La tierra heredada (Los casos de Mara Valdés 3) Capítulo 6
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Capítulo 6

La tarde de Sabela

Sabela Nogueira terminó de tensar el alambre antes de contestar. Sujetó el tensor con una mano, comprobó con la otra que el poste no cedía y solo entonces dejó la herramienta en una caja abierta junto al muro.

—Ramiro me escribió poco después de las cinco. Quería hablar conmigo antes de que terminara la tarde.

Mara llevaba varios minutos observándola trabajar mientras Raquel repasaba con ella la secuencia del martes.

Habían preferido verla en su propio entorno, al final de la jornada, en lugar de llevarla otra vez a una sala de Monforte.

La primera declaración de Sabela, tomada el día anterior, había fijado lo esencial: había visto a Ramiro, habían discutido y, según su versión, se habían separado cuando él aún estaba vivo.

Faltaba entender cómo encajaban aquellas frases en una tarde de trabajo que, contada desde una mesa, podía parecer mucho más sencilla de lo que había sido.

El sector que cultivaba ocupaba varios bancales bajos, algunos familiares y otros trabajados mediante acuerdos distintos.

No formaban una superficie continua. Entre las hileras aparecían muros, pequeños desniveles y pasos estrechos que Sabela recorría con la naturalidad de quien sabía dónde apoyar el pie sin tener que buscarlo.

A esa hora quedaba poca actividad en la ladera.

El sol seguía por encima del cañón, aunque la luz empezaba a perder fuerza en las zonas orientadas hacia el interior.

—¿Conservas el mensaje? —preguntó Mara.

—Sí. Ya se lo enseñé ayer a la teniente.

Raquel confirmó el dato. El contenido se había incorporado por el cauce correspondiente y situaba la petición de Ramiro a las 17:07. Era un mensaje breve, sin amenaza ni urgencia: quería verla en la ladera cuando pudiera dejar lo que estaba haciendo.

—¿Te sorprendió?

Sabela se agachó para recoger dos grapas caídas junto a una cepa y las guardó en un bolsillo de la chaqueta.

—No demasiado. Llevábamos días hablando de lo mismo. Yo sabía que tarde o temprano tenía que decirme qué pensaba hacer.

—¿Con qué?

—Con las parcelas que me había dicho que podría trabajar esta campaña y con las mejoras que ya había pagado.

Sabela había tenido casi dos días para repetir aquella explicación, pero no dio la impresión de estar recitándola.

Tenía treinta y cuatro años y hablaba de su explotación sin grandilocuencia.

No utilizaba la decisión de quedarse en la comarca como una credencial moral ni parecía esperar que las investigadoras admiraran el esfuerzo.

Cuando Mara le preguntó cuánto tiempo llevaba intentando ampliar superficie, respondió con fechas, nombres de propietarios y campañas concretas, como si aquello fuera antes una cuenta que una vocación.

Había regresado varios años atrás, primero para ayudar de forma puntual a su familia y después con la intención de vivir de la viña.

Empezó con terrenos pequeños, sumó otros arrendados y acabó colaborando con Ramiro en trabajos y acuerdos que a veces estaban escritos y otras descansaban sobre conversaciones mantenidas durante meses.

Uno de esos acuerdos afectaba a tierras que Ramiro administraba para Benito Arias y a otras superficies cuya disponibilidad podía cambiar si conseguía reorganizar el bloque inferior.

—Él hablaba de ampliarme —dijo Sabela—. No de regalarme nada. De trabajar más y pagar lo que correspondiera.

—¿Estaba firmado?

—No todo.

La respuesta llegó sin rodeos. En la ladera convivían titularidades, arrendamientos, cesiones y costumbres que no siempre avanzaban al mismo ritmo que los papeles.

Sabela conocía aquella diferencia mejor que Clara o Diego y, precisamente por eso, a Mara le interesaba saber qué entendía ella por compromiso.

—Entonces, cuando dices que Ramiro te lo había prometido, ¿qué quieres decir exactamente?

Sabela apoyó la espalda en el muro bajo y se quitó los guantes. Tenía las manos marcadas por tierra seca y pequeños arañazos.

—Que llevábamos meses calculando cómo hacerlo.

Qué podía asumir yo, qué trabajos necesitaban las fincas y cuánto me iba a costar preparar algunas zonas.

Si alguien habla contigo así durante meses y te anima a gastar dinero porque vas a seguir, lo normal es pensar que no se levantará una mañana diciendo que ya veremos.

—¿Eso hizo?

—No de un día para otro. Empezó a cambiar el discurso cuando apareció todo este asunto de otras fincas y de gente preguntando. Primero era «cuando cerremos una cosa». Después, «hay que esperar». El martes ya fue bastante claro.

Raquel dejó que terminara.

—Ayer dijiste que la discusión fue por una ampliación que se retrasaba.

—Porque eso era lo que yo creía hasta que hablamos. El martes entendí que podía no haber ampliación.

La precisión cambiaba el alcance aparente del conflicto.

Ramiro había pasado buena parte del día negociando con personas distintas y varias de aquellas conversaciones parecían relacionadas con su intento de reorganizar la explotación.

Para Clara significaba la posibilidad de vender; para Diego, descubrir que una finca pequeña quizá valía más de lo que le ofrecían.

En el caso de Sabela, la incertidumbre afectaba a una ampliación sobre la que ya había empezado a trabajar.

—¿Cuánto habías invertido? —preguntó Mara.

Sabela tardó un poco más en responder.

—No una barbaridad. Material, jornadas, alguna reparación, plantas, cosas que había que hacer igualmente si quería trabajar bien. No me he hipotecado por esto, si es lo que preguntas.

—Pregunto cuánto.

—No tengo la cifra en la cabeza. Varios miles repartidos en bastante tiempo.

—¿Tienes facturas?

—De una parte. De otra habrá pagos y encargos. Puedo buscarlo.

Raquel anotó que solicitarían la documentación. Sabela no pareció incómoda por tener que entregarla; lo que le molestaba era otra cosa.

—Me estáis preguntando como si yo hubiera puesto todo mi dinero en algo que no era mío. No fue así. Tengo mis parcelas, tengo otros acuerdos y trabajo para más gente. Que esto me fastidiara no significa que me dejara en la calle.

—Nadie ha dicho eso —respondió Mara—. Necesitamos saber qué estaba en juego para cada persona que discutió con Ramiro ese día.

Sabela sostuvo su mirada unos segundos y después recogió la caja de herramientas.

La llevó hasta un cobertizo sencillo, abierto por uno de los lados, donde guardaba material que necesitaba tener cerca del sector.

Había rollos de alambre, protectores, una caja de grapas, guantes, una azada estrecha y varias herramientas de mano mezcladas con piezas de repuesto.

Sobre un banco descansaban unas tijeras de poda, dos llaves, una maceta de acero de mango corto y un pequeño mazo de goma.

Sabela dejó el tensor junto a ellas y cerró una caja de plástico con la punta de la bota.

—¿El martes trabajabas con este tipo de material? —preguntó Raquel.

—Sí. Estaba revisando postes y un par de anclajes. En esta época siempre hay algo que corregir.

—¿Subiste con herramientas cuando fuiste a ver a Ramiro?

—Con una bolsa pequeña. Iba a revisar dos cosas de camino y no pensaba volver aquí solo para recogerlas.

La explicación encajaba con lo que Mara había visto ya en la ladera.

Dejar una herramienta a tres bancales de distancia podía obligar a un rodeo sin sentido, y Antón había descrito algo parecido al explicar qué se transportaba a mano y qué convenía dejar en puntos estables.

No pidió a Sabela que vaciara cajas ni que identificara cada pieza; estaban reconstruyendo movimientos y acuerdos, no realizando una inspección improvisada.

—Vamos al martes. ¿A qué hora dejaste este sector?

Sabela miró hacia las filas inferiores antes de contestar.

—Sobre las seis y cuarto. Algo más tarde, quizá. Tenía que pasar por un par de postes y subir al cruce donde habíamos quedado.

—Tenemos como referencia las 18:18 —dijo Raquel—. ¿Te parece compatible?

—Sí.

—¿Y a Ramiro cuándo lo viste?

—Diez minutos después, más o menos. Venía de arriba.

La hora era compatible con la reconstrucción provisional.

Ramiro había dejado el vehículo en el acceso superior y su última llamada profesional lo situaba vivo poco antes.

El inicio del encuentro empezaba a asentarse sobre algo más que la memoria de Sabela, aunque todavía quedaba por comprobar cuánto había durado la conversación y por dónde se había movido cada uno después.

—¿De qué hablasteis primero? —preguntó Mara.

—De trabajo. De lo que había que hacer esa semana. Él siempre empezaba así aunque te hubiera llamado para otra cosa. Después le pregunté por las superficies que llevábamos meses comentando y me dijo que no podía mantener lo que habíamos hablado.

—¿Por qué?

Sabela hizo un gesto hacia la ladera, sin señalar un punto concreto.

—Porque estaba reorganizando cosas. Eso dijo. Que todavía no estaba todo cerrado, pero que no podía comprometerme más terreno como si nada hubiera cambiado.

—¿Mencionó a Diego?

—No por el nombre. Habló de una finca que podía entrar en el conjunto y de que, si salía, tendría que replantear accesos y trabajos. Yo sabía que había lío con la herencia del primo, pero no conocía lo que estaban negociando.

Mara dejó ahí la cuestión. Diego y Ramiro habían discutido aquella misma tarde y una tercera persona había sugerido al heredero que la finca podía tener más valor dentro de un conjunto mayor.

Sabela aportaba ahora otra referencia a esa reorganización, pero seguían sin saber qué función concreta desempeñaba la parcela sobre el terreno.

—¿Te dijo que perdías la ampliación definitivamente?

—Dijo que no podía prometérmela. Para mí venía a ser lo mismo, al menos este año.

—¿Y discutisteis?

—Sí. Le dije que no podía cambiar las condiciones cuando yo ya había gastado dinero contando con otra cosa. Él dijo que nunca me había garantizado todas esas fincas y que parte de lo que había hecho me servía igualmente. No acabamos bien, pero tampoco estuvimos gritándonos media hora.

—¿Dónde estabais?

Sabela señaló hacia arriba. Desde el sector D no se distinguía el cruce B completo porque varios muros cortaban la vista, aunque Mara reconoció la dirección por el recorrido de la mañana.

—Cerca del cruce. Nos encontramos allí y nos movimos unos metros, nada más.

Raquel consultó su copia de la primera declaración.

—Ayer dijiste que os separasteis hacia las seis y treinta y cuatro.

—Eso calculé. No miré el reloj cuando se fue.

—¿Se fue él o te fuiste tú?

—Yo bajé. Él dijo que quería mirar una cosa más antes de marcharse.

—¿Hacia dónde siguió?

—Hacia los bancales de abajo. No sé exactamente hasta cuál.

C estaba en aquella dirección. La secuencia que describía Sabela era posible: Ramiro podía haber continuado solo hasta el lugar donde después apareció muerto mientras ella regresaba a su zona de trabajo y, desde allí, a su vehículo.

—¿Qué camino tomaste tú? —preguntó Mara.

Sabela describió la ruta sin necesidad de consultar ningún plano.

Según su versión, bajó por el recorrido que utilizaba habitualmente para evitar los tramos más incómodos, volvió hacia su sector, recogió lo que había dejado preparado y continuó hasta el aparcamiento inferior.

No dio tiempos exactos para cada tramo y Mara no se los pidió.

Aún no estaban comprobando una coartada minuto a minuto; forzar una precisión que no podía sostener solo produciría cifras con apariencia de certeza.

—¿Te cruzaste con alguien? —preguntó Raquel.

—No que recuerde. Había gente antes, pero a esa hora ya quedaba menos movimiento.

—¿Viste a Roi?

Sabela se tomó un momento.

—Ese día, sí, pero no sé si antes o después de hablar con Ramiro. En esta ladera ves a alguien dos bancales más arriba y luego tardas veinte minutos en volver a encontrarlo.

—¿Y a Antón?

—Por la mañana. Por la tarde no lo recuerdo aquí.

Ninguna de las dos respuestas permitía concluir gran cosa todavía. Tanto Roi como Antón conocían la ladera lo suficiente para que sus movimientos tuvieran que comprobarse por separado, igual que estaban haciendo con los de Sabela.

Ella cerró el cobertizo y se colgó la chaqueta.

Antes de marcharse, Raquel le pidió que localizara facturas, transferencias y mensajes relacionados con las mejoras y con las conversaciones sobre la ampliación.

Sabela aceptó, aunque insistió en que aquellos gastos no habían puesto en peligro su explotación.

—Os lo traeré mañana. Pero quiero que quede clara una cosa: Ramiro y yo discutíamos. También trabajábamos juntos. Si cada persona que se enfadó con él esta semana pasa a ser sospechosa, vais a necesitar una sala bastante grande.

Raquel no cambió el tono.

—Estamos comprobando hechos, Sabela. Los tuyos igual que los de los demás.

La mujer asintió, se despidió y bajó hacia donde había dejado el vehículo.

Mara esperó a que se alejara antes de hablar.

La versión que acababan de escuchar resultaba coherente en sus líneas principales: una cita concertada, una discusión por un acuerdo incierto, la separación cerca de B y el regreso por el recorrido que Sabela presentaba como habitual.

Había, además, varios datos que podían comprobar sin interpretar todavía su significado: el mensaje de las 17:07, los trabajos de aquella tarde, los gastos, las conversaciones sobre la ampliación y el itinerario que afirmaba haber seguido.

Raquel miró hacia el tramo por el que Sabela había desaparecido.

—Mañana tenemos a Roi a primera hora y a Antón después.

—Bien. Quiero saber cómo cuentan ellos los pasos que utilizan cuando nadie les pide que dibujen un mapa.

Empezaron a subir hacia el vehículo por el recorrido más cómodo.

Al día siguiente volverían a escuchar a quienes conocían aquellos bancales desde dentro, esta vez con una pregunta cada vez más difícil de separar del resto: no solo dónde había estado cada uno, sino qué camino consideraba normal cuando se movía por la ladera.