La tierra heredada (Los casos de Mara Valdés 3) Capítulo 20
67%

Capítulo 20

La parcela pequeña

—El error era pensar que Ramiro quería la parcela de Diego por la parcela.

Noelia había pronunciado la frase sin levantar la vista de los documentos.

Llevaba casi una hora cruzando las notas de trabajo de Ramiro con la información obtenida en la bodega, los acuerdos relativos a las fincas vecinas y los dos mapas que habían elaborado durante los últimos días.

Sobre la mesa había menos papeles que en otras ocasiones, pero estaban escogidos con cuidado: solo aquellos que permitían relacionar decisiones que hasta entonces habían aparecido separadas.

Mara se sentó frente a ella.

—Explícamelo sin saltarte ningún paso.

—Eso intento.

Noelia colocó primero la anotación de la agenda de Ramiro correspondiente a la reunión con Esteban.

Ya la conocían: suministro, bloque de ladera, Diego.

A su lado dejó el correo en el que la bodega planteaba avanzar por titulares si Ramiro insistía en mantener el control como condición.

Después añadió las notas relacionadas con Sabela y el borrador en el que se había trabajado sobre una ampliación futura que nunca llegó a cerrarse.

Por separado, aquellos documentos pertenecían a conflictos distintos. Al ordenarlos juntos empezaba a verse la relación entre ellos.

—Ramiro quería un acuerdo más estable con la bodega —explicó Noelia—.

Eso ya lo sabíamos. Esteban buscaba previsibilidad y una operación que no dependiera cada campaña de volver a negociar casi desde cero.

Ramiro estaba dispuesto a darle estabilidad, pero no a entregar el control de todo lo que gestionaba.

—Y Esteban había empezado a hablar directamente con algunos propietarios.

—Clara y Diego, entre otros. Si Ramiro no conseguía ordenar el conjunto, la bodega podía intentar construirlo por partes.

Mara recordó la expresión que Esteban había utilizado durante la entrevista: cerrar lo que sea viable.

No había ninguna conspiración detrás. Era una estrategia de negociación.

Si Ramiro no podía ofrecer un bloque suficientemente estable, la otra parte buscaría acuerdos individuales allí donde tuviera margen para conseguirlos.

—¿Dónde entra Diego?

Noelia tomó el mapa de titularidades.

La parcela era tan pequeña que seguía resultando decepcionante a primera vista. Llevaban días hablando de ella y, sobre el papel, apenas ocupaba una fracción del conjunto.

—Aquí. Hasta ahora la hemos tratado como un pedazo más de tierra que Ramiro quería añadir. Incluso Esteban la valoró así cuando hablamos con él: superficie útil, producción posible, continuidad, acceso. Lo que no habíamos entendido era cuánto pesa ese último punto.

Superpuso el segundo mapa, el de los recorridos reales.

—Si Ramiro no consigue esta parcela, estos dos sectores pueden seguir funcionando. De hecho, llevan años haciéndolo. Pero parte de los movimientos dependen de pasos tolerados, acuerdos con terceros y recorridos menos eficientes.

Mara observó las líneas. Había aprendido a no confundir los límites jurídicos con los obstáculos y accesos que encontraba una persona al caminar por la ladera. Aquella vez, sin embargo, ambos mapas empezaban a completarse.

—Y si consigue la de Diego...

—Puede conectar mejor los dos sectores que ya controla o gestiona. No porque la finca sea grande, sino porque está justo aquí.

Noelia apoyó el dedo en el punto de unión.

—Reduce la dependencia de algunas soluciones informales. Puede encadenar trabajos, mover gente y material de otra manera y presentar a Esteban un conjunto más coherente sin cederle el control.

La idea resultaba sencilla una vez ordenadas las piezas: la parcela no aportaba únicamente superficie. Aportaba continuidad.

—¿Eso está demostrado o estamos leyendo el mapa como nos conviene?

—Documentalmente puedo sostener que Ramiro daba importancia a la parcela de Diego dentro de la reorganización y que esa reorganización estaba relacionada con la negociación con Esteban.

También que, al mismo tiempo, estaba frenando la ampliación que llevaba meses planteando con Sabela.

Lo que no puedo demostrar desde esta mesa es que la parcela produzca físicamente el efecto que creemos.

—Eso nos lo dirá Nicolás.

—Espero que sí.

Noelia sacó otra hoja.

—Hay algo más. Intentaba entender por qué Ramiro podía pasarse meses diciéndole a Sabela que la ampliación seguía adelante y cambiar de criterio justo ahora.

Al principio pensé que la bodega había apretado y él simplemente prefería reorganizar por su cuenta, pero las fechas no terminaban de encajar.

—¿Qué las cambia?

—Diego.

Mara levantó la vista.

—La herencia pone en juego una parcela cuya incorporación antes no estaba disponible de la misma manera.

Luego aparece el interés de Esteban, Diego empieza a plantearse otras opciones y Ramiro reacciona como si esa tierra tuviera mucha más importancia de la que justificaría su tamaño.

Si consigue incorporarla o asegurar su uso, la configuración del conjunto cambia.

—Y deja de necesitar la ampliación de Sabela tal como la había planteado.

—Eso es. No es una parcela por otra.

Noelia señaló las notas relacionadas con Sabela.

—No creo que Ramiro estuviera pensando «entra Diego y sale Sabela». La parcela de Diego permite otra organización del bloque. Dentro de esa organización, la ampliación de Sabela deja de ser la solución que llevaba tiempo contemplando.

Mara recordó la segunda entrevista con ella. Las cosas habían cambiado. Eso era lo que Sabela afirmaba que Ramiro le había comunicado. No que tuvieran que esperar unas semanas ni que se hubiera retrasado una firma. El planteamiento había cambiado.

—Por eso la llamó el martes.

—A las 17:07.

—Para decirle que lo que llevaba esperando ya no iba a ocurrir.

Noelia no lo dio por hecho.

—Eso es lo que sostiene Sabela y ahora la documentación lo respalda bastante. No puedo saber qué palabras utilizó Ramiro, pero sí que el cambio de proyecto existía.

Mara se acercó a la mesa. Durante casi una semana habían examinado herencias, porcentajes, ofertas y acuerdos como si el conflicto principal estuviera en quién acabaría controlando determinada superficie.

Ahora aquella tierra adquiría un valor distinto.

Una parcela pequeña podía resultar más importante por los movimientos que permitía reorganizar que por la uva que llegara a producir.

—Quiero verlo allí otra vez.

Noelia consultó la hora.

—Acabamos de volver.

—No necesito recorrer toda la ladera.

—Menos mal.

Nicolás los esperaba a media tarde cerca de un acceso secundario. No había llevado todo el equipo de medición porque Mara le había explicado por teléfono qué querían comprobar. La geometría básica del terreno ya estaba documentada; aquella visita debía responder a una pregunta concreta.

Noelia había ido con ella y, después de los últimos días, se movía por la pendiente con mayor soltura, aunque todavía elegía los apoyos con más cuidado.

—Enséñanos la parcela de Diego como si no supiéramos de quién es —pidió Mara.

Nicolás sonrió.

—Eso es fácil. Al terreno le da bastante igual.

Avanzaron entre dos bancales hasta alcanzar una posición desde la que podían distinguir el pequeño sector. Sin el mapa delante parecía todavía menos importante.

—Ahí la tenéis.

Noelia miró alrededor.

—¿Solo eso?

—Solo eso.

—Llevamos casi una semana detrás de esta cosa.

—La superficie nunca fue lo interesante.

Nicolás explicó la disposición física sin entrar en propiedad ni derechos de uso.

A un lado quedaba un grupo de bancales vinculados a la gestión de Ramiro; al otro, un sector que funcionaba con una organización distinta.

Entre ambos, la parcela de Diego ocupaba una posición desde la que podían enlazarse recorridos y reducirse ciertos rodeos.

No convertía la ladera en una explotación continua ni eliminaba todos los problemas de acceso. Allí nada era tan sencillo. Lo que hacía era resolver un cuello de botella.

—Ahora mismo, si quieres organizar determinados trabajos como un bloque, dependes de estos pasos.

Señaló dos zonas que Mara ya conocía. Una estaba relacionada con los accesos que habían provocado el conflicto con Roi; la otra obligaba a salir de un sector para volver a entrar después en el siguiente.

—Son utilizables —continuó Nicolás—, pero algunos funcionan por costumbre, tolerancia o acuerdos diferentes. Si integras esta pieza en la organización del conjunto, consigues una continuidad más limpia.

Noelia avanzó unos metros.

—¿Cuánto cambia el trabajo?

—Depende de qué trabajo. No penséis solo en minutos caminando. Cambia dónde dejas material, cómo organizas una cuadrilla, por qué lado entras a determinadas terrazas y qué labores puedes encadenar sin tener que resolver cada vez por qué finca pasas.

—¿Tiene sentido económicamente aunque la parcela produzca poco? —preguntó Mara.

Nicolás se tomó un momento.

—Eso tendría que calcularlo alguien con todos los costes y el proyecto delante. Lo que sí puedo deciros es que su valor operativo puede ser muy superior al que sugieren sus metros cuadrados.

—Con eso basta.

—Y otra cosa. Que físicamente mejore el conjunto no significa que Ramiro tuviera derecho a utilizarla como quisiera. Esa parte no me corresponde.

Noelia sonrió.

—Gracias. Empiezo a sentirme comprendida.

Recorrieron el borde sin entrar en interpretaciones jurídicas. Desde una zona algo más alta, Mara consiguió abarcar casi al mismo tiempo los dos sectores. Entre ambos había una distancia modesta que, sin aquella pieza intermedia, se convertía en un problema de accesos y acuerdos.

—¿El paso que hemos medido esta mañana depende de esta finca? —preguntó Noelia.

Nicolás negó.

—No confundáis las dos cosas. El descenso directo existe por sí mismo y se utiliza independientemente de esta parcela. La de Diego afecta a la organización del bloque y a otros movimientos internos. No hace falta unirlo todo para que parezca una única pieza.