Capítulo 7
Los que conocen los pasos
Roi Lemos no esperó a que Mara terminara la pregunta.
—Por ahí no pasé el martes.
Estaban en el borde de una de sus parcelas, bajo una línea de viña que descendía en diagonal hacia el valle.
La mañana había empezado fresca, aunque el sol ya calentaba las piedras de los muros y obligaba a quitarse la chaqueta después de unos minutos caminando.
Desde aquel punto se veía parte de la ladera de Ramiro, pero no el bancal donde había aparecido el cadáver.
Entre ambos se interponían dos terrazas, una franja de matorral y varios desniveles que desde la carretera superior quedaban prácticamente ocultos.
Raquel Barreiro llevaba una carpeta fina bajo el brazo. No necesitó consultar las notas para repetir lo que Roi había declarado el día anterior.
—Dijiste que estuviste trabajando en tus bancales hasta cerca de las seis, que después bajaste por la pista y que no entraste en ningún terreno que Ramiro considerara suyo.
—Eso he dicho.
—Y por eso te lo estamos preguntando otra vez. No porque no lo hayamos entendido.
Roi tenía cuarenta y cuatro años y una forma de hablar que sonaba impaciente incluso cuando respondía algo sencillo.
Había llegado con las botas manchadas de tierra y las manos ásperas de trabajar, sin hacer ningún esfuerzo por disimular el fastidio que le producía aquella conversación.
Desde que habían bajado del vehículo, Mara había visto en él más cansancio que nerviosismo, como si todavía no terminara de aceptar que un conflicto que hasta tres días antes consideraba vecinal formara ahora parte de una investigación por homicidio.
—Ramiro llevaba meses diciendo que ese paso no podía seguir usándose como si fuera de todos —continuó Roi—. Una semana decía que lo iba a cerrar, otra que primero quería hablar con Diego y otra que ya veríamos. Pero una cosa es discutir por un camino y otra que yo me metiera allí el martes.
Mara dirigió la vista hacia el tramo del que hablaban.
Desde donde estaban no parecía un camino propiamente dicho, sino una continuidad irregular entre bancales: un borde suficientemente ancho para caminar, un descenso junto a un muro y después una franja que desaparecía entre las cepas.
La primera vez que había recorrido la ladera con Antón, él había señalado accesos de trabajo, atajos y pasos tolerados durante años sin detenerse a clasificarlos.
Roi, en cambio, sabía muy bien cuál de ellos podía perjudicarle admitir que utilizaba.
—¿Por qué le molestaba tanto? —preguntó.
—Porque quería mandar también en eso.
—Te pregunto por el paso.
Roi apretó los labios antes de responder.
—Porque cruza por una franja que él trabajaba y me deja en los bancales de abajo sin tener que dar toda la vuelta. Llevo años entrando así. Antes nadie decía nada.
—¿Cuánto te ahorra?
El viticultor miró hacia la pendiente, calculando algo que probablemente nunca había medido en minutos.
—Depende de dónde vengas. Con herramientas, bastante. Si tienes que bajar por la pista y volver a entrar desde el otro lado, pierdes tiempo cada vez.
—¿Diez minutos? ¿Veinte?
—No lo sé. Nunca me he puesto con un reloj.
A Mara no le sorprendió. En un terreno trabajado a diario, las distancias se medían muchas veces en esfuerzo antes que en cifras.
Quien conocía la ladera sabía qué recorrido convenía con una caja, por dónde era mejor subir después de llover o qué muro obligaba a utilizar las dos manos, aunque jamás hubiera calculado los metros.
Raquel abrió la carpeta.
—Ramiro te dijo el lunes que dejaras de usarlo hasta que se aclarara la situación con la parcela de Diego.
—Me lo dijo, sí.
—¿Y tú aceptaste?
—Le dije que lo hablaríamos.
—Eso no es aceptar.
Roi soltó aire por la nariz y se volvió hacia ellas.
—Tampoco es entrar el martes.
Mara dejó que la frase quedara ahí. A pocos metros había una caseta baja con aperos y cajas apiladas.
Junto a la puerta descansaban dos azadas, una barra de hierro, un martillo grande y una caja abierta con grapas, alicates y tensores.
Las herramientas formaban parte del trabajo cotidiano en aquella ladera y, por sí solas, no diferenciaban a Roi de Sabela, Antón o cualquier otra persona acostumbrada a trabajar entre viñas.
—El martes por la tarde, ¿qué llevabas contigo?
Roi tardó algo más en responder.
—Tijeras, alicates, grapas. Lo normal.
—¿Algo para los muros?
—No.
—¿Maceta?
—Tengo una, claro. Ese día no la llevaba.
El informe forense preliminar hablaba de un objeto compacto y duro, no de una herramienta concreta. Sabela tenía una maceta entre su material habitual y Antón podía acceder a varias herramientas capaces de causar una lesión contundente. Que Roi poseyera otra no añadía, de momento, gran cosa.
—¿Viste a Ramiro? —preguntó Mara.
—No.
—¿A Sabela?
—De lejos, durante el día. No sé a qué hora.
—Ayer ella dijo algo parecido de ti.
Roi se encogió de hombros.
—Trabajamos cerca. Nos vemos.
—¿Y a Antón?
—Por la mañana. Luego no.
Raquel cerró la carpeta.
—Necesitamos que nos enseñes el recorrido que hiciste desde que dejaste este bancal hasta que te marchaste.
Roi frunció el ceño.
—Ya os lo expliqué.
—Ahora queremos caminarlo.
Durante unos segundos pareció dispuesto a negarse por puro cansancio.
Al final cogió una gorra de la caseta, se la puso y echó a andar sin esperar indicaciones.
Mara dejó que tomara la iniciativa. Si conocía la zona como aseguraba, resultaba preferible verlo escoger cada desvío a escuchar una descripción hecha delante de un plano.
Bajaron por una senda que bordeaba dos muros y luego giraron hacia una pista agrícola más ancha.
Roi avanzaba deprisa, acostumbrado al desnivel, pero Raquel le pidió que intentara mantener un ritmo parecido al que recordaba del martes.
Él protestó que nadie caminaba todos los días a la misma velocidad.
La teniente le dio la razón y aclaró que no pretendían cronometrarlo, sino fijar el recorrido.
La ruta que mostró evitaba el tramo discutido.
Era más cómoda, aunque también más larga: rodeaba un grupo de terrazas, perdía altura por una pista y después obligaba a recuperar parte del desnivel para alcanzar los bancales inferiores.
Mara no necesitaba medirla todavía para comprender lo que Roi había explicado.
Utilizar el paso por las tierras que trabajaba Ramiro no era una manía ni una comodidad insignificante; repetido varias veces a lo largo de una jornada, podía ahorrar tiempo y esfuerzo.
—¿Nunca cortas por aquí? —preguntó Raquel al llegar a una bifurcación apenas marcada.
Roi ni siquiera miró hacia el sendero lateral.
—Desde que Ramiro empezó con el problema, no.
La respuesta era más tajante que todo lo que había explicado hasta entonces.
Mara examinó el terreno, pero no encontró nada que pudiera interpretarse con seguridad: pisadas antiguas, tierra removida, hojas secas y marcas propias del trabajo.
La zona no se había preservado como el bancal C y durante aquellos días había circulado gente por allí.
Cualquier impresión podía corresponder a otro momento.
—¿Y antes? —preguntó.
—Antes sí.
—Entonces conoces bien por dónde sale.
—Claro que lo conozco.
Siguieron hasta que Roi señaló el punto desde el que, según su versión, había regresado hacia su vehículo.
El recorrido era físicamente posible y no aportaba nada que permitiera relacionarlo con Ramiro en la franja de la muerte.
Precisamente por eso resultaba difícil entender su empeño en negar el otro paso.
Podía estar protegiéndose por haber desobedecido a Ramiro o podía haber algo más detrás de la omisión; todavía no tenían datos para saberlo.
Raquel no intentó resolverlo allí. Le pidió que estuviera localizable y le recordó que volverían a hablar con él cuando terminaran las comprobaciones. Roi aceptó con una sequedad que no llegaba a ser hostilidad y regresó hacia sus viñas sin despedirse.
De camino al vehículo, Mara volvió la cabeza hacia la bifurcación.
El paso lateral desaparecía muy pronto entre los muros y, para quien no supiera que continuaba, podía parecer simplemente una entrada a uno de los bancales.
Una vez más, la ladera era bastante menos evidente de lo que mostraba cualquier plano.
Antón Veiga los esperaba a las once y media en las dependencias de la Guardia Civil en Monforte.
Había acudido sin objeciones, aunque nada más entrar dejó claro que no entendía por qué necesitaban otra conversación tan pronto.
Se sentó con las manos sobre las rodillas y miró primero a Raquel, con quien ya había hablado varias veces desde el hallazgo, antes de fijarse en Mara.
—Yo fui quien lo encontró. Desde entonces parece que cada hora tengo que acordarme de una cosa nueva.
—No necesitamos que inventes precisión —dijo Mara—. Solo separar lo que recuerdas de lo que estás suponiendo ahora.
Antón asintió. A sus sesenta y un años conservaba la espalda ancha de quien llevaba décadas trabajando físicamente, aunque al sentarse descargaba el peso de una pierna con un movimiento que parecía habitual.
Conocía las tierras de Ramiro mejor que cualquiera de los familiares con los que habían hablado y su primera explicación de la jornada había resultado demasiado simple: trabajos por la mañana, varios recados por la tarde, regreso a casa y vuelta a primera hora del día siguiente.
Raquel empezó por el desacuerdo de la mañana del martes.
—Ramiro quería reducir algunos encargos tuyos.
—Quería cambiar cómo hacíamos las cosas.
—¿En qué sentido?
—Papeles para todo, horas apuntadas, materiales separados, trabajos que antes decidíamos sobre la marcha. Él decía que la explotación había crecido y que ya no podía seguir igual.
—¿Y tú qué decías?
Antón se pasó una mano por el pantalón antes de contestar.
—Que si llevaba quince años confiando en mí no hacía falta que de repente me tratara como si acabara de llegar.