Capítulo 7 #2
No había dramatismo en la frase, pero sí orgullo. Mara conocía bien esa clase de fricción: una relación sostenida durante años sobre confianza práctica empezaba a cambiar cuando el volumen de trabajo, dinero o responsabilidades exigía poner por escrito cosas que antes se resolvían hablando.
—¿Te iba a quitar trabajo?
—Algo, seguramente. Quería dar una parte a gente que le salía mejor para ciertas tareas.
—Eso significa menos ingresos.
—Sí.
Antón no trató de disfrazarlo.
—¿Cuánto menos?
—No lo sé todavía. No habíamos cerrado nada.
Raquel pasó a la tarde.
—Ayer dijiste que después de comer estuviste entre varias parcelas, hiciste un par de arreglos y terminaste antes de las siete.
—Más o menos.
—Necesito los sitios.
Antón enumeró dos sectores de la explotación de Ramiro, una parada en un almacén y un desplazamiento que situó vagamente «hacia la otra ladera». Cuando Raquel le pidió que concretara qué había hecho allí, perdió parte de la seguridad con la que venía respondiendo.
—Mirar una cosa.
—¿Qué cosa?
—Un cierre.
—¿De Ramiro?
Antón bajó la vista hacia sus manos.
—No exactamente.
Raquel esperó unos segundos, pero él no añadió nada.
—¿De quién? —preguntó Mara.
—De un hombre de por allí.
—¿Nombre?
—No tiene que ver con esto.
—Eso podremos saberlo cuando lo comprobemos.
Antón se removió en la silla. Acabó admitiendo que había ayudado a alguien con un arreglo pequeño, aunque todavía sin explicar si había cobrado ni qué material había utilizado.
—¿A qué hora? —preguntó Raquel.
—No lo sé. A última hora de la tarde.
—Ayer dijiste que a esa hora estabas terminando trabajos de Ramiro.
—Y los estaba terminando.
—Las dos cosas no pueden ocupar el mismo tiempo si estaban en sitios distintos.
Antón levantó la vista.
—No he dicho que fueran al mismo tiempo.
—Tampoco nos dijiste que hubieras hecho un trabajo para otra persona.
Durante unos segundos solo se oyó el ruido amortiguado de una puerta en el pasillo. Mara no intentó llenar el silencio. La actitud de Antón le sugería que su preocupación podía ir en otra dirección distinta del homicidio, pero necesitaban hechos, no impresiones.
—Hacía trabajos por mi cuenta alguna vez —dijo al fin—. Cosas pequeñas. Si a alguien se le soltaba un alambre, había que recolocar una piedra o arreglar una manguera, no iba a pedir permiso a Ramiro para todo.
—¿Usabas sus herramientas?
—A veces.
—¿Y tiempo por el que te pagaba él?
Antón la miró con una mezcla de fastidio y resignación.
—Eso diría Ramiro.
Raquel anotó algo.
—Necesitamos el nombre de la persona para la que trabajaste el martes y el lugar.
—Ya os he dicho que no tiene relación con la muerte.
—Y nosotros necesitamos comprobar dónde estabas.
Antón tardó unos segundos más antes de ceder.
—Benito Arias.
Mara reconoció el nombre por la documentación de la explotación.
Benito era propietario de una parcela que Ramiro administraba y que Sabela trabajaba mediante un acuerdo de arrendamiento.
Hasta entonces había sido uno de tantos ejemplos de aquella separación entre el dueño de una tierra y la persona que la trabajaba cada día.
—¿Qué hiciste para él?
—Una reparación en otra finca. No en la ladera de Ramiro.
—¿Te llamó él?
—Sí.
—¿Conservas la llamada?
—Supongo. No borro esas cosas.
Raquel tomó nota sin mostrar ninguna reacción especial. Faltaba comprobar la hora, hablar con Benito y verificar que la reparación existía. Una explicación podía ser cierta y aun así necesitar pruebas independientes antes de incorporarla a la cronología.
—¿Por qué lo ocultaste ayer? —preguntó Mara.
Antón permaneció callado un momento.
—Porque Ramiro llevaba semanas diciéndome que separara sus cosas de las mías y yo había usado material que tenía en el vehículo de trabajo. Si ahora su familia se pone a mirar cada gasto, me van a hacer pagar hasta la última grapa.
Era una razón pequeña comparada con un homicidio, pero precisamente por eso podía explicar que hubiera preferido esconderla. Mara no la aceptó sin más; tampoco había motivo para transformarla en algo diferente antes de contrastarla.
—¿Qué herramientas llevabas?
Antón enumeró alicates, martillo, una barra corta y material para fijación.
Tenía acceso, además, a herramientas de Ramiro almacenadas en distintos puntos, algunas propias y otras compradas para la explotación.
Cuando Mara preguntó por las macetas, respondió que había varias y que no sabría decir quién había utilizado cada una durante la última semana.
El dato no los acercaba a una herramienta concreta. Confirmaba, más bien, algo que ya empezaban a tener claro: el acceso a utensilios capaces de producir una lesión contundente era demasiado común entre quienes trabajaban la ladera como para distinguir a nadie por sí solo.
Al terminar, Raquel le pidió que mantuviera disponible el teléfono para comprobar la llamada por los cauces correspondientes y que no contactara con Benito antes de que hablaran con él. Antón recibió la advertencia con visible disgusto.
—No necesito ponerme de acuerdo con nadie.
—Entonces será más fácil comprobarlo —respondió Raquel.
Cuando salió, Mara permaneció sentada mientras la teniente ordenaba las notas.
La mañana les había dejado dos omisiones distintas.
Roi negaba haber utilizado un acceso que tenía razones prácticas para seguir usando; Antón había simplificado su jornada hasta borrar un trabajo particular que podía costarle dinero o la confianza de la familia de Ramiro.
Ninguna de las dos cosas implicaba violencia, pero ambas alteraban la reconstrucción de movimientos y necesitaban una explicación.
Noelia apareció en la puerta con el portátil bajo el brazo.
—Tengo novedades de Clara y Esteban, pero pueden esperar diez minutos. Raquel, te buscan abajo por una comprobación de Criminalística.
La teniente salió y regresó poco después con una carpeta transparente. Dentro llevaba dos impresiones fotográficas y una hoja de diligencia, que dejó sobre la mesa entre Mara y Noelia.
—Esto es del tramo húmedo junto al acceso que Roi dice que no utilizó. Lo fotografiaron el miércoles porque estaba fuera del núcleo principal de la escena, pero dentro de uno de los recorridos que estaban documentando. No es una huella completa ni sirve para identificar a una persona por sí sola.
En la primera imagen se veía una impresión parcial de suela sobre tierra oscura, protegida por la sombra de un muro.
La segunda mostraba la base de una bota de trabajo fotografiada aquella mañana, después de que Roi hubiera aceptado que documentaran el calzado con el que afirmaba haber trabajado el martes.
El dibujo general era corriente, de tacos anchos, pero en el borde exterior del talón izquierdo faltaba una porción irregular de goma.
Raquel señaló la misma ausencia en la impresión del terreno.
—Criminalística habla de compatibilidad de dibujo y desgaste, no de identificación individual. Además, por el estado del suelo no pueden fechar la pisada con precisión.
Mara acercó ambas fotografías. La marca no situaba a Roi junto al cadáver ni permitía saber cuándo había pasado por allí; ni siquiera demostraba por sí sola que llevara esas mismas botas dos días antes.
Sin embargo, él acababa de negar de forma tajante haber utilizado aquel acceso desde que Ramiro se lo prohibió, y la coincidencia material era suficiente para que esa afirmación necesitara una comprobación mucho más seria.
—¿Hay algo más? —preguntó.
—Un trabajador recuerda haber visto esas botas embarradas al final de la tarde, pero no sabe de dónde venía. Prefiero no mezclarlo hasta tomarle declaración formal.
Noelia observó las fotografías sin tocar la carpeta.
—Entonces todavía no sabéis cuándo pasó.
—No —respondió Raquel—. Pero ya tenemos una razón objetiva para volver sobre el recorrido.
Mara llevó una de las fotografías hasta el plano colgado en la pared.
Localizó el tramo que Roi aseguraba no haber utilizado y después buscó el bancal C.
Entre ambos había suficiente distancia, muros y quiebros como para que una presencia en aquel paso no equivaliera a una presencia en el lugar del homicidio.
La mentira de Roi podía hacer tentadora esa asociación, y precisamente por eso convenía no hacerla.
—Primero fijamos la pisada, el recorrido y todo lo que pueda fecharse —dijo—. Después volvemos a hablar con él.
Raquel asintió.
La contradicción material cambiaba la prioridad de algunas comprobaciones, pero no lo que podían afirmar.
Roi conocía el paso, tenía motivos para seguir utilizándolo y ahora existía un rastro compatible con su calzado en un lugar donde aseguraba no haber estado.
Antes de sacar nada más de aquello, tendrían que averiguar cuándo había pasado y qué estaba intentando ocultar.