La tierra heredada (Los casos de Mara Valdés 3) Capítulo 17 #2
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Capítulo 17 #2

Nicolás descendió unos metros más y regresó.

—Hay continuidad hasta el aparcamiento.

—¿Seguro? —preguntó Raquel.

—Físicamente, sí. Quiero recorrerlo completo y trasladarlo bien al plano antes de cerrar nada más.

Por primera vez desde que habían aparecido las imágenes de Sabela a las 19:11, el trayecto entre la zona de C y el vehículo dejaba de estar limitado a la ruta larga que ella había descrito. Existía otra posibilidad.

Noelia no estaba allí, pero Mara pensó en los dos mapas que habían superpuesto el día anterior. En el de titularidades, aquel descenso seguiría sin tener apenas relevancia. En el de uso, en cambio, acababa de aparecer una línea nueva.

—Recorrámoslo entero —dijo.

Raquel la miró.

—¿Ahora?

—Sí, pero sin medir tiempos.

Nicolás asintió.

—Mejor.

Partieron desde una zona próxima a C. No intentaban reproducir todavía los movimientos de Sabela ni fijar un punto exacto de salida. Mara quería comprobar únicamente si alguien podía enlazar aquellas terrazas hasta la parte inferior sin regresar a la pista principal.

El recorrido permitía hacerlo. Descendía primero hacia el sector donde Sabela trabajaba con más frecuencia, continuaba por el lateral de un bancal y encontraba después varios accesos que llevaban hacia abajo.

Algunos tramos eran estrechos, pero ninguno exigía correr, saltar ni hacer una maniobra improbable.

Su lógica no era la de una ruta diseñada de una sola vez, sino la de pasos utilizados durante años para evitar rodeos.

A mitad de descenso, Mara se detuvo. Desde arriba habría resultado difícil adivinar que el tramo continuaba: un muro parecía cerrar el paso hasta que, al acercarse, aparecía una abertura lateral hacia el nivel siguiente.

—Desde la carretera no se ve.

—Ni tiene por qué verse —respondió Nicolás—. Está pensado desde dentro de la explotación.

—¿Cuánto tiempo lleva ahí?

Antón encogió los hombros.

—Yo lo conozco desde hace años.

Roi dio una respuesta parecida.

Nicolás examinó el desgaste del suelo.

—No parece una apertura reciente, pero hoy tampoco necesitamos fecharla. Nos basta con documentar que el acceso existe y que se utiliza.

Mara reanudó el descenso. Había esperado quizá sentir una confirmación al comprobar que existía una ruta más directa, pero no ocurrió.

El terreno no señalaba al homicida. Lo único que acababa de hacer era eliminar una suposición que habían mantenido durante varios días: que desde la zona de C cualquiera tendría que salir por el recorrido ordinario.

Llegaron al aparcamiento inferior sin comentar el tiempo empleado.

Raquel sacó el teléfono casi por costumbre. Mara vio el movimiento.

—No.

—Ni siquiera he dicho nada.

—Lo estabas pensando.

—Solo quería una aproximación.

Nicolás sonrió.

—Después de todas las paradas que hemos hecho no serviría de mucho. Si queréis comparar recorridos, hay que hacerlo desde el mismo punto, hasta el mismo destino y sin detenernos a comentar cada piedra.

Raquel guardó el móvil.

—Os estáis aliando contra mí.

—Mañana lo hacemos bien —dijo Mara.

Desde el aparcamiento levantó la vista hacia la ladera. Resultaba imposible reconstruir visualmente todo el recorrido. Las terrazas se ocultaban unas a otras y el paso desaparecía varias veces. Alguien que no conociera el terreno probablemente habría escogido la pista visible.

Quien trabajaba allí tenía otras opciones.

—Quiero hacer ahora la ruta ordinaria desde el mismo sector —dijo.

Antón sonrió.

—Eso sí que os va a entretener.

Regresaron parcialmente hasta encontrar el enlace adecuado y continuaron después por la senda de servicio.

La diferencia se percibía sin necesidad de cronometrar nada.

El terreno obligaba a desplazarse lateralmente durante un tramo considerable antes de empezar a perder altura.

Era una ruta más cómoda, menos abrupta y mucho más sencilla de representar sobre un plano, pero obligaba a rodear.

—Esta es la que Sabela nos describió —dijo Raquel.

—Sí.

—Y la otra no la mencionó.

—No.

La teniente miró a Mara.

—Eso ya significa algo.

—Significa que no mencionó un paso que conoce.

—Después de mentir sobre dónde dejó a Ramiro.

Mara no restó importancia a la combinación.

—Y todavía tenemos que comprobar qué diferencia material supone entre un recorrido y otro.

Raquel aceptó.

El regreso hacia la parte alta fue más lento.

Roi se quedó con uno de los agentes para fijar de nuevo el punto desde el que había realizado su observación, mientras Nicolás hablaba con Antón sobre los accesos inferiores.

Mara se apartó unos metros y contempló la ladera desde un lugar en el que podían verse tres niveles a la vez.

Allí resultaba más fácil entender por qué el caso había sido tan engañoso sobre el papel.

Los bancales estaban próximos y las propiedades también, pero la distancia útil no dependía solo de los metros.

Había que saber dónde perder altura, qué muro tenía un paso, qué entrada continuaba hacia abajo y cuál obligaba a regresar sobre los propios pasos.

Un trayecto lógico para quien miraba desde fuera podía ser el más lento para quien trabajaba allí, mientras otro apenas visible en un plano formaba parte de la rutina diaria.

Nicolás se acercó.

—Ya puedo fijar el trazado básico de las dos rutas y los puntos que necesitaremos medir.

—¿Sin tiempos?

—Sin tiempos comparables, sí. Mañana cerramos distancias, desniveles y recorridos en las mismas condiciones, sin todas las paradas de hoy.

—Eso quiero.

—Habrá variación entre personas.

—La asumimos.

—Y tampoco tarda lo mismo alguien que conoce la ladera que quien entra por primera vez.

Mara miró hacia Roi y Antón.

—Entonces habrá que dejarlo claro.

—Lo dejaré.

Nicolás guardó la libreta.

—Lo importante de hoy es más sencillo: desde C se puede descender al sector bajo y continuar hacia el aparcamiento sin utilizar la vuelta que teníais como referencia.

Eso era, por el momento, todo lo que podían concluir.

Cuando regresaron al acceso superior, Roi parecía más cansado que al principio. Había terminado de mostrar su recorrido y Raquel le indicó que podrían necesitarlo otra vez para completar alguna comprobación. No protestó.

Antón señaló hacia abajo antes de marcharse.

—Os lo dije el otro día. Aquí los caminos buenos no siempre son los que parecen caminos.

—Tenías razón —respondió Mara.

Antón sonrió.

—No se acostumbre a decírmelo.

Después se fue.

Raquel se quedó junto al coche con Nicolás para revisar qué puntos debían quedar documentados. Mara abrió el plano limpio sobre el capó y el técnico dibujó de manera provisional el recorrido que acababan de seguir, sin pretender sustituir con aquel trazo las mediciones del día siguiente.

El paso unía la zona de C con el sector de trabajo de Sabela y continuaba hacia E.

Existía, podía recorrerse y formaba parte de los movimientos habituales de quienes trabajaban aquella parte de la ladera.

No era una ruta secreta ni un descubrimiento extraordinario; había estado allí desde el principio, igual que los muros y las terrazas.

Lo que ellos no habían entendido hasta entonces era la diferencia que podía introducir en una reconstrucción basada casi por completo en la ruta ordinaria.

Raquel apoyó una mano junto al plano.

—¿Quieres que calculemos ya qué supone para las 19:11?

Mara negó.

—Mañana.

—Ya sabemos que es más corto.

—Sabemos que evita bastante rodeo. Quiero la comparación hecha en condiciones que podamos defender.

Nicolás cerró la libreta.

—Mismo punto de partida, mismo destino y recorridos sin paradas. Luego cierro las medidas con los datos de campo.

—Eso.

Mara dobló el plano. El testimonio de Roi había obligado a cuestionar el lugar y la hora en que Sabela decía haberse separado de Ramiro.

Ahora el terreno añadía una salida que ella conocía y no había mencionado, aunque todavía no sabían qué diferencia temporal introducía ni podían afirmar que la hubiese utilizado aquel martes.

Antes de volver a Monforte, Mara miró una vez más hacia la parte baja de la ladera.

—Mañana comparamos los dos recorridos —dijo—. Después veremos qué permiten.