La tierra heredada (Los casos de Mara Valdés 3) Capítulo 2
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Capítulo 2

De A a E

A las ocho y doce de la mañana, la ladera ya estaba llena de luz.

Mara bajó del todoterreno junto al acceso superior y tardó unos segundos en relacionar lo que tenía delante con las fotografías de la noche anterior.

El punto A no era más que un ensanche de tierra firme al final de una pista transitable, suficiente para dejar dos vehículos sin bloquear el paso.

Desde allí se veía una parte amplia del valle y, más allá, el cañón del Sil recortado entre las laderas.

El bancal C, sin embargo, no aparecía por ningún sitio.

—El coche de Ramiro estaba casi donde estamos nosotros —dijo Raquel Barreiro—. Un poco más pegado al margen. Criminalística dejó fijada la posición.

Un cabo de la UOPJ que había participado en la inspección de la víspera señaló el borde del ensanche. A partir de allí, el terreno descendía entre viñas por una senda de servicio que parecía clara durante los primeros metros y después se dividía alrededor de dos muros de piedra.

Mara llevaba una copia del plano provisional, pero la mantuvo doblada. Quería recorrer primero el lugar sin obligarlo a parecerse al dibujo.

—¿Antón viene? —preguntó.

—Nos espera más abajo. Le he pedido que nos enseñe los recorridos de trabajo, no que vuelva a contar toda la tarde de anteayer. Eso lo haremos después, en declaración.

Empezaron a descender.

Los primeros cien metros no tenían nada de extraordinario.

El firme era irregular, aunque cómodo para alguien acostumbrado, y las filas de viña estaban separadas por espacios que permitían moverse con herramientas ligeras.

Más abajo, la pendiente aumentaba y la senda describía una curva para salvar un muro antes de reaparecer varios metros más abajo.

Desde arriba, aquellos cambios habían parecido simples desviaciones; a pie obligaban a escoger por dónde seguir.

—Ramiro hacía este tramo casi todos los días cuando trabajaba aquí —explicó Raquel—. Ayer comprobamos que desde A hasta el entorno de C hay entre quinientos y seiscientos metros reales, dependiendo del recorrido.

—¿Tiempo normal?

—Entre nueve y doce minutos para alguien que conoce la ladera. Sin correr.

Mara miró atrás. El todoterreno ya quedaba parcialmente oculto por las viñas y una ligera elevación del terreno. No habían descendido mucho en línea recta, pero la relación visual con el acceso había cambiado deprisa.

Llegaron poco después al cruce B. La denominación servía para orientarse, aunque el lugar no tenía nada de cruce en el sentido urbano.

Una senda bajaba hacia la izquierda, otra continuaba de frente antes de doblar y un paso estrecho entre dos bancales permitía alcanzar una franja lateral.

Había postes, alambres tensados y un pequeño espacio pisado donde podían detenerse dos personas sin estorbar el paso.

—Aquí dice Sabela que terminó la conversación con Ramiro —recordó Mara.

—Hacia las seis y media, según su primera declaración. Discutieron, ella siguió hacia sus bancales y él tomó otro recorrido.

—¿Alguien confirma que se separaran aquí?

—De momento, no.

Desde B podía verse el acceso superior en algunos tramos, pero la visión se perdía en cuanto la senda comenzaba a bajar.

Hacia el otro lado ocurría algo parecido: se distinguían partes de los bancales inferiores, aunque los muros y las filas de viña fragmentaban el terreno en pequeñas superficies que aparecían y desaparecían según el punto desde el que se observaran.

El cabo avanzó unos metros por una de las sendas y les indicó una posición desde la que, inclinándose ligeramente hacia un lateral, se alcanzaba a ver una franja del sector inferior.

—Desde aquí hay más campo visual, pero C sigue quedando escondido en parte.

Mara ocupó su lugar. Bastaban tres pasos para alterar de manera apreciable lo que podía verse. En la fotografía aérea, las parcelas parecían pegadas; allí, la altura de los muros y el desnivel las separaban mucho más de lo que sugería el plano.

—Entonces, desde A nadie podía mirar hacia abajo y saber que Ramiro estaba en C.

—No —respondió Raquel—. Podían ver su coche y suponer que estaba trabajando en la ladera. Poco más.

Continuaron hasta el bancal C.

El perímetro principal de la escena ya se había reducido, aunque seguían visibles algunas marcas de la inspección técnica.

Raquel les recordó por dónde podían moverse y Mara respetó el recorrido fijado.

El bancal era más estrecho de lo que había imaginado la noche anterior.

Una fila de viña ocupaba buena parte del espacio útil y, junto al muro exterior, quedaba una franja de paso suficiente para trabajar y desplazarse sin dificultad.

Ramiro había aparecido cerca de un paso de servicio entre terrazas.

No había indicios que sugirieran un traslado del cuerpo y, por el momento, todo resultaba compatible con que aquel hubiera sido también el lugar de la agresión.

Mara evitó reconstruir sobre el terreno una pelea que no podían sostener todavía.

Conocían una posición final, no la secuencia que había llevado hasta ella.

—¿Dónde estaba exactamente?

El cabo señaló el punto ya documentado.

Mara buscó después B con la mirada, pero desde allí no podía verlo.

Se desplazó dentro del recorrido autorizado, sin acercarse al borde del muro, y desde otra posición apareció una parte de la senda superior, aunque no el cruce completo.

Hacia abajo, en cambio, se distinguían fragmentos de otros bancales y una zona más abierta que Raquel identificó como parte del sector trabajado por Sabela.

—Eso sería D.

Mara abrió por fin el plano.

La letra D figuraba justo debajo de C, pero la realidad era menos sencilla. Entre ambos había diferencias de cota, muros, dos cambios de dirección y pasos que no tenían el mismo uso. Dos personas podían estar trabajando muy cerca en distancia horizontal y quedar fuera de la vista una de otra.

—¿Sabela estaba allí esa tarde?

—Según ella y según varias personas que la vieron antes, sí. Trabajó en su sector durante parte de la tarde. Dice que después subió para hablar con Ramiro.

—¿Con herramientas?

—Lo estamos concretando. En esta época todos llevan algo encima en algún momento: tijeras, guantes, alambre, útiles de mantenimiento... No quiero convertir una bolsa de trabajo en una prueba solo porque aparezca en una declaración.

A Mara le pareció una cautela razonable. En una ladera como aquella, las herramientas formaban parte de la rutina diaria; antes de atribuir importancia a cualquiera de ellas tendrían que entender qué era habitual y qué podía constituir una excepción.

Antón Veiga apareció por un nivel inferior unos minutos después. Llevaba pantalón de trabajo, botas gastadas y una chaqueta fina que se quitó al alcanzarlos. A sus sesenta y un años se movía por la pendiente con una facilidad que hacía parecer más suave el desnivel.

—Buenos días.

Raquel hizo las presentaciones mínimas.

—Queremos que nos enseñes cómo se trabaja esto. Caminos habituales, cambios de bancal, dónde se deja material. Sin entrar todavía en tu declaración de anteayer.

Antón miró a Mara y luego el plano que llevaba en la mano.

—Eso depende de quién trabaje cada trozo.

—Por eso estás aquí —dijo Mara.

La respuesta no pareció molestarle. Se acercó al borde de C y señaló hacia abajo.

—Ramiro decía que todo esto era la misma explotación, pero no lo era.

Ni de lejos. Había tierras suyas, otras de la familia, otras arrendadas y otras que trabajaba porque llevaba años haciéndolo así.

Para bajar con una desbrozadora eliges un camino; para bajar con una caja pequeña, otro.

Y si vas andando sin carga, a veces pasas por donde no meterías una máquina.

—¿Aunque no sea tu parcela?

Antón se encogió de hombros.

—Si el dueño lo permite o se lleva haciendo veinte años, sí. Aquí hay pasos que nadie piensa como una carretera. Son simplemente por donde se pasa.

Raquel lo dejó continuar. Antón no necesitaba consultar el plano para orientarse; hablaba de propietarios, usos y trabajos como si fueran capas distintas de una misma ladera.

Bajaron hacia D por un recorrido cómodo, el que Antón utilizaría si tuviera que transportar material o regresar con una carga.

Era más largo de lo que parecía necesario porque evitaba dos tramos de fuerte pendiente.

A mitad de camino, Mara volvió la vista hacia C y comprobó que el bancal había desaparecido detrás de un muro.

—Desde aquí no se ve el lugar donde apareció Ramiro.

—Desde muchos sitios no —respondió Antón—. Y desde otros lo ves un momento y después lo pierdes.

—¿Cambia según la época del año?

—Claro. Cuando la viña está más cerrada, mucho más. Ahora empieza a tirar, pero todavía se ve bastante.

El sector D tampoco era una única parcela, sino varias terrazas trabajadas por Sabela mediante acuerdos diferentes.

En una zona más ancha había postes, una pequeña carretilla y material de mantenimiento asegurado junto a un muro.

Raquel explicó que Criminalística había documentado lo relevante el día anterior y que seguirían realizando comprobaciones a medida que la investigación las necesitara.

Antón señaló un cobertizo ligero situado a cierta distancia.

—Parte de las cosas se dejan ahí si son pesadas. Lo pequeño va con cada uno.

—¿Y para salir de la ladera? —preguntó Mara.

—Depende de dónde tengas el coche.

En cualquier otro terreno habría sido una respuesta casi obvia; allí podía implicar recorridos muy diferentes.

Raquel señaló hacia la parte inferior.

—Sabela suele aparcar abajo cuando trabaja este sector. En E.

El punto E quedaba bastante más abajo de lo que el plano sugería.

Desde D siguieron una combinación de senda de servicio y pista agrícola que descendía con menor pendiente y buscaba un paso más cómodo entre las terrazas.

Antón explicó que era una ruta lógica para quien no quisiera salvar muros ni bajar por tramos incómodos, sobre todo si llevaba material.