La tierra heredada (Los casos de Mara Valdés 3) Capítulo 18
61%

Capítulo 18

Lo que no se ve desde arriba

Desde el acceso superior, el bancal C no se dominaba con claridad.

Mara tuvo que comprobarlo desde dos posiciones distintas porque, sobre el plano, la relación entre ambos puntos parecía mucho más sencilla.

El coche de Ramiro había quedado arriba, junto a una entrada desde la que se abarcaba buena parte de la ladera y se alcanzaba a distinguir el Sil entre los pliegues del terreno.

Desde allí resultaba fácil imaginar que quien estuviera junto al vehículo podía vigilar lo que ocurría más abajo.

Nicolás Carballo se desplazó unos metros hacia la derecha, buscó otro ángulo y acabó negando con la cabeza.

—Como mucho ves la parte superior de la zona. El bancal queda encajonado.

Raquel permanecía junto al vehículo mientras uno de los agentes territoriales descendía por el itinerario que Ramiro habría seguido aquella tarde. Roi esperaba más abajo, acompañado por otro guardia, en el punto desde el que aseguraba haber visto a Ramiro y Sabela.

Habían decidido continuar el reconocimiento después de una pausa breve.

El paso inferior descubierto aquella mañana requeriría una comprobación específica al día siguiente, pero Mara no quería abandonar la ladera sin cerrar antes otra cuestión: si el recorrido posterior de Roi hacía posible que hubiera pasado cerca del cadáver sin verlo.

El viticultor había admitido dos entradas por zonas que inicialmente aseguró no haber utilizado.

La primera lo situaba en posición de observar a Ramiro y Sabela hacia las seis y cuarenta.

La segunda, ya después de las siete, lo llevaba otra vez por una parte inferior de la ladera.

Si desde allí hubiera tenido necesariamente el cuerpo a la vista, su nueva declaración abriría una contradicción importante.

Si la geometría del terreno lo ocultaba, aquella ausencia de observación dejaba de tener el mismo significado.

—Baja tú primero —dijo Mara a Raquel—. Quiero quedarme aquí un momento.

La teniente la miró.

—¿Para observar lo que no se ve?

—Algo así.

Raquel inició el descenso con Nicolás y Mara permaneció en A.

Desde la altura, los bancales daban una impresión engañosa de continuidad.

Los muros se reducían a líneas, las cepas a franjas paralelas y las terrazas parecían apilarse unas bajo otras con un orden que desaparecía en cuanto se entraba en ellas.

Caminando surgían las diferencias reales: un muro más alto que una persona, una terraza hundida detrás de otra o un acceso situado en el extremo contrario al que sugería la vista.

Ramiro había dejado allí su vehículo el martes. Quien lo hubiera visto aparcado podía imaginarlo trabajando en algún punto de la ladera, pero desde el acceso no había forma de seguir sus movimientos ni de saber en qué bancal se encontraba.

Mara empezó a bajar sin apresurarse. Se detuvo varias veces para comparar cómo cambiaba la percepción al pasar de un nivel al siguiente.

C aparecía parcialmente durante un tramo y desaparecía después de avanzar unos metros.

Más abajo, una esquina de piedra tapaba casi toda la zona; al continuar, se abría otro ángulo desde el que podía verse una terraza distinta.

La ladera no ocultaba nada de forma extraordinaria. Sencillamente, no ofrecía una visión continua.

Cuando alcanzó a Nicolás, el técnico estaba fijando una referencia junto a uno de los muros.

—Desde aquí se entiende mejor —explicó—. La diferencia de cota no parece enorme si miras solo el plano, pero este muro corta la visual. Las filas de viña hacen el resto.

Mara miró hacia C. Distinguía parte del terreno, pero no el punto concreto donde había aparecido Ramiro.

—¿En abril las cepas tapan tanto?

—No como en verano. Tampoco hace falta que formen una pared. Entre las filas, el muro y el desnivel ya se rompe la visión. Conviene separar qué depende de cada cosa.

Nicolás hablaba con la precisión necesaria para no convertir un rasgo normal de los bancales en una peculiaridad creada para explicar el crimen.

Continuaron hasta donde esperaba Roi. Cuando Raquel le pidió que se colocara exactamente en el lugar que recordaba, lo hizo sin discutir.

—Aquí.

—¿No más abajo? —preguntó la teniente.

—No.

—¿Ni junto a ese muro?

—Desde ahí habría visto menos.

La comprobación le daba la razón. Desde el punto que indicaba se abría durante unos metros una línea oblicua hacia la zona por la que Ramiro y Sabela habían descendido.

Aquella mañana ya habían comprobado que dos personas podían aparecer allí durante un tramo breve, y Nicolás había marcado la posición para documentarla después.

Ahora interesaba el recorrido posterior.

—Enséñanos desde aquí hasta donde volviste a entrar más tarde —dijo Raquel.

Roi empezó a caminar.

El trayecto no era directo. Abandonaba primero aquella terraza por un lateral, pasaba a otra zona de trabajo y solo después volvía a perder altura. Hubo un punto en que C quedó a su espalda.

—Cuando regresaste después de las siete, ¿volviste exactamente por aquí? —preguntó Mara.

—Por una parte. No subí hasta este punto.

—Enséñanos por dónde.

Roi cambió de dirección y tomó una conexión inferior.

A los pocos minutos recorrían un sector que Mara no había relacionado visualmente con la escena durante los primeros días. Sobre el plano, la distancia parecía pequeña; en el terreno, la diferencia de nivel colocaba C por encima de ellos.

Roi llegó a una entrada lateral.

—Por aquí pasé.

Raquel consultó sus notas.

—Dijiste que aproximadamente entre las siete y cinco y las siete y dieciocho.

—Sí. Más no puedo afinar.

Mara miró hacia arriba. De C no veía nada. Dio unos pasos hacia un extremo y apareció la parte superior de un muro con algunas cepas detrás; hacia el otro lado, la vista empeoraba.

—¿Dónde quedaba el cuerpo respecto a nosotros?

Nicolás se orientó antes de contestar.

—Por encima de ese muro y algo hacia la izquierda. Desde aquí queda tapado.

—¿Durante todo el recorrido?

—Vamos a comprobarlo.

No necesitaban colocar a nadie en la posición exacta del cadáver para reproducir la escena.

Criminalística ya la había documentado y Nicolás podía trabajar con aquellas referencias.

Recorrieron despacio el tramo que Roi afirmaba haber utilizado y en ningún momento apareció una línea de visión limpia hacia el punto donde había quedado Ramiro.

En una zona se distinguía parte del bancal C, pero no el lugar concreto. Más adelante desaparecía incluso el bancal entero, oculto por el muro de contención y el cambio de nivel.

—¿Y si hubiera mirado hacia atrás? —preguntó Raquel.

Nicolás se detuvo.

—Desde aquí, igual.

Roi se volvió y comprobó el ángulo.

—Por eso os dije que no vi nada.

No había satisfacción en su voz, solo cansancio.

Mara siguió caminando unos metros. Que aquella comprobación favoreciera una parte de su relato no borraba lo anterior.

Roi había mentido de forma consciente, había ocultado un recorrido relevante y solo terminó reconociéndolo cuando mantener la negación se volvió difícil.

Pero la mentira empezaba a adquirir límites concretos: había escondido el uso del paso y también que había visto a Ramiro y Sabela; lo que no podían atribuirle era haber pasado junto a un cadáver visible y haber fingido después que no lo había visto.

—Quiero que esto quede documentado con las cotas y las líneas de visión —dijo Mara.

Nicolás asintió.

—Lo prepararé con las referencias de Criminalística. Tampoco hace falta atribuir al plano una exactitud que no necesite: el muro y la diferencia de nivel explican la pérdida de visión.

Raquel miró a Roi.

—Esto no cambia que nos mintieras.

—Ya lo sé.

—Ni convierte automáticamente en verdad el resto de tu declaración.

—También lo sé.

—Pero explica que pudieras pasar por aquí sin ver a Ramiro —añadió Mara.

Roi la miró.

—Porque no lo vi.

Esta vez nadie discutió la frase.

Continuaron hasta una parcela situada algo más abajo, donde Roi aseguró que había permanecido trabajando antes de marcharse.

Los agentes territoriales ya habían reunido otros datos para contrastar esa parte de su jornada y Mara no quiso convertir el reconocimiento en otro interrogatorio.

Lo que estaban comprobando aquella tarde era el espacio, no qué había hecho con cada herramienta.

Mientras Roi se quedaba con Raquel para aclarar un detalle de su declaración, Mara regresó hacia la parte alta con Nicolás por un camino distinto.

El técnico fue señalando cómo cambiaba la percepción a medida que ascendían.

Desde una terraza podía verse una pista que parecía conducir directamente a otra aunque entre ambas hubiera un desnivel difícil de salvar; en otro punto, dos parcelas aparentemente contiguas desde la carretera quedaban separadas por un muro cuyo acceso obligaba a recorrer casi todo el lateral.

—La vista desde arriba aplana esto —dijo Nicolás.

—Eso llevo varios días comprobando.

—Nos pasa también a quienes trabajamos con planos. Los levantamientos y las ortofotos sirven para unas cosas; el reconocimiento sobre el terreno, para otras.

Mara se detuvo. Desde allí distinguía el acceso superior donde habían dejado los vehículos. El punto del que acababan de salir, en cambio, ya había desaparecido bajo las terrazas.

—Si alguien estuviera en A, ¿podría ver a una persona entrando en C?

Nicolás estudió el ángulo.

—Depende del tramo. Podría verla durante parte del descenso y perderla después. Lo que no puede hacer desde allí es vigilar toda la zona.

—¿Y desde la pista?

—Parecido. Hay ventanas de visibilidad, no una panorámica continua.

La expresión encajaba con lo que acababan de comprobar.

Roi había visto a Ramiro y Sabela porque, durante un breve intervalo, ambos atravesaron una de esas ventanas.

Unos metros después desaparecieron de su campo visual.

Más tarde, cuando él regresó por un nivel inferior, el cuerpo quedó oculto por la geometría de los bancales.

Al llegar al cruce próximo a B encontraron a Antón hablando con uno de los agentes. Hacía rato que había terminado la parte del reconocimiento para la que lo necesitaban, pero se había quedado revisando una reparación en un bancal cercano.

—¿Seguís mirando desde dónde se ve cada cosa? —preguntó.

—Estamos terminando.

Antón miró hacia arriba.

—Desde la carretera parece que ves hasta Portugal.

—Y luego no ves al vecino dos bancales más abajo.

—Eso sí.

Se apoyó un momento en el mango de la herramienta que llevaba.

—Cuando trabajas, muchas veces oyes a la gente antes de verla. Una máquina, una voz, alguien moviendo una caja. Pero depende del viento y de dónde estés. Aquí el sonido también hace cosas raras.

Mara no quiso convertir aquella observación general en una nueva línea del caso.

—¿El martes oíste algo en esa franja?

—Ya os dije que estaba con Benito.

—Lo sé. Pregunto por si recuerdas algo relacionado con esa zona antes de marcharte.

Antón negó.

—No. Y tampoco os diría que, porque nadie oyera un grito, entonces no pasó nada. Hay demasiados sitios donde una voz no llega igual.

Era una cautela razonable.

Mara continuó subiendo. El sábado había intentado comprender la ladera mediante dos mapas: uno de titularidades y otro de recorridos. Después del reconocimiento de aquel lunes, había una tercera variable que ninguno de los dos representaba bien: qué podía verse desde cada lugar.

La cercanía sobre el plano no garantizaba contacto visual, del mismo modo que no ver a alguien no demostraba que no estuviera allí.

Llegaron de nuevo a A a primera hora de la tarde.

Noelia había acudido desde Monforte para la última parte de la comprobación y los esperaba junto a los coches. Mara le explicó lo esencial mientras Nicolás desplegaba sus notas.

—Entonces Roi podía verlos cuando bajaban —resumió Noelia—, pero después podía pasar relativamente cerca de C sin ver a Ramiro.

—Eso permite el terreno.

—Le queda una mentira bastante más concreta.

—Y un testimonio que tendremos que valorar sabiendo que mintió antes.

Raquel se reunió con ellas.

—A mí me sirve para aclarar una cosa. Llevábamos dos días preguntándonos si, al admitir que volvió por abajo, Roi se colocaba en una posición imposible: demasiado cerca del cadáver para no verlo.

—No era así —dijo Nicolás—. Cercanía en planta no equivale a visibilidad.

Noelia señaló hacia el acceso superior.

—¿Y desde aquí?

—Tampoco se domina C —respondió Mara.

Noelia dio unos pasos hacia el borde.

—En las fotografías parecía mucho más abierto.

—Porque ya sabes qué estás intentando localizar. Y una fotografía tampoco te obliga a buscar la entrada real para llegar a cada bancal.

Noelia permaneció un momento mirando la pendiente.

—Entonces alguien podía dejar el coche aquí, bajar y desaparecer de la vista bastante rápido.

—Sí.

—Y desde la carretera tampoco se podían seguir sus movimientos de forma continua.

—No.

Raquel cerró la carpeta de Roi.

—Eso complica bastante los testimonios de «lo vi por la zona».

—Los obliga a precisar desde dónde, hacia dónde y durante cuánto tramo —dijo Mara.

Dedicaron la última parte del reconocimiento a fijar en el plano los puntos que realmente habían comprobado.

Noelia trasladó las posiciones sin rellenar huecos; Nicolás señaló dónde convenía incorporar cotas y referencias técnicas, y Raquel separó las observaciones verificadas directamente de las procedentes de declaraciones.

Al terminar, el dibujo parecía más complejo que al inicio de la mañana.

Para Mara era preferible. Un esquema sencillo había servido para comenzar la investigación, pero mantenerlo una vez que sabían que la ladera no funcionaba de aquella manera habría resultado más engañoso que aceptar sus interrupciones.

Roi se marchó sin que nadie le comunicara que quedaba descartado.

Su cronología seguiría contrastándose y la mentira permanecería documentada.

Sin embargo, una sospecha concreta había perdido fundamento: su recorrido posterior por la zona no implicaba que tuviera que haber visto el cadáver ni que estuviera ocultando ese hallazgo.

Después de que el vehículo se alejara, Noelia se acercó al borde de la carretera.

—Ayer pensaba que el problema era averiguar por dónde podía bajar alguien.

—Ese sigue ahí.

—Ya. Pero ahora también importa saber qué puede ver cada persona mientras se mueve.

Mara miró las terrazas. Desde arriba continuaban pareciendo ordenadas, pero el reconocimiento había dejado claro que aquella apariencia servía de poco en cuanto se descendía entre los muros.

Al día siguiente medirían los recorridos. Antes de hacerlo, al menos sabían ya qué significaban las distancias que iban a comparar.