curvas después, los viñedos comenzaron a quedar atrás.

En un bancal próximo a la carretera, un trabajador levantó una caja de herramientas y la dejó sobre un muro antes de tensar un alambre entre dos postes.

Otro continuó unos metros más abajo retirando vegetación junto al borde de la terraza.

Mara alcanzó a verlos unos segundos hasta que el coche tomó la siguiente curva.

Noelia volvió a subir la música. Madrid quedaba todavía lejos y Mara apoyó la cabeza en el respaldo mientras la carretera seguía abriéndose delante de ellas.