Capítulo 10
Diecinueve once
En la primera imagen, Sabela aparecía junto al mostrador con una botella de agua en la mano. En la segunda, tomada apenas unos segundos después, se distinguían a través del cristal parte del aparcamiento y el lateral de su vehículo.
Mara examinó las imágenes. Sabela llevaba ropa de trabajo y el pelo recogido. No parecía especialmente apresurada, aunque intentar deducir algo de su forma de caminar o de sostener una botella habría sido inútil. La cámara servía para algo mucho más concreto: a aquella hora estaba allí.
—El pago está confirmado —dijo Noelia—. La entidad ha facilitado la información por el cauce correspondiente y coincide con el ticket. No es una hora introducida a mano ni una copia reconstruida después.
Raquel estaba de pie junto a la ventana de la sala que utilizaban como base en Monforte. Había regresado hacía menos de media hora después de hablar con los agentes que se habían encargado de asegurar las grabaciones.
—También tenemos la matrícula. En una de las cámaras exteriores se ve entrar el coche. La imagen no permite distinguir bien quién conduce, pero después Sabela aparece dentro del establecimiento y paga con su tarjeta. Para la investigación, el punto es firme.
Noelia señaló la línea correspondiente en la cronología.
—Diecinueve once.
Mara volvió a la fotografía. La precisión de aquella hora contrastaba con casi todo lo sucedido en la ladera el martes.
Allí trabajaban con testimonios, recorridos aproximados, una última llamada profesional de Ramiro y una valoración médico-legal necesariamente amplia.
El registro, en cambio, situaba a Sabela y su vehículo fuera de los bancales dentro de un intervalo muy concreto.
—¿Cuánto hay desde el aparcamiento hasta el establecimiento?
Raquel se acercó a la mesa.
—Entre diez y catorce minutos en coche, en condiciones normales. Hemos hecho el trayecto dos veces, respetando la circulación. Puede variar algo, pero no lo suficiente para tener que imaginar una conducción fuera de lo normal.
Eso situaba la salida desde el aparcamiento inferior alrededor de las siete, con unos minutos de margen según el momento exacto en que Sabela hubiera llegado al establecimiento.
El problema estaba antes.
Según su declaración, se había separado de Ramiro cerca del cruce alto hacia las seis y treinta y cuatro y después había bajado por el recorrido habitual hasta donde tenía estacionado el coche.
Si aquello era cierto, el registro de las 19:11 no planteaba ninguna dificultad: disponía de tiempo suficiente para descender, recoger sus cosas y salir hacia Monforte.
La situación cambiaba si el punto de separación no era el que ella había indicado.
—Ponme otra vez la ruta que nos explicó —pidió Mara.
Raquel desplegó el plano de la ladera y Noelia giró el portátil para consultar la primera declaración.
—Desde el cruce alto baja por la senda de servicio —dijo la teniente, siguiendo el recorrido con un dedo—, enlaza con la pista agrícola y llega al aparcamiento inferior. Es el trayecto que nos enseñaron como más normal si quieres evitar los tramos de mayor pendiente.
—¿Y desde C?
Raquel dejó de seguir la línea.
—Eso cambia. Por la ruta ordinaria, desde C hasta el aparcamiento hablamos de unos dieciséis a veinte minutos en condiciones normales. Puede hacerse algo más deprisa si conoces el terreno y no vas cargada, pero no quiero convertir una estimación en una competición.
Mara tampoco. Un recorrido que solo funcionara obligando a alguien a acelerar por encima de lo razonable no era una buena reconstrucción; antes de recortar minutos necesitaban saber qué camino había utilizado realmente.
Noelia abrió la cronología.
—Con la última llamada de Ramiro y el resto de comprobaciones podemos trabajar ya con una ventana práctica más estrecha que la médico-legal, aproximadamente entre las seis y veinticinco y las siete y cinco. Más que eso sería adelantarnos.
—Medicina Legal mantiene una horquilla bastante más amplia —añadió Raquel—. No vamos a obtener de la autopsia una hora exacta.
Era preferible trabajar con un margen incómodo que fabricar una precisión que todavía no podían sostener.
El registro de Sabela no la excluía del homicidio, pero tampoco la acercaba por sí mismo. Les daba un punto fijo después de la muerte y comprimía el tramo anterior lo suficiente para obligarlos a comprender cómo se movía realmente alguien acostumbrado a aquella ladera.
—¿Qué dijo sobre la hora a la que llegó al coche?
Noelia buscó el pasaje de la declaración.
—No dio una hora exacta. Dijo que después de separarse de Ramiro terminó de bajar, guardó lo que llevaba y salió. Calculó que abandonó la zona poco antes de las siete, pero dejó claro que no había mirado el reloj.
—Eso encaja con el ticket —dijo Raquel.
—Si aceptamos dónde terminó la conversación —respondió Mara.
La teniente apoyó las manos sobre la mesa.
—Y de momento no tenemos a nadie que contradiga ese punto.
Roi continuaba negando haber usado el paso discutido el martes.
La impresión compatible con sus botas justificaba volver sobre su versión, pero aún no podían fecharla con suficiente precisión ni reconstruir todos sus movimientos.
Mientras aquella parte siguiera abierta, no había base para colocar en la cronología un encuentro que nadie había declarado.
—Entonces tratemos las 19:11 como lo que son —dijo Mara—. Ni una coartada ni una prueba contra Sabela. Una hora fija.
—Y una hora que nos obliga a afinar bastante lo anterior —añadió Noelia.
—Eso sí.
Era fácil deslizarse hacia la idea de que Sabela debía explicar cómo había llegado tan pronto al establecimiento.
Pero antes tendrían que demostrar que había estado en un lugar distinto del que reconocía y durante más tiempo del que admitía.
De otro modo estarían utilizando como punto de partida la misma hipótesis que intentaban comprobar.
Raquel recogió una de las fotografías.
—La ropa coincide con la que dijo llevar trabajando. No vemos manchas significativas, aunque con esta resolución tampoco serviría para descartar nada.
—¿Lleva algo cuando entra?
—Las llaves y el móvil. La cámara exterior no permite ver con claridad qué dejó en el coche antes de entrar.
En una jornada de viña, herramientas, ropa sucia y material de trabajo eran completamente normales. Ninguno de esos objetos tendría interés por sí mismo sin otro indicio que les diera un significado concreto.
Noelia cambió de documento.
—También se han cerrado dos comprobaciones que nos quitan algo de ruido.
—Clara y Diego —dijo Raquel.
La primera ficha era la de Clara. Habían necesitado más tiempo del previsto porque su explicación inicial de aquella tarde había sido vaga y, además, había minimizado hasta dónde habían llegado sus conversaciones con Esteban.
La parte económica seguía formando parte del caso, pero sus movimientos empezaban a separarla físicamente del homicidio.
—Sale del trabajo en Monforte y hace dos gestiones personales —explicó Noelia—.
Una queda documentada y en la otra hay dos personas que recuerdan haber hablado con ella.
Después entra en un establecimiento de la ciudad.
No tenemos una continuidad absoluta minuto a minuto, pero varios datos independientes hacen muy difícil encajar un desplazamiento hasta la ladera durante la franja crítica.
—¿Queda algún margen sin cubrir?
—Sí. No lo suficiente para llamarlo imposible en términos matemáticos, pero tendría que contradecir varias comprobaciones y encadenar desplazamientos para los que no tenemos ningún respaldo.
Raquel intervino:
—La negociación de Clara sigue siendo relevante para entender lo que estaba ocurriendo alrededor de Ramiro. Como presencia material en C, pierde mucho peso.
Mara estuvo de acuerdo. Clara había ocultado parte de sus conversaciones con la bodega, pero conocer el motivo de una mentira no obligaba a convertirla en una ruta hasta el lugar del crimen.
—¿Y Diego?
Noelia pasó a la siguiente ficha.
—Su reunión con Ramiro termina poco después de las cuatro y veinte. Lo que hizo después está bastante mejor fijado de lo que contó al principio. Regresó a Ourense, tuvo una cita profesional y hay personas que lo sitúan allí. Además, tenemos documentación asociada a esa actividad.
—¿La cita estaba concertada antes del martes?
—Sí.
Diego podía haber discutido con Ramiro, querer romper un acuerdo familiar y beneficiarse de una oferta mejor por su parcela. Sus movimientos, sin embargo, reducían considerablemente la posibilidad de que hubiese regresado a la Ribeira Sacra a última hora para matarlo.
La pequeña finca heredada seguía siendo importante para entender lo que Ramiro había hecho durante los días anteriores.
Clara quería vender, Diego renegociar y Esteban buscaba margen para construir una operación comercial que Ramiro pretendía mantener bajo su control.
Todo aquello seguía siendo cierto, aunque empezara a perder fuerza como explicación directa de quién había estado frente a él en los minutos decisivos.
—Nos estamos quedando con menos gente —dijo Noelia.
—Con menos gente que podía estar allí —precisó Raquel—. Los conflictos siguen existiendo.
La diferencia importaba. Una persona podía quedar prácticamente fuera de la escena y seguir siendo necesaria para comprender una decisión de Ramiro que hubiera perjudicado a otra.
Mara volvió a las fotografías de Sabela.
—¿Tenemos algo más sobre su trayecto hasta el establecimiento?
—Solo lo que ya hemos comprobado —respondió Raquel—. Desde E hasta el local, entre diez y catorce minutos.
—Así que el tramo que no entendemos es el anterior.
—Exacto.
Noelia amplió en la pantalla el plano topográfico que utilizaban. Sobre él estaban marcados el acceso superior, el cruce, el bancal C y el aparcamiento inferior.
—Visto así parecen cuatro puntos al lado uno del otro.