La tierra heredada (Los casos de Mara Valdés 3) Capítulo 24
80%

Capítulo 24

Sin esperar al laboratorio

El teléfono de Raquel permanecía sobre la mesa desde primera hora, con el sonido activado y la pantalla hacia arriba, pero nadie preguntó cuándo llamarían de Criminalística.

Mara había visto demasiadas investigaciones perder ritmo mientras todos aguardaban una prueba que podía tardar horas o días.

La maceta ya estaba donde debía estar y los especialistas harían su trabajo sin necesidad de que tres investigadores mirasen el móvil cada cinco minutos.

Si el laboratorio aportaba algo, tendría que incorporarse a una investigación que ya estuviera construida; si no encontraba nada concluyente, necesitaban saber igualmente hasta dónde podían llegar con lo reunido.

Noelia apareció poco después de las ocho con una carpeta más delgada de lo habitual.

—He conseguido reducirlo —anunció al dejarla sobre la mesa—. No voy a enseñaros todas las facturas otra vez.

—Eso mejora mucho la mañana —dijo Raquel.

—No te acostumbres. He seleccionado únicamente lo que necesitamos para responder a una pregunta: qué perdía Sabela realmente si Ramiro cambiaba de plan.

Mara acercó una silla. La noche anterior había repasado la secuencia temporal y había terminado en el mismo punto al que llegaban desde el registro del almacén.

Podían describir una hipótesis coherente, pero se volvería peligrosa si cada dato nuevo empezaba a interpretarse únicamente en función de ella.

Aquella mañana quería hacer lo contrario: volver sobre las alternativas que habían considerado razonables y cerrarlas solo allí donde las comprobaciones lo permitieran.

Noelia abrió la carpeta.

No había descubierto nuevas inversiones. Había separado las que podían sostener documentalmente de aquellas cuyo destino dependía demasiado de declaraciones o interpretaciones. El resultado era menos llamativo que las primeras estimaciones y, precisamente por eso, más difícil de discutir.

—Aquí están los pagos que podemos atribuir a trabajos concretos: drenajes, reparación y estabilización de muros, soportes y preparación de determinadas zonas.

Parte corresponde a superficie que Sabela ya trabajaba; otra tiene sentido económico sobre todo si la explotación iba a crecer.

Tenemos la documentación, la ubicación de varias actuaciones y las consultas técnicas que hicimos antes de saber hacia dónde iba la investigación.

Raquel pasó las primeras hojas.

—¿Cuánto podemos afirmar que habría perdido si no ampliaba?

—No puedo convertirlo en una cifra de ruina porque no existe.

Y ella tampoco estaba arruinada. Tenía parcelas propias, otros trabajos y otros acuerdos.

Lo que sí podemos sostener es que varias inversiones quedaban peor amortizadas con la superficie actual y que una parte del dinero estaba incorporada a mejoras que no podía cargar en una furgoneta y llevarse.

Mara recordó la facilidad con que Sabela había reducido al principio todo aquello a «varios miles» y a gastos normales de explotación.

Entonces no sabían si esa minimización respondía al deseo comprensible de no parecer desesperada o a otra razón.

Ahora podían afirmar, con documentación suficiente, que el perjuicio no era una construcción policial posterior al homicidio.

—¿Y la expectativa de ampliación?

Noelia colocó junto a las facturas los mensajes, las notas de Ramiro y el borrador que ya conocían.

—Tampoco hace falta exagerarla. No había un contrato que le garantizara una superficie concreta, pero sí conversaciones sostenidas durante meses, cálculos y referencias a continuidad.

Ramiro actuó como si la ampliación fuera una posibilidad real hasta que dejó de hacerlo.

Eso explica por qué Sabela invirtió, sin demostrar que jurídicamente tuviera derecho a recibir esas parcelas.

Raquel apoyó un dedo sobre uno de los documentos.

—Y el martes Ramiro ya había decidido reorganizar el bloque de otra manera.

—Eso podemos reconstruir a partir de la reunión con Esteban, la importancia de la parcela de Diego y las notas de trabajo.

No sabemos en qué momento exacto tomó la decisión definitiva; seguramente tampoco hubo un instante solemne.

Lo que sí sabemos es que ese día actuó como alguien que ya no estaba dispuesto a mantener el plan anterior con Sabela.

Durante la primera mitad de la investigación, la parcela de Diego había parecido ocupar el centro de los conflictos porque alrededor de ella convergían una herencia, una negociación y varias personas con intereses distintos.

Los hechos eran ciertos, pero su importancia era otra.

La parcela no resultaba decisiva por quién quisiera comprarla, sino por lo que permitía hacer a Ramiro con el conjunto de terrenos.

—Entonces el perjuicio queda fijado —dijo Mara—. No como pérdida total de su medio de vida, sino como una explotación que podía quedarse por debajo de la escala para la que había estado invirtiendo.

—Y con gastos que Ramiro no pensaba reconocer íntegramente —añadió Noelia.

Era suficiente. No necesitaban convertir a Sabela en una mujer al borde de la pobreza para explicar un conflicto grave.

Podía seguir trabajando y, al mismo tiempo, ver cómo dos años de esfuerzo quedaban atrapados en un proyecto que Ramiro podía desmontar amparándose en que nunca habían formalizado todas las condiciones.

Raquel cerró la carpeta.

—El motivo está mejor definido. Ahora vamos con los demás.

Noelia hizo una mueca.

—Otra vez.

—Otra vez. Y será la última si los datos aguantan.

Empezaron por Clara y Esteban, porque en los primeros días habían formado una explicación especialmente atractiva.

Ella negociaba a espaldas de su hermano; él buscaba asegurar tierras y suministro sin depender de que Ramiro controlara toda la operación.

Vista desde lejos, la muerte podía parecer útil para ambos.

Las comprobaciones habían deshecho esa apariencia.

Clara ocultó conversaciones porque no quería que Ramiro supiera hasta dónde había avanzado por su cuenta y porque, después de la muerte, aquellas gestiones podían presentarla como alguien dispuesto a beneficiarse de la propiedad familiar antes de que la situación estuviera aclarada.

Sin embargo, sus movimientos en Monforte durante la franja crítica se apoyaban en referencias independientes suficientes para alejarla materialmente de C.

Esteban tenía razones comerciales para presionar, pero no necesitaba la muerte de Ramiro.

Había construido precisamente una alternativa negociadora hablando con titulares por separado.

Sus movimientos profesionales tampoco lo situaban en la ladera aquella tarde y, además, no constaba que conociera el alcance del perjuicio que la reorganización podía causar a Sabela.

—La muerte podía modificar una negociación —dijo Mara—, pero ninguno de los dos necesitaba provocarla para avanzar.

—Y ninguno estaba allí —añadió Raquel—. Eso pesa más.

Noelia apartó ambas carpetas.

Con Diego necesitaron menos tiempo. Había discutido con Ramiro aquel mismo día, recibido interés por la parcela y soportado la presión de una relación familiar que su primo trataba casi como si el acuerdo sobre la tierra hubiera pasado también por herencia.

Todo aquello era cierto. También lo era que, después de la reunión, Diego había regresado a Ourense y su presencia allí durante la franja relevante se sostenía en una cita previamente concertada, testigos y documentación.

—Y no sabía qué suponía esa parcela para Sabela —recordó Noelia.

—Ni entendía al principio toda su importancia para los accesos —dijo Mara—. Para él era una propiedad cuyo acuerdo quería renegociar.

No hacía falta atribuirle buenas intenciones para sacarlo de la línea principal. Podía haber sido oportunista, presionar a Ramiro o intentar obtener más dinero y seguir sin tener relación con el homicidio.

Antón y Roi habían resultado más engañosos porque ambos habían mentido sobre sus movimientos. En una investigación por muerte violenta, una mentira relacionada con el lugar pesaba más que una discusión económica ocurrida horas antes.

Con Antón apenas quedaba espacio. El encargo de Benito existía antes de que apareciera el cadáver, el trabajo era comprobable y Benito lo situaba con él durante la franja crítica.

Antón había ocultado que empleaba tiempo y recursos vinculados a Ramiro en un encargo particular, una conducta que podía perjudicarlo laboralmente pero que lo mantenía en otra ladera cuando se produjo la agresión.

Roi era distinto porque sí había estado cerca.

—Si el laboratorio no aporta nada, es el único al que todavía sería fácil señalar como alternativa —dijo Noelia.

Raquel se tomó unos segundos.

—Por eso quiero que lo revisemos bien.

Volvieron a las posiciones fijadas con Nicolás. Roi había usado el paso que Ramiro le había pedido que evitara, lo había ocultado y había callado durante días que vio a Ramiro y Sabela más abajo de donde ella decía haberlo dejado. Más tarde regresó por un nivel inferior de la ladera.

Durante unos días, la suma resultó sospechosa. El terreno fue separando cada elemento.

Desde el punto indicado por Roi podía ver a Ramiro y Sabela.

Las líneas de visión lo permitían. Después los perdía al descender y, cuando regresaba por el tramo inferior, el muro de contención y la diferencia de cota ocultaban el lugar exacto donde había quedado el cuerpo.

No dependían de creer su palabra; lo habían comprobado sobre el terreno.

—¿Podía desviarse hasta C? —preguntó Noelia.

—Físicamente podía hacer muchas cosas —respondió Mara—. La cuestión es si tenemos algún dato que indique que lo hizo.

—No.

—Entonces no podemos mantenerlo como alternativa únicamente porque sabemos que mintió.

Raquel estuvo de acuerdo.

—Su mentira tiene una explicación independiente: quería ocultar el uso del paso que Ramiro intentaba impedirle. Y, cuando terminó admitiéndolo, nos dio además el dato que permitió situar juntos a Ramiro y Sabela.