Capítulo 19
Siete minutos
Nicolás no quiso que ninguno empezara a caminar hasta haber fijado los dos extremos del recorrido.
El punto de partida no era el lugar exacto donde había quedado el cuerpo de Ramiro, sino una referencia estable dentro del bancal C, lo bastante próxima para reproducir el desplazamiento sin entrar en las zonas que todavía debían preservarse.
El destino estaba abajo, junto al acceso al aparcamiento donde Sabela había dejado el coche el martes.
—Si medimos desde sitios diferentes cada vez, podemos conseguir casi cualquier resultado —explicó.
Raquel observó las marcas colocadas en ambos puntos.
—Y luego discutir durante tres días por treinta segundos.
—O por cincuenta metros que nadie recorrió realmente.
Mara comprobó la hora en el teléfono, pero no puso en marcha el cronómetro.
No estaban allí para demostrar que alguien podía correr desde el lugar del homicidio hasta el coche, sino para averiguar cuánto tardaba una persona habituada a la ladera caminando con decisión, sin detenerse y sin forzar un ritmo inverosímil después de una jornada de trabajo.
Nicolás había preparado las mediciones preliminares a partir del reconocimiento del día anterior.
La ruta ordinaria, la que Sabela había descrito durante sus declaraciones, descendía hacia la senda de servicio y enlazaba después con una pista agrícola.
Era más cómoda y facilitaba el transporte de material, pero obligaba a recorrer lateralmente buena parte de la ladera antes de perder altura.
El paso de abajo seguía otra lógica. Desde C descendía entre terrazas hacia el sector donde Sabela trabajaba habitualmente, atravesaba varios accesos estrechos y continuaba hasta el aparcamiento inferior.
Sobre el terreno resultaba conocido para Antón, Roi y otros trabajadores de la zona; en los planos que habían manejado al principio apenas destacaba.
No tenía nada de secreto. Simplemente habían tardado en entender su utilidad.
—Primero la ordinaria —dijo Nicolás—. Así evitamos que el descenso más directo nos condicione después la percepción.
Raquel se quedó con uno de los agentes en el punto de partida y otro esperaba abajo. Nicolás realizaría el recorrido junto a un guardia territorial acostumbrado a pendientes semejantes, capaz de mantener un paso normal sin convertir la prueba en una carrera. Mara iría detrás, fuera de la medición.
—¿Por qué no bajo yo? —preguntó.
Nicolás la miró.
—Puedes. Pero llevas menos días caminando aquí que ellos.
—Ese era el motivo de la pregunta.
—Pues ya tienes la respuesta.
Mara sonrió.
Durante los primeros metros, la ruta ordinaria justificaba bien su nombre.
El terreno descendía con suavidad y la senda permitía mantener un ritmo constante.
Después llegaba el rodeo que ya habían identificado: para encontrar un acceso cómodo al nivel inferior había que desplazarse hasta un extremo del bancal, bajar y regresar parcialmente en dirección contraria.
Desde arriba apenas se apreciaba; al recorrerlo, la vuelta se hacía evidente.
Mara siguió a cierta distancia, pendiente más del terreno que del reloj.
Entendía por qué Sabela había elegido aquel itinerario al explicar sus movimientos.
No tenía nada de extraño: para alguien que terminara de trabajar sin prisa, era una ruta razonable.
Permitía caminar sin vigilar cada apoyo, evitaba las rampas más incómodas y facilitaba cargar con cajas o herramientas.
Cuando llegaron al aparcamiento, Nicolás consultó los registros. Raquel había bajado en el vehículo por otro acceso y los esperaba allí.
—Diecisiete minutos y algo en esta pasada.
—¿Y la distancia? —preguntó Mara.
—La medición nos deja dentro de lo previsto. Cuando cierre los puntos y corrija el trazado, estaremos aproximadamente entre novecientos cincuenta metros y un kilómetro cien, según la pequeña variante que se tome en dos zonas.
Raquel miró hacia la ladera.
—No parece tanto desde aquí.
—Ese es uno de nuestros problemas desde que empezamos —dijo Mara.
Repitieron el recorrido. En la segunda pasada, otro agente tardó algo menos; en la tercera, siguiendo una variante igualmente normal, superaron ligeramente el tiempo de la primera. Nicolás no intentó decidir cuál de las tres cifras era la correcta.
—Esto es lo que buscábamos. Una horquilla razonable, no un récord. Con las pasadas y las medidas, entre dieciséis y veinte minutos representa bien el recorrido para una persona habituada, andando con normalidad y sin detenerse a trabajar.
—¿Podría hacerse en catorce? —preguntó Raquel.
—Seguro que alguien puede. También habrá quien tarde veintidós. Si buscamos extremos individuales, la comprobación deja de servirnos para lo que queremos.
—Entonces dieciséis a veinte.
—Como referencia investigadora, sí.
Mara había registrado las pasadas por separado y los tiempos encajaban con el margen que Nicolás acababa de establecer. Guardó el teléfono.
Las cifras confirmaban lo que habían percibido desde los primeros reconocimientos.
Para alguien que partiera del entorno de C avanzada ya la franja crítica, aquella ruta dejaba un margen muy ajustado hasta el registro de las 19:11, sobre todo teniendo en cuenta que después todavía quedaba el trayecto en coche.
No era una imposibilidad matemática, pero obligaba a comprimir demasiado la secuencia y por eso había pesado tanto en las primeras valoraciones.
—Ahora el otro —dijo Nicolás.
Regresaron al punto de partida.
El paso directo comenzaba de una manera menos intuitiva. En vez de buscar la senda visible, descendía hacia una abertura entre muros y enlazaba con una rampa de tierra. Los primeros metros exigían más atención, aunque después permitía perder altura con mucha mayor rapidez.
Esta vez Mara caminó junto a Nicolás.
—No me digas cuánto crees que vamos a tardar.
—No pensaba hacerlo.
—Bien.
Siguieron descendiendo.
El recorrido tenía algo que el plano nunca había logrado transmitir.
No acortaba la distancia mediante una línea recta improbable, sino enlazando pequeñas soluciones que tenían sentido por separado: un escalón de tierra donde el muro perdía altura, una abertura lateral entre dos bancales, una rampa utilizada para acceder al sector inferior y un tramo estrecho por el que podía pasar una persona con una bolsa de herramientas.
No necesitaban correr, aunque para alguien poco acostumbrado a aquella ladera el descenso exigía atención. Mara tenía que mirar dónde colocaba los pies; Nicolás lo hacía mucho menos y el agente que iba delante bajaba con la naturalidad de quien había recorrido terrenos parecidos durante años.
Alcanzaron D, el sector donde se concentraba parte del trabajo habitual de Sabela. Desde allí, la segunda parte del descenso conducía hacia el aparcamiento mediante una sucesión de accesos que el día anterior habían recorrido con numerosas paradas.
Esta vez continuaron sin detenerse.
Cuando llegaron abajo, Raquel miró primero a Nicolás y después a Mara.
—¿Cuánto?
Mara tenía el cronómetro en la mano.
—Siete minutos y treinta y ocho.
Nicolás comprobó también el registro del agente.
—Repitamos.
Subieron con calma. Antes de la segunda pasada descansaron unos minutos y cambiaron a la persona que encabezaba el recorrido para evitar que el cansancio o la familiaridad de un único participante condicionaran demasiado el resultado.
El segundo descenso superó ligeramente los ocho minutos. El tercero se acercó a los nueve porque el agente eligió una variante más prudente en uno de los tramos estrechos.
Las tres pasadas no daban una cifra idéntica, pero sí un margen consistente.
—Entre siete y nueve —dijo Raquel.
—Para una persona habituada al terreno y en condiciones como estas —precisó Nicolás—. Caminando con decisión, sin correr y sin detenerse.
—¿Distancia?
—El trazado útil está aproximadamente entre trescientos noventa y cuatrocientos treinta metros. El descenso acumulado hasta el aparcamiento ronda los setenta metros. Terminaré de fijarlo con los datos, pero no espero cambios relevantes.
Noelia había llegado durante la última pasada y escuchaba con la cronología doblada bajo el brazo.
—Entonces este recorrido es bastante más rápido que el que describió Sabela.
Nicolás asintió.
—Eso sí puedo decirlo. El directo permite llegar en siete a nueve minutos en condiciones razonables. El ordinario necesita entre dieciséis y veinte.
—Así lo escribo.
Raquel extendió sobre el capó la cronología reducida que habían preparado la tarde anterior. Noelia señaló el registro posterior.
—Ahora sí podemos mirar las 19:11.
Hasta aquel momento sabían que existía otra ruta, pero se habían negado a convertir una impresión visual en una conclusión temporal. Con las mediciones delante podían empezar a relacionar los datos sin tener que forzar el terreno.
—No coloquemos todavía a Sabela en C —dijo Mara—. Hagamos primero la pregunta sin nombres.
Noelia siguió el planteamiento.
—Una persona se encuentra en el entorno de C al final de la franja en la que pudo producirse la agresión y utiliza este paso.
—Sí.
—Entre siete y nueve minutos hasta E.
—En las condiciones que acabamos de comprobar —precisó Nicolás.
—Y desde E hasta el establecimiento...
Raquel consultó la comprobación realizada días atrás.
—Diez a catorce minutos en vehículo, en condiciones normales.
Noelia empezó a calcular sobre el papel.
—Si alguien sale de C poco después de las seis y cincuenta, puede llegar al coche alrededor de las siete.
—Aproximadamente —dijo Mara.
—Y desde allí alcanzar el establecimiento dentro del intervalo que termina coincidiendo con el registro de las siete y once a las siete y quince.
Raquel siguió la secuencia con el dedo.
—Sin correr.
—Y sin necesitar que todos los márgenes sean mínimos —añadió Nicolás.