Capítulo 25
La unión del mango
La llamada llegó poco después de las doce, cuando Noelia empezaba a guardar las carpetas que habían utilizado durante toda la mañana.
Raquel miró la pantalla antes de responder y no necesitó decir de quién se trataba. Mara percibió el cambio en su atención porque dejó los papeles que tenía entre las manos y escuchó durante casi un minuto sin interrumpir.
—Sí —dijo al fin—. Entiendo. ¿Es un resultado preliminar o ya podéis documentarlo?
Se alejó unos pasos hacia el otro extremo de la sala.
Noelia permaneció quieta, con una carpeta abierta entre las manos, mientras Mara se sentaba.
Después de una semana construyendo el caso a partir de testimonios, rutas, horarios y documentos que exigían interpretación, una respuesta del laboratorio podía alterar de forma directa el peso de todo lo anterior.
Raquel hizo dos preguntas más, tomó unas notas y pidió que remitieran la comunicación por el cauce previsto en cuanto estuviera disponible. Después regresó a la mesa.
—Han encontrado material biológico en la maceta.
Noelia dejó la carpeta.
—¿Qué material? —preguntó Mara.
—Una microtraza hemática humana. Está en la unión entre la cabeza de acero y el mango, dentro de un intersticio protegido.
Mara recordó la herramienta en el almacén, relativamente limpia como muchas de las que la rodeaban. También el cepillo de alambre, los paños y el aceite sobre la mesa, y la explicación de Sabela sobre el mantenimiento habitual del material.
—¿Tienen perfil?
—Sí.
Raquel consultó sus notas antes de continuar.
—Coincide con Ramiro.
Noelia tomó asiento. Mara no sintió alivio ni la impresión de que acabaran de resolver el homicidio. Lo primero que necesitó fue entender hasta dónde llegaba realmente aquel resultado.
—Empieza otra vez. Exactamente lo que pueden sostener.
Raquel volvió a contactar con Criminalística para pedir que la comunicación técnica recogiera con precisión los datos y sus límites. Mientras esperaban el documento preliminar, reconstruyó lo que le habían explicado.
La maceta había sido examinada después de su recepción con la cadena de custodia documentada.
Durante el registro no presentaba a simple vista ningún resto que permitiera extraer conclusiones, algo que ya sabían.
El interés había surgido al trabajar sobre zonas menos expuestas, en particular la unión entre la cabeza metálica y el mango.
Allí localizaron una cantidad mínima de material de naturaleza hemática humana y obtuvieron un perfil genético útil coincidente con el de Ramiro.
—¿Coincidente o no excluyente? —preguntó Noelia.
Raquel miró la anotación.
—La formulación que me han dado es «perfil genético coincidente». Esperemos al documento para mantener exactamente el término que utilicen.
—¿Pueden fechar el depósito? —preguntó Mara.
—No.
—¿Y afirmar que llegó ahí durante la agresión?
—Tampoco por la genética sola.
Noelia volvió sobre el lugar del hallazgo.
—Pero no está en una superficie exterior.
—No. Está en un intersticio protegido de la unión entre la cabeza y el mango.
Eso cambiaba el valor de la explicación que habían anticipado antes de conocer el resultado.
Ramiro podía haber tocado una herramienta de Sabela durante un trabajo compartido.
Un contacto con el mango, una transferencia ocasional o incluso haberla utilizado previamente eran posibilidades que debían valorar si aparecía material biológico en una zona normal de manipulación.
La presencia de sangre en un punto protegido planteaba una cuestión distinta, aunque Mara no quiso adelantarse.
—Necesitamos que Criminalística nos diga qué permite interpretar esa localización y qué no.
—Eso les he pedido.
El documento preliminar llegó unos minutos después. Todavía no era el informe completo, pero contenía resultados que el laboratorio podía sostener.
Raquel lo abrió y las tres revisaron la información con calma.
La naturaleza hemática estaba confirmada, la muestra era humana y el perfil genético obtenido coincidía con el de referencia de Ramiro.
La zona donde se encontraba, protegida por la propia configuración de la unión entre las dos partes de la herramienta, estaba menos expuesta al roce y a una limpieza superficial ordinaria.
El documento no fechaba el rastro ni atribuía intencionalidad a una eventual limpieza. Tampoco convertía por sí solo la maceta en el arma del homicidio.
—Eso tenemos que conservarlo desde ahora —dijo Mara—. El rastro relaciona a Ramiro con la herramienta. Cómo llegó hasta ahí necesita el resto de la investigación.
—Sí —respondió Raquel—. Pero es sangre, no una célula epitelial en el mango.
—Y la localización importa.
Noelia leyó de nuevo el párrafo.
—Entonces que Ramiro la cogiera alguna vez para clavar un poste...
—No lo descartemos porque nos resulte menos probable —la interrumpió Mara—. Primero veamos hasta dónde llega técnicamente esa objeción.
Criminalística indicaba que la naturaleza del material y el lugar donde se había conservado resultaban menos compatibles con un simple contacto de manipulación que un rastro superficial ordinario.
Aun así, no podía determinar cuándo se había depositado.
Una herramienta utilizada durante meses podía conservar restos procedentes de episodios anteriores y la pericia no permitía asignar una fecha a aquella microtraza.
—Eso puede utilizarse para cuestionar el resultado —dijo Raquel.
—Y es una objeción legítima —respondió Mara—. Lo que debemos comprobar es si conocemos una explicación razonable para que Ramiro dejara sangre ahí antes del homicidio.
Noelia abrió la carpeta sobre usos compartidos.
Habían hecho esas preguntas antes de conocer el resultado del laboratorio.
Ni Antón ni Roi recordaban un accidente de Ramiro relacionado con aquella herramienta.
Sabela tampoco había mencionado que él se hubiera cortado o herido mientras trabajaban juntos, ni constaba una reparación reciente en la que Ramiro hubiese sangrado utilizando material suyo.
Eso no hacía imposible un contacto anterior, pero no disponían de un episodio concreto que lo explicara.
—Al menos estas comprobaciones no las hemos empezado ahora porque ya sabemos qué ha salido —dijo Noelia.
—Eso habla de cómo hemos trabajado —precisó Raquel—, no aumenta por sí mismo el valor de la muestra.
—Exactamente.
El teléfono volvió a sonar poco después. Esta vez Criminalística ampliaba la información sobre la posible compatibilidad entre la herramienta y la lesión. Raquel activó el altavoz tras confirmar que podían hacerlo y escucharon la explicación sin interrumpir.
La lesión principal de Ramiro era compatible con un golpe producido por un objeto compacto y duro, de características generales semejantes a las de la maceta intervenida. Sus dimensiones, masa y superficie podían causar un traumatismo de aquella naturaleza.
Eso no permitía identificarla de forma exclusiva.
Una lesión contundente no conservaba un molde capaz de señalar una herramienta concreta entre todos los objetos de características similares que podían haberla producido.
—Entonces hablamos de compatibilidad de clase —resumió Mara al terminar la llamada—. No de identificación individual.
—Correcto.
Noelia se levantó y fue hacia la pizarra que habían utilizado aquella mañana.
—¿Puedo?
Mara comprendió lo que quería hacer.
—Sin convertirlo en una demostración matemática.
—Prometido.
Noelia no volvió a escribir toda la cronología.
Anotó únicamente los elementos que existían antes del resultado de laboratorio: el encuentro concertado por Ramiro, el perjuicio económico y profesional de Sabela, la discusión que había minimizado, el testimonio de Roi que los situaba juntos más tarde y más abajo de lo declarado y el paso directo que hacía compatible aquella permanencia en la ladera con el registro de las 19:11.
Al final añadió la maceta: una herramienta de Sabela, compatible con el mecanismo lesivo y con sangre de Ramiro alojada en una zona protegida.
—Así cambia —dijo.
—¿En qué sentido? —preguntó Raquel.
—Hasta ahora cada dato tenía una explicación posible por separado. Invertir dinero no demuestra violencia. Mentir sobre una discusión tampoco. Conocer el paso no significa utilizarlo. El registro de las 19:11 solo demuestra dónde estaba después.
Miró la última línea.
—Y la maceta, sola, tampoco nos dice cuándo llegó la sangre hasta ahí.
—Pero una explicación alternativa tiene que sostener todas esas cosas a la vez —dijo Mara.
Hasta ese momento, la versión no homicida podía construirse por partes: Sabela había ocultado la gravedad de la discusión porque temía parecer sospechosa; Roi podía equivocarse en algunos minutos; ella conocía el paso corto sin necesidad de haberlo utilizado aquella tarde; las inversiones explicaban un enfado grave sin convertirlo en asesinato, y la presencia ante la cámara seguía siendo completamente auténtica.
Ahora había que incorporar además sangre de Ramiro en un intersticio protegido de una herramienta que Sabela podía haber llevado el día del crimen y cuyo tipo era compatible con la lesión mortal.
Ninguno de esos elementos aislados hacía imposible una explicación inocente, pero su coincidencia reducía el espacio para sostenerla sin añadir cada vez más circunstancias independientes.
Raquel cerró el documento.
—Quiero que hagamos lo contrario de celebrar el resultado.
—¿Qué propones? —preguntó Noelia.
—Intentar explicar la microtraza sin el homicidio.
Mara sonrió ligeramente.
—Eso sí me parece útil.
Durante la hora siguiente regresaron a la relación laboral entre Ramiro y Sabela.
Habían coincidido en tareas, Ramiro administraba para Benito la parcela que ella trabajaba y ambos se movían por la misma ladera.
Existían oportunidades reales para que Ramiro hubiera tocado herramientas suyas; nadie podía afirmar con rigor que la maceta hubiese permanecido siempre en manos de Sabela.