La tierra heredada (Los casos de Mara Valdés 3) Capítulo 28
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Capítulo 28

Sabela

Cuando Sabela entró en la sala, ya sabía qué hechos motivaban su presencia allí.

La detención se había practicado poco antes, sin incidentes, después de que la UOPJ valorara conjuntamente la documentación, las comprobaciones sobre el terreno y los resultados de Criminalística.

Le habían comunicado los hechos que se le atribuían y sus derechos, y había podido entrevistarse con la letrada que la asistía antes de cualquier declaración.

Mara la encontró distinta de la mujer a la que había visto dos días atrás en el almacén, aunque le costaba precisar por qué.

No parecía derrotada ni especialmente alterada, pero había desaparecido parte de la tensión combativa con la que siguió entonces la retirada de sus herramientas.

Se sentó junto a su abogada, apoyó las manos sobre la mesa y miró primero a Raquel y después a Mara.

—¿La maceta? —preguntó.

Su letrada giró ligeramente la cabeza.

—Sabela.

—Solo he preguntado.

Raquel no aprovechó la frase. A aquellas alturas, la investigación no dependía de que Sabela se delatara con una reacción o una palabra mal escogida. Lo esencial estaba documentado fuera de aquella sala.

—Antes de empezar —dijo—, quiero que quede claro que estás asistida por tu letrada y que puedes ejercer los derechos de los que ya has sido informada. Si decides declarar, las preguntas se limitarán a los hechos investigados.

Sabela consultó a su abogada en voz baja y después asintió.

—Voy a declarar.

Raquel abrió la carpeta.

Mara no tenía delante el mapa de la ladera.

Aquella misma mañana habían recorrido de nuevo los puntos importantes y no necesitaba convertir la declaración en otra explicación de caminos, cotas y bancales.

Si Sabela quería ofrecer una versión distinta, tendría que hacerlo frente a hechos que ya no dependían de cómo los representaran en un plano.

—Empecemos por algo que nunca has negado —dijo Raquel—. Ramiro te escribió a las 17:07 del martes para hablar contigo en la ladera.

—Sí.

—Y os encontrasteis después.

—Sí.

—Discutisteis por la ampliación.

Sabela sostuvo la mirada de la teniente.

—Ya os lo he dicho varias veces.

—La primera vez no nos contaste todo.

—La primera vez estaba muerto un hombre con el que había discutido unas horas antes. No me parecía el mejor momento para explicaros que estaba cabreada con él.

—Después reconociste que el conflicto era más serio.

—Porque seguisteis preguntando.

Raquel no discutió el matiz.

—También describiste la inversión como menor de lo que después hemos podido documentar.

Sabela se movió ligeramente en la silla.

—No os di mis cuentas enteras. No es lo mismo.

—Las facturas muestran una inversión bastante mayor de la que explicaste al principio.

—Porque una explotación no se resume en una cifra. Parte de ese dinero estaba gastado en cosas que yo utilizaba igualmente.

Noelia llevaba días separando unas partidas de otras y Mara sabía que aquella respuesta contenía una parte cierta. No todo lo invertido por Sabela dependía exclusivamente de la ampliación, pero sí había gastos cuya lógica económica estaba ligada a que la superficie de trabajo aumentara.

—Ramiro había hablado contigo de ampliar —dijo Mara.

Sabela se volvió hacia ella.

—Sí.

—Durante meses.

—Sí.

—Y el martes te dijo que el planteamiento había cambiado.

La letrada observó a su cliente antes de que contestara.

—Me dijo que las cosas iban a hacerse de otra manera.

—¿Por la parcela de Diego?

Sabela tardó algo más.

—Habló de reorganizar terrenos.

—¿Sabías que esa parcela permitía conectar mejor dos sectores?

—Conocía la ladera, capitana. No necesitaba que Ramiro me explicara dónde estaba una finca.

A Mara no le pareció una respuesta arrogante. Ellas mismas habían tardado días, aun disponiendo de planos y apoyo técnico, en comprender hasta qué punto una parcela tan pequeña podía alterar la organización del conjunto.

—Lo que cambiaba era que esa reorganización dejaba fuera la ampliación con la que habías contado.

—La dejaba en el aire.

—Ramiro había decidido no continuar en los términos que habíais hablado.

Sabela miró un instante a su abogada.

—Eso decía él.

—Y solo estaba dispuesto a reconocerte parte de los gastos.

—También.

La respuesta llegó esta vez sin añadir ninguna objeción.

No necesitaban reconstruir cómo había vivido Sabela aquella conversación. Los documentos bastaban para demostrar que el conflicto existía y que las consecuencias económicas y profesionales eran concretas.

Raquel pasó al siguiente punto.

—Nos dijiste que dejaste a Ramiro cerca del cruce alto aproximadamente a las seis y treinta y cuatro.

Sabela bajó la vista.

—Sí.

—¿Mantienes que os separasteis allí?

La pregunta sustituyó a cualquier afirmación previa. Su abogada siguió atenta, pero no intervino.

Sabela tardó unos segundos.

—No recuerdo el punto exacto.

Era la primera modificación abierta de una versión que había mantenido durante días.

—Lo situaste varias veces en B —dijo Raquel—. Incluso explicaste qué hizo Ramiro después.

—Dije lo que recordaba.

—Roi afirma que os vio juntos más abajo entre las 18:40 y las 18:42.

Sabela guardó silencio.

—Comprobamos desde dónde estaba —continuó Raquel—. La línea de visión permite que os viera y os reconociera durante ese tramo. También verificamos que su recorrido posterior no lo obligaba a pasar junto al cuerpo ni a verlo.

—Roi ha mentido desde el primer día.

—Mintió sobre el uso de un paso que no quería reconocer. Esa parte de su versión está explicada y contrastada.

—Y ahora resulta que todo lo que dice lo creéis.

Mara intervino antes de que la declaración quedara reducida a discutir la credibilidad de un solo testigo.

—No depende solo de Roi. Su declaración nos hizo volver al terreno y comprobar si lo que decía podía haber ocurrido.

Sabela la miró.

—¿Y qué comprobasteis? ¿Que hay caminos?

—Que desde el punto que señaló podía veros. Que una separación en B no encaja con ese avistamiento y que existe un descenso desde C hasta el aparcamiento que una persona habituada a la ladera puede recorrer en siete a nueve minutos.

Sabela no mostró sorpresa.

—Ese paso lo conoce todo el mundo.

—Tú también.

—Claro.

—Y no lo mencionaste cuando te preguntamos cómo habías bajado el martes.

—Porque no fui por ahí.

—Nos dijiste que utilizaste la ruta habitual.

—Eso hice.

Raquel consultó las notas.

—La ruta ordinaria hace mucho más difícil encajar una salida tardía desde la zona de C con el registro de las 19:11. El paso directo, no.

—Pero yo no estaba en C.

—Eso es lo que estamos intentando aclarar.

La abogada se inclinó hacia Sabela y habló con ella en voz baja. Mara apartó la mirada.

Cuando terminaron, Sabela volvió a incorporarse.

—Yo dejé a Ramiro vivo.

—¿Dónde? —preguntó Raquel.

—Más abajo de lo que dije al principio.

—¿En C?

—No sé cómo llamáis vosotros a cada bancal.

—Podemos enseñártelo.

—No hace falta.

Raquel esperó unos segundos.

—¿Hasta dónde bajaste con él?

Sabela miró a su abogada.

—No voy a contestar a eso.

La decisión no alteró el ritmo de la declaración.

Mara había pensado alguna vez que, si llegaban a aquel punto, sentiría con claridad que por fin estaba frente a la mujer a la que atribuían la muerte de Ramiro.

En cambio, solo veía a una detenida ejerciendo un derecho dentro de una investigación que ya no dependía de conseguir su colaboración.

Raquel pasó a la herramienta.

—Durante el registro de tu almacén se intervino una maceta de acero que reconociste como tuya.

—Sí.

—También dijiste que podía haber formado parte de la bolsa de herramientas que llevabas el martes.

—Dije que podía. No que estuviera.

—Criminalística la ha analizado.

La abogada levantó la vista.

—¿Está incorporado ya el resultado?

—Sí.

Raquel mantuvo el mismo tono.

—Se ha localizado una microtraza de sangre humana en un intersticio protegido de la unión entre la cabeza y el mango. El perfil genético obtenido coincide con el de Ramiro Varela.

Sabela permaneció inmóvil.

Mara había aprendido hacía tiempo que una reacción no probaba nada por sí misma. Una persona podía quedarse quieta por miedo, desconcierto o cálculo; otra podía reaccionar de forma inesperada ante una prueba que desconocía. El silencio de Sabela no añadía nada al resultado del laboratorio.

—Ramiro utilizaba herramientas mías —dijo finalmente.

—Esa posibilidad ya se ha tenido en cuenta.

—Trabajábamos juntos. Podía cogerlas.

—Te preguntamos por ello antes de conocer el resultado —dijo Raquel—. No recordabas que hubiese utilizado esa maceta en concreto.

—Que no lo recuerde no significa que no pasara.

—No —admitió Mara—. Y Criminalística tampoco puede decir cuándo se depositó la sangre.

Sabela la miró con atención.

—Pero no estamos hablando de material de contacto en una zona normal de manipulación —continuó Mara—. Es sangre y está alojada en un punto protegido junto a la cabeza de acero. Además, ese tipo de herramienta es compatible con la lesión que causó la muerte de Ramiro.

—Compatible no significa que fuera esa.

—Correcto.

La letrada intervino.

—Quiero que conste expresamente.

—Constará —respondió Raquel—. La lesión no individualiza por sí sola la maceta.

Sabela apoyó una mano sobre la otra.

—Entonces no podéis decir que lo maté con ella.

—No basándonos únicamente en la forma de la lesión —respondió Mara.

—Eso acabo de decir.

—Pero la investigación no se basa únicamente en eso.

Esta vez el silencio se prolongó.

No necesitaban transformar aquella sala en un escenario para una acusación final. Aun así, Sabela debía conocer los elementos que sostenían los hechos por los que había sido detenida.