La tierra heredada (Los casos de Mara Valdés 3) Capítulo 2 #2
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Capítulo 2 #2

Mara no midió el tiempo. Aquella primera visita no tenía por objeto comprobar una coartada ni demostrar que alguien pudiera llegar antes o después. Necesitaba entender cómo estaba construido el espacio y dejar de pensar en A, B, C, D y E como puntos unidos por líneas rectas.

A medida que descendían, la temperatura subía ligeramente y el terreno se volvía más abierto.

En algunos bancales había gente trabajando a distancia.

El homicidio no había detenido la actividad; simplemente la había obligado a bordear el perímetro policial y las comprobaciones.

La viña seguía necesitando cuidados aunque la investigación no hubiera terminado.

Llegaron a E casi veinte minutos después de dejar C, contando las dos paradas que Antón había hecho para explicar accesos y usos.

El aparcamiento inferior era una explanada pequeña junto a una pista por la que podía entrar un turismo sin dificultad.

Desde allí se enlazaba con la red local hacia Doade y Monforte.

—¿Sabela dejó aquí el coche el martes? —preguntó Mara.

—Eso declara —respondió Raquel—. Estamos comprobando movimientos y registros. Aún no quiero darte una secuencia cerrada.

Mara miró hacia arriba. Desde E podía reconocer la ladera como conjunto, pero no identificar C. La distancia física entre ambos puntos no parecía enorme; el recorrido que acababan de hacer, en cambio, resultaba bastante más largo de lo que sugería el papel.

Sacó el plano y trazó con lápiz una línea curva junto al recorrido ordinario que habían seguido.

—Esto no representa lo que acabamos de hacer.

—Es provisional —dijo Raquel.

—No lo critico. Digo que, si alguien mira solo esto, puede creer que D está debajo de C y que E viene después. En realidad, alrededor de cada letra hay varios caminos posibles.

Antón soltó una risa breve.

—Y alguno que solo usas si tienes prisa o llevas las manos vacías.

Raquel se volvió hacia él.

—Eso nos lo tendrás que explicar con detalle.

La sonrisa de Antón se apagó apenas un instante. Mara registró el cambio sin atribuirle todavía un significado.

—Yo puedo enseñaros por dónde se mueve la gente —dijo él—. Otra cosa es saber por dónde fue cada uno ese día.

—Eso lo averiguaremos nosotros —respondió Raquel.

Emprendieron el regreso por una pista lateral que evitaba repetir todo el ascenso a pie.

Un vehículo de la Guardia Civil los recogería más arriba.

Durante el trayecto, Mara aprovechó para preguntar a Antón por las rutinas de Ramiro: a qué hora llegaba, dónde dejaba las herramientas, cómo distribuía el trabajo y si solía cambiar de una parcela a otra sin avisar.

Antón respondió con soltura mientras las preguntas se mantuvieron en lo general.

Ramiro empezaba pronto, podía dejar el coche arriba y pasar horas sin regresar, utilizaba mucho el teléfono durante la jornada y llevaba semanas recorriendo con mayor frecuencia las parcelas relacionadas con la reorganización de accesos.

También confirmó que el martes habían discutido por los trabajos que Ramiro pretendía reducirle.

—¿Y después? —preguntó Mara.

Antón tardó un poco más en contestar.

—Después cada uno siguió con lo suyo.

—¿A qué hora te fuiste de esta ladera?

—No sabría decirte exacto. Antes de que anocheciera, claro.

Raquel no intervino y Mara tampoco insistió. Aquella conversación no era una declaración formal y Antón ya había dado el día anterior una versión incompleta de sus movimientos. Forzar allí una precisión que después tendría que documentarse solo serviría para mezclar contextos.

—Lo hablaremos en la UOPJ —dijo Raquel al cabo de unos segundos.

—Ya os conté lo que hice.

—Nos contaste una parte.

Antón guardó silencio y continuaron andando.

Cuando volvieron al acceso superior eran casi las diez.

Noelia había enviado dos mensajes durante el recorrido.

Había conseguido separar una primera relación de parcelas propias de Ramiro de las que trabajaba por arrendamiento o acuerdo, y advertía de que algunas superficies que todos conocían por el mismo nombre pertenecían en realidad a titulares distintos.

Mara leyó el resumen apoyada en el capó del todoterreno. Después desplegó otra vez el plano y colocó encima una de las fotografías impresas que Raquel llevaba en la carpeta.

En el papel, A, B, C, D y E seguían formando una secuencia limpia.

Sobre el terreno, cada letra había resultado ser un pequeño sistema de accesos, usos y desniveles.

Además, propiedad y recorrido se cruzaban sin coincidir: se podía trabajar una tierra que no era propia, atravesar una parcela ajena con permiso mantenido durante años y escoger un camino diferente según se llevara una herramienta, una carga o las manos vacías.

—Anoche parecía una explotación fragmentada —dijo Raquel.

Mara dobló la fotografía por el borde, procurando no marcar la imagen.

—Lo es. Pero la fragmentación no está solo en quién posee cada trozo.

Guardó el plano. Antes de interpretar cualquier desplazamiento necesitaban distinguir qué recorridos eran habituales, cuáles se utilizaban solo en determinadas circunstancias y cuáles parecían cortos únicamente porque alguien los había dibujado juntos.

En aquella ladera, estar al lado en el papel no significaba necesariamente estar cerca al caminarlo.