La tierra heredada (Los casos de Mara Valdés 3) Capítulo 8
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Capítulo 8

Una oferta por separado

Esteban Rego había empezado a explicar la diferencia entre comprar uva y garantizarse un suministro estable cuando Noelia dejó sobre la mesa una copia de su agenda y esperó a que terminara.

—No estamos preguntando por el funcionamiento habitual de la bodega —dijo después—. Estamos preguntando por Ramiro Varela.

La reunión se celebraba en una sala acristalada separada de la zona administrativa.

Al otro lado de la mampara, dos empleados entraban y salían con carpetas y muestras, y de vez en cuando llegaba desde el almacén el ruido amortiguado de una transpaleta.

La actividad seguía su curso pese a la investigación; nadie había detenido una empresa entera porque uno de sus proveedores hubiera aparecido muerto tres días antes.

Esteban tenía cuarenta y siete años y mantenía la actitud de quien estaba acostumbrado a negociar sin confundir firmeza con enfrentamiento.

Vestía camisa clara, sin corbata, y había colocado junto al portátil un cuaderno de tapas negras que apenas había abierto desde que Mara y Noelia se sentaron.

En la primera conversación con la Guardia Civil había descrito sus contactos con Clara y Diego como tanteos normales dentro de su trabajo.

Aquella mañana seguía empleando la misma expresión, aunque la documentación reunida por Noelia empezaba a darle un significado bastante más concreto.

—Ramiro llevaba años vendiéndonos una parte de la producción —continuó—. No era nuestro único proveedor y nosotros tampoco éramos su única salida. Lo que estábamos estudiando últimamente era otra cosa: si podía organizarse un acuerdo más estable alrededor de varias parcelas.

—¿Varias parcelas de Ramiro? —preguntó Mara.

—Algunas que trabajaba él, otras que administraba y otras cuyos propietarios podían estar interesados. En una explotación como la suya no todo pertenece a la misma persona, aunque desde fuera pueda parecerlo.

A esas alturas, Mara conocía bien la diferencia.

Habían encontrado tierras trabajadas por quien no figuraba como propietario, acuerdos familiares sin formalizar y accesos utilizados durante años que apenas tenían reflejo en los planos.

La explotación de Ramiro funcionaba como un conjunto, pero jurídicamente estaba compuesta por piezas que dependían de personas distintas.

Noelia giró la agenda para que Esteban pudiera verla.

La anotación del martes figuraba a las doce y media: «RV. Suministro / bloque ladera / Diego». Debajo, escrita con otra tinta y sin una hora concreta, aparecía una segunda referencia: «Clara. porcentajes».

—La reunión empezó a las doce y treinta y cinco y terminó alrededor de la una y cinco.

—Sí, puede ser.

—Tenemos registrada la entrada de su vehículo y dos personas os vieron salir del despacho.

Esteban apoyó los antebrazos en la mesa.

—Entonces tendréis la hora mejor que yo.

No había ironía en el tono. Aquella precisión parecía tener para él menos importancia que para ellas: media hora dentro de una negociación abierta durante semanas podía resultar irrelevante desde el punto de vista comercial, pero en la reconstrucción del martes cada franja empezaba a tener un peso propio.

—¿Qué quería Ramiro? —preguntó Mara.

—Mantener la relación con la bodega, pero sin perder capacidad de decisión sobre las parcelas que trabajaba.

Tampoco era una postura extraña. Si llevas años construyendo una explotación y de pronto alguien te propone un acuerdo que te obliga a garantizar determinadas superficies durante varias campañas, quieres saber hasta dónde te comprometes.

—¿Y qué queríais vosotros?

—Previsibilidad. Si planificamos compras y producción, no podemos depender de que cada año una finca entre y otra salga porque un heredero cambia de idea o porque un acuerdo verbal deja de servir. Cuanto más estable sea el conjunto, mejor.

—Para la bodega, desde luego —dijo Noelia.

—También para quien tiene asegurada una salida.

Noelia no discutió la afirmación. Sacó tres hojas impresas de la carpeta y las colocó junto a la agenda.

—El lunes veintiséis escribiste a una compañera que, si Ramiro mantenía su postura, había que «avanzar por titulares». ¿Qué querías decir?

Esteban inclinó ligeramente la cabeza para leer el correo.

—Lo que pone. Hablar con los propietarios individualmente cuando tuvieran capacidad para decidir.

—Clara.

—Entre otros.

—Diego.

—También.

—¿Ramiro sabía que estabas hablando con ellos?

Esteban dejó de mirar el correo y se recostó unos centímetros en la silla.

—Sabía que la bodega hablaba con mucha gente.

—No te he preguntado eso.

Mara permaneció en silencio. Noelia no necesitaba endurecer el tono; tenía delante las fechas, las anotaciones y las palabras del propio Esteban.

—No le detallé cada conversación —admitió él.

—¿Por qué?

—Porque no tenía obligación de hacerlo y porque habría complicado una negociación que ya era bastante difícil. Ramiro interpretaba cualquier contacto directo con otros propietarios como un intento de saltárselo.

—¿Lo era?

Esteban esbozó una sonrisa cansada.

—En algunos casos, sí.

Noelia pasó al segundo correo, fechado tres días antes de la muerte. Contenía una petición de valoración preliminar sobre porcentajes y derechos relacionados con terrenos de Clara. Ya conocían aquella conversación por ella, pero ahora podían situarla dentro de algo más amplio.

—Clara nos envió referencias —explicó Esteban—. Una valoración no obliga a vender.

—Pero no estabais hablando por curiosidad.

—No.

—Y tampoco eran simples conversaciones sin objetivo.

Esteban separó las manos.

—Para mí evaluar una posible operación forma parte del trabajo.

—Que sea habitual no significa que no persiga un objetivo concreto —dijo Noelia.

Mara volvió a mirar la agenda. Clara quería desprenderse de parte de sus intereses y Diego había empezado a reconsiderar un acuerdo familiar que Ramiro daba por hecho.

En ambos casos aparecía la bodega como alternativa.

Hasta entonces podían haberse tratado como conversaciones independientes; los documentos de Esteban empezaban a acercarlas.

—Si Ramiro no aceptaba el acuerdo general —preguntó—, ¿pensabais construirlo por partes?

Esteban la observó un instante.

—Queríamos saber si era posible.

—Con Clara y Diego por separado.

—Con cualquier propietario dispuesto a escuchar una propuesta.

—Aunque eso debilitara la posición de Ramiro.

—Ese no era el objetivo.

—Pero podía ocurrir.

Esteban respiró despacio.

—Ramiro no era propietario de todo lo que trabajaba, aunque a veces hablara como si el conjunto dependiera de él.

Había terrenos de familiares, parcelas arrendadas, acuerdos antiguos y fincas de terceros que administraba.

Si algunas de esas personas querían otra cosa, no podía impedirlo indefinidamente.

La explicación se parecía bastante a lo que Mara había ido comprendiendo sobre la explotación. Una cosa era el conjunto económico que Ramiro había construido y otra la propiedad de cada una de sus piezas. Lo que aún debían averiguar era cuánto podía cambiar si algunas empezaban a salir.

—¿Qué habría ocurrido si Clara aceptaba vender y Diego llegaba a un acuerdo con vosotros?

—Habríamos estudiado qué podía hacerse.

—¿Sin Ramiro?

—Con Ramiro para algunas parcelas y sin él para otras, supongo. Nunca llegamos a ese punto.

Noelia deslizó el tercer correo hacia él.

—Aquí escribes: «Si RV mantiene el control como condición, separar conversaciones y cerrar lo que sea viable».

Esteban leyó la frase.

—Es una instrucción interna para no paralizar todas las opciones por una sola negociación.

—También es una estrategia alternativa.

—Si queréis llamarla así, sí.

Aquello iba bastante más allá de los tanteos con los que había descrito inicialmente sus contactos. La bodega contemplaba avanzar allí donde pudiera hacerlo aunque Ramiro no aceptara el acuerdo en los términos planteados.

—Hablemos de Diego —dijo Mara—. ¿Le hiciste una oferta por la parcela?

—No una oferta formal.

—¿Le diste una cifra?

—Una horquilla orientativa. Dependía de varias condiciones.

—¿Cuáles?

—Superficie útil, continuidad, accesos de trabajo, producción estimada y duración del acuerdo. No valoramos una finca como si estuviera aislada de lo que hay alrededor.

La parcela heredada volvía a aparecer. En los documentos parecía demasiado pequeña para concentrar tanto interés, pero Ramiro había discutido con Diego por ella y Esteban acababa de confirmar que el valor de una finca podía depender de su relación con las demás.

Eso reforzaba su importancia dentro de la negociación sin aclarar todavía qué función concreta cumplía sobre la ladera.

—¿Diego te buscó a ti o fuiste tú quien se puso en contacto con él? —preguntó Mara.

—Llegó a través de una conversación anterior. No recuerdo quién hizo el primer movimiento.

Noelia consultó sus notas.

—Tenemos un correo tuyo del viernes en el que pides su teléfono.

Esteban hizo un gesto de aceptación.

—Entonces fui yo.

—¿Por qué?

—Porque sabíamos que acababa de heredar una parcela que podía ser interesante.

—¿Para la operación con Ramiro?

Esta vez tardó un poco más.

—Para el conjunto que estábamos estudiando.

Mara no insistió. La elección de palabras podía ser significativa, pero aún no sabían qué representaba exactamente aquel conjunto sobre el terreno.

—Ramiro sabía que habías hablado con Diego.

—Sí. Se enteró.

—¿Y qué te dijo en la reunión del martes?

Esteban juntó las manos sobre la mesa.

—Que no me metiera en asuntos familiares. Consideraba que la parcela estaba comprometida con él porque existía un acuerdo anterior con la madre de Diego.

—Un acuerdo que no estaba formalizado.

—Eso le dije.

—¿Discutisteis?

—Tuvimos una conversación incómoda.

—¿Te pidió que dejaras de hablar con Diego?

—Me pidió que no lo presionara.

—¿Y tú?

—Le dije que Diego era adulto y podía decidir qué hacer con su propiedad.