La tierra heredada (Los casos de Mara Valdés 3) Capítulo 5 #2
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Capítulo 5 #2

—Más o menos. No plantó nada nuevo que yo sepa, pero siguió entrando por allí y haciendo lo que consideraba necesario.

Ese era precisamente el problema: él entendía que mantener una finca demostraba que el acuerdo seguía vigente.

Yo entendía que no debía tomar decisiones hasta que cerráramos las condiciones.

La versión encajaba con lo que Celia había descrito y añadía otro matiz al mismo modo de trabajar.

La actividad cotidiana podía mantener durante años una apariencia de acuerdo incluso cuando las partes no atribuían el mismo significado a lo que estaban haciendo.

Mara pensó en los croquis de Ramiro, donde superficies con situaciones jurídicas distintas acababan formando una sola explotación sobre el papel.

—Después de las cuatro y veinte, ¿qué hiciste? —preguntó Raquel.

—Me fui.

—¿A Ourense?

—Sí.

—¿Directamente?

Diego hizo una pausa breve.

—Paré un momento antes de salir de la zona. Luego seguí hacia Ourense.

—¿Dónde?

—A tomar un café y hacer una llamada. No recuerdo si fueron diez minutos o quince.

Raquel anotó el dato sin exigirle que reconstruyera de memoria una ruta exacta. La comprobación de sus movimientos ya estaba en marcha y podrían contrastarla con testigos, actividad profesional o los datos que correspondiera obtener por los cauces adecuados.

—¿Volviste a hablar con Ramiro después? —preguntó Mara.

—No.

—¿Le escribiste?

—Tampoco. Pensaba dejarlo un par de días. Si hablábamos otra vez con el mismo enfado, íbamos a repetir lo mismo.

Noelia regresó al contacto que Diego había omitido.

—La persona con la que hablaste, ¿sabía que Ramiro quería quedarse con la parcela?

—Sí.

—¿Sabía cuánto te ofrecía?

Diego negó primero con la cabeza y luego rectificó.

—Le dije un rango. No la cifra exacta.

—¿Y qué te dijo?

—Que no me precipitara. Que el valor podía depender de cómo encajara con otras fincas y de quién estuviera interesado.

Mara levantó la vista del plano.

—¿Te explicó qué significaba «cómo encajara»?

—No con detalle. Yo entendí que hablaba de juntar superficie y de hacer una operación más grande. Si una bodega o un productor quiere trabajar varias fincas, una pequeña puede valer más dentro del conjunto que sola. Eso no hace falta ser agricultor para entenderlo.

La explicación tenía sentido, pero todavía era demasiado general para aclarar por qué aquella parcela importaba tanto.

Su valor parecía depender de algo más que de los metros cuadrados, aunque nadie les había explicado qué cambiaría exactamente si Ramiro conseguía incorporarla a las tierras que ya trabajaba.

Podía haber varias razones y no tenían aún datos para escoger entre ellas.

—¿Ramiro habló de una bodega?

—Dijo que estaba moviendo cosas y que yo no entendía lo que podía estropear por querer sacar un poco más. No me dio nombres.

—¿Y tú qué le contestaste?

Diego sostuvo la mirada de Mara.

—Que, si mi parcela podía estropearle una operación, entonces quizá no valía tan poco como pretendía pagarme.

Aquello explicaba mejor el aumento de tensión. Diego había heredado una finca que, en principio, parecía más una responsabilidad que una oportunidad; al descubrir que Ramiro podía necesitarla dentro de algo mayor, había recuperado margen para negociar.

Noelia colocó junto al plano una copia del correo relacionado con Clara y otra hoja con referencias parciales a conversaciones mantenidas en los días anteriores.

Aún no habían reconstruido la operación completa, pero empezaba a dibujarse un patrón: distintas personas habían recibido aproximaciones sobre terrenos diferentes mientras Ramiro intentaba ordenar varias piezas antes de cerrar nada de forma definitiva.

—¿Hablaste con Clara de esto? —preguntó Noelia.

—Sabía que yo estaba renegociando. Poco más.

—¿Sabías que ella también estaba escuchando propuestas?

Diego levantó las cejas.

—Sabía que quería quitarse de encima parte de las tierras. Clara lo dice desde hace años. No sabía hasta qué punto había avanzado.

La respuesta no obligaba todavía a relacionar ambas negociaciones más de lo que permitían los documentos.

Clara quería reducir su vinculación patrimonial y Diego renegociaba una herencia reciente; que ambos fueran familiares de Ramiro y estuvieran escuchando alternativas bastaba para comprobar si existía algún punto de contacto entre esas conversaciones.

—¿Qué pensabas hacer si Ramiro no mejoraba las condiciones? —preguntó Mara.

—Escuchar otras opciones. Vender, ceder o esperar. No tenía ninguna urgencia.

—¿Ni económica?

—No. Mi trabajo va bien. La finca no me cambia la vida.

El interés económico existía, pero las propias circunstancias de Diego obligaban a medirlo con cuidado. Que pudiera obtener más dinero por la parcela no significaba que dependiera de aquella venta ni que necesitara cerrarla de inmediato.

La conversación continuó durante unos minutos con cuestiones prácticas: cuándo había recibido la adjudicación, quién conservaba llaves de un pequeño almacén compartido, qué gastos había pagado desde la herencia y qué familiares podían confirmar algunas conversaciones anteriores.

Diego respondió con más facilidad al alejarse de la discusión y, cuando no recordaba algo, lo dijo sin tratar de llenar los huecos.

Antes de terminar, Mara volvió al plano.

—Si mañana te lleváramos a la ladera y te pidiéramos que nos enseñaras cómo se entra a tu parcela, ¿podrías hacerlo?

Diego estudió la hoja durante varios segundos.

—Llegar, sí. Explicaros por qué Ramiro estaba tan empeñado en ella, no. Para mí era una finca pequeña que mi madre quería que siguiera trabajando él. Si había algo más detrás, lo sabía Ramiro.

La respuesta encajaba con lo que habían comprobado desde que llegaron: el propietario reciente no tenía por qué ser quien mejor conociera el uso efectivo del terreno, igual que alguien podía cruzar una parcela durante años sin saber con exactitud quién figuraba en cada documento.

La explicación que buscaban tendría que salir de quienes trabajaban la ladera y de la reconstrucción de los distintos usos.

Diego guardó sus copias y se levantó. Raquel le explicó que podrían volver a llamarlo y que necesitaban comprobar sus movimientos del martes, incluida la parada que acababa de mencionar. Él asintió sin protestar, recuperó el teléfono y preguntó si podía marcharse a Ourense.

Cuando la puerta se cerró, Noelia empezó a ordenar las hojas.

—La discusión fue bastante más concreta de lo que contó ayer.

—Y el tercero existía —añadió Raquel—. Ya tenemos diligencias para fijar ese contacto.

Mara volvió al plano. La parcela seguía siendo pequeña y, sobre el papel, nada explicaba todavía por qué Ramiro había insistido tanto en incorporarla ni por qué alguien había aconsejado a Diego que no aceptara deprisa. El interés que despertaba empezaba a pesar más que su superficie.

Noelia dejó la documentación de Clara junto a la de Diego.

—Una hermana que quiere vender parte de lo suyo, un primo que renegocia y alguien preguntando por varias tierras.

—Y Ramiro intentando mantenerlas dentro de lo que estaba organizando —dijo Raquel.

Todavía necesitaban saber qué operación había detrás, quién obtenía un beneficio real y hasta qué punto la oposición de Ramiro obedecía al dinero, al funcionamiento de la explotación o a ambas cosas.

Por ahora, la parcela heredada por Diego había dejado de ser una anotación menor entre los papeles de Ramiro y se había convertido en uno de los asuntos que tendrían que reconstruir.