La tierra heredada (Los casos de Mara Valdés 3) Capítulo 24 #2
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Capítulo 24 #2

Las falsas líneas no se deshacían porque los sospechosos hubieran resultado mejores personas de lo que parecían.

Clara había ocultado una negociación, Diego había discutido, Esteban presionaba por interés comercial, Antón utilizaba recursos de Ramiro en trabajos particulares y Roi desobedecía la indicación sobre el paso.

Todos tenían algo que esconder, pero ninguno de esos secretos necesitaba ya una muerte para explicarse.

Mara se levantó y escribió en la pizarra únicamente las referencias temporales que podían defender.

La última llamada profesional situaba a Ramiro con vida entre las 18:20 y las 18:25.

El encuentro con Sabela había sido concertado y comenzaba después.

Roi afirmaba haberlos visto todavía juntos hacia las 18:40-18:42.

La valoración médico-legal permitía una muerte posterior sin fijar un minuto concreto.

Desde C hasta E, el descenso directo requería entre siete y nueve minutos; desde E hasta el establecimiento, el trayecto en vehículo oscilaba aproximadamente entre diez y catorce.

Noelia miró la pizarra.

—Ya hicimos esto.

—Entonces queríamos saber si la secuencia era posible. Ahora quiero comprobar que no dependa siempre del extremo que más nos conviene.

Raquel se acercó.

Una reconstrucción podía parecer impecable si elegían de cada intervalo la cifra más favorable: el testigo tenía que haber mirado en el primer minuto posible, la agresión ocurrir inmediatamente después, el descenso hacerse en el tiempo mínimo y el trayecto en coche consumir también el margen más corto.

Una cadena así podía funcionar sobre el papel y seguir siendo artificial.

Mara empezó por el final.

—El registro comienza a las 19:11 y se extiende hasta las 19:15. No necesitamos que llegue en el primer minuto.

—Correcto.

—Desde E, el coche tarda entre diez y catorce minutos en condiciones normales. Una salida del aparcamiento en torno a las siete puede seguir colocándola en el establecimiento dentro del intervalo.

Noelia hizo el cálculo.

—Sí.

—Y el descenso directo requiere entre siete y nueve minutos. Eso permite abandonar la zona de C alrededor de las seis y cincuenta y alcanzar el coche sin correr ni necesitar el mínimo de cada tramo.

Raquel señaló la franja anterior.

—Roi los ve juntos entre las seis y cuarenta y las seis y cuarenta y dos. Sigue habiendo margen para que desciendan y para que la muerte ocurra después.

No estaban intentando fijar el homicidio a una hora exacta que la investigación no podía conocer. Comprobaban algo más sencillo: que la hipótesis funcionaba dentro de las horquillas acreditadas sin deformarlas.

—Si Roi se equivoca un par de minutos, sigue cabiendo —dijo Noelia.

—Sí.

—Si el descenso tarda nueve y no siete, también.

—También.

—¿Y si el coche tarda catorce?

Mara repasó la franja.

—Puede seguir encajando, dependiendo de la hora de salida. No necesitamos que todas las cifras jueguen a favor al mismo tiempo.

Raquel se apartó de la pizarra.

—Eso me interesa más que una reconstrucción al minuto.

A Mara también. Lo que tenían no era una coreografía perfecta, sino una secuencia con margen suficiente para resultar normal: dos personas que discutían sin mirar constantemente el reloj, un testigo que recordaba una hora aproximada, una bajada hecha por alguien habituado a aquella pendiente y un trayecto en coche sometido a las variaciones de una carretera rural.

La muerte cabía en esa secuencia sin exigir ninguna anomalía. Lo que todavía no demostraba era quién había dado el golpe.

—Supongamos que Criminalística llama esta tarde y dice que no hay nada útil en la maceta —planteó Mara—. ¿Qué tenemos entonces?

Raquel respondió primero.

—Un perjuicio económico y profesional acreditado, un encuentro concertado con la víctima, una mentira sobre el lugar y la hora de la separación, un testigo que sitúa a Sabela con Ramiro más tarde, una ruta no declarada que permite llegar al coche y un registro posterior compatible con esa secuencia.

—Y ninguna prueba que la coloque en C durante la agresión.

—Correcto.

Noelia se quedó pensativa.

—Sería difícil volver a poner a otro por delante de ella.

—Pero no podríamos actuar como si el caso estuviera resuelto —dijo Raquel.

Ese era el límite que Mara quería fijar antes de conocer cualquier resultado.

Si Criminalística encontraba una evidencia fuerte, no debían permitir que borrara la estructura previa de la investigación.

Si el resultado era inconcluyente, tampoco podían convertir motivo, oportunidad y mentiras en una prueba de autoría.

Noelia reunió las carpetas que habían ido apartando.

—Entonces estas líneas quedan cerradas salvo que aparezca algo nuevo.

—Cerradas como explicaciones actuales del homicidio —precisó Mara—. Los hechos permanecen.

—Clara negoció, Diego discutió, Esteban presionó, Antón ocultó trabajos y Roi mintió sobre el paso.

—Sí.

—Y ninguno de esos hechos necesita ya un asesinato para explicarse.

La frase resumía mejor que cualquier tabla lo que habían conseguido.

El teléfono de Raquel seguía sin sonar.

A media mañana hicieron una pausa breve y bajaron a por café.

Mara prefirió salir a la calle unos minutos en lugar de quedarse junto a la máquina de la sede.

Monforte tenía el movimiento normal de un jueves: coches entrando y saliendo, gente haciendo compras y terrazas que comenzaban a ocuparse.

Después de tantos días observando una misma ladera hasta reconocer sus muros y sus accesos, aquella normalidad resultaba casi extraña.

Noelia caminó a su lado.

—¿Crees que fue ella?

Mara tardó en responder. Hasta entonces habían empleado expresiones más profesionales: hipótesis principal, convergencia, alternativa razonable. Noelia había formulado la pregunta de otro modo.

—Creo que los datos nos llevan hacia ella —dijo al fin—. Y sigo sin saber qué ocurrió entre el momento en que Roi los vio y la muerte de Ramiro.

—Eso probablemente no lo veremos nunca entero.

—Probablemente no.

—Aunque la maceta dé resultado.

Mara asintió. Una prueba material podía vincular una herramienta con la víctima en condiciones difíciles de explicar mediante el trabajo ordinario.

No podía reproducir una conversación, recuperar las palabras pronunciadas ni fijar por sí sola el instante en que una discusión se transformó en violencia.

—Entonces siempre habrá una parte de reconstrucción.

—Sí. Pero reconstruir no es inventar si distinguimos qué está probado y qué inferimos.

Noelia bebió un poco de café.

Cuando regresaron, Raquel estaba hablando por teléfono. Las miró al entrar y les hizo un gesto para que esperaran. Mara no intentó leer su expresión.

Al colgar, la teniente dejó el móvil sobre la mesa.

—No era Criminalística.

Noelia soltó el aire.

—Gracias por decirlo antes de que me dé algo.

La llamada se refería a una última comprobación sobre los movimientos de Esteban. No modificaba nada: la referencia que faltaba había quedado documentada y cerraba un pequeño intervalo que, en cualquier caso, nunca lo había situado en la ladera.

Mara volvió a la pizarra y borró su nombre de una esquina donde todavía figuraba como alternativa pendiente.

No sentía que lo descartaran por intuición.

Habían tardado días porque cada interés, cada mentira y cada recorrido necesitaban una explicación comprobable fuera del relato de quien los protagonizaba.

Cerca del mediodía, solo permanecía abierta la línea de Sabela. No porque los demás fueran incapaces de cometer un homicidio, sino porque ya no tenían hechos que los relacionaran con aquel.

Raquel recogió la documentación.

—Si el laboratorio no aporta nada, tendremos que decidir hasta dónde llegamos con esta base.

—Sí.

—Pero no volvemos al principio.

—No.

Un resultado negativo no convertiría en falsas las inversiones, el testimonio de Roi, las mediciones del paso ni las contradicciones de Sabela. Dejaría sin resolver la conexión material que buscaban, nada más.

Mara miró una última vez el teléfono de Raquel y volvió a la documentación.

Mientras llegaba la llamada, todavía tenían un caso que seguir trabajando.