Capítulo 11 #2
—Hay además referencias a una discusión por los gastos que Sabela minimizó. No tenemos todavía el contenido completo, pero sí sabemos que reclamaba que se reconocieran determinadas mejoras y que Ramiro no aceptaba asumirlas todas.
Mara levantó la vista. Aquello pertenecía a una cuestión distinta: una cosa era demostrar cuánto había pagado Sabela y otra, qué compromiso había asumido Ramiro respecto a esos gastos o a una futura ampliación.
—Por ahora quedémonos con el dinero que podemos demostrar. Lo que hablaron entre ellos lo tratamos aparte.
Noelia señaló las carpetas.
—Por eso lo tengo separado.
—Naturalmente.
—Si te burlas de mi sistema, luego no me pidas que encuentre nada.
—No me estaba burlando.
—Ya.
El intercambio rebajó durante unos segundos la tensión de la mañana. Mara agradeció el cambio. Todavía estaban ordenando documentos, no preparando una conclusión.
Noelia volvió a las fechas.
—Hay otra cosa. La inversión no se detiene cuando empiezan las primeras fricciones con Ramiro.
—¿Hasta cuándo sigue?
—Hay gastos recientes. Algunos del último mes.
—Podría significar que Sabela seguía confiando en continuar.
—O que tenía trabajos que hacer aunque ya no estuviera segura de nada. No puedo elegir entre las dos posibilidades solo por las fechas.
—¿Qué necesitarías?
—Saber qué hablaron realmente. Si encontramos algo que demuestre que Ramiro seguía alimentando una expectativa concreta mientras ella hacía estos pagos, los gastos adquieren otro significado. Si no, pueden ser decisiones empresariales que Sabela asumió por su cuenta.
Mara asintió.
—Eso será lo siguiente.
Noelia apartó la tabla principal y sacó una pequeña relación de personas y documentos pendientes.
—Ya he empezado. Hay mensajes incompletos, referencias cruzadas y gente que oyó hablar de futuras parcelas sin saber qué estaba cerrado. Todo el mundo utiliza palabras distintas: «quedado», «hablado», «prometido», «apuntado»... Luego vas a los papeles y cada expresión significa una cosa.
—En la ladera pasa lo mismo con los caminos.
—Lo sé. Tú tienes tus senderos y yo mis verbos.
Mara sonrió.
—Prefiero los senderos.
—Porque no has tenido que ordenar cuatro versiones de un acuerdo que nadie escribió entero.
Noelia se levantó a por agua y, cuando regresó, señaló la documentación extendida.
—¿Quieres ver cuánto cambia esto la lista?
—No hagamos una clasificación de sospechosos cada vez que aparece un dato nuevo.
—No pensaba poner estrellas junto a los nombres.
—Ya me entiendes.
—Sí.
Noelia volvió a sentarse.
—Entonces te lo digo de otra manera. Hasta ayer, la razón de Sabela para enfrentarse con Ramiro podía parecer sobre todo profesional: sentirse engañada, ver frenado un proyecto, enfadarse por una promesa que creía incumplida. Ahora sabemos que había dinero real comprometido.
—Eso sí cambia el peso del conflicto.
—Bastante.
—Pero no cambia las 19:11.
Noelia miró hacia la carpeta donde guardaban las imágenes del establecimiento.
—No.
La hora seguía tan firme como el día anterior.
Sabela aparecía fuera de la ladera poco después de la franja en la que situaban la muerte y aún no habían encontrado una forma cómoda de hacer encajar un recorrido desde C utilizando las rutas conocidas.
El nuevo perjuicio económico no resolvía ese problema.
Solo impedía seguir tratando la disputa con Ramiro como un enfado menor.
—Tampoco cambia que, según ella, se separó antes de Ramiro.
—Y Roi continúa pendiente.
—Exacto.
Noelia juntó varias facturas con un clip.
—¿Sabes qué es lo que más me molesta de todo esto?
—Sorpréndeme.
—Que Sabela no necesitaba minimizar el dinero para explicar que estaba enfadada. Podía habernos dicho desde el principio que había invertido mucho y seguiríamos sin tener nada que demostrara que mató a Ramiro.
—La gente no decide qué esconder pensando en facilitarnos la investigación.
—Ya, pero a veces consigue justo lo contrario.
Mara recordó a Antón. Había ocultado un encargo particular porque temía que la familia revisara sus prácticas laborales y consiguió que durante varias horas una mentira menor pareciera tener relación con el homicidio.
Roi seguía haciendo algo parecido con el paso.
Clara había reducido la importancia de sus conversaciones con la bodega y Diego tardó en admitir hasta qué punto estaba dispuesto a renegociar.
En Sabela, sin embargo, la información que aparecía no se alejaba de su conflicto con Ramiro, sino que lo hacía más serio.
—¿Hay explicaciones que no tengan que ver con el homicidio para que lo minimizara? —preguntó.
Noelia respondió después de pensarlo unos segundos.
—Varias. Que le avergüence haber invertido sin asegurar los acuerdos. Que no quiera que la familia de Ramiro sepa cuánto pretende reclamar. Que tema que ahora se discutan algunas mejoras. O que no quiera reconocer hasta qué punto dependía de una decisión que no controlaba.
—Bien.
—También puede haber ocultado la magnitud porque la discusión fue peor de lo que cuenta.
—También.
Por sí sola, la minimización no permitía elegir entre unas posibilidades y otras.
Raquel regresó cerca del mediodía y encontró las tres carpetas extendidas sobre la mesa. Dejó la chaqueta en una silla y se acercó.
—¿Qué tenemos?
Noelia le resumió el análisis empezando por lo acreditado, continuando por las consecuencias económicas y dejando para el final las interpretaciones que todavía necesitaban contraste. Cuando terminó, Raquel tomó una de las facturas de drenaje.
—¿Esto dónde está?
—En una zona vinculada a lo que trabaja Sabela, pero no quiero fijar más hasta comprobarlo sobre el terreno. Hay varios trabajos repartidos.
—Antón puede ayudarnos a identificar dónde se hicieron.
—Sí, pero primero quiero que nos diga qué se hizo y dónde. Para qué cree él que se hizo vendrá después.
Raquel dejó el papel.
—De acuerdo.
—¿Y Roi? —preguntó Mara.
—Seguimos con él esta tarde. Ha empezado a reconocer que utiliza el paso más de lo que dijo, pero todavía discute cuándo lo usó y cuándo no.
—No lo mezclemos con esto.
—No pensaba hacerlo.
La mañana continuó entre comprobaciones.
Raquel localizó dos de los trabajos citados en las facturas mediante fotografías y referencias de diligencias anteriores.
Noelia corrigió una clasificación que había hecho demasiado pronto y trasladó uno de los pagos al grupo de mantenimiento normal.
Mara recibió el cambio con más confianza que si todos los documentos hubieran encajado a la primera: significaba que estaban descartando lo que no sostenía el análisis en lugar de conservarlo porque resultara útil.
En una de las últimas facturas, Noelia había marcado un concepto con un signo de interrogación.
—¿Por qué sigue aquí? —preguntó Mara.
—Porque no sé si corresponde a una sustitución normal o a la preparación de una superficie mayor. El proveedor vende el mismo material para las dos cosas.
—Entonces todavía no nos sirve para distinguirlas.
Noelia tachó la marca.
—Así de emocionante es el análisis documental.
—Prefiero que sea aburrido y correcto.
—Yo también.
Raquel levantó la vista de otra hoja.
—Por favor, que siga siendo aburrido.
Las tres sonrieron y volvieron al trabajo.
A primera hora de la tarde, el cuadro era más limpio. Habían eliminado gastos que solo parecían importantes por desconocimiento, separado lo personal de lo profesional y reducido el conjunto a una serie de actuaciones cuya suma sí cambiaba la imagen inicial.
Sabela había invertido durante dos años en una explotación que todavía dependía de acuerdos ajenos.
Parte de ese dinero había quedado incorporada físicamente al terreno; otra parte estaba vinculada a una escala de trabajo mayor que la que podía sostener con comodidad si sus expectativas se reducían.
Algunos pagos, además, seguían afectando a sus cuentas aunque Ramiro hubiera cambiado de planes.
Mara no necesitaba exagerar aquel perjuicio hasta convertirlo en ruina. Bastaba con lo que podían demostrar: Sabela tenía más comprometido en aquellas tierras de lo que había contado.
Noelia cerró el ordenador por primera vez desde la mañana.
—Eso es lo que puedo defender hoy.
—¿Y lo que no?
—Que todo ese dinero dependiera de una promesa concreta de Ramiro. Que cada mejora se hiciera pensando en nuevas parcelas. Y que el perjuicio fuera tan grande como para poner en riesgo inmediato toda su explotación.
—Bien.
Raquel miró a Mara.
—¿Bien?
—Sabemos dónde termina la prueba.
La teniente empezó a reunir las copias. Sobre la mesa quedaron dos documentos: la relación de inversiones de Sabela y, a un lado, el registro horario del establecimiento.
Las 19:11 seguían exactamente donde estaban.
Ahora sabían que Sabela tenía más dinero y trabajo comprometidos de lo que había admitido, pero eso todavía no explicaba sus movimientos en la ladera. Noelia dejó la carpeta de facturas a un lado y abrió la de mensajes.
—Ahora toca averiguar qué le había prometido realmente Ramiro.
Mara acercó la silla de nuevo a la mesa.