Capítulo 5
La parcela de Diego
—No fue una pelea —dijo Diego Souto—. Si queréis llamarlo discusión, llamadlo así, pero no fue una pelea.
Había llegado desde Ourense con diez minutos de adelanto y una carpeta de plástico bajo el brazo.
Llevaba ropa de trabajo limpia, botas gastadas y el teléfono boca abajo junto a la silla.
Raquel había reservado una sala pequeña en las dependencias de Monforte para hablar con él sin convertir la conversación en una visita familiar a la casa de Ramiro, donde todavía entraban y salían agentes, familiares y documentación.
Después de la entrevista con Clara, a Mara le pareció una buena decisión.
Diego no necesitaba sentarse ante la mesa de su primo muerto para explicar por qué había querido cambiar un acuerdo.
—¿Qué diferencia harías? —preguntó.
Diego se tomó unos segundos antes de responder. Tenía cuarenta y nueve años, era autónomo del sector de instalaciones y vivía en Ourense desde hacía más de veinte. No había mostrado prisa por empezar, pero tampoco parecía buscar una manera de eludir las preguntas.
—Una pelea es otra cosa. Levantas la voz, te vas enfadado, dejas de hablar con alguien. Nosotros discutimos por dinero y por una finca. Con Ramiro eso podía durar media hora y al día siguiente te llamaba para preguntarte por otra cosa como si nada.
Noelia, sentada a un lado con varias copias sobre la mesa, consultó la cronología que habían ido reconstruyendo durante la mañana.
—Os visteis el martes entre las tres cuarenta y cinco y las cuatro y veinte.
Diego la miró con atención, como si la precisión le molestara menos por el contenido que por comprobar que ya la tenían fijada.
—Más o menos.
—Tenemos la llegada y la salida bastante acotadas —dijo Raquel—. No hace falta que recuerdes el minuto exacto.
—Entonces sí. Estuve con él algo más de media hora.
En la primera información facilitada la mañana anterior, Diego había descrito el encuentro como una conversación familiar relacionada con una parcela heredada.
No había negado la diferencia de criterio, pero la había reducido a algo pendiente de resolver.
Ahora sabían que Ramiro había anotado la finca como «pendiente cerrar» y que, para él, el acuerdo estaba lo bastante avanzado como para incluirla en sus planes.
—Cuéntanos desde el principio qué heredaste —dijo Mara.
Diego abrió la carpeta y sacó una copia de la adjudicación hereditaria.
Noelia ya tenía otra, pero lo dejó continuar.
La finca había pertenecido a la madre de Diego y formaba parte de un conjunto familiar mucho mayor que, con los años, se había repartido entre ramas distintas.
La parcela en cuestión no tenía, vista de forma aislada en un documento, una superficie que pareciera justificar un enfrentamiento especialmente serio. Él mismo se adelantó a decirlo.
—Es pequeña. No voy a venderos que sea una fortuna porque no lo es. El problema es que Ramiro hablaba de ella como si ya fuera suya.
—¿Había un acuerdo previo?
—Había conversaciones. Mi madre había dicho muchas veces que, si algún día dejaba de ocuparse de aquello, lo normal era que Ramiro siguiera trabajándolo porque tenía fincas cerca.
En la familia se daba por hecho, sí. Pero una cosa es decirlo durante una comida y otra que yo herede y tenga que aceptar lo que los demás decidieron por mí.
No sonó indignado. Había más cansancio que enfado en su voz, como si llevara semanas repitiendo una explicación que consideraba evidente.
Mara había conocido conflictos parecidos: una generación convertía una costumbre en compromiso y la siguiente descubría que aquella costumbre llevaba aparejados gastos, obligaciones y decisiones que nadie había puesto por escrito.
—¿Ramiro te ofreció dinero?
—Sí.
—¿Cuánto?
Diego dio una cifra. Noelia la anotó y buscó una hoja en la que figuraban varias valoraciones preliminares.
La diferencia entre ambas cantidades bastaba para explicar que quisiera renegociar, aunque todavía no podían saber qué valoración se acercaba más al mercado ni qué condiciones incluía cada una.
—¿La rechazaste? —preguntó Mara.
—Le dije que quería pensarlo. Después le dije que quería cambiar las condiciones. Para él eso significó que yo faltaba a mi palabra, aunque nunca le había dado ninguna palabra.
—¿Qué querías cambiar exactamente?
Diego apoyó los antebrazos sobre la mesa.
—No quedar atado durante años a una tierra que no trabajo.
Si se la cedía para que la explotara, quería una duración clara y una salida clara.
Si la compraba, quería saber cuánto valía de verdad.
Lo que no quería era firmar algo deprisa porque mi madre hubiera dicho en vida que Ramiro era quien mejor podía aprovecharla.
Raquel le pidió que explicara qué entendía por «saber cuánto valía de verdad». Diego vaciló esta vez de forma visible.
—Hablé con alguien.
—¿Con quién?
—Con una persona que conoce operaciones de viñedo y terrenos por la zona.
—¿Antes o después de hablar con Ramiro el martes?
—Antes.
Noelia sacó otra hoja. La existencia de aquel contacto no era nueva para ellas: entre la documentación aportada por la familia y las comunicaciones que ya habían podido revisar había aparecido una referencia indirecta.
Lo que faltaba era saber por qué Diego no lo había mencionado al explicar por primera vez sus diferencias con Ramiro.
—Ayer dijiste que empezaste a dudar porque te parecía poco lo que te ofrecía —dijo Noelia—. No contaste que hubieras pedido otra opinión.
—Porque no era una oferta formal.
—No te hemos preguntado si lo era.
Diego se pasó una mano por la nuca y miró hacia la ventana. Fuera, la tarde se había aclarado después de una mañana húmeda y el cristal devolvía una luz blanca, sin sombras fuertes.
—No quería que pareciera que estaba subastando la finca mientras mi primo intentaba cerrarla conmigo.
—¿Lo estabas haciendo? —preguntó Mara.
—No. Estaba intentando no hacer el idiota.
La respuesta salió con más rapidez que las anteriores. Diego respiró hondo y, cuando continuó, había bajado el tono.
—Yo trabajo en instalaciones. Si alguien me pide un presupuesto, compara dos o tres antes de decidir. Nadie piensa que eso es una traición. Con la tierra parece que tienes que aceptar la primera cifra que te diga un familiar porque, si no, eres el que viene de fuera a sacar dinero.
Mara no discutió la comparación. Que la decisión de Diego molestara a Ramiro no la hacía irracional. Vivir en Ourense, trabajar en otro sector y no querer responsabilizarse de una parcela de viñedo tampoco decía nada sobre el afecto que pudiera sentir por su familia.
—¿Ramiro sabía que habías hablado con ese tercero?
Diego tardó un poco más en contestar.
—Se lo dije el martes.
—¿Cómo reaccionó?
—Mal.
Raquel se inclinó ligeramente hacia delante.
—Antes has dicho que fue una discusión menor.
—Y lo mantengo. Se enfadó, yo me enfadé y hablamos más alto de lo que hacía falta. No nos amenazamos ni nos pegamos. No sé qué palabra queréis que use.
—La que describa mejor lo que pasó —dijo Mara—. ¿Qué te dijo?
Diego reconstruyó la conversación sin intentar repetirla palabra por palabra.
Ramiro había insistido en que existía un acuerdo familiar y que llevaba meses contando con aquella finca.
Diego le respondió que contar con algo no era tenerlo y que, después de escuchar otra valoración, no estaba dispuesto a aceptar las condiciones iniciales.
Ramiro interpretó el cambio como una maniobra para subir el precio; Diego lo acusó de intentar cerrar un acuerdo aprovechándose de una costumbre que nunca se había concretado.
Terminaron sin firma, sin cesión y sin una fecha acordada para volver a hablar.
—¿Te dijo para qué necesitaba la parcela? —preguntó Mara.
—Para trabajarla. ¿Para qué iba a quererla?
—Eso es lo que te pregunto.
Diego frunció el ceño. Ramiro había hablado de ordenar mejor las fincas que llevaba en aquella parte de la ladera, reducir vueltas y hacer más sencillo el trabajo, pero no recordaba que le hubiera descrito un proyecto concreto ni mencionado una operación determinada.
Para Diego, aquello había sido otra manera de insistir en que la parcela resultaba más útil para quien ya trabajaba allí que para él.
Noelia giró hacia Mara una copia del plano encontrado en la casa de Ramiro.
La finca aparecía marcada con un contorno estrecho entre superficies mayores y, en la impresión, parecía casi un residuo geométrico dejado por las divisiones de una herencia antigua.
Habían visto aquella zona durante el recorrido de la mañana, aunque todavía no podían identificar sobre el terreno dónde comenzaban y terminaban todos los derechos asociados a esa referencia.
—¿Entrabas por arriba o por abajo cuando ibas con tu madre? —preguntó Mara.
Diego estudió el plano y soltó una risa breve, sin humor.
—Eso depende de a qué parte quieras llegar.
—A tu parcela.
—Hace años que no voy a trabajarla. Alguna vez entré con ella por arriba y otras cruzamos desde terrenos de la familia. No sabría marcarte ahora por dónde pasa exactamente cada límite.
—¿Hay acceso directo?
—Directo, directo... Allí casi nada es directo. Hay pasos entre bancales, escaleras, caminos que usa una gente y otros que usa otra. Ramiro sabía moverse mejor que yo.
Era la clase de respuesta que el terreno de aquella mañana hacía comprensible.
Sobre la hoja, la finca cabía entre dos trazos de bolígrafo; en la ladera, cualquier explicación exigía distinguir muros, niveles y recorridos que no siempre coincidían con la propiedad.
Diego conocía el lugar de años atrás, pero llevaba demasiado tiempo fuera del trabajo cotidiano como para asegurar qué pasos se utilizaban entonces o con qué permisos.
—¿Quién la estaba trabajando ahora?
—Una parte se mantenía limpia. Ramiro había hecho algunas cosas con permiso de mi madre antes de que muriera. Después de la herencia le dije que no metiera más dinero hasta que habláramos.
—¿Lo respetó?
Diego se encogió de hombros.