Capítulo 14
Dos mapas
Noelia había cubierto casi toda la mesa con papeles cuando Mara entró.
No eran las carpetas del día anterior ni la cronología del martes.
Había extendido un plano grande de la ladera y colocado alrededor copias de escrituras, referencias catastrales, acuerdos privados, notas sobre arrendamientos y varias hojas en las que había resumido quién aparecía vinculado a cada parcela.
Algunas zonas estaban señaladas con pequeños adhesivos de colores; otras permanecían en blanco, como si hubiera preferido dejar constancia de una duda antes que rellenarla con una respuesta provisional.
—Antes de que digas nada, los colores no significan propietarios.
Mara dejó el café junto a la ventana.
—Ni siquiera había preguntado.
—Pero ibas a hacerlo.
—Ahora sí.
Noelia señaló la parte superior del plano.
—He intentado hacer algo que parecía muy sencillo cuando se me ocurrió: saber quién manda realmente en cada trozo de esta ladera.
—Y no lo has conseguido.
—He conseguido saber que la pregunta está mal formulada.
Mara acercó una silla.
Era sábado a media tarde. Después de la visita a Benito, Raquel había salido a cerrar varias comprobaciones relacionadas con Roi, mientras Noelia seguía trabajando en Monforte con la documentación de las parcelas.
La revisión de la impresión de calzado y los testimonios sobre el uso habitual del paso permitían ya discutir una parte de la primera declaración de Roi sin atribuir a aquella huella más valor del que tenía.
—Aquí tengo la titularidad documental cuando podemos sostenerla —explicó Noelia—. En esta columna, quién trabaja realmente cada finca; en esta otra, quién la administra o toma decisiones cotidianas. Y aquí he puesto los accesos que aparecen en contratos, planos o documentos.
Mara recorrió las cuatro columnas.
—No coinciden.
—Ni de lejos.
En algunas parcelas sí: propiedad, explotación y gestión recaían en la misma persona y no planteaban dificultad.
El problema comenzaba al entrar en el conjunto que había manejado Ramiro.
Había fincas cuyos propietarios vivían fuera y llevaban años dejando la gestión práctica en sus manos; otras las trabajaba una persona distinta mediante acuerdos que no reflejaban toda la realidad cotidiana.
A eso se sumaban porcentajes familiares, herencias recientes, decisiones pendientes y pasos utilizados durante años cuya existencia apenas podía deducirse de la documentación.
—El Catastro nos sirve para la geometría —dijo Noelia—, pero no voy a utilizarlo para atribuir un derecho que no demuestra. He cruzado lo que podemos con escrituras, documentos privados y declaraciones. Aun así, la imagen sigue incompleta.
—La imagen documental.
—Exacto.
Mara siguió con el dedo la ladera representada sobre el papel. A y B estaban en la parte superior; C aparecía más abajo, en el bancal donde habían encontrado a Ramiro. Después venía el sector de trabajo de Sabela y, todavía más abajo, el acceso hacia el aparcamiento inferior.
La primera vez que había visto aquel esquema le había servido para ordenar el desnivel. Después de varios días caminando por la zona, empezaba a resultarle insuficiente.
—Dame otro plano.
Noelia la miró con prevención.
—¿Para qué?
—Para estropearlo.
—Ese argumento no me tranquiliza.
Sacó una copia limpia y se la tendió.
Mara no empezó por las parcelas. Marcó primero el acceso superior donde Ramiro había dejado el coche y trazó, de forma aproximada, el recorrido que habían hecho durante la primera inspección.
No pretendía levantar un plano técnico; cuando necesitaran medidas comparables contarían con el trabajo territorial y con Nicolás Carballo.
Lo que quería trasladar al papel era algo distinto: la forma en que las personas se movían realmente entre aquellas terrazas.
Añadió el recorrido que Roi había reconocido utilizar habitualmente antes de negar que hubiera pasado por el tramo discutido.
Señaló también la ruta más larga que él les había enseñado para sostener su versión, la zona en la que trabajaba Antón con frecuencia, algunos puntos por los que este había explicado que se desplazaban herramientas y el descenso ordinario que Sabela decía haber seguido desde el cruce alto.
Noelia la observó trabajar durante un rato.
—¿Qué estás haciendo exactamente?
—Un mapa que tampoco es verdad.
—Estupendo.
—Pero se equivoca de otra manera.
En los lugares donde no conocía el recorrido completo, Mara había evitado dibujar líneas continuas.
Algunas rutas quedaban interrumpidas y otras terminaban junto a un muro o una parcela porque todavía nadie había comprobado cómo seguían.
El resultado era menos limpio que el plano de Noelia, pero reflejaba mejor lo que habían visto sobre el terreno.
—El tuyo dice quién figura relacionado con cada parcela. Este intenta decir quién pasa por dónde.
—Intenta.
—He dicho intenta.
Noelia acercó ambos planos.
La diferencia aparecía enseguida. Los límites de propiedad convertían el primero en una sucesión de piezas cerradas; en el segundo, los recorridos atravesaban esas piezas, utilizaban sus bordes o las rodeaban sin respetar la claridad que ofrecía la cartografía administrativa.
Había accesos que solo tenían sentido por la relación entre dos bancales y trayectos cotidianos que desaparecían si se miraba únicamente la titularidad.
—Roi es el ejemplo más claro —dijo Noelia—. Discute por un paso que en mis papeles casi ni existe como problema.
—Para él existe porque le ahorra trabajo.
—Y para Ramiro porque atraviesa una zona que consideraba bajo su control.
Aquellos días habían dedicado mucho tiempo a preguntar quién tenía derecho a hacer qué, pero quienes trabajaban allí no resolvían una cuestión jurídica cada vez que necesitaban bajar con unas tijeras o pasar de una terraza a otra.
Utilizaban lo que funcionaba mientras nadie se opusiera.
El conflicto nacía cuando un uso tolerado empezaba a tener consecuencias económicas o alguien convertía una costumbre en una frontera.
Noelia buscó entre sus documentos y colocó una referencia catastral junto a los mapas.
—Mira estas dos parcelas. Sobre el papel apenas tienen relación: titulares diferentes, superficies distintas, ninguna razón evidente para estudiarlas juntas.
—En el terreno están casi pegadas.
—Sí, pero «casi» no me basta. Necesito saber qué acuerdo permite pasar, trabajar o integrar una con otra. Para ti es una distancia; para mí son personas que tienen que decir que sí.
—Ahí están los dos mapas.
Noelia sonrió.
—Por fin has entendido mi sufrimiento.
Mara volvió al plano. Había una parcela que llevaba varios días apareciendo en conversaciones pese a que, sobre el papel, seguía pareciendo demasiado pequeña para justificar tanto interés.
La de Diego.
No era la mayor ni la que más producción podía aportar por sí sola.
Si se atendía únicamente a la superficie, resultaba fácil pasar por encima de ella mientras la vista se detenía en terrenos mucho más extensos.
Sin embargo, seguía apareciendo en las negociaciones, en las discusiones y en los planes de Ramiro.
Mara acercó los dos mapas.
—¿La tienes delimitada?
—Sí.
Noelia señaló el contorno.
—Esto es lo que podemos fijar documentalmente.
La herencia está clara en lo que necesitamos y Diego tiene capacidad para negociar sobre la parcela.
No hace falta convertirlo en una clase de derecho sucesorio.
Para el caso, lo importante es que Ramiro daba por hecho un acuerdo familiar anterior y Diego decidió revisarlo.
—Y Esteban habló con él.
—Y Ramiro se enfadó porque Esteban habló con él.
Mara dejó el dedo junto al borde inferior de la finca.
—¿Qué hay aquí?
—¿En términos tuyos o en los míos?
—En los dos.
—En los míos, otra parcela vinculada a la explotación de Ramiro mediante un acuerdo distinto. En los tuyos...
Noelia se detuvo.
Uno de los recorridos que Mara había trazado pasaba cerca de aquel borde.
Otro descendía por el lado contrario y comunicaba con un sector inferior.
No había unido ambos porque todavía no habían comprobado que esa conexión existiera de forma útil, pero la parcela de Diego ocupaba entre ellos una posición que el plano de titularidades no mostraba con la misma claridad.
—Está en medio —dijo Noelia.
—Sí.
—Eso ya lo sabíamos.
—Sabíamos que estaba entre parcelas. Ahora parece estar también entre recorridos.
Noelia estudió la superposición. La finca seguía siendo pequeña; lo que cambiaba era la pregunta que planteaba.
Hasta entonces habían mirado su importancia sobre todo desde el conflicto familiar y económico.
Diego había heredado una tierra que no quería trabajar, Ramiro confiaba en incorporarla a su explotación y Esteban le había ofrecido una alternativa.
La posición añadía una dimensión distinta, aunque todavía no sabían hasta dónde llegaba.
—No quiero sacar una conclusión de esto —dijo Mara.
—Tranquila, todavía no sé cuál quieres sacar.
—Ninguna. Quiero saber qué falta.
Noelia volvió al plano documental.
—Yo necesito averiguar qué podía organizar Ramiro, jurídicamente o mediante acuerdos, si esa parcela entraba en el conjunto.
—Y yo qué cambiaba físicamente.
—No es la misma pregunta.
—Por eso necesitamos las dos.
Noelia tomó una hoja y empezó a anotar.
—Entonces tengo que reconstruir qué acuerdos afectaban a las parcelas de alrededor y cuáles dependían de que Diego aceptara. No solo qué quería comprar o arrendar Ramiro, sino qué podía organizar si esa pieza entraba.
—Sin suponer que todas las conversaciones formaban parte del mismo plan.
—Eso me va a llevar tiempo.
—No veo otra forma.
Noelia levantó la vista.
—Tenemos un homicidio.
—Me refería a otra forma de hacerlo.
—Ya lo sé.
Mara señaló el segundo mapa.
—Y necesitamos que quienes trabajan allí nos enseñen cómo usan de verdad estos pasos. No quiero completar lo que falta desde una mesa.
—Antón puede explicar algunos.
—Y Roi otros.