La tierra heredada (Los casos de Mara Valdés 3) Capítulo 3
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Capítulo 3

Lo que dejó Ramiro

Noelia había separado las carpetas en tres grupos antes de que Mara llegara.

La mesa de trabajo ocupaba casi toda una habitación de la planta baja de la casa de Ramiro, una vivienda rehabilitada a medias en O Val de Moure, con una puerta lateral que comunicaba con un pequeño almacén y un patio donde se apilaban cajas de plástico, postes viejos y dos rollos de alambre.

No era una oficina en sentido estricto. Había un ordenador portátil, una impresora, archivadores, planos doblados y facturas sujetas con pinzas, pero también botas secándose junto a un radiador, guantes de poda y un cajón abierto con piezas de riego.

El espacio parecía haber crecido alrededor del trabajo diario sin que nadie hubiera decidido nunca dónde terminaba la casa y empezaba la explotación.

—Esto es lo que ya podemos revisar —dijo Noelia—. Documentación entregada por la familia, papeles de gestión de la explotación y copias de lo que la UOPJ ha ido incorporando. El ordenador sigue con el procedimiento que corresponde. No he tocado nada que no esté autorizado.

Raquel Barreiro estaba junto a una estantería baja, comprobando una relación de efectos con uno de los agentes de Lugo.

Habían llegado poco después de las once, tras cerrar las comprobaciones de aquella mañana en la ladera, y Mara todavía notaba en las piernas la pendiente de los bancales.

Agradeció el cambio de escenario. Después de varias horas mirando accesos, muros y desniveles, necesitaba comprobar qué forma adquirían aquellos mismos conflictos cuando Ramiro los convertía en papeles.

—¿Por dónde has empezado?

Noelia señaló las tres pilas.

—Propiedad y familia. Arrendamientos y acuerdos de trabajo. Pagos, suministros y gastos. La dificultad es que Ramiro mezclaba categorías. Hay cosas muy claras y otras que solo estaban claras para él.

Mara tomó la carpeta superior sin abrirla todavía.

En la cubierta, escrita con rotulador negro, aparecía una sola palabra: HERENCIAS.

Debajo había una fecha añadida meses después y dos iniciales.

Noelia le explicó que la mayor parte de la documentación estaba ordenada por asuntos y no por años, lo que obligaba a reconstruir cada relación por separado.

Ramiro conservaba copias de escrituras, recibos, notas manuscritas, croquis de parcelas y correos impresos, pero no siempre distinguía entre una propuesta, un acuerdo pendiente y algo que consideraba ya decidido.

—Celia está aquí —dijo Raquel—. Ha llegado hace diez minutos. Le hemos pedido que espere porque estaba hablando con el abogado de la familia.

Mara dejó la carpeta sobre la mesa.

—¿Está en condiciones de hablar?

—Dice que sí. Y que prefiere hacerlo hoy para volver a Vigo esta tarde si puede.

Noelia cerró la hoja de cálculo que había preparado y apartó el portátil. La conversación no necesitaba desarrollarse delante de una pantalla llena de datos.

Cuando Celia entró, lo primero que hizo fue mirar la silla donde solía sentarse su padre. No se detuvo ni mostró una reacción evidente; simplemente eligió otra, al otro lado de la mesa.

Tenía treinta años, llevaba el pelo recogido de manera apresurada y sostenía una carpeta azul contra el pecho.

Había llegado a la aldea la noche anterior, después de que le comunicaran la muerte.

Conocía lo bastante la explotación como para identificar nombres y conflictos, pero no parecía formar parte de su funcionamiento cotidiano.

—Mi padre daba por hecho que yo acabaría volviendo —dijo—. No mañana ni el año que viene. Algún día. Era una de esas cosas que repetía como si, por repetirlas, dejara de ser una opinión.

—¿Tú querías volver? —preguntó Mara.

Celia negó con la cabeza, sin brusquedad.

—Vivo en Vigo. Trabajo allí. Mi vida está allí. Vengo mucho, conozco esto y no quiero que se pierda, pero una cosa es querer que se conserve y otra dedicarte tú a conservarlo.

Mara no insistió. Había escuchado versiones distintas de aquella misma distancia en muchos lugares rurales: propiedades que seguían vinculando a una familia mucho después de que la vida cotidiana de los hijos estuviera en otra parte.

No hacía falta convertirlo en un enfrentamiento generacional para comprender la carga práctica que dejaba una muerte como la de Ramiro.

—Necesitamos saber cómo trabajaba —dijo—. No solo qué poseía. Cómo tomaba decisiones, qué consideraba cerrado y qué dejaba pendiente.

Celia miró las carpetas.

—Eso os va a costar más.

—¿Por qué?

—Porque para él una conversación podía ser casi un contrato si estaba convencido de que la otra persona acabaría aceptando.

Noelia levantó la vista.

—¿Puedes ponernos un ejemplo?

Celia tardó unos segundos. A Mara le pareció que no buscaba un episodio especialmente comprometido, sino la manera más sencilla de explicar a su padre.

—Cuando quería recuperar una parcela o trabajarla unos años, empezaba hablando.

Si la otra persona no decía que no de forma tajante, él avanzaba.

Mandaba limpiar, preguntaba precios, calculaba producción, hablaba con quien fuera a trabajarla.

A veces todo terminaba firmado y no había problema.

Otras veces la otra parte seguía pensando que estaban negociando y mi padre ya actuaba como si solo faltara poner la firma.

—¿Eso generaba discusiones?

—Claro. Pero también le funcionó muchas veces. Hay gente que le dejaba hacer porque prefería que las tierras no se abandonaran. Y él era bueno sacando adelante viñas que otros ya daban por perdidas.

A Mara le pareció importante aquella precisión. Celia no estaba ajustando cuentas ni intentando presentar a su padre como alguien distinto después de muerto. Describía una forma de trabajar que había producido resultados y, al mismo tiempo, conflictos.

Le pidió que identificara en las carpetas los asuntos que le resultaran familiares, sin preocuparse por las fechas exactas. Noelia se ocuparía después de contrastar cada dato.

Celia reconoció enseguida la documentación de varias parcelas familiares.

Abrió una carpeta con separadores y pasó hojas hasta encontrar un plano sencillo dibujado sobre una copia catastral.

Ramiro había marcado con distintos colores varias superficies, anotado nombres en los márgenes y trazado flechas entre grupos de bancales.

Algunas coincidían con zonas que Mara había recorrido aquella mañana; otras quedaban fuera de la ladera principal.

—Esto lo hacía mucho —dijo Celia—. Dibujaba cómo quería que quedara todo dentro de dos o tres años.

—¿Aunque todavía no controlara todas esas tierras? —preguntó Noelia.

—Precisamente por eso. Era su forma de ver qué necesitaba.

Mara acercó la hoja. Entre varias anotaciones había una referencia a Diego, escrita junto a una parcela pequeña. No aparecía ninguna frase que explicara por qué le interesaba; solo una fecha, una cifra aproximada y dos palabras: «pendiente cerrar».

—¿Sabes a qué se refiere?

—A la parcela que heredó Diego de su madre. Mi padre llevaba tiempo diciendo que había un acuerdo familiar para que acabara trabajando con él, pero Diego quería revisarlo. No sé más.

—¿Venderla?

—Puede ser. O pedir más. Mi padre decía que Diego estaba cambiando las condiciones, pero Diego decía que nunca habían fijado condiciones de verdad. Dependía de a quién preguntaras.

Noelia buscó entre los papeles ya separados y sacó dos documentos. Uno era una copia de la adjudicación hereditaria; el otro, una hoja escrita por Ramiro con cifras, teléfonos y una lista de tareas. No había contrato de cesión ni arrendamiento firmado entre ellos.

—De momento tenemos una intención y conversaciones —dijo—. Nada que permita tratarlo como un acuerdo cerrado.

Celia sonrió con cansancio.

—Mi padre sí lo trataba como cerrado.

Mara volvió al plano. La parcela de Diego parecía pequeña incluso allí, encajada entre otras superficies mayores.

Después de la mañana en la ladera sabía que una representación plana podía engañar sobre muchas cosas, así que se limitó a lo que realmente tenían delante: Ramiro había incluido aquella parcela en sus planes antes de disponer de ella.

—¿Cuándo empezó a interesarse tanto por esa zona?

—No sabría decirte. Hace meses hablaba de ordenar mejor los trabajos y de dejar de depender de tantos acuerdos sueltos. Últimamente estaba con eso todo el tiempo.

—¿Lo relacionaba con la bodega de Esteban Rego?

Celia dudó.

—Mencionó una operación, sí. Pero mi padre mencionaba operaciones cada semana. Algunas salían y otras se quedaban en una comida o en tres llamadas. Yo no distinguía cuáles iban en serio.

Noelia anotó la respuesta y no intentó hacerla interpretar algo que desconocía. Mara continuó preguntando por Ramiro y por la forma en que organizaba la explotación.

Durante casi una hora, Celia fue poniendo nombre a papeles que por sí solos resultaban ambiguos.

Explicó qué fincas provenían de los abuelos, cuáles había comprado Ramiro en distintos momentos y cuáles trabajaba mediante arreglos verbales con propietarios que vivían fuera.

Algunas notas tenían años; otras eran recientes.

Noelia preguntaba por fechas y personas, mientras Mara trataba de distinguir entre lo que Ramiro había escrito y aquello que las demás partes consideraban realmente acordado.

La diferencia aparecía una y otra vez.

Una hoja con el nombre de un propietario mayor incluía una previsión de poda para la campaña siguiente.

Celia aseguró que el hombre todavía no había decidido si renovaba.

En otra carpeta, Ramiro había anotado una compensación por unas mejoras como si estuviera aceptada, aunque un correo impreso mostraba que la otra parte había pedido revisar la cantidad.

No parecía necesariamente mala fe; Ramiro tendía a avanzar mientras nadie lo obligara a detenerse.

—¿Tu padre se enfadaba cuando lo detenían? —preguntó Mara.