Capítulo 12 #2
El conflicto empezaba a adquirir una forma más clara.
Los documentos no demostraban que Sabela tuviera derecho a todo lo que esperaba ni que Ramiro estuviera obligado a entregarle determinadas parcelas.
Sí mostraban que durante meses había hablado con ella de superficies, gastos y preparación de trabajos sin terminar de cerrar las condiciones que habrían protegido a Sabela si él cambiaba de criterio.
No era una promesa inventada después de su muerte, pero tampoco un acuerdo cerrado.
Raquel reunió los documentos que tenía delante.
—Vamos a dejar una cosa clara. Estos mensajes acreditan que Ramiro habló contigo de continuidad y ampliación.
El borrador acredita que llegó a trabajar sobre una reorganización en la que tú aparecías.
Las facturas acreditan que invertiste dinero.
Lo que no podemos decir es que existiera un contrato definitivo que te garantizara determinadas parcelas.
Sabela sostuvo su mirada.
—Ya lo sé.
—¿Lo sabías entonces?
La pregunta pareció incomodarla más que las anteriores.
—Sabía que faltaban papeles.
—No es lo mismo.
—No.
—Entonces, ¿por qué seguiste invirtiendo?
Sabela tardó bastante en responder.
—Porque confiaba en él.
No sonó sentimental. Después de casi una hora hablando de costes, superficies y trabajo, la palabra tenía un sentido muy concreto.
—No confiaba en que me hiciera un favor —continuó—.
Confiaba en que, si llevábamos meses preparando una cosa, no la cambiaría de repente sin hacerse cargo de lo que yo había puesto.
Ramiro era complicado, pero hasta entonces cumplía lo bastante como para que trabajar de palabra con él tuviera sentido.
Mara pensó en Antón. Su relación con Ramiro había funcionado durante años sobre una confianza práctica hasta que el crecimiento de la explotación empezó a obligarlos a separar herramientas, horas, encargos y gastos.
Con Sabela el conflicto era diferente, pero compartía una fragilidad parecida: acuerdos que funcionaban mientras las partes entendían aproximadamente lo mismo y empezaban a romperse cuando sus intereses dejaban de coincidir.
—¿Te sentiste engañada?
Sabela la miró directamente.
—Sí. Y me enfadé muchísimo, si eso es lo que queréis que diga. Pensé que se estaba quedando con dos años de trabajo mío y que luego otra persona iba a aprovecharlo. Le dije cosas que ahora preferiría no haberle dicho.
—¿Qué cosas?
—Que no tenía palabra. Que utilizaba a la gente mientras le convenía. Que si pensaba dejarme fuera después de hacerme gastar dinero, tendría que responder por ello.
Raquel mantuvo el tono.
—¿Lo amenazaste?
—No con hacerle daño.
—¿Le dijiste que se arrepentiría?
Sabela negó.
—No recuerdo haber usado esa frase.
—¿Alguna parecida?
—Le dije que no iba a dejarlo así.
La expresión podía tener varios significados dentro de una disputa económica: reclamar, consultar qué podía exigir, endurecer la negociación o algo distinto. No había base para escoger uno sin más.
—¿Qué querías hacer? —preguntó Mara.
—Reclamarle lo que me correspondiera. Hablar con los propietarios si hacía falta. Consultar qué podía exigir. No sé, estaba enfadada.
—¿Lo habías consultado ya con alguien?
—No.
—¿Habías preparado alguna reclamación?
—No.
Aquello podría contrastarse después si resultaba necesario. Raquel dejó unos segundos antes de cambiar de asunto.
—Volvamos al martes por la tarde.
Sabela tensó ligeramente los hombros.
—Os lo he contado dos veces.
—Y vamos a preguntártelo las veces que haga falta mientras incorporemos información nueva.
Ramiro te escribe a las 17:07. Os encontráis aproximadamente a las 18:28.
Ahora sabemos que la discusión fue más tensa de lo que explicaste al principio y que había más dinero en juego del que reconociste. ¿Dónde termina?
—En el cruce de arriba.
—¿Seguís moviéndoos mientras habláis?
Sabela dudó.
—Un poco.
—¿Cuánto?
—No lo sé. Unos metros.
—¿Bajasteis juntos hacia los bancales inferiores?
—No hasta abajo.
La precisión era nueva, aunque seguía siendo compatible con lo que había contado anteriormente: que habían caminado unos metros cerca del cruce.
—¿Hasta dónde? —preguntó Mara.
Sabela se tomó su tiempo.
—No sabría señalarte un punto exacto desde aquí.
—Podemos ir a la ladera.
—No hace falta. Quiero decir que estuvimos cerca del cruce. Hablamos caminando un poco y después yo bajé.
—¿A qué hora?
—Ya os dije que calculé sobre las seis y treinta y cuatro. No miré el reloj.
—¿Sigues manteniendo esa hora?
Sabela apretó los labios.
—Mantengo que no fueron las siete ni nada parecido. Serían las seis y media pasadas.
—¿Y Ramiro estaba vivo cuando os separasteis?
—Sí.
—¿Hacia dónde fue?
—Hacia abajo. Quería mirar una cosa.
—¿Y tú?
—Bajé por mi recorrido habitual, volví hacia mi zona, recogí lo que tenía y fui al coche.
La versión seguía intacta en lo esencial: separación cerca de B, Ramiro vivo y descenso de Sabela por la ruta ordinaria.
Mara recordó las imágenes del establecimiento.
A las 19:11, aquella versión continuaba siendo posible.
Si Sabela decía la verdad sobre el lugar y el momento en que se habían separado, tenía tiempo suficiente para llegar al vehículo y aparecer después ante la cámara.
Para que el horario empezara a contradecirla necesitaban situarla con Ramiro más abajo y más tarde de lo que reconocía, y todavía no podían hacerlo.
—¿Por qué no explicaste desde el principio que la discusión había sido así de fuerte? —preguntó Mara.
—Porque había muerto.
—Eso no responde.
—Claro que responde.
Sabela se inclinó hacia delante.
—Si una persona aparece muerta y tú eres la última que reconoce haber discutido con ella, intentas contar lo ocurrido sin convertir cada cosa que dijiste enfadada en una amenaza. Sabía cómo iba a sonar.
—Y al hacerlo nos diste una versión incompleta.
—Sí.
Raquel intervino antes de que la tensión aumentara.
—Una versión incompleta dificulta saber qué ocultas porque te perjudica y qué ocultas porque puede tener relación con la muerte.
Sabela volvió la cabeza hacia ella.
—No oculto haberlo matado porque no lo maté.
Ninguna de las tres reaccionó a la frase. Era la negación esperable de alguien a quien estaban preguntando por un homicidio.
—Lo que tenemos que comprobar es si el resto de tu versión se sostiene —dijo Raquel.
—Comprobadlo.
—Eso estamos haciendo.
La entrevista continuó todavía un rato sin producir cambios sustanciales.
Sabela confirmó varios intercambios de mensajes, identificó dos trabajos mencionados en el borrador y explicó qué gastos consideraba ligados a la continuidad futura y cuáles habría afrontado de todos modos.
Cuando no recordaba una fecha, dejó de aproximarla y reconoció que tendría que comprobarla.
Mara prefirió aquella falta de precisión a una hora o un día inventados sobre la marcha.
Al terminar, Sabela recogió la chaqueta del respaldo y, antes de salir, se detuvo junto a la puerta.
—Una cosa. Que Ramiro no firmara todo no significa que yo me inventara lo que habíamos hablado.
—Eso ya está claro —respondió Raquel.
Sabela pareció sorprendida.
—¿Sí?
—Sí. Otra cosa es qué efecto tenía jurídicamente y otra distinta lo que ocurrió el martes.
La mujer asintió una sola vez y salió.
Noelia esperó a que la puerta se cerrara para reunir las copias.
—Por lo menos ya no discutimos sobre si la ampliación existía.
—Existía como proyecto —matizó Raquel.
—Eso quería decir.
—Pues dilo así.
Noelia la miró con fingida resignación.
—Trabajar contigo es una fiesta.
Raquel sonrió mientras guardaba el borrador.
—Y eso que todavía no hemos empezado con la diferencia entre expectativa y derecho adquirido.
Mara las dejó intercambiar aquellas dos frases. Llevaban demasiadas horas hablando de una muerte como para rechazar cualquier momento de normalidad.
Después volvió a los documentos.
Las nuevas comprobaciones no desmontaban la explicación de Sabela en todo.
En un aspecto importante, la respaldaban: Ramiro había hablado durante meses de continuidad y ampliación, había enviado mensajes que mantenían aquella expectativa y había trabajado sobre borradores en los que ella aparecía.
También existían intercambios sobre mejoras y costes.
Sabela no se había inventado el origen de su enfado.
—¿Qué podemos afirmar exactamente? —preguntó Mara.
Raquel se apoyó en el borde de la mesa.
—Que existió una negociación o planificación real sobre continuidad y ampliación. Que Ramiro no formalizó todos sus términos. Que Sabela invirtió dinero mientras esa expectativa seguía abierta. Y que el martes supo que el planteamiento podía desaparecer.
—¿Y qué no?
—Que tuviera asegurado el derecho a unas parcelas concretas. Que Ramiro estuviera obligado a compensarle todo lo gastado. Que sepamos qué palabras exactas utilizaron durante la discusión. Y, desde luego, que ese conflicto demuestre quién lo mató.
Formulado de aquella manera, el límite era claro. Lo difícil había sido llegar hasta él entre versiones, herencias, acuerdos incompletos y palabras que cada persona utilizaba con un significado distinto.
Noelia guardó la última carpeta.
—Ahora tiene un motivo bastante más serio de lo que parecía hace tres días.
—Tiene un perjuicio más serio —corrigió Mara—. Para hablar de motivo necesitamos saber qué hizo con él.
Noelia aceptó la precisión.
Sobre la mesa permanecía la cronología del martes.
Mara buscó la línea de las 18:34 y, unos centímetros más abajo, el registro de las 19:11.
Entre ambos puntos seguía cabiendo la versión de Sabela: podían haberse separado cerca del cruce y haber continuado cada uno por su lado, dejando abierta la posibilidad de que otra persona se encontrara después con Ramiro.
La investigación había demostrado qué podía perder Sabela. Todavía no había demostrado que permaneciera con Ramiro durante los minutos decisivos.
Mara cerró la carpeta sin modificar la cronología. La discusión había adquirido un peso distinto; el recorrido, por ahora, seguía siendo el mismo.