La tierra heredada (Los casos de Mara Valdés 3) Capítulo 4
14%

Capítulo 4

La parte de Clara

Clara dejó las llaves del coche sobre la mesa y las apartó hacia un lado para hacer sitio entre las carpetas.

Había saludado a Celia con un abrazo breve, sin preguntas, y esperó a que su sobrina saliera al patio antes de sentarse.

No parecía incómoda por estar en la casa de su hermano, aunque evitaba detener la mirada demasiado tiempo en los papeles que Noelia había distribuido sobre la mesa.

Llevaba una chaqueta clara sobre la ropa de trabajo y una carpeta fina bajo el brazo, como si hubiera salido de Monforte con la intención de resolver aquello sin alargar más de lo necesario una mañana que ya no se parecía a ninguna otra.

—Raquel me ha dicho que queríais hablar de las tierras familiares.

—De las tierras y de las decisiones que estabais tomando sobre ellas —respondió Mara—. También necesitamos saber cómo era vuestra relación con Ramiro en las últimas semanas.

Clara apoyó las manos sobre la carpeta, sin abrirla.

Tenía cincuenta y tres años y trabajaba como administrativa en una empresa de suministros de Monforte de Lemos.

Su vínculo con la explotación de Ramiro no era cotidiano: no podaba, no organizaba cuadrillas ni llevaba las cuentas del viñedo, pero conservaba derechos sobre varias fincas procedentes de herencias familiares y llevaba años aceptando que su hermano las integrara, en la práctica, dentro del conjunto que él trabajaba.

Después de lo visto aquella mañana y de los papeles revisados con Celia, la diferencia entre propiedad y uso empezaba a adquirir un peso que iba mucho más allá de una cuestión administrativa.

—Nos llevábamos como dos hermanos que llevan media vida discutiendo por las mismas cosas —dijo Clara—. Eso no significa que estuviéramos enemistados.

Mara no trató de interpretar el tono. Dos días después de una muerte, la forma de describir una discusión decía poco por sí sola.

—¿Por qué discutíais?

—Porque Ramiro creía que mantener las fincas juntas era siempre la mejor solución.

Yo llevo años diciendo que una cosa es que las trabaje y otra que decida por todos.

Mientras mis padres vivían, primero, y después mientras quedaban cuestiones de las herencias por cerrar, fui dejando pasar muchas cosas.

Él se ocupaba del campo y parecía lógico.

El problema es que lo provisional acabó convirtiéndose en permanente.

Noelia tenía delante la relación de propiedades que había separado con Celia unos minutos antes, pero no intervino. Mara prefirió dejar que Clara explicara su propio cansancio antes de ponerle cifras o nombres.

—¿Querías vender?

Clara tardó un instante en responder, más por precisión que por duda.

—Quería poder vender si decidía hacerlo.

O ceder mi parte. O llegar a un acuerdo con Ramiro para que me compensara y dejar de estar pendiente de si una finca se limpia, se trabaja o se vuelve a incluir en otro plan.

Tengo un trabajo, una casa y una vida que no dependen de esas parcelas.

No quiero pasar los próximos quince años discutiendo cada vez que aparezca una oportunidad o haya que poner dinero.

—¿Tu hermano aceptaba esa posibilidad?

—Aceptaba hablar de ella. Luego hablábamos y volvíamos al mismo sitio.

Mara había visto demasiadas herencias convertirse en obligaciones que nadie había elegido como para asumir que conservar una tierra era, por definición, la opción más generosa.

En una ladera como aquella, una parcela podía tener un valor económico modesto y exigir al mismo tiempo trabajo, desplazamientos, mantenimiento y acuerdos constantes con quienes utilizaban los accesos.

El deseo de Clara de salir de esa relación tenía sentido por sí mismo; otra cosa era averiguar hasta dónde había avanzado y cuánto había tensado su relación con Ramiro.

Noelia pasó una hoja hacia Mara. Era un resumen provisional con varias fincas en las que Clara tenía participación junto a su hermano o derechos procedentes de adjudicaciones anteriores.

Algunas estaban dentro de la explotación que habían recorrido esa mañana; otras quedaban en zonas próximas.

Ramiro las trataba en sus notas como parte de un conjunto operativo, aunque jurídicamente no todas le pertenecieran ni dependieran solo de su decisión.

—¿Él te pagaba por utilizarlas? —preguntó Mara.

—En unas sí, en otras se compensaban gastos y en otras nunca se hizo una cuenta limpia porque venían de familia. Ese es parte del problema. Cuando todo va bien, nadie se sienta a separar quién ha puesto qué. Cuando alguien quiere salir, de repente aparecen quince años de decisiones mezcladas.

—¿Y tú querías salir ahora?

—Quería empezar a cerrarlo. No de un día para otro.

Mara dejó pasar unos segundos. Clara no parecía indiferente a la muerte de su hermano; hablaba con una contención que se parecía más al agotamiento que a la frialdad.

Había reconocido el desacuerdo sin necesidad de que se lo arrancaran, aunque elegía palabras que rebajaban su urgencia: empezar a cerrar, hablar, valorar.

Quedaba por comprobar si la negociación había avanzado más de lo que esas expresiones sugerían.

—Esta semana hablaste con Ramiro de eso.

—Sí.

—El martes por la mañana.

Clara miró a Raquel y después volvió a Mara.

—A las diez y pico. Ya os lo dije por teléfono ayer.

Raquel confirmó con un gesto. La llamada figuraba en las primeras comprobaciones: había empezado a las diez y diez.

Según la declaración inicial de Clara, había terminado con una discusión sobre la gestión de varias fincas familiares.

El registro acreditaba la comunicación, no lo que se habían dicho.

—¿Fue una discusión fuerte? —preguntó Mara.

—Depende de lo que llaméis fuerte. Nos interrumpimos, él levantó la voz y yo también. Eso nos había pasado antes.

—¿Apareció el nombre de Esteban Rego?

Clara se quedó quieta un momento. La pregunta no pareció sorprenderla, aunque sí la obligó a tomarse un poco más de tiempo.

—Sí. Ramiro sabía que Esteban había hablado conmigo.

—¿Quién contactó con quién?

—Él conmigo, al principio. Coincidimos por una cuestión de trabajo y me preguntó si estaría dispuesta a escuchar una propuesta si la bodega ampliaba acuerdos con propietarios de la zona. Le dije que podía escucharla. Nada más.

Noelia levantó la vista de los papeles.

—¿Cuándo fue eso?

—Hace unas semanas. No recuerdo el día exacto.

—¿Os reunisteis?

—Tomamos un café en Monforte.

—¿Una vez?

Clara cambió la posición de las manos sobre la carpeta.

—Dos, creo. La segunda vez apenas estuvimos media hora.

Mara no insistió en la cantidad de contactos como si dos reuniones fueran por sí mismas más sospechosas que una. Lo que necesitaban era saber de qué habían hablado y por qué Ramiro se había opuesto.

—¿Qué te ofreció?

—No me hizo una oferta cerrada. Hablamos de varias posibilidades: venta de algunos derechos, cesión, acuerdos de suministro si determinadas fincas quedaban dentro de una gestión más amplia. Yo no podía decidir sola sobre todo y él lo sabía.

—Pero sí sobre tu parte.

—Sobre algunas cosas, sí. Sobre otras habría que repartir, segregar o llegar a un acuerdo.

Mara consultó la relación de fincas de Noelia.

En el papel, los porcentajes parecían una cuestión administrativa; después de recorrer la ladera, resultaba más fácil entender que dividir un derecho no dividía necesariamente un camino, un muro o una forma de trabajar.

Ramiro había construido su explotación sobre aquella mezcla durante años: parcelas propias, arrendadas, familiares y cedidas que funcionaban juntas mientras nadie exigiera convertir cada costumbre en una frontera.

—¿Le diste a Esteban documentación de esas propiedades? —preguntó Noelia.

—No documentación como tal. Le expliqué qué era mío y qué compartíamos.

—¿Referencias catastrales, porcentajes, escrituras?

—No que yo recuerde. Puede que le mandara alguna referencia para que supiera de qué hablábamos, pero era orientativo.

Mara reparó en la diferencia entre aquel «puede que le mandara alguna referencia» y el «nada más» con el que Clara había resumido antes sus conversaciones. No había motivo aún para darle otro significado, pero era un detalle comprobable.

—¿Ramiro sabía de esos dos encuentros? —preguntó.

—Del primero, seguro. Del segundo supongo que también terminó enterándose.

—¿Por ti?

—No. Esteban hablaba con él por otros asuntos. No sé qué se dijeron entre ellos.

Raquel intervino entonces.

—El martes, en vuestra llamada, ¿Ramiro te reprochó que estuvieras negociando a sus espaldas?

Clara frunció ligeramente el ceño.

—Usó esas palabras, sí. Pero yo no estaba negociando a sus espaldas porque no necesitaba permiso para hablar de mi parte. Ese era precisamente el problema: él confundía que algo afectara a su explotación con que le correspondiera decidirlo.

La respuesta salió más deprisa que las anteriores. El enfado apareció por primera vez sin necesidad de que Clara levantara la voz.

—Le dije que, si quería mantenerlo todo como estaba, tenía que proponer una solución real. Comprar mi parte, compensarme o poner por escrito qué iba a pasar con las fincas. No podía seguir diciéndome que ya lo veríamos mientras él hacía planes para tres años.

—¿Y qué respondió?

—Que vender por trozos era una mala decisión, que Esteban estaba intentando entrar donde no le correspondía y que, si yo tenía paciencia, podía ordenar varias parcelas de forma que todos saliéramos ganando.

—¿Te explicó cómo?

—No. Ramiro explicaba las cosas cuando ya las consideraba suficientemente avanzadas. Antes de eso esperaba que confiaras.

Mara recordó la anotación junto a la parcela de Diego, «pendiente cerrar», y lo que Celia les había contado poco antes.

Ramiro parecía acostumbrado a trabajar mentalmente con acuerdos todavía incompletos.

Con Clara ocurría algo parecido en sentido inverso: él daba por supuesto que unas tierras seguirían dentro de su explotación mientras ella empezaba a buscar una forma de desvincularse.

—¿Cuándo lo viste por última vez?

—El domingo. Fui a ver a Celia, que estaba aquí unas horas, y coincidí con él. Hablamos poco.

—¿Y el martes, después de la llamada?

—No lo vi. Trabajé por la mañana y por la tarde estuve en Monforte haciendo cosas mías.

Mara no le pidió en ese momento una relación minuciosa de desplazamientos. Aquella comprobación se haría por separado y con los datos necesarios; por ahora bastaba con fijar su versión: después del trabajo se había quedado en Monforte y no había ido a la ladera.

—¿Sabías que Ramiro se reunió con Esteban ese mismo día? —preguntó Noelia.

—No hasta ayer. Si me lo hubiera dicho, seguramente habríamos vuelto a discutir.

—¿Por qué?

—Porque él podía reunirse con Esteban para negociar lo que quisiera, pero a mí me reprochaba hablar con él. Ese doble criterio era muy de Ramiro.

La respuesta sonó áspera, aunque no cruel.

Clara bajó la vista hacia la carpeta que había traído y, por fin, la abrió.

Dentro llevaba copias de dos escrituras antiguas, una adjudicación hereditaria y varios recibos de gastos compartidos.

Los había reunido aquella mañana porque, según explicó, después de la muerte de Ramiro quería saber con exactitud qué quedaba pendiente y qué tendría que resolver con Celia.

Noelia pidió permiso para revisar las copias y las comparó con las que ya tenían.

Durante varios minutos, la conversación perdió tensión y se convirtió en algo más parecido a una puesta en orden: titulares, porcentajes, pagos de mantenimiento y nombres de fincas que en la familia se conocían por una denominación distinta de la registral.

Clara corregía fechas cuando estaba segura y reconocía sin dificultad aquello que no sabía.

En una de las hojas, Ramiro figuraba como cotitular de una superficie que llevaba años integrada en la explotación. Clara señaló el porcentaje que le correspondía y explicó que era una de las fincas sobre las que Esteban había preguntado. Noelia tomó nota, pero no entró en el precio.

—¿Llegasteis a hablar de una cifra? —preguntó Mara.

—De rangos. Nada firmado.

—¿La cifra te interesaba?

—Sí. Si no, no habría seguido hablando con él.

La respuesta fue directa. Había un interés económico real y un desacuerdo claro con Ramiro, suficientes para que aquella línea mereciera ser comprobada, pero no para explicar por sí solos lo ocurrido en la ladera.

Cuando terminaron, Clara dejó las copias que podía facilitar y guardó el resto. Antes de levantarse, preguntó cuándo podría Celia acceder con normalidad a la documentación de su padre y Raquel le explicó qué continuaba incorporado a las diligencias y qué podía gestionar ya la familia.

Clara recogió las llaves y se quedó un instante mirando la mesa de Ramiro.

—Él habría odiado ver a tanta gente ordenando sus papeles.

—Probablemente —dijo Celia desde la puerta del patio, donde había reaparecido sin que Mara advirtiera su llegada.

Las dos mujeres se marcharon juntas unos minutos después. Desde la ventana, Mara las vio hablar junto a los coches antes de separarse, cada una con una carpeta distinta. Más que resolver nada, la muerte de Ramiro les había dejado también decisiones que hasta entonces él había mantenido abiertas.

Noelia esperó hasta que el motor del coche de Clara dejó de oírse. Después volvió a sentarse y sacó de la pila de documentos una hoja que no había utilizado durante la entrevista.

—Quería escuchar primero cómo lo contaba.

Mara se acercó. Era una copia impresa de un correo remitido por Esteban a Ramiro unos días antes, conservada entre la documentación relacionada con la bodega.

El mensaje era breve y no contenía una propuesta completa, pero mencionaba expresamente que Clara ya había enviado las referencias de varias fincas y sus porcentajes de participación para preparar una valoración preliminar.

En la línea siguiente, Esteban indicaba que hablarían cuando tuviera una cifra suficientemente ajustada.

—Ha dicho que quizá le mandó alguna referencia de forma orientativa —recordó Raquel.

—Mandó varias y permitió que empezaran a valorarlas —respondió Noelia—. Eso no significa que hubiera aceptado vender, pero la conversación estaba más avanzada de lo que acaba de admitir.

Mara leyó de nuevo el correo, fijándose sobre todo en las fechas. Clara no había ocultado que conocía a Esteban ni que le interesaba vender; lo que había hecho era rebajar una gestión ya iniciada hasta presentarla como un simple tanteo.

Noelia dejó el correo junto a la relación de propiedades.

—Tenemos que reconstruir hasta dónde llegó esa negociación.

La diferencia entre lo contado por Clara y lo que mostraba el documento era concreta. Bastaba, por ahora, para volver sobre esa línea y averiguar por qué había preferido minimizarla.