Capítulo 22
La autorización
Raquel eliminó por tercera vez una frase del informe.
Mara la vio releer el párrafo, detenerse en la misma línea y sustituirla por una formulación más corta. Llevaban desde primera hora trabajando con los indicios reunidos contra Sabela y, a medida que el escrito avanzaba, parecía perder contundencia en el lenguaje y ganarla en los hechos.
—¿Qué has quitado?
—«Alta probabilidad».
—Bien quitado.
Raquel levantó la vista.
—No necesito que estés de acuerdo conmigo en todo.
—No lo estoy.
—¿En qué?
—En que sea la tercera vez. Creo que es la cuarta.
Noelia sonrió desde el otro extremo de la sala sin apartar los ojos del ordenador. Raquel volvió al documento.
La solicitud debía explicar por qué la UOPJ consideraba necesaria la entrada y registro de una dependencia de trabajo de Sabela y por qué la medida se limitaba a ese lugar y a determinados efectos.
El almacén estaba separado de la vivienda y allí guardaba herramientas, material portátil y parte del equipo utilizado en las parcelas.
No pedían entrar en la casa ni registrar el vehículo, y tampoco intervenir cualquier cosa que pudiera resultar vagamente interesante.
El objeto era concreto: localizar y, en su caso, ocupar herramientas o efectos de trabajo que, por sus características y por los datos reunidos durante la investigación, pudieran guardar relación con la agresión que había causado la muerte de Ramiro.
—Lee la base desde el principio —dijo Mara.
Raquel se recostó en la silla.
—¿Otra vez?
—Otra vez.
—Yo voto porque la lea ella —intervino Noelia—. Si la lees tú, acabaremos cambiando la mitad.
—Gracias por la confianza.
Raquel empezó.
El escrito no seguía el orden en que habían descubierto los indicios, sino la forma en que podían sostenerse unos a otros.
Ramiro había concertado el encuentro con Sabela mediante el mensaje de las 17:07.
Existía un conflicto económico y profesional acreditado por documentación: una ampliación planteada durante meses sin formalizarse por completo, inversiones asumidas por Sabela y un cambio reciente en los planes de Ramiro relacionado con la reorganización de las tierras y la parcela heredada por Diego.
Después venía la parte temporal. Sabela había declarado que dejó a Ramiro vivo cerca del cruce alto alrededor de las 18:34.
Roi, después de admitir que había mentido sobre el uso de los pasos, afirmó haberlos visto juntos más abajo hacia las 18:40-18:42.
El reconocimiento sobre el terreno había demostrado que desde la posición indicada podía ver a dos personas en aquel tramo y reconocerlas.
A continuación figuraba el recorrido de salida.
Sabela había descrito la ruta ordinaria, que requería entre dieciséis y veinte minutos desde C hasta el aparcamiento inferior.
El equipo había comprobado además la existencia de un paso de trabajo conocido por quienes utilizaban la ladera, practicable en siete a nueve minutos para una persona habituada al terreno.
Ese recorrido hacía compatible una permanencia más tardía en la ladera con su presencia documentada en el establecimiento entre las 19:11 y las 19:15.
Raquel dejó de leer.
—Hasta aquí tenemos motivo, mentira y oportunidad.
—Y presencia con la víctima más tarde de lo reconocido —añadió Noelia.
—Por testimonio.
—Comprobado espacialmente.
—Lo comprobado es que Roi podía verlos desde donde dice —precisó Mara—. La hora sigue dependiendo de su recuerdo.
Noelia aceptó la corrección y Raquel modificó una frase.
Aquella forma de trabajar era más lenta, pero Mara la prefería. Si una afirmación no resistía una objeción dentro de la propia sala, menos aún debía servir para justificar ante el juzgado una medida que afectaba a derechos.
—Sigue.
La autopsia aparecía después: un único traumatismo contundente principal causado por un objeto duro y compacto, compatible con distintos tipos de herramientas de trabajo.
El informe médico-legal no individualizaba un arma específica y la UOPJ tampoco pretendía hacerlo antes de una eventual pericia sobre los efectos que pudieran ocuparse.
En la explotación de Sabela se utilizaban herramientas de golpe para labores normales de mantenimiento.
Ese tipo de material aparecía ya documentado en las primeras diligencias, cuando todavía no se le atribuía ningún significado criminal, y Sabela había explicado que se desplazaba por los bancales con herramientas ligeras según el trabajo que realizara.
—Aquí —dijo Mara.
Raquel se detuvo.
—¿Qué?
—Que no parezca que eso vincula ya una herramienta con la lesión.
—No lo dice.
—La siguiente frase se acerca demasiado.
Raquel la releyó y acabó modificándola. El dato justificaba comprobar el material disponible, no señalar anticipadamente un objeto concreto.
—Mejor.
Noelia cerró una ventana del ordenador.
—Mientras vosotras discutís cada verbo, tengo lo de los pagos.
Raquel guardó el documento sin enviarlo.
—Dime que no has encontrado otra carpeta.
—He encontrado muchas. Pero ninguna cambia lo esencial.
Acercó el portátil.
Durante los últimos días habían separado gastos pagados directamente por Sabela, otros correspondientes a trabajos compartidos, materiales coordinados por Ramiro y partidas que beneficiaban a varias parcelas.
Quedaba abierta la posibilidad de que una parte importante de la inversión hubiera sido compensada por otras vías y que el perjuicio económico real fuese menor de lo que parecía.
La revisión de facturas y movimientos no respaldaba esa explicación como solución general.
—Hay gastos compartidos y algunos asumidos por Ramiro —explicó Noelia—, pero no aparece ningún reembolso que liquide la inversión de Sabela. Lo que pagó sigue siendo suficiente para sostener que tenía una exposición económica real.
—¿Puedes separar lo que sabemos que se aplicó a las parcelas que ya trabajaba de lo que vinculamos a la ampliación?
—En parte. En lo demás sigo dependiendo del tipo de material y del lugar donde se utilizó. No he convertido eso en un hecho.
—Entonces no cambia el motivo.
—Elimina una explicación alternativa. Nada más.
Raquel sonrió.
—Se te está pegando.
Noelia no le hizo caso.
También habían avanzado en el uso de las herramientas.
Antón había confirmado que, durante trabajos compartidos, una herramienta ligera podía pasar ocasionalmente de unas manos a otras.
Roi había descrito algo parecido. Ninguno, sin embargo, tenía acceso libre al almacén cerrado de Sabela ni podía coger material de allí cuando quisiera.
Aquello no convertía sus herramientas en objetos exclusivamente personales, pero obligaba a considerar un uso anterior por terceros al interpretar cualquier rastro que pudiera aparecer.
—Si algún día encontramos un vestigio en una herramienta suya, necesitaremos saber qué contactos normales pueden explicarlo —dijo Mara.
Raquel consultó otra anotación.
—El almacén está separado de la vivienda. Sabela es quien entra de forma habitual, pero estoy cerrando quién ha accedido con ella, qué material ha prestado y qué herramientas se han usado en trabajos compartidos.
—Antón ha trabajado con ella alguna vez —recordó Noelia.
—Sí, pero trabajar juntos no significa utilizar normalmente sus herramientas. Hay que distinguirlo.
—¿Y Ramiro?
Mara entendió la importancia de la pregunta.
Ramiro administraba parte del conjunto y había coincidido con Sabela en trabajos y decisiones sobre las parcelas.
Si en el futuro aparecía un vestigio suyo en una herramienta, no podían descartar un contacto ordinario solo porque complicara la interpretación.
—Eso tiene que quedar comprobado antes —dijo—. Uso compartido, acceso y contactos de trabajo plausibles.
Raquel añadió varias notas.
—Sin entrar todavía en el almacén.
—Claro.
Podían reconstruir esas cuestiones mediante declaraciones, fotografías ya incorporadas y otras diligencias que no exigían acceder a una dependencia cerrada. La entrada tendría que esperar a la resolución judicial.
Noelia señaló una fotografía.
—Aquí hay una maceta.
Era una herramienta corriente, con cabeza de acero y mango corto, perdida entre otros útiles.
—También hemos visto otras —dijo Raquel—. Y la autopsia no dice «maceta». Habla de un objeto contundente duro y compacto compatible con varios tipos de herramienta.
Mara amplió la imagen. Recordaba útiles parecidos en la ladera, donde servían para ajustes de postes, anclajes y pequeñas reparaciones.
—¿Podemos acreditar que esa en concreto estuviera con Sabela el martes?
Raquel revisó las anotaciones.
—Sabemos que se movía con una bolsa de herramientas ligeras. Los testimonios no permiten individualizar todo lo que llevaba dentro en cada momento.
—Entonces no vayamos más lejos.
—Pero si sigue en el almacén... —dijo Noelia.
—Eso tampoco lo sabemos.
—Y comprobar qué herramientas conserva puede formar parte de una diligencia justificada —añadió Raquel—, siempre que la solicitud no sea «queremos entrar a ver qué encontramos».
Después volvió al escrito.
Mara salió al pasillo para llamar a Nicolás. Habían acordado una última comprobación: el descenso directo y la ruta ordinaria estaban medidos, pero quería asegurarse de que no hubieran ignorado una tercera alternativa capaz de alterar de forma relevante los tiempos.
Nicolás respondió enseguida.
—Estoy con los planos.
—Perfecto. ¿Hay otra ruta razonable entre C y E que hayamos pasado por alto?
Hubo una pausa.
—Una que cambie los tiempos de manera importante, no.
—¿Seguro?
—Seguro es una palabra que utilizáis demasiado.
Mara sonrió.
—Dime entonces qué puedes sostener.
Nicolás había revisado accesos laterales y pequeñas variantes empleadas por los trabajadores.
Algunas ahorraban unos metros y otras evitaban un desnivel, pero todas acababan integrándose en una de las dos lógicas ya documentadas: la senda de servicio con pista agrícola o el descenso directo entre bancales hacia D y E.
—Puedes entrar por un muro diez metros antes o después. Eso no crea un tercer recorrido intermedio que se nos haya olvidado.
—Eso necesitaba.