La tienda de las flores pentagrafiadas Guillaume
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Año nuevo, nuevos retos

Guillaume

La llegada del año nuevo trae consigo una sorpresa inesperada: nuestra cuenta en redes ha alcanzado casi el medio millón de seguidores.

Es un número que me sigue pareciendo irreal.

Nunca imaginé que compartir mi vida con Mónica, nuestra floristería y los eventos músicoflorales llegarían a tanta gente.

Aina, la hermana de Mónica, también ha encontrado su propio nuevo comienzo: se ha instalado con sus tres hijos en la antigua casa de Mónica buscando estabilidad tras su divorcio.

Hecho que hizo que mi pareja y yo nos metiésemos de lleno en su mudanza y nos quedásemos a los tres torbellinos alguna que otra noche para que ella pudiese tomar un respiro.

Y después de todo el trajín, Mónica y yo...

Bueno, nos hemos tomado un merecido respiro.

Nos fugamos a Madrid durante un fin de semana.

La idea era visitar a Adrián, pero también regalarnos unos días para disfrutar sin la presión de la finca, las redes o los negocios.

Nos sumergimos en la ciudad, caminamos por el Retiro de la mano, nos perdimos en las callejuelas del Barrio de las Letras y probamos cada dulce que se nos cruza por el camino.

Vimos un musical en la Gran Vía y pasamos la noche en un pequeño hotel boutique con vistas a los tejados de Madrid que nos dejó con ganas de volver más adelante.

Fue como vivir en una burbuja donde solo existimos Mónica y yo, sin preocupaciones, sin contratos, sin recuerdos dolorosos.

Pero a la vuelta, al llegar a la finca, el hechizo se rompe con una llamada inesperada. Es Irene, mi prima y manager . En cuanto escucho su voz, noto que está cargada de emoción.

—Guillaume, tienes que escucharme antes de decir que no.

Me río por lo bajo y Mónica me lanza una mirada curiosa mientras deshace la maleta.

—Eso no suena bien —comento, divertido, mientras pongo el manos libres para que mi pareja lo escuche y cuelgo mi abrigo en el perchero de detrás de la puerta.

—El Conservatorio de París —anuncia con un gritito de entusiasmo—.

Siguen tu nueva etapa y están fascinados.

Han visto tu evolución, la mezcla de la música con la naturaleza, con las emociones...

Guillaume, te quieren de vuelta. Pero no solo eso, te ofrecen múltiples oportunidades: clases magistrales, conciertos, una gira… Es un sueño.

Mi cuerpo se tensa al instante. Miro a Mónica, que ahora me observa con atención con los brazos cruzados y los ojos abiertos de par en par.

Nos quedamos los tres en silencio. Vuelvo a conseguir lo que hace casi un año me encargué de arruinar.

Podría volver a estar en lo más alto y seguir con mi vida de pianista ilustrado llenando los teatros y óperas de toda Europa, pero ahora sí que sé lo que quiero.

—No —respondo sin pensarlo ni dos segundos más.

Irene suelta un suspiro dramático al otro lado de la línea.

—Guillaume…

—He dicho que no.

—Al menos escúchalos, mándales un video, una respuesta más elegante… No puedes simplemente mandarlos a la mierda.

Pero es que sí puedo. Y lo haré. No me dejaron explicarme cuando cometí ese fatídico error y ahora, tras todo lo que ha pasado este tiempo, me he dado cuenta de por qué estaba haciendo lo que hice. No quiero darles una segunda oportunidad después de todo.

—Irene. No soy el mismo que se fue a París hace años. No quiero vivir de gira, no quiero auditorios fríos y llenos de desconocidos. Estoy aquí, en un sitio que me llena, con la mujer a la que amo, haciendo algo que tiene sentido para mí.

Mónica sonríe. Su mirada brilla con una mezcla de sorpresa y alegría.

—Diles que gracias, pero que no —concluyo.

Hay un silencio al otro lado de la línea antes de que mi manager deje escapar una carcajada resignada.

—Eres incorregible, primo. Pero está bien. Lo transmitiré con un poco más de tacto que un simple «que se jodan». Aunque deberías saber que mucha gente pagaría por estar en tu posición.

—Lo sé. Pero yo pagaría por estar justo donde estoy —respondo guiñandole un ojo a la mujer que tengo justo enfrente, que me mira con la boca abierta, atónita.

Cuando cuelgo, Mónica se acerca con los brazos cruzados, sin dejar de sonreír.

—Así que lo has mandado todo a la mierda por quedarte aquí conmigo.

Me encojo de hombros con una sonrisa ladeada.

—¿Te sorprende?

Ella me rodea el cuello con los brazos y me besa con una dulzura que me desarma.

—Un poco —admite sobre mis labios—, pero me gusta.

—A veces los mejores conciertos no son los que llenan cientos de butacas en un auditorio, sino las melodías que nacen de los corazones que laten juntos guiándonos en esta locura de vida.

Nos quedamos abrazados un momento, sintiendo la calidez del otro, la seguridad de esta decisión. Todo lo que he vivido hasta ahora me ha traído hasta aquí. Y no me arrepiento de nada.