Capítulo 8 #2
Mara recordó la entrevista con el heredero.
Diego había empezado describiendo una finca pequeña y una discusión familiar y terminó reconociendo que una valoración externa le había hecho comprender que Ramiro podía necesitar aquella parcela más de lo que inicialmente había dado a entender.
La intervención de Esteban no había creado el conflicto, pero sí había proporcionado a Diego otra referencia con la que negociar.
—¿Qué quería Ramiro de la bodega ese martes?
—Tiempo.
—¿Para qué?
—Para cerrar lo de Diego y algunas cuestiones más antes de continuar con el acuerdo.
—¿Y se lo diste?
—Le dije que no podíamos esperar indefinidamente. No teníamos por qué hacerlo.
—¿Había un plazo concreto?
—No una fecha límite formal. Había otras operaciones abiertas y proveedores con los que teníamos que avanzar. Si Ramiro necesitaba semanas para ordenar su explotación, nosotros podíamos seguir estudiando alternativas.
—¿Eso le molestó?
—Sí.
—¿Y a ti te molestaba que él siguiera intentando conservar el control?
Esteban se tomó unos segundos.
—Me dificultaba el trabajo. No es lo mismo.
Podía ser una distinción importante o simplemente una forma más favorable de expresarlo. Mara no necesitaba decidirlo allí. Lo comprobable era que existía una presión económica entre ambas partes y que la bodega tenía alternativas si Ramiro continuaba bloqueando el acuerdo.
Noelia volvió a la agenda.
—También hablaste con Clara.
—Sí.
—¿Ella sabía que estabas tratando con Diego?
—No sé lo que sabía.
—¿Se lo dijiste?
—No.
—¿Y Diego sabía que Clara había enviado documentación para una valoración?
—Tampoco.
—¿Ramiro sabía hasta dónde había llegado la conversación con Clara?
—No.
Las negociaciones no se habían desarrollado en torno a una mesa donde todos dispusieran de la misma información.
Esteban mantenía abiertas varias conversaciones y cada persona conocía solo una parte.
Desde el punto de vista comercial podía tener lógica; para Ramiro, que intentaba sostener una explotación formada por terrenos de distinta procedencia, significaba que algunas de sus piezas podían empezar a moverse sin que él controlara el proceso.
—Si Clara aceptaba una oferta y Diego hacía lo mismo —preguntó Mara—, ¿qué ocurría con Ramiro?
—Nada necesariamente. Podía seguir trabajando otras fincas y seguir vendiéndonos uva. No estábamos intentando expulsarlo de la zona.
—Pero perdía capacidad para condicionar el acuerdo general.
Esteban mantuvo la mirada unos segundos.
—Sí.
Noelia pasó a las comunicaciones del martes.
—¿Volvisteis a hablar después de la reunión?
Esteban miró hacia el cuaderno de tapas negras.
—Creo que no.
—¿Crees?
—Tendría que comprobarlo.
—Lo haremos con las comunicaciones obtenidas por los cauces correspondientes. No hace falta que reconstruyas de memoria algo que podemos verificar.
—Mejor.
—¿Dónde estuviste por la tarde?
—Aquí y después en otra reunión fuera.
—Lo concretaremos con horarios.
—No hay problema.
Mara dejó esa parte para las comprobaciones correspondientes. La entrevista estaba centrada en las negociaciones y no tenía sentido convertirla en una reconstrucción completa de la jornada cuando podían fijar después los movimientos con datos objetivos.
—Cuando Ramiro salió de aquí a la una y cinco, ¿cómo estaba?
Esteban respondió sin vacilar.
—Molesto, pero normal. No salió dando un portazo ni amenazando a nadie. Dijo que resolvería lo de Diego y que volveríamos a hablar.
—¿Mencionó a Sabela Nogueira?
Esteban frunció ligeramente el ceño.
—Puede ser. Ramiro hablaba de varias personas que trabajaban tierras relacionadas con la explotación. No sabría decirte si salió su nombre ese día o en otra reunión.
—¿Sabías que quería ampliar superficie?
—Sabía que trabajaba varias parcelas y que quería crecer.
—¿Ramiro te habló de algún acuerdo concreto con ella?
—No sabría decirte nada concreto.
Mara dejó la cuestión ahí. El nombre de Sabela podía aparecer con normalidad en conversaciones relacionadas con aquellas tierras y todavía no tenían base para atribuir a Esteban un conocimiento mayor del que reconocía.
Noelia cerró la carpeta.
—Necesitamos identificar a todas las personas de la empresa que participaron en estas valoraciones. También conservar toda la documentación relacionada con Ramiro, Clara y Diego: correos, borradores, agendas, notas internas y cualquier propuesta que no haya llegado a formalizarse.
—De acuerdo.
—No eliminéis nada porque consideréis que es provisional.
—No pensaba hacerlo.
Esteban llamó a una empleada y le pidió que reuniera varios documentos.
Mientras esperaban, explicó con algo más de detalle cómo funcionaban esas negociaciones.
Un propietario podía estar dispuesto a vender, pero no a comprometerse durante cinco años; otro prefería arrendar.
Algunas parcelas parecían interesantes por superficie y dejaban de serlo al estudiar sus accesos o la dificultad de trabajarlas junto a otras.
Mara lo dejó hablar hasta que encontró la cuestión que necesitaba aclarar.
—Cuando dices que una parcela tiene que encajar, ¿te refieres a algo más que a producir suficiente?
—Claro. Una finca pequeña puede ser útil si facilita organizar el resto, y una grande puede ser un problema si está aislada o tiene un acceso malo. Depende de lo que quieras hacer.
La respuesta volvió a llevarla a la parcela de Diego. Esteban hablaba en términos generales, de modo que no podían trasladar aquella explicación directamente a ese terreno, pero sí confirmaba que los metros cuadrados no bastaban para determinar su valor dentro de una explotación fragmentada.
La empleada regresó con una carpeta. Esteban revisó por encima el contenido antes de pasársela a Noelia.
—Aquí están las reuniones de las últimas semanas, las referencias que nos enviaron y algunas notas internas. Habrá más cosas en el correo.
—Las solicitaremos por el procedimiento adecuado.
—Perfecto.
Cuando se levantaron, Esteban las acompañó hasta la puerta de la sala.
—Una cosa. Entiendo que estéis mirando todo esto, pero negociar con una familia por separado no significa que quisiéramos perjudicar a Ramiro.
Mara se detuvo.
—No hemos dicho que lo signifique.
—La pregunta está ahí.
—Nuestra pregunta ahora es qué estaba ocurriendo en los días anteriores a su muerte. Después veremos qué relación tiene cada cosa con ella.
Esteban aceptó la respuesta y regresó a su despacho.
Fuera, el sol había ganado fuerza y el aparcamiento estaba casi lleno. Noelia llevó la carpeta contra el pecho hasta el coche y la dejó en el asiento trasero, separada del resto de documentación.
—No eran tanteos sueltos.
—No.
—Si Ramiro bloqueaba el acuerdo, avanzaban con Clara y Diego.
—Siempre que ellos quisieran.
Noelia cerró la puerta trasera.
—Eso sigue dando a Esteban un interés económico claro.
La línea empresarial había ganado consistencia, pero Mara no quería deformarla precisamente ahora que disponían de más información. Una empresa podía presionar, buscar alternativas y reducir la capacidad negociadora de alguien sin que ninguna de esas decisiones llevara por sí misma a un homicidio.
—Tiene un interés —dijo—. Tenemos que averiguar qué hizo con él.
Noelia asintió.
La bodega llevaba días explorando por separado distintas piezas de un conjunto sobre el que Ramiro intentaba conservar capacidad de decisión.
Clara no había recibido una aproximación aislada y Diego tampoco.
La parcela heredada seguía apareciendo en demasiadas conversaciones para su tamaño, aunque aún faltaba saber si su importancia obedecía al valor económico, a la posición que ocupaba o a una combinación que todavía no entendían.
Noelia abrió la puerta del copiloto.
—Raquel quiere volver con Roi en cuanto terminen de fijar lo de la pisada. Y yo necesito cruzar estas fechas con las de Clara.
Mara entró en el coche. Roi había mentido sobre un paso, Antón había ocultado parte de su jornada y ahora sabían que Clara, Diego y Esteban habían contado versiones incompletas de una negociación que los relacionaba.
Antes de decidir qué línea pesaba más, necesitaban reconstruir qué sabía cada uno y en qué momento había empezado a actuar en función de esa información.