Capítulo 12
Lo que se prometió
—«Cuando tengamos cerrado lo pendiente, hablamos ya de la ampliación de abajo. Cuenta con que la idea sigue en pie».
Sabela no apartó la vista del papel mientras Raquel terminaba de leer el mensaje.
La habían citado de nuevo en Monforte a primera hora de la tarde.
Noelia había encontrado aquella conversación al ordenar la documentación relacionada con los gastos y, antes de volver a preguntar a Sabela por lo ocurrido el martes, la UOPJ había considerado necesario reconstruir con más precisión qué clase de compromiso había existido entre ella y Ramiro.
Hasta entonces, la palabra promesa había aparecido demasiadas veces con significados distintos.
Mara estaba sentada al otro lado de la mesa, ligeramente apartada de las carpetas.
Habían decidido que Raquel llevara la conversación.
Noelia permanecía a su izquierda con una selección de documentos, pero la entrevista no iba a consistir en colocar un papel tras otro delante de Sabela para observar su reacción.
Necesitaban separar lo que Ramiro había dicho de aquello que había llegado a comprometer realmente.
Sabela terminó de leer y levantó la vista.
—Eso es lo que llevo diciendo desde el principio.
—Has dicho que Ramiro hablaba de ampliarte —respondió Raquel—. No habías explicado que hubiera mensajes como este.
—Porque me preguntasteis si había un contrato y os dije que no.
—También te preguntamos qué entendías tú por una promesa.
Sabela apoyó el documento sobre la mesa con cuidado.
—Pues esto.
El mensaje estaba fechado algo más de dos meses antes de la muerte.
No mencionaba superficies concretas ni identificaba parcelas, y tampoco fijaba renta, duración o una fecha de incorporación.
Noelia había sido muy clara al explicarlo antes de que Sabela llegara: demostraba que la posibilidad de ampliación existía y que Ramiro la presentaba como una expectativa real, pero no convertía aquella expectativa en un arrendamiento cerrado.
Otro intercambio, de semanas después, hablaba de trabajos que convenía adelantar «para tener la parte baja preparada».
En una nota guardada entre la documentación de Ramiro aparecía el nombre de Sabela junto a varias tareas pendientes y una referencia escueta: «continuidad campaña / ampliar cuando se resuelva».
Habían encontrado además un borrador sin firma con una relación de superficies, costes aproximados y labores previstas.
Sabela figuraba en él, aunque varias líneas estaban corregidas a mano y nada permitía saber si Ramiro había considerado aquella versión definitiva.
El conjunto era bastante más sólido que un recuerdo interesado y bastante menos firme que el acuerdo que Sabela parecía haber dado por seguro.
—Quiero preguntártelo otra vez —dijo Raquel—. ¿Ramiro llegó a decirte que esas tierras serían tuyas para trabajarlas esta campaña?
—No serían mías.
—Ya sabes a qué me refiero.
—Lo sé, pero precisamente estamos hablando de palabras. Prefiero que quede claro.
Mara percibió el cansancio detrás de la corrección. Sabela no parecía dispuesta a simplificar algo que durante meses había funcionado sin términos precisos.
—Dijo que iba a contar conmigo —continuó—. Que, cuando cerrara un par de cosas, reorganizaríamos las parcelas y yo podría asumir más superficie. Hicimos números. Hablamos de trabajos. Fui preparando zonas porque no empiezas una campaña el día que firmas un papel.
—¿Qué significaba «cuando cerrara un par de cosas»? —preguntó Mara.
Sabela dirigió la mirada hacia ella.
—Nunca me lo explicó todo.
—¿Preguntaste?
—Claro que pregunté. Ramiro siempre tenía algo pendiente con alguien: una firma, un propietario que quería pensárselo, una herencia, un acceso que había que aclarar. Si esperaba a tener cada papel perfecto antes de mover nada, no habría hecho la mitad de las cosas que hacía.
La descripción coincidía con lo que llevaban varios días encontrando.
Ramiro había construido parte de su explotación a base de acuerdos que avanzaban a distintas velocidades.
La tierra podía pertenecer a una persona, trabajarla otra y administrarla una tercera.
Algunos compromisos se formalizaban pronto; otros sobrevivían durante años sostenidos por la costumbre, la confianza y la necesidad mutua.
Raquel colocó delante de Sabela la copia del borrador.
—¿Habías visto esto?
Sabela tardó unos segundos.
—No así.
—¿Así cómo?
—Por escrito. Habíamos hablado de varias de estas cosas, pero no me enseñó esta hoja.
—¿Reconoces las superficies?
Sabela leyó con más atención y señaló dos referencias.
—Estas sí. Esta otra no sé cuál es, porque él utilizaba a veces una denominación distinta a la que usamos nosotros. Y esta cantidad...
—¿Qué pasa con ella? —preguntó Noelia.
—Que era una propuesta. No estaba cerrada.
—¿La propusiste tú?
—Hablamos de varias.
Noelia no insistió. El borrador tenía valor precisamente porque no necesitaban atribuirle más certeza de la que contenía. Ramiro había trabajado sobre una ampliación vinculada a Sabela; eso empezaba a estar acreditado. Los términos definitivos seguían sin estarlo.
—¿Cuánto tiempo llevabais hablando de esto? —preguntó Mara.
—En serio, desde el año pasado. Antes ya había salido alguna vez, pero sin hacer cuentas.
—¿Y cuándo empezaste a gastar dinero pensando que iba a salir adelante?
Sabela apoyó los brazos en la mesa y respiró antes de responder.
—No hay una fecha. Esa es la parte que parece que queréis convertir en una línea y no funciona así.
Un muro había que repararlo de todos modos.
El drenaje me venía bien con o sin ampliación.
Material habría tenido que comprar. Lo que cambia es cuánto te permites hacer y cuándo lo haces si piensas que el año siguiente vas a trabajar más terreno.
Era una explicación más precisa que la del primer encuentro y, al mismo tiempo, dejaba más claro el riesgo que había asumido.
—El jueves dijiste que eran varios miles repartidos durante bastante tiempo —recordó Mara.
—Y lo son.
—Sabemos que es más que eso.
Sabela bajó la vista hacia las facturas que Noelia había dejado a un lado.
—Ya.
No protestó. Aquella única sílaba sonó distinta de las respuestas defensivas del primer encuentro.
—¿Por qué lo redujiste? —preguntó Raquel.
—Porque sabía lo que ibais a pensar.
—¿Qué íbamos a pensar?
Sabela se echó hacia atrás.
—Que tenía un motivo.
Mara dejó que continuara.
—Ramiro aparece muerto después de discutir conmigo —añadió Sabela—. Yo os digo que además llevaba tiempo poniendo dinero en algo que dependía de él y lo siguiente es bastante evidente.
—Nuestro trabajo no cambia porque nos facilites una explicación más cómoda —dijo Raquel—. Si el dinero existe, lo vamos a encontrar.
—Ya lo habéis encontrado.
—Sí.
Sabela volvió a mirar los documentos.
—No os mentí cuando dije que no me dejaba en la calle. Eso sigue siendo verdad. Tengo otras parcelas, trabajo para más gente y puedo seguir. Lo que no quería era explicaros que había organizado dos años de mi vida contando con que aquello iba a crecer y que el martes él me dijo que podía olvidarme.
Mara reparó en la última frase.
—La otra vez dijiste que Ramiro te dijo que no podía prometerte más terreno.
—Es lo mismo.
—No exactamente.
Sabela levantó los ojos.
—Para mí sí lo era.
—Ahora acabas de decir que te dijo que podías olvidarte.
La mujer guardó silencio unos segundos.
—No utilizó esas palabras.
—Entonces dinos cuáles utilizó.
—No me acuerdo literalmente.
—No te estoy pidiendo una transcripción.
Sabela se pasó una mano por la frente.
—Me dijo que las cosas habían cambiado y que ya no podía mantener el planteamiento que llevábamos meses hablando. Que tendría que reorganizar la parte de abajo y que, como mucho, ya veríamos más adelante si podía ofrecerme algo.
—¿Te dijo por qué había cambiado? —preguntó Mara.
—Que había una posibilidad nueva y que tenía que aprovecharla.
—¿Qué posibilidad?
—No lo sé.
La respuesta fue rápida, aunque por sí sola no permitía concluir nada.
—En nuestra primera conversación hablaste de una finca que podía entrar en el conjunto —recordó Mara—. También dijiste que sabías que había un problema con una herencia.
Sabela asintió.
—Porque eso era lo que yo había oído. Todo el mundo sabía que Ramiro estaba pendiente de tierras y acuerdos.
—Pero no sabías exactamente qué operación quería hacer.
—No.
Mara no avanzó más. Todavía no habían establecido qué función concreta tenía la parcela heredada y no tenía sentido obligar a Sabela a explicar algo que quizá desconocía.
Raquel regresó al centro de la conversación.
—¿Qué pasó cuando Ramiro te comunicó que la ampliación no seguía adelante?
—Discutimos.
—¿Más que otras veces?
Sabela tardó unos segundos en contestar.
—Sí.
Era la primera vez que lo admitía con tanta claridad.
—¿Hasta qué punto?
—Le dije que no podía hacer eso después de tenerme meses trabajando con otra expectativa. Él dijo que nunca me había garantizado todas las superficies y que yo también me había beneficiado de las mejoras mientras trabajaba allí.
—¿Hablasteis de dinero?
—Sí.
—¿Le reclamaste que pagara las mejoras?
—Que asumiera una parte razonable.
—¿Cuánto?
—No dimos una cifra cerrada.
Noelia intervino.
—Tenemos mensajes anteriores en los que tú le mandas importes.
—Porque me pidió que los ordenara.
—Y una respuesta suya en la que dice que revisaría «lo que corresponda a trabajos útiles para la explotación».
Sabela mostró una sonrisa cansada.
—Eso era Ramiro. Lo que corresponda. Lo que resulte. Lo que veamos. Siempre dejaba una puerta abierta para decidir después cuánto valía lo que tú ya habías hecho.
Noelia guardó de nuevo el mensaje.
—Eso no significa que reconociera todos los gastos.
—No he dicho que lo hiciera.