La tierra heredada (Los casos de Mara Valdés 3) Capítulo 13
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Capítulo 13

La tierra que nadie quiere

Benito Arias no quiso sentarse hasta haberles enseñado el cobertizo.

Raquel intentó explicarle que no habían ido a inspeccionar nada y que podían hablar perfectamente dentro de casa, pero él ya había cruzado el patio con un manojo de llaves y avanzaba despacio hacia una construcción baja situada detrás de la vivienda.

Mara lo siguió sin apresurarlo. A esas alturas de la investigación sabía que, para algunas personas, explicar su relación con la tierra resultaba más sencillo delante de unas herramientas que alrededor de una mesa.

El cobertizo olía a madera, aceite y humedad antigua.

Había aperos que parecían llevar meses sin moverse junto a otros todavía limpios de uso, cajas de tornillería, rollos de alambre y una desbrozadora colgada de la pared.

Benito abrió una puerta lateral y señaló un martillo, unas tenazas y varias piezas metálicas.

—Lo del martes no fue aquí —aclaró—. Esto os lo enseño para que entendáis que yo ya no hago casi nada de lo que hacía antes.

No necesitaba justificarlo. Caminaba con cuidado y protegía la rodilla derecha al salvar los pequeños desniveles del patio. No estaba incapacitado, pero bastaba verlo moverse para comprender por qué trabajar en una ladera de bancales había dejado de ser una obligación asumible.

—¿Cuándo dejaste de llevar tú mismo las parcelas? —preguntó Mara.

Benito cerró el cobertizo y se guardó las llaves.

—De golpe, nunca. Primero dejas de bajar un día porque te duele la pierna.

Luego contratas a alguien para podar porque ya no llegas igual.

Después otro te lleva la máquina, otro mira el riego y, al final, sigues diciendo que la finca es tuya, pero hace semanas que no sabes quién ha pasado por allí si nadie te lo cuenta.

Entraron en la casa. Su mujer no estaba y Benito había dejado preparado café en una cafetera pequeña. Raquel rechazó con educación; Mara aceptó cuando comprendió que negarse iba a abrir una negociación más larga que beberlo.

Se sentaron en la cocina, junto a una ventana desde la que se veía un pequeño huerto.

Noelia se había quedado en Monforte trabajando con la documentación de Sabela y aquella comprobación correspondía sobre todo a la UOPJ territorial.

Mara acompañaba a Raquel porque la forma en que Benito había delegado sus tierras podía ayudarles a entender cómo funcionaban otros acuerdos de Ramiro, no porque esperaran encontrar allí una pieza inesperada del homicidio.

—Ramiro me llevaba una de las parcelas desde hace años —dijo Benito—. No era que se la hubiera vendido ni nada parecido. La finca seguía siendo mía.

—¿Había contrato? —preguntó Raquel.

Benito frunció el ceño.

—¿De qué año me hablas?

La pregunta hizo sonreír a Mara.

—De cuando empezó a ocuparse de ella.

—Entonces no.

—¿Y después?

—Después hicimos papeles para algunas cosas. Para otras, no.

Raquel dejó la libreta sobre la mesa.

—Necesitamos entenderlo bien.

—Pues eso intento.

Benito bebió un sorbo de café antes de continuar.

Ramiro había empezado ayudándolo con labores concretas cuando él todavía trabajaba la parcela.

Al principio había sido una solución práctica: una máquina que Benito ya no tenía, un tratamiento que convenía hacer el mismo día que en las fincas vecinas, una cuadrilla que podía entrar por varias parcelas seguidas.

Con los años, aquella colaboración había cambiado de naturaleza sin que ninguno de los dos pudiera señalar una fecha exacta.

—Llegó un momento en que él organizaba casi todo —explicó—.

Yo sabía qué se hacía porque hablábamos, pero no iba detrás de cada decisión.

Si había que reparar una parte del muro, me lo decía.

Si había un problema con un acceso, lo hablábamos.

Si una tarea podía hacerse al mismo tiempo que en las fincas de al lado, mejor para todos.

—¿Quién pagaba? —preguntó Mara.

—Depende.

La respuesta se estaba convirtiendo en una constante en aquel caso. Benito pareció advertirlo en su expresión.

—Ya sé que para vosotros eso es un desastre.

—Es más difícil de reconstruir —dijo Mara—. No necesariamente un desastre.

—Pues imagínate vivirlo durante treinta años. Si Ramiro adelantaba un gasto pequeño, luego lo descontábamos. Si lo pagaba yo, guardaba la factura si me acordaba. Había años en que cuadrábamos todo y otros en que una cosa quedaba por otra. Mientras nadie quisiera romper el acuerdo, funcionaba.

Era, en buena medida, lo que habían encontrado desde que llegaron.

Los acuerdos informales podían durar décadas mientras nadie necesitara conocer con precisión sus límites.

El problema aparecía cuando cambiaban las personas, el dinero o las expectativas y las palabras pronunciadas años atrás empezaban a exigir una exactitud que nunca habían tenido.

—¿Ramiro decidía por ti? —preguntó Raquel.

Benito negó con energía.

—Eso no. La tierra era mía.

—Pero tomaba decisiones sin preguntarte cada vez.

—Claro. Para eso se la dejaba llevar.

—¿Dónde estaba el límite?

Benito apoyó la taza.

—Si era una cosa de trabajo, no me llamaba para preguntarme cada tontería. Si iba a cambiar algo importante, sí.

—¿Qué considerabas importante?

—Vender. Arrendar a otro. Meterme en un acuerdo de años. Cambiar una entrada de sitio si eso podía traer problemas con el vecino. Cosas así.

—¿Y ampliar cultivos o reorganizar parcelas?

Benito se quedó pensativo.

—Según dónde.

—Ramiro daba a veces por hecho que tenía más margen del que realmente le habían dado —dijo Mara.

El hombre la miró con cautela.

—A veces se adelantaba.

—¿En qué sentido?

—Hablaba de cosas antes de tenerlas rematadas.

Raquel se inclinó ligeramente hacia él.

—Eso nos interesa.

—Ya suponía.

No había desconfianza en su voz. Sonaba más bien resignado.

—Si pensaba que una parcela iba a quedar libre el año siguiente, podía decírselo a quien le interesara trabajarla. Si creía que un propietario acabaría aceptando un acuerdo, empezaba a hacer cuentas antes de que estuviera firmado. No lo hacía necesariamente para engañar a nadie. Él trabajaba así.

—¿Y si después el propietario decía que no?

—Pues tocaba arreglarlo.

—¿Le ocurrió?

—Claro.

Benito volvió a servirse café y ofreció otra vez a Raquel, que esta vez aceptó una pequeña cantidad.

—El problema es que Ramiro confiaba mucho en convencer a la gente —continuó—. Y muchas veces la convencía. Si sabes que uno quiere dejar de trabajar, otro vive fuera y otro lleva dos años quejándose de lo que cuesta mantener una finca, empiezas a calcular lo que puede pasar.

Mara pensó en Diego, en Clara y, sobre todo, en Sabela.

Aquello no demostraba que Ramiro hubiera garantizado a esta última unas parcelas concretas, ni convertía en contrato los mensajes y borradores que habían revisado.

Sí reforzaba algo que empezaba a resultar difícil discutir: Ramiro podía hablar de una reorganización antes de haber cerrado todas las piezas necesarias para hacerla posible.

—¿Tú llegaste a tener algún problema con él por eso?

Benito movió la cabeza.

—Problema grande, no. Alguna discusión, sí. Una vez habló con un vecino de un paso por mi finca antes de decírmelo. No me gustó.

—¿Qué ocurrió?

—Que le dije que primero se habla con el dueño.

—¿Y el paso se hizo?

—Al final sí.

Raquel tomó nota.

—¿Porque cambiaste de opinión?

—Porque tenía sentido.

—Entonces Ramiro había acertado.

Benito sonrió con una leve ironía.

—En que yo iba a aceptarlo, sí. En que podía anunciarlo antes, no.

Aquella diferencia explicaba bastante bien el modo de trabajar que empezaban a atribuirle a Ramiro.

Conocía a los propietarios, anticipaba sus decisiones y con frecuencia acertaba.

El riesgo aparecía cuando confundía la probabilidad de convencer a alguien con la capacidad de comprometer su decisión antes de que se produjera.

Mara dejó la taza.

—¿Por qué seguías conservando la parcela si ya no querías trabajarla?

Benito miró hacia la ventana.

—Porque era de mis padres.

Esperó unos segundos.

—Y porque vender una finca tampoco es tan fácil como parece cuando la gente habla desde fuera.

—¿Por el precio?

—Por todo. El precio, los papeles, los hermanos cuando hay hermanos, lo que cree cada uno que vale, lo que vale de verdad para quien la trabaja y lo que te ofrecen por algo que tú llevas viendo toda la vida.

Un día dices que no vendes porque era de tu padre y al siguiente piensas que tus hijos no van a venir aquí a trabajarla nunca.

Sus dos hijos vivían fuera del municipio.

Uno trabajaba en A Coruña; la otra llevaba años en Vigo.

Ninguno quería hacerse cargo de una parcela inclinada que exigía tiempo, desplazamientos y gastos constantes.

No estaban enfrentados por ella ni despreciaban la historia familiar.

Simplemente habían construido otra vida.

—A veces la gente habla de conservar la tierra como si bastara con quererla —dijo Benito—. Pero quererla no poda, no limpia, no arregla un muro y no paga a quien lo haga.

Raquel dejó de escribir un instante.

—¿Has pensado vender?

—Muchas veces.

—¿Y hacerlo?

—También.

Benito sonrió.

—No es lo mismo.

La conversación pasó después al encargo de Antón. Aquella parte estaba prácticamente comprobada, pero Raquel necesitaba terminar de fijar algunos detalles y Benito volvió a contarla sin cambios apreciables.

El martes había detectado un problema en un cierre de otra finca que conservaba en la ladera opuesta.

No podía arreglarlo solo y sabía que Antón hacía trabajos particulares.

Le había enviado un mensaje durante el día y después hablaron por teléfono.

Antón llegó alrededor de las seis y veinticinco y trabajó allí hasta pasadas las siete.

—¿Estuviste con él todo el tiempo? —preguntó Raquel.

—Sí. Le sujeté alguna cosa y le estuve dando conversación, que seguramente fue lo menos útil.

—¿Se marchó en algún momento?

—No.

—¿Recibió llamadas?

Benito tardó unos segundos en responder.

—Miró el teléfono una vez, creo. No sé si le entró algo o miró la hora.