La tierra heredada (Los casos de Mara Valdés 3) Capítulo 21
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Capítulo 21

Lo que todavía falta

—Si quitamos a Sabela del tablero, ¿qué explicación nos queda?

Raquel formuló la pregunta cuando llevaban casi media hora trabajando y consiguió que Noelia apartara la vista de la cronología.

Sobre la mesa no había un mapa único ni una sucesión de flechas que terminara en un nombre.

Habían separado la investigación en cuatro bloques: hechos temporales, documentación económica, testimonios y comprobaciones del terreno.

La hipótesis del día anterior encajaba demasiado bien y, precisamente por eso, Mara quería averiguar qué parte seguía sosteniéndose si dejaban de contemplarla como una secuencia completa.

—Depende de qué quitemos con ella —respondió Noelia—. Si eliminamos solo su posible autoría, casi todo lo demás permanece. La discusión existió, las inversiones también, Roi los vio juntos y el paso directo está ahí aunque Sabela no lo utilizara.

—Eso quiero —dijo Raquel—. Hechos que no dependan de que nuestra conclusión sea correcta.

Mara permanecía junto a la ventana con una copia de la cronología.

Era miércoles por la mañana. Después de varios días entre bancales, entrevistas y documentos, volver a una sala podía parecer un retroceso, pero el terreno les había dado ya casi todo lo que podía ofrecer sin una vinculación material.

Tocaba comprobar que no hubieran convertido una posibilidad sólida en una certeza antes de tiempo.

Noelia empezó por los datos menos discutibles.

—Ramiro seguía vivo entre las 18:20 y las 18:25 durante la última llamada profesional. Antón estaba con Benito aproximadamente desde las 18:25 hasta las 19:05; tenemos la llamada, el testimonio y el trabajo que hizo allí.

—Fuera de C durante la franja que nos interesa —dijo Raquel.

—Sí.

Clara exigía algo más de cuidado. Sus movimientos en Monforte no estaban documentados segundo a segundo, pero varias referencias independientes hacían incompatible un desplazamiento razonable hasta la ladera y el regreso dentro de la secuencia conocida.

—No hace falta declarar que le resultaba físicamente imposible —dijo Mara—. Basta con no forzar los datos para mantenerla dentro.

—Para colocarla en C tendríamos que desmontar varias comprobaciones sin tener ningún motivo para hacerlo.

—Entonces sigue fuera de la hipótesis principal.

Con Diego resultaba aún más claro. Su regreso a Ourense, la cita profesional y los testimonios asociados reducían el margen hasta hacerlo incompatible con la agresión salvo que ignoraran datos ya contrastados.

Esteban requería más atención porque su interés económico era real y había presionado a Ramiro para reorganizar la relación con la bodega. Sin embargo, su agenda, sus comunicaciones y los movimientos que la UOPJ había ido verificando tampoco lo situaban en Val de Moure durante la franja crítica.

—Además, ahora sabemos algo que antes no teníamos tan claro —añadió Noelia—. Esteban conocía la reorganización comercial, pero no el alcance de las expectativas que Ramiro había creado en Sabela.

—Sabía qué pretendía hacer Ramiro, no lo que ese cambio podía suponer para ella.

—Exacto.

Raquel dio por revisada aquella línea.

Quedaban Roi y la posibilidad de una persona todavía no identificada.

Roi seguía siendo incómodo porque había mentido más que casi cualquiera de los demás.

Ocultó el uso del paso, modificó su recorrido y calló durante días que había visto a Ramiro y Sabela juntos.

Si la investigación se hubiera detenido en sus primeras contradicciones, habría reunido elementos suficientes para mantenerlo bajo una sospecha mucho más intensa.

La comprobación de la ladera había limitado esa lectura.

—Su recorrido posterior no le obligaba a ver el cuerpo —recordó Raquel—. Eso ya está comprobado con Nicolás.

—Pero estaba en la zona —dijo Noelia.

—Estar en la zona no es estar en C.

Mara miró el mapa.

—¿Tenemos algo que lo sitúe en el bancal durante la franja del golpe?

—No.

—¿Y un motivo que vaya más allá del conflicto por el paso?

—Un enfrentamiento real con Ramiro, pero de menor alcance que otros que hemos encontrado.

—Eso no lo excluye.

—No.

Raquel dejó el bolígrafo.

—Pero para sostener que fue Roi necesitamos bastante más que presencia general en la ladera, una mentira para ocultar un uso que le habían restringido y un desacuerdo con Ramiro.

Ahí estaba la utilidad de la reunión: averiguar cuánto tenían que añadir o deformar para que otra autoría funcionara.

Si una alternativa solo podía sostenerse ignorando comprobaciones ya hechas o inventando encuentros sin respaldo, perdía consistencia.

Si bastaba con modificar una interpretación, debían conservarla.

—Supongamos que Roi vio a Ramiro y Sabela, que ellos se separaron después y que él bajó hasta C —propuso Noelia—. ¿Puede hacerlo?

No respondieron de memoria. Repasaron el recorrido y comprobaron que, en términos generales, era físicamente posible; aquella red de pasos permitía desplazamientos que nadie podía vigilar de manera continua.

El problema aparecía al intentar encajarlo con los movimientos posteriores que Roi había mostrado sobre el terreno.

Para convertirlo en agresor tenían que alterar una parte importante de su nueva declaración sin que ningún dato objetivo apuntara hacia esa alteración.

—No lo alejamos porque ahora nos parezca sincero —resumió Raquel—. Lo hacemos porque la razón de su mentira tiene respaldo y no tenemos ningún elemento que lo acerque a la agresión.

—Eso es —dijo Mara.

La posibilidad de un tercero desconocido resultó más difícil de cerrar.

La ladera no era un recinto aislado y nadie podía afirmar que, después de Sabela, no hubiera aparecido otra persona.

La falta de una cita registrada no impedía un encuentro espontáneo, y las comprobaciones de visibilidad habían demostrado que alguien podía moverse entre terrazas sin ser visto desde la carretera ni desde otros niveles.

—¿Tenemos algún dato positivo de esa persona? —preguntó Mara.

—Ninguno —respondió Noelia.

—¿Algún rastro que necesitemos explicar con alguien más?

—Nada individualizable.

—¿Una comunicación de Ramiro que apunte a otro encuentro?

—Tampoco.

Raquel se recostó en la silla.

—Entonces sigue siendo una posibilidad lógica, pero no una hipótesis investigadora con soporte propio.

No podían demostrar que nadie más hubiera podido pasar por allí, ni necesitaban convertir cada posibilidad imaginable en una línea de investigación. Debían comprobar las alternativas que los hechos hicieran razonables.

—Esto nos devuelve a Sabela —dijo Noelia.

—A lo que tenemos sobre Sabela —matizó Mara.

Ordenaron los datos sin intentar convertirlos en un relato cerrado.

La pérdida económica estaba documentada y la ampliación no había sido una invención posterior.

La parcela de Diego explicaba por qué Ramiro podía cambiar de estrategia justo entonces.

El mensaje de las 17:07 acreditaba que había buscado el encuentro.

Sabela había minimizado la magnitud de sus inversiones y la intensidad de la discusión; Roi la situaba con Ramiro más tarde y más abajo de lo declarado, y la comprobación espacial hacía posible ese avistamiento.

Además, el paso directo permitía salir desde C y alcanzar después el establecimiento donde ella aparecía documentada entre las 19:11 y las 19:15.

—Todo encaja —dijo Noelia.

—Encaja una secuencia.

—De acuerdo.

—Porque todavía podemos construir otra con los mismos hechos hasta cierto punto: discute con Ramiro, oculta después hasta dónde llegó la discusión, lo deja vivo más abajo de lo que reconoce y se marcha. Luego alguien lo mata.

—Tendríamos que explicar quién.

—Sí.

—Y por qué no tenemos ningún dato de esa persona.

—También.

Raquel intervino antes de que acabaran defendiendo dos posiciones que en realidad ninguna sostenía.

—La pregunta es otra. ¿Qué nos falta para dejar de depender de la reconstrucción?

Mara miró la carpeta médico-legal.

—Un vínculo con la agresión.

La autopsia establecía una lesión contundente principal producida por un objeto duro y compacto, pero la morfología no individualizaba un arma concreta.

En una explotación agrícola abundaban martillos, barras, macetas y otros útiles capaces de producir un traumatismo compatible.

Elegir uno solo por su apariencia sería seleccionar la prueba después de decidir a quién debía señalar.

Raquel abrió las fotografías tomadas durante las primeras diligencias.

—Volvamos a las herramientas.

Noelia arqueó una ceja.

—Ayer quedamos en que no íbamos a escoger una porque nos conviniera.

—Y no vamos a hacerlo.

Las imágenes mostraban material corriente: tijeras, herramientas de mantenimiento, alambre, piezas para postes, martillos, útiles de golpe y cajas de varios tamaños.

Parte del equipo pesado permanecía en los sectores de trabajo; las herramientas ligeras podían desplazarse en bolsas o cajas según la tarea.

Desde el principio habían visto objetos compatibles con una lesión contundente en manos de distintas personas. Antón manejaba herramientas de ese tipo. Roi también. Ramiro tenía las suyas. La mera presencia de una no individualizaba a nadie.

—¿Qué sabemos exactamente del material de Sabela? —preguntó Mara.

Raquel consultó las declaraciones y las fotografías.

—Trabajaba con equipo propio y con material que quedaba en su sector. Las herramientas pequeñas las llevaba según lo que fuera a hacer. Nada extraño.

—¿Eran de uso exclusivamente suyo?

—No puedo afirmarlo.

Antón ya había explicado que, en trabajos compartidos o reparaciones puntuales, algunas herramientas podían pasar de unas manos a otras.

Eso no significaba que cualquiera tuviera acceso libre al material ajeno ni que los almacenes permanecieran abiertos, pero un uso previo por otra persona no sería extraordinario por sí mismo.

—Tenemos que saber eso antes de interpretar cualquier cosa que pudiera aparecer —dijo Mara.

Noelia miró las fotografías.

—Qué contactos normales son posibles.

—Exacto.

Raquel buscó otra anotación.