Capítulo 22 #2
—Y los siete a nueve minutos siguen siendo para alguien acostumbrado a la ladera. Si bajas tú mirando cada piedra, tardas más.
—Gracias por la confianza.
—Información técnica.
Antes de colgar, Mara volvió a preguntarle por la parcela de Diego.
Nicolás confirmó que su importancia física era independiente del paso C-D-E: aquella parcela mejoraba la continuidad interna del bloque que Ramiro pretendía reorganizar, mientras que el paso directo resolvía el descenso desde la zona de C hasta el aparcamiento.
La distinción seguía siendo necesaria. Cuanto más fuerte se volvía la hipótesis contra Sabela, mayor era el riesgo de hacer que todos los elementos del terreno parecieran partes de una única construcción perfecta.
Al regresar a la sala, se sentó frente a Raquel.
—No hay una tercera ruta que cambie el cálculo. Solo variantes menores. Nicolás lo incorporará al informe con los límites que correspondan.
Raquel hizo una anotación.
—Bien.
—¿Vas a enviarlo ya?
—Cuando termine de revisar el objeto del registro.
Noelia se acercó.
El apartado ocupaba pocas líneas: dependencia de trabajo separada de la vivienda; búsqueda de herramientas y efectos relacionados con el mecanismo lesivo investigado; ocupación y documentación de aquellos elementos que, por sus características o por la información ya reunida, pudieran guardar relación con el homicidio.
La solicitud no se extendía a otros espacios.
—¿Y si aparece documentación interesante? —preguntó Noelia.
—Si está fuera del objeto y no tenemos cobertura para intervenirla, no nos la llevamos porque resulte interesante.
—Era por comprobar que seguías despierta.
—Gracias.
Mara continuó mirando el texto. Podían explicar antes de entrar qué querían buscar y por qué.
Eso evitaba convertir el registro en una exploración destinada a encontrar, después de los hechos, cualquier cosa que confirmara una sospecha.
Habían reunido indicios suficientes para plantear una necesidad concreta sobre material al que no podían acceder legítimamente sin la autorización correspondiente.
Raquel hizo la última corrección.
—Lo envío.
La documentación salió por el cauce establecido y la espera comenzó sin ceremonia.
Noelia volvió a sus cuentas. Mara repasó las alternativas que seguirían abiertas si el registro no aportaba nada: Sabela podía haber dejado a Ramiro vivo después de que Roi los viera, o el homicidio podía haberse cometido con una herramienta que no perteneciera a su equipo.
Raquel, mientras tanto, continuó con otras diligencias y comprobó con el personal territorial qué disponibilidad habría si el juzgado autorizaba el registro aquel mismo día.
No prepararon la entrada como si la resolución estuviera concedida. Se limitaron a comprobar personal disponible, material para documentar y embalar efectos y la coordinación necesaria con Criminalística en caso de que llegara a ocuparse algo de interés.
A media mañana avanzada, Noelia dejó una taza junto a Mara.
—Llevas un rato mirando la misma hoja.
—Intento que siga molestándome.
—¿Qué cosa?
Mara le señaló una línea.
Sabela podía haber mentido sobre el final del encuentro porque admitir la discusión completa la habría situado bajo una sospecha mucho mayor.
—No es una explicación absurda —dijo Mara—. Puede ser verdad aunque no haya matado a Ramiro.
—Pero, si lo dejó vivo, seguimos sin nadie después.
—Eso pesa en su contra. No porque sea imposible que apareciera otra persona, sino porque ninguna de las comprobaciones nos da un motivo para introducirla.
—Y tenemos el paso.
—Que demuestra que Sabela podía salir a tiempo.
—Y el motivo.
—Que demuestra que tenía algo concreto que perder.
Noelia la miró.
—Te estás esforzando bastante por no decir lo evidente.
—Por separar qué es evidente de lo que seguimos completando nosotras.
Noelia guardó silencio.
Los tiempos, los documentos, los testimonios y el terreno colocaban a Sabela en una posición que justificaba investigarla con mayor profundidad. Ninguno de aquellos bloques, por sí solo, demostraba que hubiera golpeado a Ramiro.
—Por eso estamos esperando el registro —dijo Noelia.
—Estamos esperando autorización para buscar una posible conexión material.
—No te cansas nunca.
—Sí. Bastante.
A las doce y media seguían sin respuesta.
Raquel empezó a consultar el teléfono con algo más de frecuencia, aunque no llamó al juzgado para reclamar una resolución. Continuó trabajando y pidió a uno de los agentes una copia más legible de una fotografía de herramientas tomada durante los primeros días.
Cuando llegó, Mara reconoció el material. La maceta de cabeza de acero aparecía entre otros útiles, sin ocupar el centro de la imagen ni recibir ningún tratamiento especial.
La amplió.
—Estaba documentada antes de que Roi cambiara su versión.
—Sí —respondió Raquel.
—Antes de medir el paso y antes de que entendiéramos la función de la parcela de Diego.
Raquel miró la fotografía.
—No la hemos seleccionado después porque necesitáramos un arma.
—Exacto.
Noelia se acercó.
—Pero seguimos sin saber si lo es.
—Sí.
Mara redujo la imagen y la herramienta volvió a confundirse entre las demás.
Poco después de la una, Raquel recibió una llamada. Salió al pasillo para atenderla. Mara intentó seguir leyendo y Noelia permaneció ante el ordenador sin teclear.
Cuando Raquel regresó, dejó el teléfono sobre la mesa.
—El juzgado ha resuelto.
Noelia se incorporó.
—¿Tenemos autorización?
—Sí.
Raquel dejó ante ellas la resolución recibida por el cauce correspondiente.
El auto autorizaba la entrada y registro del almacén de trabajo de Sabela dentro de los límites solicitados y permitía ocupar herramientas o efectos relacionados con el homicidio que resultaran de interés para la investigación.
Mara leyó primero el alcance de la medida. La autorización no confirmaba ninguna hipótesis; solo les permitía practicar una diligencia para la que hasta entonces no tenían cobertura.
Raquel empezó a distribuir las tareas. La Policía Judicial territorial ejecutaría el registro, se documentaría el estado del almacén antes de intervenir efectos y cualquier objeto ocupado quedaría individualizado, embalado y sometido a cadena de custodia.
Mara y Noelia acudirían como parte del equipo investigador, sin alterar el reparto de funciones.
—Entramos, documentamos y cumplimos el auto —dijo Raquel—. Nada de ampliar la búsqueda porque algo nos llame la atención.
—¿Cuándo? —preguntó Mara.
—Esta tarde.
Noelia cerró el ordenador.
Después de una semana reconstruyendo conversaciones, dinero, accesos, tiempos y mentiras, iban a entrar en un lugar donde quizá solo encontraran herramientas corrientes.
Por el momento, la autorización no significaba nada más que eso: podían comprobarlo.