Capítulo 9
Lo que hizo Antón
La llamada a Benito Arias había salido del teléfono de Antón a las cinco y cincuenta y ocho de la tarde.
Raquel dejó la copia del registro sobre la mesa y deslizó después otra hoja hacia Mara.
Allí aparecía una segunda comunicación, esta vez de Benito, recibida poco después de las seis y diez.
Ninguna era larga ni tenía por sí sola un valor especial, pero ambas encajaban con la explicación que Antón había terminado dando el día anterior: un encargo particular, una finca situada en otra ladera y un trabajo que había preferido ocultar porque no formaba parte de la jornada que Ramiro le pagaba.
—Benito confirma que lo llamó porque necesitaba arreglar una cosa antes del fin de semana —explicó Raquel—. Hemos hablado con él esta mañana y después ha ido una pareja a comprobar el lugar. Vive cerca de la finca y estuvo allí mientras Antón trabajaba.
Noelia, sentada frente a ellas, consultó la cronología en el portátil.
—¿Desde qué hora lo sitúa?
—Llegó sobre las seis y veinticinco. Benito no miró el reloj, pero había hablado con su hermana unos minutos antes y conserva la llamada.
Antón se marchó alrededor de las siete y cinco.
Ahí tenemos algo más de margen porque poco después Benito entró en casa y encendió la televisión antes de las noticias.
Mara acercó las hojas. Entre las seis y veinticinco y las siete y cinco quedaban cuarenta minutos que cubrían por completo la franja crítica que manejaban.
La última llamada profesional de Ramiro, realizada entre las seis veinte y las seis veinticinco, seguía siendo uno de los puntos firmes anteriores a la muerte.
Si la presencia de Antón en la otra ladera se sostenía, el conflicto que había mantenido con Ramiro y sus mentiras sobre aquella tarde empezaban a adquirir otro significado.
—¿La distancia?
Raquel abrió el mapa que llevaba doblado en la carpeta.
—La parcela de Benito no pertenece a este conjunto de bancales.
Está al otro lado del pequeño valle. En coche hay que bajar hasta la carretera, rodear y volver a subir.
A pie también hay recorridos, pero ninguno permite estar allí y en C con los tiempos que tenemos sin que Benito se quedara solo durante un intervalo considerable.
—¿Y se quedó?
—Dice que no. Estuvo con él todo el tiempo.
Noelia levantó la vista.
—Eso es un testimonio, no un reloj.
—Claro. Por eso hemos comprobado algo más.
Raquel sacó varias fotografías. En la primera se veía una zona de trabajo en el borde de una parcela, con la tierra removida alrededor de un cierre. Otra mostraba piezas sustituidas y una reparación reciente que destacaba por el aspecto más limpio del material.
—El arreglo existe. Benito llevaba días diciendo que tenía que solucionarlo. Hay mensajes anteriores con otra persona en los que lo menciona y uno del martes a Antón preguntándole si podía pasar. No parece una historia construida después de la muerte de Ramiro.
Mara examinó las imágenes sin buscar en ellas más de lo que podían aportar.
El trabajo había sido encargado antes de que nadie supiera lo que ocurriría aquella tarde y varias referencias independientes situaban a Antón en la finca durante la franja que les interesaba. No dependían únicamente de su palabra.
—¿Qué utilizó para repararlo?
—Herramientas que llevaba en el vehículo de trabajo —respondió Raquel—. Ahí está la parte que no quería contar.
—Algunas de esas herramientas eran de la explotación —añadió Noelia.
—Y parte del material procedía de compras pagadas por Ramiro.
Mara recordó la conversación del día anterior.
Antón había admitido que hacía pequeños encargos para otras personas y que, en ocasiones, utilizaba lo que ya llevaba cargado en la furgoneta.
Lo presentaba como una costumbre menor, casi inseparable de su manera de trabajar.
Ramiro, sin embargo, llevaba semanas intentando separar gastos, herramientas y tiempos justo cuando también pretendía reducir algunos de sus encargos.
—Entonces ocultó ese trabajo porque podía tener problemas con la familia de Ramiro.
—Eso parece —dijo Raquel—. Cuanto más insistíamos en sus movimientos, más difícil le resultaba explicar dónde estaba sin admitir también lo demás.
Noelia volvió a la cronología.
—Entre las seis y veinticinco y las siete y cinco sigue en la parcela de Benito.
—Con Benito presente y una reparación en marcha —añadió Raquel—. Para la UOPJ, lo que tenemos acredita suficientemente que Antón no estaba en C durante esa franja.
Mara permaneció unos segundos mirando la sucesión de horas.
Antón había reunido casi todo lo necesario para resultar incómodo dentro de una investigación: conocía los accesos mejor que la mayoría, disponía de herramientas, había discutido con Ramiro aquella misma mañana y había mentido sobre sus movimientos.
Era razonable que hubieran comprobado su versión con atención.
Lo que ya no tenía sentido era mantener el mismo peso sobre él después de que los datos empezaran a explicar la mentira por otro camino.
—Quiero hablar con él otra vez.
Raquel consultó la hora.
—Está esperando abajo.
Antón entró diez minutos después. Al ver las fotografías de la reparación sobre la mesa, se detuvo apenas un instante antes de sentarse. No preguntó por qué lo habían citado ni repitió la versión simplificada de los primeros días.
—Ya habéis hablado con Benito.
—Sí —respondió Raquel—. Y hemos comprobado la llamada y la reparación.
Antón inclinó la cabeza.
—Pues ya está.
—No del todo. El primer día dijiste que habías terminado trabajos de Ramiro y que después te habías ido. Ayer reconociste que habías hecho algo para Benito, pero seguías sin concretar la hora. Ahora sabemos que estuviste con él desde aproximadamente las seis y veinticinco hasta las siete y cinco.
—Más o menos.
—Eso te sitúa fuera del lugar donde murió Ramiro durante la franja que estamos investigando.
Antón levantó la vista. En vez de aliviarse, pareció irritarse aún más por todo lo que habían tenido que comprobar para llegar hasta allí.
—Os dije que no tuve nada que ver.
—También dijiste cosas que no eran ciertas —respondió Raquel—. Una cosa no borra la otra.
El hombre apretó los labios.
—No quise meter a Benito en esto.
—Benito no estaba metido hasta que ocultaste que habías trabajado para él y tuvimos que comprobarlo.
Mara intervino antes de que la conversación quedara atrapada en aquel reproche.
—¿Por qué decidiste esconderlo desde el principio?
Antón respiró hondo.
—Porque Ramiro se habría enterado.
—Ramiro estaba muerto.
—Su familia no.
La respuesta tenía una lógica muy concreta.
—Celia está revisando papeles. Clara pregunta por todo lo que tenga que ver con gastos y trabajos. Si aparece que usaba materiales de la explotación para hacer cosas por mi cuenta, van a decir que llevaba años aprovechándome.
—¿Llevabas años haciéndolo?
Antón negó despacio.
—Hacía encargos pequeños. A veces llevaba mis herramientas y otras utilizaba lo que tenía en la furgoneta porque estaba trabajando con ello ese día. No me llevaba cajas enteras ni compraba material a nombre de Ramiro para quedármelo.
—Pero utilizabas recursos que él pagaba —dijo Noelia.
Antón la miró.
—Alguna vez, sí.
—Y tiempo por el que también podía estar pagándote.
Esta vez bajó un poco la cabeza.
—A veces.
El desacuerdo de la mañana del martes empezaba a entenderse mejor. Ramiro no pretendía únicamente reducir encargos: llevaba un tiempo intentando separar con mayor rigor los trabajos de su explotación de una forma de funcionar que Antón había mantenido durante años.
—¿Ramiro sabía que hacías trabajos para otros? —preguntó Mara.
—Sabía que alguna cosa hacía.
—¿Y que utilizabas su tiempo o material?
—No todo.
Mara esperó.
Antón se frotó la palma con el pulgar.
—Sabía que podía parar a ayudar a alguien y que luego recuperaba el tiempo. Lo que no quería últimamente era que se mezclara nada: herramientas, facturas, combustible, horas. Antes no llevaba las cosas así.
—¿Desde cuándo había cambiado?
—Desde hacía unos meses. Cada vez quería tenerlo todo más controlado.
—¿Por la bodega?
Antón frunció el ceño.
—No lo sé. Quizá por eso, quizá por las tierras nuevas, quizá porque se había cansado. Ramiro no me explicaba cada decisión.
Era coherente con lo que habían oído de otras personas. Antón podía conocer mejor que casi nadie el funcionamiento diario de la explotación y, al mismo tiempo, ignorar las negociaciones económicas que Ramiro llevaba por su cuenta.
—La mañana del martes discutisteis por esa reorganización —dijo Mara.
—Sí.
—¿Te dijo que iba a reducir tus encargos?
—Que algunas cosas las daría a otra gente y que quería decidir de antemano quién hacía cada trabajo.
—Eso era menos dinero para ti.
Antón soltó una risa breve.
—Claro.
—¿Te enfadaste?
—Sí. Pero no por eso iba a matarlo.
Ni Mara ni Raquel respondieron. Su enfado seguía siendo real; lo que acababan de comprobar era que, durante la franja crítica, se encontraba en otro lugar.
—¿Benito te pagó? —preguntó Mara.
—En efectivo.
Dio una cantidad modesta. Noelia la anotó y quiso saber si aquellos trabajos suponían una parte importante de sus ingresos. Antón negó al principio, aunque acabó reconociendo que, sumados a lo largo del año, podían representar una diferencia apreciable.
—Si Ramiro cortaba esa costumbre —dijo Noelia—, perdías por dos lados: menos encargos suyos y menos facilidad para hacer trabajos privados.
Antón mostró cierta incomodidad.
—Sí.
—Eso explica mejor la discusión de la mañana.
—No he dicho que no discutiéramos.
—Lo que hiciste fue contarnos una jornada en la que precisamente desaparecía la parte que explicaba por qué discutíais.
Antón guardó silencio.
Mara había empezado aquella línea intentando averiguar si la omisión escondía un desplazamiento relacionado con la muerte.
Ahora tenían una explicación distinta: Antón había protegido una práctica laboral que podía costarle dinero y la confianza de la familia.
La mentira seguía importando porque había alterado su cronología, pero ya no apuntaba en la misma dirección.
—Cuando saliste de la parcela de Benito, ¿adónde fuiste?
—A casa.
—¿Directamente?
—Sí. Paré un momento en el cruce para mirar una cosa en el móvil, pero no volví a la ladera de Ramiro.
—También comprobaremos eso.
—Ya lo suponía.
No había desafío en la respuesta. Antón parecía preferir que verificaran cada detalle antes que verse obligado a reconstruir de nuevo una tarde que ya había complicado bastante.
Raquel tomó el relevo.
—Que sepamos dónde estabas durante la franja de la muerte no vuelve inútil todo lo demás que sabes. Trabajabas con Ramiro y conoces sus rutinas mejor que mucha gente.
—Ya os he contado lo que hacía.
—Nos has contado una parte. A partir de ahora, si no recuerdas algo, di que no lo recuerdas. Y si una respuesta puede perjudicarte económicamente, no la sustituyas por otra más cómoda.
Antón sostuvo su mirada.
—De acuerdo.
Mara abrió el plano de la ladera que habían utilizado en entrevistas anteriores. Ya no necesitaban tratarlo únicamente como alguien cuyo recorrido debía comprobarse; su conocimiento cotidiano del terreno podía ayudarles más adelante, siempre que separaran lo que sabía de lo que suponía.
—Quiero preguntarte otra cosa. Cuando Ramiro cambiaba un trabajo de una parcela a otra, ¿cómo decidíais por dónde mover las herramientas?
Antón miró el plano y luego a ella.
—Depende de la herramienta, de si vas cargado y de dónde tengas el coche.
—¿Usabais siempre las pistas principales?
—No.
—¿Los pasos entre bancales cambiaban según la época?
—Algunos sí. Hay tramos que con vegetación alta no compensan y otros que se usan más cuando estás trabajando dos parcelas seguidas. Hay caminos que, para alguien que no trabaja allí, parecen no llevar a ninguna parte.
Mara pensó en el paso que Roi negaba haber utilizado y en la impresión compatible con sus botas. Los planos mostraban una geografía; el trabajo diario, otra hecha de cargas, pendientes, muros y recorridos elegidos por conveniencia.
No siguió por ahí. Cuando necesitaran reconstruir un trayecto concreto, sería mejor hacerlo sobre el terreno.
—Por ahora basta.
Antón pareció sorprendido.
—¿Ya está?
—Por hoy.
Antes de levantarse señaló el plano.
—Si vais a reconstruir movimientos ahí abajo, no os fiéis solo de las pistas.
—No lo haremos.
—Hay gente que baja por sitios que en un mapa ni parecen caminos.
Mara dobló la hoja. La advertencia coincidía con lo que habían empezado a comprobar desde su primera mañana en la ladera y, por el momento, no necesitaba más desarrollo.
Cuando Antón salió, Noelia esperó a que la puerta se cerrara.
—Hace dos días parecía de los que podían estar en cualquier sitio sin que nadie lo viera.
—Y sigue conociendo el terreno mejor que casi todos —respondió Mara.
—Solo que ahora sabemos dónde estaba durante la franja que nos interesa.
Raquel recogió las fotografías de la reparación.
—Eso nos permite apartarlo de C y seguir utilizando lo que sabe.
Noelia actualizó la cronología. A las seis y veinticinco, Antón estaba ya en la otra ladera.
Durante los cuarenta minutos siguientes, Benito lo había tenido a la vista mientras trabajaba en una reparación encargada con anterioridad.
La omisión que había hecho perder tiempo no desaparecía, pero dejaba de sostener la sospecha que había provocado.
Mara pasó a la siguiente línea de la tabla. Las demás versiones seguían esperando.