Mónica
Epílogo Otra vez en el notario
Mónica
De nuevo estamos frente al notario, que nos mira con el ceño fruncido a los cuatro: a Guillaume y a mí, que nos hemos sentado juntos con las manos cogidas; a doña Fina, que no para de afirmar y ponerle más cotilleo a cada cosa que comenta el notario; y a Aina que alega todo tipo de pruebas de que hemos cumplido el acuerdo.
El despacho está cargado de ese aire solemne que solo los edificios antiguos pueden tener.
La luz que entra por los ventanales es tenue, de un color amarillento por culpa de la madera oscura de las paredes y los muebles.
El notario, un hombre de rostro impenetrable y mirada inquisitiva, repasa con parsimonia los documentos que tiene frente a él.
Por un momento siento que mi corazón va a salirme por la boca como no diga palabras que entienda, aunque me obligo a mantener las formas. Guillaume, a mi lado, me aprieta la mano con seguridad, transmitiéndome toda su energía y buen rollismo.
—Señorita Mónica —llama mi atención el notario tras carraspear, provocando que me sobresalte—, según el testamento y las condiciones impuestas para heredar la propiedad, debían convivir sin interrupciones durante un año, gestionar el negocio en común y organizar cuatro eventos. Hasta ahí, todo parece correcto.
Doña Fina asiente con entusiasmo.
—Yo misma puedo dar fe de que han hecho todo lo que debían. Y con qué gusto han decorado la finca, señor notario. Aquello es una delicia para los ojos. Y la floristería, oh, preciosa. Preciosa. Lo que esta muchacha ha hecho allí es arte.
La reafirmación excesiva de mi exvecina me hace esbozar una sonrisa.
—Gracias, doña Fina —murmuro sonrojándome.
El notario le lanza una mirada de advertencia a la mujer para que no interrumpa y sigue con su discurso.
—También quiero añadir que la cláusula tres —interrumpe mi hermana—, arreglos compartidos en la finca, se ha cumplido en un par de ocasiones: la primera cuando el escape de agua del almacén y luego la posterior obra del acondicionamiento del mismo para la acústica del piano.
—Eso es correcto —afirma el notario antes de cambiar a un tono más áspero y juicioso—. Sin embargo, hubo un periodo en el cual la señorita Mónica abandonó la finca para residir en otro domicilio. Si no recuerdo mal, justo antes de la segunda reforma nombrada, letrada.
Se hace un silencio sepulcral. Guillaume y yo intercambiamos una rápida mirada. Nos han pillado y no podemos negar lo evidente. En su mirada no hay reproche solo expectación. Me humedezco los labios antes de que él conteste por mí, tal y como teníamos planeado si se diese el caso.
—Fueron solo un par de meses. Y no abandonó la finca del todo. Seguía gestionando la floristería, venía a diario, trabajó en los eventos…
—Pero no dormía aquí. —El notario entorna los ojos—. Y eso es un incumplimiento de contrato.
Aina resopla con indignación.
—Eso es ridículo. Fueron solo dos meses.
Si revisamos el contrato, especifica que si hay una causa de fuerza mayor, podía saltarse la norma de convivencia.
Y en este caso la hay. —Saca unos papeles de su maletín—.
Aquí tengo un certificado en el cual dicta que el colchón en el que ella dormía tenía una infección por culpa del moho, lo cual le provocó una alergia terrible y debió de instalarse en su antigua finca.
El notario revisa los papeles que un compañero de mi hermana —que le debía algún que otro favorcillo— nos ayudó a falsificar para salvarnos el culo.
—Exacto —interviene Guillaume por primera vez haciendo que su voz suene serena pero firme—. Mónica nunca abandonó del todo la finca ni el negocio. Todo este tiempo ha estado involucrada.
El notario deja escapar un suspiro y entrelaza los dedos.
—Para evitar problemas legales, nuestro despacho contrató a un detective para verificar que ambas partes cumplieran con lo estipulado en el testamento.
Mi estómago da un vuelco. ¿Nos espiaron?
Aina golpea la mesa con indignación.
—¿Un detective? ¿Está de broma? ¡Eso es ilegal!
—Es una práctica habitual en casos de herencias con condiciones específicas —responde el notario sin inmutarse—.
La finalidad era verificar que se cumplieran las estipulaciones.
Según el informe, la señorita Mónica pasó dos meses fuera de la finca y eso genera una laguna legal en la aceptación de la herencia.
Me muerdo el labio con fuerza, sintiendo una mezcla de rabia e incredulidad. Guillaume sigue sujetándome la mano y, cuando giro la cabeza hacia él, su expresión se suaviza. «Va a salir bien», me dice con la mirada.
Doña Fina, por su parte, levanta una ceja con aire desafiante.
—Así que contrataron a un detective. Por cómo te conozco, chiquet , estoy segura de que has sobornado a Marcelo, el del kiosco, para que les tenga el ojo echado. —Chasquea la lengua—. Menudo idiota estás hecho. Esta tarde llamo a tu madre.
El notario ignora su comentario y prosigue.
—La decisión no depende de mí, pero podría ser motivo suficiente para impugnar la herencia si así lo desean otros familiares.
Aina vuelve a intervenir más cabreada si cabe.
—No hay otros familiares que la impugnen. ¡Todo esto es absurdo!
Guillaume, con su calma habitual, se inclina un poco hacia adelante.
—Dado que la gestión de la finca y la floristería nunca se vieron afectadas, y que Mónica ha vuelto a residir aquí, podría considerarse un periodo de pausa dentro del cumplimiento general del acuerdo. Aunque hemos aportado pruebas contra este pequeño problemilla.
El notario tamborilea los dedos sobre la mesa, pensativo.
—Habría que consultarlo con la instancia legal correspondiente. Supongo
Suspiro, agotada.
—¿Cuánto tiempo tardará eso?
—Depende. Semanas, quizá meses.
Ahora, es doña Fina la que se pone en pie para encararse con el notario dando un golpe con el bastón en el suelo que hace retumbar toda la sala.
—Mira. Ya puedes estar moviendo ese bolígrafo para firmar y que acepten la herencia de una vez.
Porque como no lo hagas, te juro por lo más sagrado que le digo a doña Concha, alias tu madre, que se haga la víctima y la tienes metida en casa hasta el día en que se muera.
¿Te ha quedado claro? —Hace una pausa con una mirada tan severa que me da miedo que traspase los ojos del pobre hombre—.
Lo que han luchado estos dos jóvenes por salir a flote, por reenamorarse y por cuidar sus vidas, no está escrito.
Así que ya estás firmando los papeles si no quieres que haya represalias.
Nos quedamos en silencio. Nadie dice nada.
Siento un nudo en el estómago, pero no es miedo ni rabia ni tristeza.
Es admiración por esta mujer. Ya no es una lucha entre nosotros.
Ahora es una lucha contra la burocracia y contra la dignidad de este hombre.
Guillaume, sin soltarme, me mira con ternura.
No me culpa, no me reprocha nada. Solo está aquí, a mi lado.
El notario asiente.
—Está bien, doña Fina —admite al mismo momento que garabatea una firma mal hecha—. Ya es oficial, sois propietarios. Él de la finca y usted del local.
Emocionada, grito mientras me lanzo a los brazos de Guillaume. Por fin tenemos los papeles y todo por lo que hemos luchado durante trescientos sesenta y seis largos días. Por fin tenemos un futuro libre de normas, de ataduras y libres para ser felices.