Capítulo 13 #2
Raquel no intentó extraer más de aquel recuerdo. Si las comunicaciones resultaban relevantes, podrían comprobarlas por otra vía.
—¿Por qué no nos contaste esto antes de que te preguntáramos?
—Porque nadie me preguntó dónde estaba Antón el martes hasta después.
—¿Sabías que había ocultado el trabajo?
—No.
Benito pareció realmente sorprendido.
—¿Por qué iba a ocultarlo?
Mara y Raquel intercambiaron una mirada breve.
—Porque parte del material y de las herramientas que utilizó estaban vinculados al trabajo de Ramiro —explicó Raquel.
Benito tardó unos segundos en responder.
—Ah.
—Y porque hizo el encargo dentro de una franja en la que, según su primera versión, seguía ocupado con trabajos de Ramiro.
—Pues eso sí se lo tendría que haber arreglado con él.
—Eso pensaba Antón.
Benito se reclinó en la silla.
—Ramiro llevaba una temporada poniéndose más serio con esas cosas.
—¿Lo habías notado? —preguntó Mara.
—Sí. Quería saber mejor qué se gastaba en cada finca, quién pagaba qué y a quién correspondía cada trabajo. Antes confiaba más en que al final todo se compensaba.
—¿Por qué cambió?
—No lo sé. Supongo que porque manejaba más cosas.
Coincidía con lo que habían oído desde perspectivas distintas.
La explotación había crecido hasta volver difícil una forma de trabajar basada en memoria, confianza y cuentas aproximadas.
Lo que durante años había proporcionado flexibilidad empezaba a generar fricciones al aumentar el número de propietarios, el dinero invertido y los proyectos que dependían unos de otros.
—¿Ramiro te habló de reorganizar tierras recientemente? —preguntó Mara.
Benito respondió con precaución.
—Me habló de varias posibilidades.
—¿Relacionadas con tu parcela?
—También.
—¿Qué quería hacer?
El hombre se tomó su tiempo.
—No había nada cerrado.
La frase sonaba casi automática después de todo lo que habían hablado sobre acuerdos incompletos.
—No te preguntamos si estaba cerrado —dijo Mara—. Solo qué te propuso.
—Que siguiéramos igual una temporada y que quizá después convenía integrar mejor algunos trabajos con las parcelas de alrededor. Pero no llegamos más lejos.
—¿Te pidió firmar algo?
—No.
—¿Le habías dicho que aceptarías?
—Le dije que lo escucharía.
Mara esperó un momento.
—¿Y él podía haber interpretado que acabarías diciendo que sí?
Benito sonrió de nuevo.
—Ramiro interpretaba eso con bastante facilidad.
No sonaba a reproche. Había incluso cierta tolerancia en la manera de decirlo, como si aquella seguridad excesiva hubiera sido durante años una característica conocida de su relación.
—¿Te molestaba? —preguntó Raquel.
—A veces. También me solucionó muchos problemas.
Benito miró hacia el patio, del que desde su silla apenas se veía una franja de luz junto a la puerta.
—Si no fuera por él y por gente como él, varias fincas llevarían años llenas de maleza. Eso también hay que decirlo. Es muy fácil criticar al que acaba llevando demasiadas cosas cuando nadie más quiere llevarlas.
Mara pensó en cómo aparecía Ramiro en cada testimonio: Clara hablaba de un hermano que decidía demasiado; Diego, de alguien que daba por hecho un acuerdo familiar; Sabela dependía de su palabra para una ampliación; Antón había visto cómo la confianza práctica se convertía en control; Benito recordaba al hombre que había asumido decisiones que otros ya no podían o no querían gestionar.
Las versiones no se excluían. Describían distintas consecuencias de la misma forma de trabajar.
—¿Qué va a pasar ahora con tu parcela?
Benito tardó en responder.
—No lo sé. Ramiro se ocupaba de hablar con quien tenía que entrar, organizar los trabajos y cuadrar lo que luego me correspondía pagar o cobrar. Yo podía discutirle una cosa, pero sabía a quién llamar. Ahora tendré que buscar a otra persona o decidir de una vez qué hago.
—¿Tus hijos te ayudarán a decidir?
—Sí. Pero ayudar a decidir no significa querer quedarse la tierra.
Se levantó despacio y fue hasta un cajón del aparador. Sacó una carpeta envejecida, mucho menos ordenada que las que Noelia acumulaba en Monforte. Dentro había recibos, fotocopias y anotaciones de varios años.
—Esto es lo que tengo yo. Si queréis entender por qué cada uno cuenta los acuerdos de una manera, aquí lo tenéis.
Raquel hojeó las primeras hojas sin sacarlas de la carpeta.
—¿Podemos revisar algunos documentos contigo?
—Claro. Si sirven.
Sirvieron para confirmar pagos, la continuidad de la gestión de Ramiro y algunas comunicaciones en las que se hablaba de decisiones futuras con una informalidad parecida a la de los mensajes enviados a Sabela.
No aportaron nada que modificara la cronología del martes ni acercara por sí mismo la investigación al homicida, pero sí respaldaron la imagen que Benito acababa de describir.
Anticipar acuerdos antes de que estuvieran cerrados no había sido una excepción en la relación de Ramiro con Sabela.
Formaba parte de su manera de gestionar la explotación.
Conocía a los propietarios, sabía quién quería continuar, quién pensaba dejarlo y cuánto margen tenía para insistir.
Muchas veces el sistema había funcionado porque conseguía cerrar después lo que ya había empezado a organizar.
Eso explicaba por qué Sabela había podido confiar en que esta vez ocurriría lo mismo. No explicaba lo que hizo cuando descubrió que no sería así.
Antes de marcharse, Raquel pidió permiso a Benito para incorporar copia de varios documentos a las diligencias por el procedimiento correspondiente. Él aceptó y guardó el resto.
Ya en el patio, Mara miró hacia el cobertizo cerrado.
—¿Seguirás con la finca este año?
Benito metió las manos en los bolsillos.
—Este año habrá que hacer algo. La tierra no espera a que uno se aclare.
Después negó lentamente, como si aquella respuesta no terminara de servirle.
—Pero no sé si la quiero otro año más.
No había dramatismo en sus palabras ni resentimiento hacia sus hijos. Solo cansancio y una realidad que los planos de titularidad no mostraban: poseer una parcela significaba decidir sobre ella, pagar su mantenimiento o encontrar a alguien dispuesto a trabajarla.
Ramiro había ocupado durante años el espacio entre propietarios como Benito y quienes todavía querían cultivar. Su muerte dejaba también ahí un vacío, hecho de acuerdos a medias, gastos sin cuadrar y tierras cuyo futuro dependía ahora de conversaciones que nadie había previsto tener tan pronto.
Mientras Mara y Raquel caminaban hacia el coche, Benito volvió al cobertizo.