La tierra heredada (Los casos de Mara Valdés 3) Capítulo 23
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Capítulo 23

Herramientas limpias

La puerta del almacén se resistió al primer intento.

Sabela tuvo que levantar ligeramente el pomo mientras empujaba con el hombro; la madera rozó contra el suelo antes de ceder y, cuando por fin se abrió, ella se apartó sin hacer comentarios.

Al otro lado había una estancia rectangular, con las paredes encaladas, suelo de hormigón y dos estanterías metálicas cargadas de herramientas, cajas y material de trabajo.

Raquel ya le había explicado el alcance de la resolución judicial.

El registro se limitaba a aquella dependencia, separada de la vivienda, y a las herramientas o efectos que pudieran guardar relación con el homicidio de Ramiro.

No incluía la casa ni el vehículo, ni autorizaba a extender la diligencia a otros espacios porque, una vez allí, algo despertara su interés.

Sabela había leído la documentación con atención y había preguntado precisamente por esos límites antes de abrir.

—Quiero quedarme —dijo mientras uno de los agentes preparaba la documentación fotográfica inicial—. Si os vais a llevar cosas mías, prefiero verlo.

—Puedes estar aquí —respondió Raquel—. Te iremos indicando lo que se intervenga.

Mara se mantuvo cerca de la entrada para no estorbar.

El almacén resultaba más pequeño de lo que había imaginado después de tantos días hablando del material que Sabela utilizaba en la explotación.

Había herramientas largas apoyadas contra una pared, cajas debajo de una mesa, guantes, piezas para postes, tensores, rollos de alambre y recipientes con tornillería.

En una esquina se acumulaban sacos y otros materiales que quedaban claramente fuera del objeto del registro.

Nada parecía dispuesto para ocultar nada. Era un espacio de trabajo utilizado a diario, con manchas antiguas sobre el hormigón, polvo en las esquinas y una mezcla de olores a metal, tierra y aceite que Mara ya había encontrado en otros cobertizos de la ladera.

Los agentes documentaron primero el estado general antes de mover ningún objeto. Después fueron revisando cajas y estanterías dentro de los límites del auto, dejando constancia de lo que encontraban sin convertir cada herramienta metálica en una posible arma.

Sabela seguía la diligencia desde la pared opuesta.

—¿Todo esto es tuyo? —preguntó Raquel cuando llegaron a una caja de plástico azul.

—Casi todo. Ahí hay algunas cosas que dejó una cuadrilla hace meses.

—¿Qué cosas?

—Abrazaderas, un par de llaves, tornillos. Material pequeño. Les dije que vinieran a recogerlo, pero ahí sigue.

Raquel pidió que quedara reflejado y continuó con las herramientas de las baldas.

—¿Y esto?

—Eso sí es mío.

—¿Lo utiliza alguien más?

Sabela se encogió de hombros.

—Si estamos trabajando juntos y alguien necesita algo, puedo prestárselo. Igual que me dejan a mí una herramienta cuando hace falta. Aquí no trabajamos cada uno metido en una caja.

Coincidía con lo que Antón y Roi habían explicado. El uso compartido ocasional era normal, aunque eso no significaba que otras personas pudieran entrar libremente en el almacén.

—¿Quién tiene llave? —preguntó Raquel.

—Yo.

—¿Nadie más?

Sabela tardó unos segundos en responder.

—Hay otra copia en casa, pero no se la he dado a nadie.

—Cuando alguien utiliza una herramienta tuya, ¿entra aquí a buscarla?

—Normalmente no. Se la doy yo o ya la llevo en el coche o en la ladera.

Raquel anotó la respuesta sin darle un peso que todavía no tenía.

Delimitaba el acceso habitual, pero no convertía cada herramienta en un objeto manipulado únicamente por Sabela.

Si Criminalística encontraba algún rastro, después habría que valorar qué contactos podían explicarse por el trabajo ordinario y cuáles no.

La inspección llegó a la mesa. Había un paño doblado, un cepillo de alambre, un pequeño bote de aceite y varios útiles de mantenimiento. Algunas superficies metálicas estaban relativamente limpias; otras conservaban polvo o tierra seca acumulada en las juntas.

—¿Sueles limpiar aquí las herramientas? —preguntó Raquel.

Sabela miró la mesa.

—Sí. Sobre todo si vienen con barro o humedad. Las seco, les paso un trapo, alguna necesita aceite... depende de lo que haya usado.

—¿Lo haces al terminar cada jornada?

—No siempre. Si una está sucia, sí. Si no, cuando hace falta.

—¿Recuerdas si limpiaste algo el martes?

Sabela volvió la cara hacia ella. El tono práctico que había mantenido hasta entonces desapareció durante unos segundos.

—No recuerdo lo que limpié el martes.

—¿Ninguna herramienta?

—No llevo una lista. Trabajo con ellas todos los días. A veces limpio una al terminar y otra se queda hasta la mañana siguiente.

Raquel no insistió.

Una herramienta limpia podía ser el resultado de un mantenimiento completamente normal. Convertir aquel aspecto en una conducta sospechosa antes de que existiera una pericia habría sido adelantarse a lo que todavía no sabían.

Uno de los agentes pasó a la segunda estantería y allí apareció la maceta.

Estaba colocada entre otros útiles de golpe, con la cabeza de acero orientada hacia fuera y el mango corto apoyado contra el lateral de la balda.

No estaba escondida ni separada del resto.

Los bordes mostraban desgaste y el mango tenía las marcas propias de un objeto utilizado durante bastante tiempo.

Mara la reconoció. Ya figuraba en fotografías tomadas días atrás, antes de que Roi rectificara su declaración, antes de que midieran el paso directo y antes de que comprendieran la importancia real de la parcela de Diego. Entonces había sido una herramienta más.

Raquel pidió que la fotografiaran en su posición original y comparó después la imagen con la documentación anterior.

—Sabela, ¿esta maceta es tuya?

Ella se acercó lo suficiente para verla.

—Sí.

—¿La utilizas habitualmente?

—Cuando la necesito.

—¿Para qué trabajos?

—Ajustar postes, meter alguna pieza, trabajar con anclajes, alguna reparación pequeña de piedra... lo normal.

—¿La llevabas contigo el martes?

Sabela miró la herramienta antes de contestar.

—Llevaba una bolsa con material. Ya os lo dije.

—Te pregunto por esta maceta.

—No puedo asegurarte todo lo que había dentro.

—¿Podía estar?

Esta vez respondió enseguida.

—Sí.

El agente se dispuso a intervenirla, sin someterla allí a un examen improvisado que correspondía al laboratorio.

La cabeza tenía zonas pulidas por el uso, pequeños cambios de tono y algo de suciedad adherida cerca de la unión con el mango.

A simple vista, nada permitía distinguir entre mantenimiento habitual, trabajo reciente u otro tipo de contacto.

Sabela observó la herramienta.

—Está limpia.

Raquel volvió la atención hacia ella.

—¿Por qué lo dices?

—Porque seguramente la limpié después de usarla. Mirad las demás. No guardo las herramientas llenas de barro si puedo evitarlo.

—¿Recuerdas cuándo la limpiaste?

—No.

—¿Después del martes?

Sabela apretó la mandíbula antes de responder.

—Si la utilicé aquel día para un anclaje y estaba sucia, podría haberla limpiado después. Si no la utilicé, sería de antes. No lo sé.

Mara no encontraba extraño que, una semana después, no pudiera recordar cuándo había pasado un trapo por una herramienta cotidiana. También era posible que aquella falta de precisión ocultara algo, pero el registro no servía para decidirlo allí.

La maceta quedó individualizada y preparada para el embalaje.

Sabela dio un paso hacia los agentes.

—¿Os vais a llevar esa?

—Sí —respondió Raquel.

—¿Por qué esa y no cualquier otra?

—Vamos a intervenir varios efectos que, por sus características, deben ser examinados. El informe forense habla de un objeto contundente duro y compacto, pero no identifica una herramienta concreta. Si puede establecerse alguna relación, tendrá que hacerlo Criminalística.

—Pero esa es la que queríais.

Raquel iba a responder cuando Mara intervino.

—Sabíamos que existía porque ya estaba fotografiada desde los primeros días. Eso no significa que sepamos que sea el arma.

Sabela se volvió hacia ella.

—Si no lo pensarais, no os la llevaríais.

—Pensamos que debe analizarse. No es lo mismo.

Sabela dejó escapar el aire lentamente y no insistió.

El registro continuó sin cambiar de tono.

Se documentaron otros útiles que podían resultar compatibles, de forma general, con una lesión contundente, mientras quedaban fuera aquellos que no guardaban una relación razonable con el objeto de la diligencia.

Al llegar a una caja con papeles ordinarios de trabajo, los agentes dejaron de revisarla en cuanto comprobaron que quedaba fuera del alcance del auto.

Raquel indicó que la cerraran.

—Pensaba que también ibais a mirar eso —dijo Sabela.

—No hemos venido a buscar documentación.

La tensión de su postura disminuyó ligeramente.

Mientras los agentes terminaban de reseñar los efectos ocupados, Raquel retomó la cuestión de los posibles usos compartidos.

—¿Ramiro había utilizado herramientas tuyas?

Sabela apoyó un hombro en la pared.

—Alguna vez, supongo.

—Necesitamos que intentes concretarlo.

—Trabajábamos cerca y compartíamos cosas cuando hacía falta. Si él necesitaba una llave o unas tijeras y yo las tenía, se las podía dejar. También podía ocurrir al revés.

—¿Recuerdas que utilizara esta maceta?

Sabela miró el embalaje todavía abierto.

—No.

—¿Estás diciendo que nunca la utilizó?

—Estoy diciendo que no recuerdo habérsela dejado. No es lo mismo.

Mara intervino.

—¿Podría haberla tocado durante algún trabajo compartido aunque no se la prestaras expresamente?

—Podría. También podría haber tocado veinte herramientas mías. No voy a inventarme un recuerdo porque ahora os interese una en concreto.

—No te lo estamos pidiendo.

Sabela cruzó los brazos.

—Pues quiero que quede claro.

Raquel hizo constar la respuesta.

Si aparecía algún vestigio relacionado con Ramiro, no bastaría con afirmar que la herramienta pertenecía a Sabela. Tendrían que saber qué clase de rastro era, dónde se encontraba y hasta qué punto podía explicarse por un contacto ordinario.

—Si encontráis algo suyo ahí, vais a decir que lo maté con ella —dijo Sabela.

Mara sostuvo su mirada.

—Dependerá de qué aparezca, dónde aparezca y qué explicaciones sean compatibles con el trabajo habitual. Un resultado no se interpreta solo.

Sabela la observó unos segundos y no contestó.

Cuando terminaron con la última estantería, los agentes prepararon el cierre de la diligencia. Los efectos ocupados quedaron individualizados y embalados por separado, con las referencias necesarias para mantener la cadena de custodia hasta su entrega a Criminalística.

La maceta desapareció dentro de uno de los paquetes.

Antes de que cerraran el embalaje, Mara volvió a verla.

Seguía pareciendo lo mismo que desde el principio: una herramienta corriente, semejante a muchas otras utilizadas en explotaciones de la zona.

No presentaba sangre visible, pero la ausencia de una mancha apreciable a simple vista tampoco permitía descartar nada.

Lo relevante empezaría cuando Criminalística pudiera examinarla en condiciones adecuadas.

Sabela recibió la relación de efectos intervenidos y la leyó con atención.

—¿Cuánto tiempo vais a tenerlos?

—No puedo darte una fecha exacta —respondió Raquel—. Dependerá de las pericias.

—Los necesito para trabajar.

—Hemos limitado la intervención a lo necesario. El resto del equipo se queda aquí.

Sabela miró las estanterías, ahora algo más vacías.

—Ya.

La protesta tenía sentido. Incluso una diligencia correctamente limitada afectaba a quien la sufría. Aquellas herramientas formaban parte de una explotación pequeña y sustituir material significaba dinero, tiempo y organización.

Cuando acabaron, Sabela volvió a cerrar el almacén. La puerta rozó otra vez contra el suelo y tuvo que levantar el pomo como al principio.

—¿Eso es todo?

—Por ahora, sí.

Guardó la documentación.

—Entonces ya sabéis dónde encontrarme.

Uno de los agentes la siguió con la mirada mientras caminaba hacia su coche.

Mara no vio motivo para buscar nada más en aquella frase.

Después de más de una hora viendo cómo registraban su lugar de trabajo y se llevaban parte del material, Sabela podía estar enfadada sin que ese enfado escondiera una amenaza o una confesión.

Esperaron hasta que arrancó.

—No tenemos nada visible —dijo Raquel mientras comprobaba los embalajes.

—Y eso es lo que debe constar.

Los paquetes serían remitidos a Criminalística con la documentación correspondiente. Allí decidirían qué análisis procedían y en qué zonas tenía sentido buscar rastros que no podían detectarse a simple vista.

Noelia llamó cuando ya regresaban hacia Monforte. Mara activó el manos libres.

—¿Cómo ha ido?

—Se han intervenido varios efectos, incluida la maceta.

—¿Y habéis visto algo?

—Nada que permita sacar una conclusión allí.

—¿Parecía limpia?

—Como otras herramientas del almacén. Sabela dice que mantiene el material de forma habitual y que no recuerda cuándo limpió esa en concreto.

—Entonces, de momento, no nos sirve.

—Exacto.

—Yo he terminado con los pagos. Hay dos documentos que quiero enseñaros mañana porque ayudan a fijar qué parte de la inversión dependía realmente de la ampliación, pero no cambian la hipótesis.

—Los vemos a primera hora.

Después de colgar, Mara miró por la ventanilla. La carretera iba dejando atrás las laderas y entrando poco a poco en un terreno menos abrupto.

Durante la investigación, varios datos habían cambiado de significado sin dejar de ser ciertos.

El registro de las 19:11 había parecido apartar a Sabela hasta que comprendieron el paso directo.

La parcela de Diego había resultado modesta en superficie hasta que descubrieron qué permitía reorganizar.

La mentira de Roi lo había acercado al homicidio antes de convertirlo en el testigo que contradijo la versión de Sabela.

Con la maceta todavía no sabían qué ocurriría.

Podía no ofrecer ningún resultado útil, contener rastros explicables por el trabajo compartido o aportar algo que exigiera una interpretación distinta.

Hasta entonces seguía siendo únicamente una herramienta intervenida dentro de una investigación que justificaba analizarla.

El vehículo que trasladaba los efectos tomó otro desvío y desapareció entre las curvas.

A la mañana siguiente, mientras Criminalística hacía su trabajo, ellos continuarían con el suyo.