La tierra heredada (Los casos de Mara Valdés 3) Capítulo 16
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Capítulo 16

Después de las seis y cuarenta

Apartó las manos del teclado.

—Hasta aquí puedo llegar sin hacer trampas.

Mara llevaba varios minutos de pie junto a la mesa.

Raquel había terminado de formalizar la declaración de Roi y acababa de reunirse con ellas en la sala de trabajo.

El movimiento del domingo empezaba a apagarse fuera, aunque allí dentro ninguna parecía tener prisa por marcharse.

La rectificación del viticultor había obligado a revisar una cronología que durante los últimos días empezaba a adquirir cierta estabilidad.

—Déjala así —dijo Mara—. No necesitamos decidir esta tarde dónde estaba Sabela cinco minutos después.

Noelia se echó hacia atrás.

—Lo que sí sabemos es dónde no estaba.

—Sabemos que, si Roi dice la verdad, no se había separado de Ramiro donde ella asegura —precisó Raquel.

—Sí. Eso quería decir.

—Pues no es lo mismo.

Noelia dirigió a Mara una mirada resignada.

—Hoy está especialmente simpática.

—Lleva razón.

—Ya. Ese es el problema.

La broma duró poco. Sobre la pantalla, las dos versiones se separaban ahora con una claridad incómoda.

Sabela había situado el final de la conversación cerca del cruce alto hacia las seis y treinta y cuatro.

Según su relato, Ramiro había continuado hacia abajo mientras ella iniciaba el descenso hacia su zona de trabajo y, después, hacia el coche.

Roi afirmaba que varios minutos más tarde los dos seguían juntos y habían descendido bastante más.

No era solo una diferencia de minutos. Entre ambas versiones había terreno recorrido.

—Volvamos a lo que no ha cambiado —dijo Mara.

Ramiro y Sabela se habían encontrado a última hora de la tarde y habían discutido por una ampliación que llevaba meses planteándose y que él ya no estaba dispuesto a mantener en los términos que ella esperaba.

Los documentos demostraban que aquella expectativa había sido real; las facturas, que Sabela había comprometido dinero y trabajo mientras confiaba en que el proyecto avanzaría.

El testimonio de Roi no alteraba nada de eso.

Tampoco modificaba el registro posterior.

Noelia abrió la carpeta correspondiente y sacó las dos imágenes de videovigilancia que ya habían examinado varias veces.

En una aparecía Sabela dentro del establecimiento; en otra podía reconocerse su vehículo en el exterior.

El pago con tarjeta reforzaba la secuencia y el reloj de las cámaras había sido comprobado.

—A las 19:11 ya está aquí —dijo Noelia.

—Entre las 19:11 y las 19:15 tenemos el conjunto del registro —precisó Raquel—. Eso sigue siendo igual de sólido.

Mara colocó junto a las fotografías el plano utilizado durante la entrevista con Roi.

Era tentador unir los dos datos: Sabela seguía con Ramiro pasadas las seis y cuarenta y, menos de media hora después, estaba documentada fuera de la ladera.

El problema era que entre esos dos puntos faltaba precisamente la parte que todavía no comprendían.

—¿Qué cambia de verdad?

Noelia miró la cronología.

—Que tiene menos tiempo.

—Sí.

—Y que mintió sobre algo que ya entra de lleno en la franja que nos interesa.

—También.

Raquel se sentó.

—Pero todavía no sabemos por qué.

Noelia señaló los documentos de Sabela.

—Puede haber ocultado que la discusión duró más y fue peor de lo que quería reconocer.

Era una explicación posible. También podía ocurrir que Roi hubiera calculado mal la hora, aunque la contradicción espacial seguía ahí; o que Sabela hubiera continuado con Ramiro durante unos minutos más y lo hubiese dejado vivo después.

Quedaba además otra posibilidad que todavía no podían descartar: que ambos hubieran seguido descendiendo y existiera una forma de salir de la parte baja de la ladera con tiempo suficiente para alcanzar el coche y aparecer en el registro de las 19:11.

Mara anotó las alternativas sin convertirlas en conclusiones. El nuevo testimonio hacía demasiado fácil fijarse solo en la que incriminaba a Sabela.

Noelia leyó lo que había escrito.

—La última es la que nos complica los tiempos.

—Solo si ese recorrido existe.

Raquel acercó el plano.

—Mañana podremos empezar a comprobarlo.

—Mañana podremos comprobar el terreno —corrigió Mara—. No esa hipótesis.

Raquel aceptó la precisión con un gesto.

Ya habían visto lo fácil que resultaba deformar una investigación cuando una idea razonable empezaba a buscar únicamente datos que la confirmaran.

Antón había parecido un sospechoso más sólido mientras ocultaba parte de su jornada; luego las llamadas, Benito y el trabajo acreditado explicaron su mentira sin acercarlo al homicidio.

Clara y Diego también habían escondido conflictos que servían para comprender mejor a Ramiro, pero que no los colocaban junto a él durante la franja decisiva.

La mentira de Sabela tenía otro peso porque afectaba directamente a sus últimos movimientos conocidos con la víctima. Precisamente por eso necesitaba una comprobación rigurosa.

—Hay una cosa más —dijo Raquel—. Roi puede estar equivocado con la hora.

Noelia volvió a la declaración.

—Dice que miró el teléfono poco después.

—Lo dice ahora. No tenemos nada que nos indique qué hora vio exactamente aquel martes.

—Podemos reconstruir parte de sus movimientos por los trabajos y por lo que hizo después.

—Parte —repitió Raquel.

Apoyó un dedo sobre el plano.

—Y aunque se equivoque unos minutos, sigue quedando el lugar. No los sitúa junto al cruce alto.

Ese era el extremo más difícil de atribuir a un error de memoria.

La hora podía oscilar de forma razonable; el terreno, no.

Si desde el punto que Roi indicara al día siguiente existía realmente una línea de visión hacia el tramo donde aseguraba haber visto a Ramiro y Sabela, la contradicción no dependería de que hubieran sido las 18:40 o las 18:42.

—Quiero empezar por ahí —dijo Mara—. Posición y visibilidad. Antes de medir tiempos, comprobamos si podía ver lo que dice que vio.

Noelia miró las fotografías del establecimiento.

—Después vendrán los tiempos.

Vendrían, pero solo cuando supieran qué estaban midiendo.

Tenían certezas de naturaleza muy distinta.

Por un lado estaban las llamadas, los registros, los pagos y las imágenes, puntos temporales que podían fijar con un margen reducido.

Por otro, una ladera donde cien metros sobre el plano podían exigir un rodeo, salvar varios desniveles o buscar un paso que solo conocían quienes trabajaban allí.

Empezar por los cálculos habría sido llenar con números un terreno que todavía no comprendían.

—Supongamos que Roi dice la verdad y que Sabela siguió un poco más con Ramiro, pero lo dejó vivo —dijo Mara—. ¿Encaja con lo que sabemos de la muerte?

Noelia consultó la información médico-legal.

—Sí.

Medicina Legal no había ofrecido una hora capaz de distinguir unos pocos minutos dentro de aquella franja, ni nadie esperaba que pudiera hacerlo. La estimación forense ayudaba a situar el fallecimiento, pero no iba a resolver el caso reduciendo una horquilla a un minuto inexistente.

—Pudieron seguir discutiendo, separarse más abajo y que Ramiro se encontrara después con otra persona —continuó Mara.

—Roi —dijo Noelia.

—Por ejemplo.

—Su segundo paso por esa zona es bastante más tarde —señaló Raquel.

—Según él. Y todavía tenemos que comprobarlo.

Noelia miró la cronología.

—También podría ser otra persona de la que no sepamos nada.

—No construyamos a alguien porque necesitemos llenar un hueco —dijo Mara—. Pero tampoco demos por hecho que Ramiro no pudo encontrarse con nadie después.

La última comunicación confirmada de la víctima, sus movimientos conocidos y los testimonios acotaban la tarde sin cubrirla por completo.

La ladera tampoco funcionaba como un espacio cerrado.

Trabajadores y propietarios utilizaban accesos diferentes y, como habían comprobado con Roi, alguien podía desplazarse por allí sin cruzarse con una persona situada a pocos bancales de distancia.

—¿Tenemos alguna llamada posterior que sugiera otra cita? —preguntó Raquel.

—Nada —respondió Noelia.

—Entonces no añadamos una que no existe.

Reconocer una posibilidad era distinto de inventarle un protagonista.

Mara acercó el plano. La ruta ordinaria desde C hasta el aparcamiento inferior había sido recorrida varias veces por la UOPJ y, dependiendo del ritmo y del punto exacto de partida, exigía un tiempo suficiente para que una salida tardía empezara a encajar mal con el registro de las 19:11. Eso ya lo sabían.

Lo que todavía no sabían era si aquella era la única ruta útil.

—Antón nos dijo que no nos fiáramos solo de las pistas —recordó Noelia.

—Y Roi acaba de demostrarnos que hay pasos de uso cotidiano que no aparecen bien en nuestros planos —añadió Raquel.

Mara estudió las líneas. Después del trabajo del día anterior, cuando habían separado el mapa de titularidades del mapa de movimientos, aquella advertencia resultaba aún más clara.

Los documentos mostraban límites y caminos reconocibles; quienes trabajaban la ladera construían otra red mediante costumbres, pasos entre terrazas y accesos que podían parecer inútiles para un visitante.

—Puede haber otro recorrido —dijo.

Noelia la miró.

—¿Crees que lo hay?

—Creo que todavía no sabemos si lo hay.

—Respuesta de capitana.

—Respuesta de alguien que no quiere subir mañana buscando el camino que necesita encontrar.

Raquel señaló el plano.

—Entonces Roi nos enseña exactamente dónde estaba y qué recorrido hizo. Después revisamos los pasos con gente que conozca el terreno.

—Sí. Sin pedirles que nos encuentren una ruta rápida. Primero que nos enseñen cómo se mueven de verdad.

—Y los tiempos, después.

—Cuando sepamos qué estamos midiendo.

Noelia eliminó de la cronología una flecha provisional que había trazado entre la zona indicada por Roi y el registro de las 19:11.

Poco después, una llamada de Criminalística relacionada con una comprobación pendiente de la escena hizo salir a Raquel al pasillo. Noelia aprovechó para levantarse y estirar las piernas.

—¿Sabes qué me fastidia?

—Últimamente muchas cosas.

—Que las 19:11 parecían simplificar el caso.

—Nunca lo hicieron.

—Ya, pero daban esa sensación.

Mara entendía a qué se refería. Un registro objetivo tenía una limpieza que los testimonios rara vez ofrecían: una persona, una hora concreta, una cámara y una operación bancaria que coincidían.

En una investigación llena de acuerdos verbales y recuerdos imprecisos, era fácil agarrarse a algo así como si resolviera más de lo que realmente resolvía.

—La hora sigue siendo buena —dijo—. Lo que ha cambiado es lo que tenemos que preguntarnos antes de llegar a ella.

Noelia volvió la vista a la pantalla.

—Si Roi tiene razón, Sabela ya estaba mintiendo varios minutos antes de la parte de su recorrido que podemos documentar.

—Sí.

—Y eso pesa.

—Pesa. No demuestra lo que ocurrió después.

Raquel regresó sin novedades que afectaran a la cronología y las tres revisaron de nuevo las declaraciones anteriores de Sabela.

No encontraron ninguna ambigüedad capaz de eliminar la contradicción: había repetido más de una vez que se separó de Ramiro cerca del cruce alto, alrededor de las 18:34; él continuó vivo hacia abajo y ella inició el descenso por su cuenta.

Si el punto de observación de Roi resultaba físicamente válido, Sabela tendría que explicar por qué había adelantado la separación y la había desplazado hacia arriba.

—¿La citamos mañana después del reconocimiento? —preguntó Raquel.

—Primero comprobamos a Roi.

—¿Y si desde su punto puede verlos?

—Entonces tendremos algo concreto que preguntar a Sabela.

—¿Y si no?

—Tendremos que volver con él.

Noelia cerró una carpeta.

—Por una vez parece sencillo.

—No te acostumbres.

A última hora de la tarde dejaron preparada la salida del lunes.

Noelia imprimió una cronología reducida con las horas que podían sostener sin llenar cada línea de explicaciones.

Raquel organizó el reconocimiento con Roi y el personal territorial.

Mara guardó una copia limpia del plano, sin las rutas hipotéticas que habían ido dibujando.

Antes de apagar la pantalla, quedaron visibles tres líneas:

18:40-18:42 aprox. — Roi afirma ver juntos a Ramiro y Sabela por debajo de B. Pendiente de comprobación sobre el terreno.

Franja posterior — muerte de Ramiro. Momento exacto no fijado por Medicina Legal.

19:11-19:15 — presencia documentada de Sabela en el establecimiento del corredor hacia Monforte.

Entre el primer dato y el último cabía el homicidio. También seguía siendo posible, con lo que sabían aquella tarde, que Sabela hubiera dejado vivo a Ramiro y alguien se hubiera encontrado con él después.

La diferencia no podía resolverse en la sala de trabajo. Antes necesitaban volver a la ladera, situar a Roi donde afirmaba haber estado y comprobar qué permitían realmente los desniveles, los muros y los pasos entre bancales.

Mara guardó la cronología junto al plano limpio. El lunes empezarían por eso.