Capítulo 3 #2
—Se enfadaba cuando creía que alguien se echaba atrás después de haberle dejado trabajar. Y la otra persona se enfadaba porque decía que nunca le había autorizado tanto. Por eso discutía. No porque fuera por ahí amenazando a todo el mundo.
—¿Con Diego pasó algo parecido?
—Sí. Aunque con Diego era peor porque era familia y cada uno pensaba que el otro debía entender cosas que nunca habían hablado del todo.
Noelia encontró entonces un sobre con fotocopias de recibos y varias notas sobre pagos de mantenimiento.
Entre ellas aparecían nombres de trabajadores, empresas de suministros y pequeñas cantidades asociadas a muros, drenajes y postes.
Sabela figuraba en más de una ocasión, aunque nada en aquellos documentos la distinguía de otros colaboradores o arrendatarios.
Por el momento, las anotaciones solo mostraban que Ramiro llevaba cuentas de trabajos realizados en distintas zonas.
—¿Esto lo preparaba él? —preguntó Noelia.
—Sí. A veces pagaba directamente y otras descontaba gastos después. Dependía del acuerdo.
—¿Y los acuerdos se escribían?
Celia soltó aire por la nariz, casi una risa.
—Algunos.
—¿Los importantes?
—Los que mi padre consideraba necesario escribir. Que no siempre eran los que la otra persona consideraba importantes.
Mara observó a Celia mientras hablaba. Había afecto en la forma en que se refería a Ramiro, pero también una familiaridad sin adornos con sus defectos.
No parecía necesitar idealizarlo para echarlo de menos.
Aquello les daba una imagen más útil de la víctima, aunque también obligaba a separar con cuidado las fricciones habituales de cualquier conflicto relacionado con su muerte.
Raquel recibió una llamada y salió al patio. Cuando regresó, todavía llevaba el móvil en la mano.
—Clara viene hacia aquí. Prefiere hablar en persona y está a menos de veinte minutos.
Celia dejó de pasar hojas.
—Mi tía querrá que os enseñe lo de las tierras familiares.
—¿Qué tierras? —preguntó Mara.
—Las que comparten todavía. Mi padre quería mantenerlas dentro de la explotación y Clara lleva tiempo diciendo que no quiere seguir igual. Pero eso os lo tiene que explicar ella.
Mara no intentó ir más allá. Si Clara estaba de camino, tendría sentido escuchar su versión directamente.
Noelia aprovechó para pedir a Celia que separara las carpetas de titularidad individual de Ramiro de las que contenían bienes compartidos con su hermana, para evitar que después acabaran mezclando decisiones que no dependían de las mismas personas.
Mientras trabajaban, Mara volvió al plano donde Ramiro había marcado la parcela de Diego.
La mañana le había enseñado hasta qué punto un dibujo podía simplificar el terreno, pero aquellos papeles todavía no permitían saber qué pretendía conseguir Ramiro con ese pequeño trozo de tierra.
Podía buscar más superficie, facilitar el trabajo, avanzar en alguna operación o combinar varias razones.
Lo único claro era que la parcela formaba parte de sus planes y que él hablaba de ella como si el acuerdo estuviera más avanzado de lo que demostraban los documentos.
—¿Hay algo que tu padre estuviera intentando cerrar esta semana? —preguntó.
Celia se quedó pensativa.
—Varias cosas. Diego, desde luego. También estaba pendiente de hablar con gente de la bodega. Y llevaba días llamando por unos trabajos que quería reorganizar. Cuando tenía muchas decisiones abiertas se volvía más insistente, no menos.
—¿Te contó alguna discusión concreta?
—La de Diego, por encima. La de mi tía, claro. Y me dijo que tenía que aclarar cosas con Sabela, pero no me explicó cuáles. Yo estaba trabajando y le dije que me llamara el fin de semana si quería contarme el listado completo de problemas.
La última frase no sonó irónica, sino como el recuerdo de una conversación corriente que ya no tendría continuación.
Mara dejó pasar unos segundos antes de preguntarle cuándo habían hablado.
Celia dio una hora aproximada del lunes por la noche y Noelia la anotó para contrastarla más tarde con los registros disponibles.
—¿Te preocupó algo de lo que dijo?
—No. Si me hubiera preocupado, habría llamado a alguien. Mi padre discutía por trabajo. Para él discutir no significaba que una relación estuviera rota.
La respuesta coincidía con el retrato que empezaba a formarse.
Ramiro había acumulado varios conflictos reales, pero discutir con él parecía haber formado parte de su manera habitual de relacionarse con propietarios, familiares y trabajadores.
Mara cerró la carpeta de herencias y la dejó junto al plano.
Celia recogió su carpeta azul cuando oyó un coche detenerse fuera. Desde la ventana se veía a una mujer salir del vehículo y hablar con Raquel antes de acercarse a la casa. Debía de ser Clara.
Antes de marcharse, Celia se detuvo junto a la puerta y miró una última vez la mesa de su padre.
—Hay una cosa que deberíais tener en cuenta.
Mara esperó.
—Si mi padre decía que algo estaba acordado, preguntad siempre a la otra persona qué cree que se acordó. Muchas veces no era exactamente lo mismo.
Noelia no escribió de inmediato. Mara tampoco necesitó hacerlo.
Clara entró unos segundos después, todavía con las llaves del coche en la mano, y saludó a su sobrina antes de ocupar la silla que Celia acababa de dejar libre.