La tierra heredada (Los casos de Mara Valdés 3) Capítulo 15
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Capítulo 15

Roi cambia su versión

A las diez menos cinco, Roi Lemos ya estaba esperando en el pasillo de la UOPJ.

Mara lo vio antes de entrar en la sala. Permanecía sentado con los codos apoyados sobre las rodillas y la vista en el suelo.

Había desaparecido la irritación de los primeros días; tampoco parecía asustado.

Su incomodidad era más concreta, la de alguien que llevaba demasiado tiempo defendiendo una versión que empezaba a exigirle más esfuerzo que reconocer aquello que pretendía ocultar.

Raquel llegó unos minutos después con una carpeta bajo el brazo.

Noelia las esperaba dentro y había colocado sobre la mesa el plano utilizado el día anterior, aunque esta vez no estaban desplegadas las escrituras ni las hojas de titularidades.

Solo aparecían marcados algunos accesos, los bancales que trabajaba Roi y el tramo que durante varios días había asegurado no utilizar.

Nada más entrar, miró el mapa.

—Otra vez con el camino.

—Otra vez —respondió Raquel.

Roi se sentó.

—Ya dije ayer que paso por ahí alguna vez.

—Lo que dijiste ayer es que lo utilizas de vez en cuando, pero que el martes no lo hiciste.

—Porque el martes no pasé.

Raquel no abrió la carpeta inmediatamente.

Mara había comprobado durante los últimos días que Roi respondía peor cuanto más sentía que intentaban arrinconarlo desde el primer minuto.

Su brusquedad podía parecer desafío, pero casi siempre terminaba conduciendo a preocupaciones mucho más prácticas: quién podía obligarlo a dejar de utilizar un acceso, qué consecuencias tendría reconocer que había desobedecido a Ramiro y cuánto podría perjudicarlo una declaración que después conocieran los propietarios con los que tendría que seguir conviviendo.

—Vamos a separar dos cosas —dijo la teniente—. Una es el homicidio de Ramiro. Otra, que estuvieras utilizando un paso sobre el que teníais un conflicto. Llevas mezclándolas desde que empezamos a preguntarte.

Roi desvió la mirada hacia el plano.

—Para vosotros será fácil separarlas.

—Precisamente estamos intentando hacerlo.

Raquel abrió la carpeta y sacó las fotografías que Mara ya conocía.

La impresión parcial hallada en la zona húmeda seguía sin poder fecharse con precisión ni permitía una identificación individual, pero el dibujo y el desgaste eran compatibles con las botas de Roi.

A eso se sumaban las comprobaciones realizadas sobre el terreno y las contradicciones acumuladas en sus explicaciones sobre la frecuencia con la que utilizaba el paso.

Ninguno de aquellos datos demostraba que hubiera estado allí el martes a una hora concreta, y Raquel no fingió lo contrario.

—Esto no me permite decir que esa huella sea del martes por la tarde —explicó—.

Tampoco voy a decirte que Criminalística puede saber algo que no puede saber.

Pero sí deja claro que tu primera versión, cuando asegurabas que habías dejado de utilizar ese paso desde que Ramiro te lo prohibió, era falsa.

Roi permaneció callado.

—Después reconociste que seguías entrando alguna vez —continuó Raquel—. Ayer volviste a cambiar la frecuencia. Ahora queremos saber qué ocurrió el martes sin que adaptes una versión nueva a cada comprobación que hacemos.

—Os lo he dicho.

—Nos has dicho varias cosas.

Noelia, sentada al otro lado de la mesa, tenía abierta la cronología, aunque mantenía la pantalla girada hacia ella.

Mara tampoco intervino. No hacía falta recordarle a Roi el motivo de aquella nueva entrevista y, si iba a rectificar, probablemente resultaría más útil dejarle espacio que convertir la conversación en una sucesión de acusaciones.

Raquel señaló el plano.

—El martes trabajaste en tus bancales de arriba durante parte de la tarde.

—Sí.

—Después bajaste.

—Sí.

—Y nos enseñaste un recorrido que evita este tramo.

Roi asintió.

—Ese recorrido existe, pero tú mismo reconociste que normalmente te hace perder tiempo. Ramiro intentaba impedirte utilizar el otro y estabas enfadado por eso. Hasta ahí no hay discusión.

—No.

—Lo que tenemos que aclarar es si obedeciste precisamente el día en que después apareció muerto.

Roi levantó la vista.

—Por eso no quería decirlo.

La frase salió en voz baja, muy distinta de las negativas de los primeros interrogatorios. Raquel no se precipitó a aprovechar la admisión y esperó.

Roi se pasó una mano por la barba de dos días.

—Pasé por ahí.

Noelia dejó de mirar el ordenador.

—¿El martes? —preguntó Raquel.

—Sí.

—Necesito que nos cuentes el recorrido completo.

Roi volvió al plano. Esta vez tardó en señalar, como si necesitara ordenar una parte de la tarde que llevaba varios días intentando eliminar de su propia versión.

—Entré por arriba antes de las seis, más o menos cuando os dije. Tenía que bajar a una de mis partes y por la pista daba una vuelta absurda. Así que corté.

—¿Por el paso que Ramiro te había dicho que no utilizaras?

—Sí.

—¿A qué hora?

—No miré el reloj al poner el pie allí. Serían alrededor de las seis menos diez, quizá un poco antes.

La estimación encajaba con las comprobaciones realizadas sobre sus trabajos. Raquel no intentó estrecharla.

—¿Viste a Ramiro entonces?

—No.

—¿A Sabela?

—En ese momento, no.

Ramiro aún no había llegado al acceso superior a esa hora, de modo que aquella primera utilización no colocaba a Roi junto a la víctima.

—¿Qué hiciste después? —preguntó Raquel.

—Trabajé abajo un rato. Luego me moví a otra parte.

—¿Volviste a usar el paso?

—Sí.

—¿Cuándo?

—Más tarde.

—Necesitamos algo mejor que eso.

Roi dejó escapar aire y miró hacia Mara. Ella esperó sin ayudarlo a concretar una hora que solo él podía estimar.

—Después de las siete. Cinco o diez minutos pasadas, quizá. Volví a entrar por abajo para llegar a otra parcela.

Raquel señaló el trazado.

—¿Por este sector?

Roi acercó la mano y marcó un tramo inferior. Noelia hizo una anotación.

—¿Viste el cuerpo de Ramiro? —preguntó Raquel.

—No.

—¿Pasaste cerca del bancal donde apareció?

Roi miró la posición marcada en el mapa.

—Cerca si lo miras así.

—¿Y si estás allí?

—No lo ves igual.

Mara intervino por primera vez.

—Eso lo comprobaremos sobre el terreno. Ahora dinos solo por dónde fuiste.

Roi describió el recorrido sin intentar interpretarlo.

En aquella ladera, expresiones como al lado , debajo o a cien metros podían resultar engañosas: dos bancales próximos en el plano podían quedar separados en la práctica por un muro, una diferencia de cota o una entrada situada en el extremo contrario.

Cuando terminó, Raquel volvió a la franja que faltaba.

—Entre esas dos veces que utilizaste el paso, ¿viste a Ramiro?

Roi bajó la mirada. La pausa bastó para que Mara comprendiera que habían llegado a la parte que realmente había querido ocultar.

—Sí.

Noelia levantó la cabeza.

Raquel mantuvo el mismo tono.

—Cuéntanoslo.

Roi tardó unos segundos.

—Vi a dos personas bajar.

—¿Las reconociste?

—Sí.

—¿A quiénes?

—A Ramiro y a Sabela.

Mara sintió que aquella respuesta obligaba a mirar de otra manera la cronología que llevaban días construyendo, pero no se adelantó.

—¿Dónde estaban?

Roi señaló primero el cruce alto.

—Más abajo de aquí.

Después desplazó el dedo hacia el siguiente sector, sin llegar al bancal donde habían encontrado a Ramiro.

—Por esta zona. No puedo poneros desde un papel el punto exacto donde estaban.

Mara se inclinó sobre el plano.

—¿Habían pasado ya el lugar donde Sabela dice que se separaron?

—Sí. Bastante.

—¿Iban juntos?

—Sí.

—¿Hablando?

—Eso parecía.

—¿Oíste algo?

—Palabras, no. Estaban demasiado lejos.

—¿Viste que discutieran?

Roi frunció el ceño.

—No sé qué entiendes por discutir. No estaban paseando tranquilos, pero tampoco vi que se empujaran ni nada parecido. Bajaban hablando. Ella hizo un gesto con una mano un par de veces y Ramiro siguió andando.

La descripción conservaba la imprecisión razonable de una observación hecha desde otra terraza. Roi podía haber reconocido a las personas y el sentido de su desplazamiento sin distinguir frases ni expresiones faciales.

—¿Qué hora era? —preguntó Raquel.

—Sobre las seis y cuarenta.

—¿Cómo lo sabes?

Roi apoyó las manos sobre las piernas.

—Porque estaba terminando allí y miré la hora poco después. Quería moverme antes de dejar la parte de abajo. No sé si eran las seis y cuarenta exactas.

Noelia consultó la cronología.

—¿Podían ser las seis y treinta y cinco?

Roi se tomó unos segundos.

—Me parece pronto.

—¿Las seis y cuarenta y cinco?

—También me parece tarde. Yo diría cuarenta, cuarenta y uno... por ahí.

Raquel no le exigió una precisión mayor.

—Entonces dejaremos una aproximación. Entre las seis y cuarenta y las seis y cuarenta y dos, siempre que las demás comprobaciones sean compatibles.

—Sí.

Sabela había mantenido hasta el día anterior que la conversación con Ramiro había terminado cerca del cruce alto alrededor de las seis y treinta y cuatro.

Había reconocido una discusión mucho más seria de lo que explicó al principio, pero no había modificado ni el lugar de la separación ni su afirmación de que después bajó sola hacia su zona.

Roi acababa de situarla con Ramiro varios minutos más tarde y bastante más abajo.

—¿Estás seguro de que era Sabela? —preguntó Mara.

—Sí.

—Dinos por qué.

La pregunta pareció molestarle al principio.

—Porque la conozco.

—Eso no basta. ¿Qué viste?

Roi se tomó un momento antes de responder.

—La ropa que llevaba, el pelo recogido, cómo caminaba. Y a Ramiro también. No estaban al otro lado del río. Estaban en la misma ladera.

—¿Podrías haberte confundido con otra persona que estuviera trabajando por allí?

—No.

—¿Los perdiste de vista después?

—Sí.

—¿Dónde?

Roi volvió al mapa y señaló una zona donde el terreno se plegaba entre bancales.

—Al seguir bajando. Desde donde yo estaba, aquí dejan de verse.

—¿Fuiste detrás?

—No.

—¿Bajaste hacia ellos?

—No en ese momento.

Raquel apoyó el bolígrafo sobre la carpeta.

—¿Viste que alguno tocara al otro?

—No.

—¿Viste una agresión?

—No.

—¿Oíste un golpe, un grito o una llamada de auxilio?

—No.