Capítulo 11
Las facturas
Noelia había dividido la documentación en tres grupos antes de que Mara terminara el primer café de la mañana.
A la izquierda estaban los gastos que podían asociarse sin dificultad al mantenimiento ordinario de la explotación de Sabela; en el centro, los pagos cuya utilidad dependía de saber exactamente dónde se habían realizado los trabajos; a la derecha, una carpeta bastante más gruesa reunía compras, reparaciones y servicios que todavía necesitaban contraste.
—Si seguimos llamando a todo esto «unas mejoras», no vamos a entender nada —dijo.
Era sábado y las dependencias que utilizaban en Monforte tenían un ritmo distinto al de los días laborables.
Seguían entrando llamadas y había movimiento en los pasillos, pero faltaba el tránsito continuo de las jornadas anteriores.
Raquel había salido temprano para cerrar varias comprobaciones territoriales, entre ellas la nueva revisión de los movimientos de Roi, y Mara había decidido aprovechar aquellas horas para sentarse con Noelia sin convertir el análisis documental en una sucesión de datos recibidos a medias.
Noelia llevaba desde el día anterior ordenando la documentación incorporada a las diligencias.
Había cruzado facturas, justificantes de pago, fechas de trabajos y referencias de material, procurando separar lo acreditado de aquello que todavía dependía de la explicación de Sabela o de terceros.
Parte de los conceptos resultaban evidentes incluso para alguien ajeno al trabajo vitícola; otros habían requerido consultas para no atribuir a una compra una finalidad que podía tener varias.
Mara se acercó a la mesa.
—Empieza por lo que puedas sostener.
—Eso pensaba hacer.
Noelia giró hacia ella una hoja en la que había agrupado los pagos por fechas, sin añadir todavía una suma final.
—Cuando hablamos con Sabela, explicó que había gastado dinero en mantener la parcela, reparar algunos elementos y mejorarla poco a poco. Eso es verdad. El problema es que lo contó como si habláramos de gastos normales de alguien que trabaja una finca y sustituye lo que se va rompiendo.
—¿Y no es eso lo que aparece?
—En parte. Hay material corriente, tratamientos, recambios, herramientas pequeñas y reparaciones que no significan nada fuera de una explotación agrícola. Si buscáramos un motivo en cada factura, acabaríamos sospechando de cualquiera que tuviera una viña.
Mara sonrió ligeramente.
—Entonces no lo hagamos.
—Me alegra que coincidamos.
Noelia apartó varias hojas y dejó otras a la vista.
Había facturas por trabajos de drenaje, materiales para reconstruir y reforzar pequeños muros, elementos de sujeción y una serie de compras relacionadas con la preparación de nuevas líneas de cultivo.
No pertenecían al mismo mes ni formaban una única operación; lo significativo aparecía al contemplarlas juntas.
—Esto ya es distinto. No porque cada gasto sea extraordinario, sino por la acumulación. Sabela no estaba simplemente manteniendo lo que tenía. Llevaba tiempo invirtiendo para trabajar a una escala mayor.
Mara leyó los conceptos sin intentar interpretar detalles técnicos que Noelia había tardado horas en clasificar.
—¿Eso puede saberse solo por las facturas?
—Solo por las facturas puedo decirte qué compró y qué pagó.
Para afirmar dónde se utilizó cada cosa necesitamos cruzarlo con los trabajos reales.
Algunos están identificados porque las propias facturas o los servicios contratados indican el lugar.
Otros no. Lo que sí puedo defender es que la cantidad de material y determinados trabajos no encajan demasiado bien con la imagen que nos dio de unos cuantos arreglos para conservar su explotación actual.
—¿Cuánto mayor es el gasto de lo que reconoció?
Noelia miró la tabla.
—No tenemos una cifra que ella declarara como límite. Nunca dijo «he invertido tanto». Habló del dinero puesto en mejoras como de algo asumible dentro del funcionamiento normal. Cuando ordenas los pagos de los dos últimos años, la situación parece bastante distinta.
Mara esperó a que continuara.
—No son gastos puntuales. Hay ahorros propios, pagos fraccionados y compras que ha seguido abonando mientras trabajaba. Además, una parte de esas mejoras queda incorporada a la tierra. Si mañana dejas de explotarla, no te llevas un drenaje ni un muro reparado en la furgoneta.
Eso sí modificaba la importancia de los pagos.
—Separa lo que podría recuperar de lo que no.
Noelia pasó a otra hoja.
—Herramientas, algunas estructuras portátiles y material sin instalar pueden reutilizarse. El trabajo incorporado al terreno, no. Y ahí está una de las diferencias. Sabela ha pagado actuaciones que mejoran unas parcelas durante años aunque ella deje de trabajarlas antes.
—¿Eran parcelas suyas?
—No todas.
Mara levantó la mirada.
—Explícamelo.
—Es la misma situación que llevamos encontrándonos desde que llegamos.
Propiedad, gestión y explotación no coinciden.
Sabela trabaja una finca mediante acuerdo con el propietario y realiza además tareas vinculadas a terrenos que Ramiro administraba.
Algunas inversiones corresponden claramente a la superficie que explota ahora; otras afectan a zonas sobre las que no tiene la misma seguridad.
Noelia señaló dos documentos.
—Estos trabajos, por ejemplo, mejoran el drenaje y la estabilidad de un tramo que seguiría beneficiando a quien lo utilizara después. Sabela puede haberlos hecho porque le resultaban útiles en ese momento, pero económicamente encajan mejor si esperaba permanecer allí y trabajar más superficie.
—¿Eso último es una conclusión tuya?
—Una posibilidad que encaja con los números. Todavía no un hecho.
Mara dejó que el límite quedara claro. Una factura podía acreditar un pago con mucha más fiabilidad que un recuerdo, pero no explicaba por sí sola qué esperaba obtener quien lo había realizado.
Cogió una de las hojas. El servicio contratado se describía con un lenguaje bastante genérico y, salvo por la localización, habría podido pertenecer a casi cualquier explotación.
—¿Por qué este está en el grupo importante?
—Por la fecha y por dónde se hizo. Mira la siguiente.
Mara comparó ambas.
—Son trabajos separados.
—Sí, pero preparan zonas contiguas. El primero resuelve un problema de agua; el segundo estabiliza el borde y permite aprovechar mejor el espacio de trabajo. Ninguno demuestra por sí solo una ampliación. Juntos tienen más sentido si quien los paga cree que va a permanecer y crecer allí.
—¿Se lo preguntaste a alguien que conozca ese tipo de trabajos?
—A dos personas distintas, sin explicarles qué hipótesis estamos manejando. Coinciden en que no son gastos absurdos para la superficie actual, pero que se justifican mejor si esperas ampliar explotación.
—Eso es bastante diferente de decir que solo podían hacerse para ampliar.
—Mucho. Por eso no he escrito eso.
La precisión documental de Noelia empezaba a hacer con los papeles lo mismo que Mara intentaba hacer con los recorridos: reducir posibilidades sin forzar una interpretación antes de tiempo.
En el caso de Sabela, la diferencia comenzaba a estar entre haber gastado dinero y haber comprometido una parte considerable de su proyecto profesional.
—¿Hay algo que nos permita saber si podía absorber la pérdida? —preguntó Mara.
—No voy a convertir su vida entera en una auditoría si no hace falta.
Con lo que ya está legítimamente incorporado tenemos suficiente para afirmar otra cosa: utilizó ahorros y financiación.
No hablamos solo de beneficios que esperaba conseguir en el futuro.
Parte del dinero ya había salido y otra parte seguía comprometiéndola.
—¿Durante cuánto tiempo?
—Depende de cada pago. No hay una única financiación ni un préstamo que lo explique todo. Precisamente por eso costaba verlo. Son decisiones tomadas en momentos distintos que, juntas, muestran una inversión sostenida.
Sabela había descrito su situación como la de alguien que necesitaba superficie suficiente para que el trabajo mereciera la pena.
Eso no era extraño. Tampoco lo era que una viticultora invirtiera en las tierras que explotaba confiando en continuar.
La diferencia estaba en la magnitud y, sobre todo, en el riesgo asumido sobre terrenos cuya continuidad no dependía solo de ella.
—Quiero entender qué perdía si Ramiro cambiaba de idea.
Noelia ordenó la respuesta antes de hablar.
—Primero, una parte de la inversión que ya no podía recuperar físicamente.
Segundo, la posibilidad de repartir determinados costes entre más superficie.
Y tercero, la utilidad de algunas compras realizadas pensando en una explotación mayor.
No significa que se arruinara de un día para otro.
Significa que su situación empeoraba bastante más de lo que nos dejó entender.
—¿Podía seguir trabajando?
—Sí.
Aquello también importaba. No estaban ante alguien que se quedara automáticamente sin medio de vida si perdía la ampliación, pero sí ante una profesional que podía terminar con una explotación demasiado pequeña para el proyecto que llevaba dos años construyendo y con dinero invertido en mejoras de las que otros podrían beneficiarse.
Mara volvió a las facturas.
Hasta entonces, el conflicto entre Sabela y Ramiro había parecido una mezcla de promesas poco claras, frustración profesional y una discusión reciente.
Los documentos añadían un perjuicio económico concreto sin necesidad de exagerarlo: había pagos realizados, trabajo incorporado al terreno y obligaciones que no desaparecerían porque la ampliación nunca llegara.
—¿Ramiro pagó alguna parte?
—Algunas cosas se repartieron. En otras aparece él como quien encarga o coordina trabajos, pero el pago sale de Sabela. Y hay conceptos en los que todavía no puedo determinar qué habían acordado entre ellos.
—No supongamos que se lo debía.
—No lo estoy haciendo.
Noelia buscó una carpeta más delgada.