Capítulo 17
El paso de abajo
Roi llegó a la ladera antes que ellos.
Estaba apoyado junto al todoterreno de la Guardia Civil, con las manos metidas en los bolsillos de la chaqueta y una expresión que dejaba claro que habría preferido encontrarse en cualquier otro sitio.
Antón había aparcado unos metros más abajo y hablaba con Nicolás Carballo mientras señalaba hacia las terrazas inferiores.
Ninguno de los dos parecía prestar demasiada atención a Roi.
Mara agradeció aquella distancia. No necesitaban convertir el reconocimiento en un enfrentamiento entre quienes conocían la ladera.
Cada uno estaba allí por una razón distinta: Roi debía mostrar desde dónde había visto a Ramiro y Sabela y reconstruir el recorrido que había hecho el martes; Antón podía explicar otros pasos utilizados según la tarea, la herramienta o la época del año; Nicolás tendría que traducir después ese conocimiento práctico a un trazado que pudiera documentarse con rigor.
Raquel repasó el objetivo antes de empezar.
—Hoy no venimos a decidir quién dice la verdad sobre todo. Vamos a comprobar lugares, recorridos y visibilidad. Si algo no coincide con lo que habéis declarado, lo trataremos cuando corresponda.
Roi respondió con un gesto breve. Antón miró hacia la pendiente.
—Pues mejor empezamos antes de que caliente más.
La mañana estaba despejada. El suelo conservaba algo de humedad en las zonas donde los muros proyectaban sombra, aunque los tramos expuestos comenzaban a secarse.
La luz permitía apreciar los desniveles sin que la ladera pareciera plana, como ocurría en algunas fotografías tomadas desde la carretera.
Nicolás llevaba una libreta de campo, un distanciómetro y material para fijar después los puntos y cotas que necesitaran. No se apresuró a utilizar nada.
—Primero quiero verlo como se usa —explicó—. Si empiezo a medir antes de saber qué estamos midiendo, tendremos números muy exactos de un recorrido que quizá no haga nadie.
Empezaron por Roi.
El viticultor los condujo hasta el nivel desde el que afirmaba haber visto a Ramiro y Sabela la tarde del martes.
Para llegar tuvieron que abandonar la pista más cómoda y tomar un tramo estrecho entre dos muros.
No había nada oculto en él: una vez que alguien indicaba dónde comenzaba, se veía perfectamente, pero desde arriba parecía terminar contra una esquina de piedra y vegetación.
—Por aquí bajé yo.
Raquel comparó el punto con la declaración del día anterior.
—Ayer lo señalaste un poco más hacia el norte.
Roi miró alrededor.
—En el papel. Aquí es esto.
Nicolás intervino antes de que la diferencia adquiriera más importancia de la que tenía.
—Es normal. En planta, desde una mesa, cuesta colocar estos quiebros. Lo importante es fijar ahora el punto físico.
Roi avanzó hasta un pequeño ensanchamiento desde el que se veía parte del nivel inferior.
—Estaba aquí.
Mara se colocó unos pasos detrás y observó la ladera sin buscar de inmediato el bancal del cadáver. Primero quiso entender qué podía verse realmente desde allí.
El campo visual era irregular. Una hilera de cepas tapaba parte del tramo superior, pero más abajo se abría un hueco entre dos terrazas. Una persona que descendiera por él podía permanecer visible durante unos segundos y desaparecer después tras el muro de contención.
Roi señaló la abertura.
—Por ahí los vi.
Raquel bajó unos metros acompañada por uno de los agentes y se situó aproximadamente en la zona indicada. Nicolás ajustó la posición y pidió al agente que caminara despacio siguiendo el descenso.
Desde donde estaba Mara, la figura aparecía entre las cepas, se mantenía visible durante un tramo y desaparecía al alcanzar el siguiente quiebro.
—¿Cuánto tiempo los viste? —preguntó.
Roi dudó unos segundos.
—No sabría decirte. Poco. Lo suficiente para reconocerlos.
—¿Estaban ya bajando cuando te fijaste?
—Sí.
—¿Los viste venir desde arriba?
—No. Cuando miré ya estaban ahí.
Coincidía con lo que había declarado.
Raquel hizo repetir el recorrido, esta vez con dos agentes.
Desde aquella distancia se distinguían con facilidad dos personas.
Los detalles pequeños se perdían, pero podían apreciarse la ropa, la constitución general y la forma de caminar.
Tratándose de personas conocidas para Roi y en la misma ladera en la que todos trabajaban, el reconocimiento era físicamente posible.
—¿Podrías saber si discutían? —preguntó Mara.
Roi hizo una mueca.
—Podía ver que hablaban. Lo demás ya os lo dije.
—Quiero comprobarlo aquí.
Mara observó a los agentes durante otro descenso. Se distinguían movimientos de brazos y cambios en el ritmo de la marcha, pero atribuirles un estado de ánimo habría sido otra cosa.
—Desde aquí no se puede interpretar mucho más —dijo Nicolás—. Alguien puede mover los brazos porque está enfadado o porque explica dónde poner una manguera.
—Eso pensaba.
La comprobación respaldaba una parte muy concreta del relato de Roi: desde allí podía haber visto a dos personas que descendían por aquella zona y reconocerlas.
No demostraba la hora ni convertía en verdadero todo lo demás que había contado, pero ya no podían descartar su testimonio por una imposibilidad física.
Raquel le pidió entonces que reprodujera el recorrido que había hecho.
Roi bajó con soltura. Apenas miraba dónde apoyaba los pies porque conocía los bordes, los desniveles y las irregularidades.
En dos ocasiones tomó pasos que Mara habría ignorado de haber ido sola.
Uno atravesaba un hueco estrecho entre muros; el otro descendía por una rampa de tierra que, vista desde el nivel superior, parecía limitarse al final de una terraza.
—Esto es lo que intentaba explicaros —dijo Antón, que caminaba detrás—. Si vienes con una mochila o herramienta pequeña, bajas por aquí. Si llevas una caja grande, buscas otra vuelta.
Roi se volvió.
—Tú no bajas por aquí con la desbrozadora.
—Con esa no. Con otras cosas sí.
—Pues eso.
No discutían realmente. Estaban describiendo una manera de moverse que dependía del peso, de la tarea y hasta de quién realizaba el trayecto.
Nicolás hizo algunas anotaciones.
—El error sería hablar de un único camino habitual. Hay una vía cómoda que puede utilizar casi cualquiera y luego accesos de trabajo. Algunos son más directos, pero hay que conocerlos.
—¿Están señalizados? —preguntó Raquel.
—¿Para qué iban a estarlo? Esto no es una ruta de senderismo.
Continuaron descendiendo.
Al llegar a la zona situada por encima del bancal C, Mara empezó a reconocer elementos de la primera inspección.
Sin embargo, todo se veía distinto siguiendo los movimientos de quienes trabajaban allí.
Durante los días anteriores habían entrado casi siempre por los accesos que permitían desplazarse con agentes, material o personal de Criminalística.
Aquella mañana seguían otra lógica: la del trabajo cotidiano.
Antón se detuvo junto a un muro.
—Desde aquí yo no seguiría por donde va Roi si quisiera bajar a la zona de Sabela.
Roi soltó una risa seca.
—Porque te gusta dar vueltas.
—Porque no tengo veinte años.
—Tampoco tienes ochenta.
Raquel levantó una mano.
—Explicadlo sin organizar una competición.
Antón señaló una abertura situada algo más abajo.
—Si quiero llegar a la zona de herramientas, corto por ahí. Si solo voy a la pista, sigo por este otro lado.
Desde donde estaba Mara, la abertura apenas destacaba. Un desnivel entre terrazas daba paso a una sucesión de escalones irregulares de tierra y piedra que descendían hacia otro bancal. No parecían recientes ni improvisados. El uso había compactado el suelo y suavizado los bordes.
—¿Se utiliza mucho?
—Bastante. Depende de quién.
Roi añadió:
—Los que trabajan abajo sí.
Mara miró a Nicolás. El técnico se acercó al borde y descendió primero unos metros. Se detuvo para observar el nivel siguiente, continuó un poco más y regresó.
—Continúa.
—¿Hasta dónde? —preguntó Raquel.
—Hay conexión con el sector inferior. Prefiero verlo entero antes de deciros más.
Bajaron.
El tramo no tenía nada de espectacular. No se trataba de una senda escondida entre la vegetación ni de un paso secreto, sino de un acceso creado por el uso: unos metros estrechos, un giro junto a un muro, una rampa por la que se podía perder altura y otro cruce entre bancales.
Mara avanzó detrás de Nicolás sin acelerar.
La pendiente exigía atención, aunque no suponía una dificultad especial para alguien habituado a caminar por allí.
En un punto apoyó una mano en la piedra para estabilizarse; Roi pasó sin hacerlo, mientras Antón eligió una entrada paralela que evitaba un desnivel demasiado brusco y volvía a unirse al mismo recorrido unos metros más abajo.
—Por eso decía que no hay un solo camino —explicó Antón.
Nicolás señaló las dos variantes.
—Terminan en el mismo sitio y cumplen la misma función. Una resulta más cómoda según quién baje.
Siguieron hasta el sector bajo de Sabela.
Mara reconoció la zona donde se guardaba parte del material de trabajo. Desde allí el aparcamiento inferior no era visible de forma continua, pero el terreno continuaba perdiendo altura en la misma dirección.
—¿Y desde aquí al coche? —preguntó.
Antón señaló otro descenso.
—Por ahí.
Roi asintió.
—También.
Mara observó el comienzo del tramo. La ruta ordinaria que Sabela había descrito durante sus declaraciones seguía una dirección distinta: buscaba una senda de servicio más cómoda y enlazaba después con la pista agrícola.
Aquel paso, en cambio, descendía entre las terrazas de una forma mucho más directa.
—¿Lo utiliza Sabela? —preguntó Raquel.
Antón se tomó un instante.
—No podría deciros cada vez que baja.
—No te he preguntado eso.
—Entonces sí. Lo conoce.
Roi miró hacia el suelo.
—Todo el que trabaje esta parte lo conoce.
Mara no necesitaba más. Conocer aquel acceso no demostraba que Sabela lo hubiese utilizado el martes, y tampoco era una singularidad que pudiera atribuirse solo a ella. Era precisamente lo contrario: un paso corriente para quienes trabajaban aquel sector.