Capítulo 26
Todas las explicaciones a la vez
Cuando volvieron a reunirse aquella tarde, Raquel había colocado la fotografía de la maceta boca abajo.
Mara se dio cuenta nada más entrar. Sobre la mesa estaban los informes de Criminalística, las declaraciones de Sabela, la cronología, las mediciones de Nicolás y una selección de documentos económicos preparada por Noelia.
La imagen de la herramienta permanecía debajo de todo aquello, como si Raquel quisiera evitar que el resultado del laboratorio ocupara por sí solo el centro de la investigación.
—Antes de decidir nada quiero que hagamos una cosa —dijo cuando estuvieron sentadas—. Expliquemos el caso sin empezar por la sangre.
Noelia dejó el cuaderno junto al ordenador.
—Ahora va a ser difícil.
—Precisamente.
Mara comprendió lo que pretendía. La microtraza había aparecido cuando la investigación ya apuntaba con fuerza hacia Sabela, pero bastaba con colocarla en primer lugar para que todo lo anterior pareciera secundario.
Si iban a sostener una actuación contra ella, necesitaban comprobar que la prueba material no hubiera creado retrospectivamente el motivo, la mentira, el recorrido ni la oportunidad.
Raquel la miró.
—Empieza por el martes.
—¿Desde cuándo?
—Desde antes de que aparezca cualquier herramienta.
Mara acercó la cronología.
Ramiro había concertado el encuentro con Sabela mediante el mensaje de las 17:07.
No fue una coincidencia en mitad de la ladera ni el cruce casual de dos personas que trabajaban cerca.
Él quería hablar con ella aquella tarde, y la documentación reunida durante los últimos días permitía entender por qué.
Noelia intervino.
—Ramiro estaba reorganizando el bloque inferior.
La parcela de Diego no importaba por su superficie, sino porque permitía conectar mejor dos sectores y reducir la dependencia de algunos pasos informales.
Eso hacía más manejable el conjunto y facilitaba el acuerdo que negociaba con Esteban sin que Ramiro tuviera que ceder el control.
—Y esa reorganización cambiaba el plan de Sabela —añadió Raquel.
—Sí. La ampliación que llevaba meses esperando dejaba de encajar como antes.
Mara incorporó los documentos que sostenían esa parte.
No existía un contrato definitivo que garantizara a Sabela una superficie concreta, pero sí mensajes, notas de trabajo y un borrador que demostraban una expectativa mantenida en el tiempo.
Sobre esa expectativa había invertido dinero, asumido financiación y realizado mejoras cuya amortización resultaba más difícil si su explotación no crecía.
—El conflicto no depende de que Sabela creyera algo que Ramiro nunca hubiese planteado —dijo—. La posibilidad de ampliar existió. Lo que no existió fue una garantía jurídica de que fuera a ocurrir.
Raquel tomó nota.
—Perjuicio, pero no derecho adquirido.
—Exacto.
Noelia señaló las facturas que había seleccionado aquella mañana.
—Y tampoco hace falta decir que se quedaba sin medio de vida. Podía seguir trabajando. Lo que perdía era la escala de explotación para la que llevaba tiempo tomando decisiones económicas, además de quedar pendiente qué parte de las mejoras pensaba reconocerle Ramiro.
Era más preciso que hablar de ruina. Sabela no necesitaba encontrarse al borde del desastre para que la decisión resultara grave.
Bastaba con que dos años de inversión quedaran comprometidos en una explotación demasiado pequeña y que el hombre que había alimentado la posibilidad de ampliarla tratara ahora aquel proyecto como algo revisable.
Raquel pasó a la siguiente parte.
—El encuentro.
Sabela nunca había negado que habló con Ramiro. También había reconocido la discusión, aunque sus sucesivas declaraciones fueron mostrando que el enfrentamiento había sido más serio de lo admitido al principio. Discutieron por la ampliación, por los gastos y por el cambio de planes.
La contradicción decisiva estaba en el lugar donde Sabela decía que aquella conversación había terminado.
—Nos sitúa la separación cerca de B, alrededor de las 18:34 —dijo Mara—. Según su versión, Ramiro continuó hacia abajo y ella tomó después la ruta habitual.
Noelia abrió la declaración de Roi.
—Y él afirma verlos juntos entre las 18:40 y las 18:42, ya por debajo de ese punto.
—Después de haber mentido sobre sus propios movimientos —recordó Raquel.
—Sí. Durante días ocultó que seguía utilizando el paso que Ramiro le había pedido que dejara de usar.
Aquello no podía simplificarse. Roi no se había convertido en un testigo fiable únicamente porque rectificara.
Habían tenido que comprobar su posición sobre el terreno, y desde el lugar que señaló podía realmente observar durante unos segundos el tramo por el que descendían dos personas conocidas.
La misma geometría de la ladera explicaba que después desaparecieran de su vista.
—Podemos sostener que su relato es físicamente posible y que contradice la versión de Sabela —dijo Mara—. Lo que no podemos hacer es tratar su hora aproximada como si procediera de un registro electrónico.
—Aunque se equivocara unos minutos, seguiría siendo difícil mantener que se separaron a las 18:34 en B si él los ve después más abajo —señaló Noelia.
Raquel pasó a la cronología de salida.
Durante los primeros días, la presencia documentada de Sabela entre las 19:11 y las 19:15 había reducido tanto el tiempo disponible que parecía alejarla de una permanencia tardía en la ladera.
Desde C hasta el aparcamiento inferior, el recorrido ordinario que ella había descrito requería entre dieciséis y veinte minutos, a los que todavía había que sumar el trayecto en coche.
La interpretación cambió cuando comprendieron cómo se movían realmente quienes trabajaban allí.
El paso C-D-E no era clandestino ni excepcional. Formaba parte de los accesos de trabajo conocidos por quienes utilizaban aquellas terrazas. Las mediciones de Nicolás y las pasadas realizadas en condiciones comparables situaban el descenso entre siete y nueve minutos para una persona habituada.
—Y no necesitamos que sean siete —dijo Mara—. Ya comprobamos esta mañana que la secuencia funciona también con tiempos intermedios o altos dentro de la horquilla.
Raquel señaló la cronología.
—Explícala sin fijar la hora del golpe.
Roi situaba a Ramiro y Sabela juntos hacia las 18:40-18:42.
La valoración médico-legal permitía una muerte posterior sin precisar un minuto concreto.
Desde C podía alcanzarse E en siete a nueve minutos y, desde el aparcamiento, el establecimiento donde Sabela quedó registrada estaba a unos diez o catorce minutos en coche.
La secuencia no exigía carreras ni que todos los tiempos coincidieran con sus valores mínimos.
—Así que el registro de las 19:11 ya no sirve para alejarla materialmente de C —dijo Raquel.
—Sigue demostrando lo que siempre demostró: dónde estaba después —respondió Mara.
Noelia apoyó la espalda en la silla.
—Y conocía el paso directo aunque nos describió la ruta larga.
—Conocerlo no demuestra que lo utilizara aquel martes.
—Pero tiene que explicar por qué no lo mencionó.
—Eso sí.
Raquel esperó un momento y dio la vuelta a la fotografía de la maceta.
La herramienta regresó al centro de la mesa.
—Ahora.
La maceta estaba documentada desde los primeros días como parte normal del material de trabajo de Sabela, antes de que entendieran el valor de la parcela de Diego o la importancia temporal del paso directo.
La autopsia hablaba de una lesión contundente principal compatible con un objeto compacto y duro, sin individualizar un arma.
Lo nuevo procedía de Criminalística.
—Microtraza de sangre humana en un intersticio protegido de la unión entre la cabeza de acero y el mango —resumió Raquel—. Perfil genético coincidente con Ramiro. El tipo de herramienta es compatible con la lesión, aunque la morfología de la herida no permite identificarla de manera exclusiva.
—Y la muestra no puede fecharse —añadió Noelia.
—Exacto.
Raquel desplazó la fotografía hacia Mara.
—Dame la explicación alternativa más fuerte.
No necesitó pensarla demasiado.
—Ramiro y Sabela compartían entorno de trabajo. Él podía tocar herramientas suyas o incluso utilizarlas. Si esa maceta se empleó en algún trabajo común, podría existir un contacto anterior.
—Eso explicaría ADN —dijo Noelia.
—Depende del tipo de rastro y de dónde aparezca. Aquí no tenemos células de contacto en el mango. Tenemos sangre en un punto protegido junto a la cabeza.
Ninguna de las comprobaciones previas había aportado un accidente reciente de Ramiro relacionado con aquella herramienta.
Antón y Roi no recordaban ninguno; Sabela tampoco había mencionado que Ramiro se hubiera herido mientras trabajaban juntos ni constaba una reparación concreta que explicara sangre suya en ese punto.
La ausencia de ese recuerdo no demostraba que nunca hubiera ocurrido. Sí obligaba a que la explicación anterior al homicidio dependiera de un episodio del que no tenían ningún dato.
—Tendríamos que admitir que Ramiro sangró sobre esa zona en otro momento, que nadie recuerda el episodio y que el rastro quedó alojado allí —dijo Noelia.
—Podría haber ocurrido —respondió Mara—. No debemos llamarlo imposible. Lo que podemos decir es que no tenemos ningún hecho concreto que lo sostenga.
Raquel lo anotó.
—Y la compatibilidad con la lesión aumenta el valor del hallazgo, aunque tampoco individualice por sí sola la maceta.
—Sí.
Noelia se levantó y se acercó a la pizarra.
—Creo que hay una forma de verlo.
Raquel la dejó continuar.
—Para sostener que Sabela no mató a Ramiro, tenemos que aceptar varias explicaciones a la vez.
Que mintió sobre dónde terminó la discusión porque temía parecer sospechosa; que conocía el paso corto pero no lo utilizó; que siguió con Ramiro después de que Roi los viera y luego lo dejó vivo; que apareció otra persona sin dejar ningún dato que nos conduzca hasta ella; y que la sangre de Ramiro llegó en otro momento a una zona protegida de una herramienta de Sabela compatible con la lesión.
Mara escuchó sin interrumpir.
Cada explicación conservaba alguna plausibilidad por separado. El problema aparecía al exigir que todas coincidieran sin relación con el homicidio mientras los datos objetivos convergían sobre la misma persona.
Raquel reunió los documentos en varios grupos.
—Ahora hagámoslo al revés. ¿Qué necesita nuestra hipótesis?
Mara empezó por aquello que podían sostener con mayor seguridad.
Ramiro había citado a Sabela aquella tarde.
Discutieron por una reorganización que la perjudicaba.
Continuaron juntos durante más tiempo y más abajo de lo que ella declaró.
Después, dentro de la franja compatible con Medicina Legal, Ramiro recibió el golpe mortal.
Una persona habituada a la ladera podía abandonar C por el paso directo y llegar a E con margen suficiente para aparecer posteriormente en el registro de las 19:11-19:15.
Y una maceta perteneciente al equipo de Sabela, de tipo compatible con la lesión, contenía sangre de Ramiro en una zona protegida.
—Lo que no tenemos observado es qué ocurrió exactamente entre el último avistamiento de Roi y la muerte —dijo Mara—. Nadie vio el golpe y no conocemos las últimas palabras de la discusión.
—No necesitamos un testigo presencial si el resto de la prueba converge —respondió Raquel.
—No. Pero tampoco podemos rellenar ese hueco con detalles que no conocemos.
Noelia cerró una carpeta.
—Entonces mañana habrá que separar con mucho cuidado qué está acreditado, qué inferimos y qué no podemos demostrar.
—Sí.
Raquel se levantó y fue hasta la ventana.
Mara repasó mentalmente el camino que los había llevado hasta allí.
Habían tardado días en comprender que una parcela pequeña podía ser decisiva por su posición y no por su superficie; que una cámara no proporcionaba una coartada si desconocían el recorrido anterior; que la mentira de Roi ocultaba una infracción distinta del homicidio y que su paso posterior cerca de C no implicaba que hubiera podido ver el cadáver.
Ahora ya no se trataba de seguir separando los indicios, sino de valorar el peso que adquirían cuando se consideraban juntos sin borrar los límites de ninguno.
Raquel regresó a la mesa.
—Para mí, la base ya permite avanzar.
—¿Cómo? —preguntó Noelia.
—Conforme al procedimiento y a lo que tenemos documentado.
No voy a improvisar una actuación esta tarde ni a convertir el resultado del laboratorio en una carrera para localizar a Sabela.
Primero incorporo formalmente la pericia, cierro la valoración con la UOPJ y preparamos el siguiente paso como corresponde.
Mara no necesitó pedir más detalles.
—¿Quieres algo de nosotras hoy?
—Sí. Mañana a primera hora quiero una reconstrucción factual del recorrido completo.
Sin diálogos imaginados, sin decidir qué pensaba Sabela y sin transformar una hora probable en certeza forense.
Quiero saber qué podemos llevar al atestado como hecho, qué como inferencia y qué no podemos demostrar.
Noelia miró la documentación acumulada.
—Puede llevar tiempo.
—Tenemos la mañana si hace falta.
—No hará falta toda.
Mara guardó la cronología.
—Empezaremos en D.
Era el punto lógico. Desde allí había salido Sabela aquella tarde con su bolsa de herramientas. Después vendrían el encuentro, el descenso, el avistamiento de Roi, la zona de C y el recorrido hasta el vehículo.
Aquella reconstrucción quedaría para la mañana siguiente.
Mara devolvió la fotografía de la maceta a su carpeta.
Durante días habían buscado una conexión material entre Sabela y la agresión, y ahora la tenían.
Su fuerza no procedía únicamente de la sangre hallada en la unión del mango, sino de que aquel resultado encajaba con una secuencia construida antes de conocerlo sin obligarlos a modificar sus tiempos, sus recorridos ni el motivo.
Raquel cerró la carpeta principal.
—Mañana hacemos el recorrido una vez más.
Esta vez serviría para fijar qué partes de aquella reconstrucción podían sostener con pruebas y cuáles debían permanecer como inferencias.