Mónica
Una despedida a la vieja usanza
Mónica
Cuando el invierno llegó, me reconcilié con Sofía, me mudé de habitación a la de Guillaume e hicimos el concierto en honor a Jordi, nuestro amigo de la pandilla. Y esa misma noche decidimos hacerle un homenaje en nuestro árbol del cementerio de los malos recuerdos.
La noche es fría, pero no importa. Nos hemos abrigado bien y llevamos linternas, velas y una botella de vino caliente que Adrián insistió en traer.
No hay nieve, pero el aire huele a frío, a leña quemada y a nostalgia.
Caminamos en grupo, pisando la hierba húmeda hasta llegar al claro donde nos espera el árbol. Aquel árbol. El de siempre.
Guillaume se detiene junto a él y pasa la mano por la corteza rugosa. Todos hacemos lo mismo, como si fuera un ritual silencioso. Como si tocándolo pudiéramos sentir a Jordi una vez más y abrazarlo.
—Dios, cuántas veces nos escondimos aquí —comenta Sofía con una sonrisa melancólica.
—Demasiadas —ríe Adrián—. Pero la mejor fue cuando Jordi se trajo un saco de dormir y dijo que se quedaría toda la noche para «conectar con la naturaleza».
Me llevo la mano a la boca, conteniendo la risa. Ese espíritu de aventurero había llevado por el camino de la amargura a sus padres más de una vez.
—No duró ni dos horas —comenta Adrián, divertido—. Apenas oscureció, empezó a escuchar ruidos y salió corriendo hasta la finca gritando que un monstruo lo perseguía.
—Era un erizo —añade Guillaume con una sonrisa de oreja a oreja—. Un maldito erizo.
Las carcajadas resuenan en el claro y me calientan más que cualquier manta. Jordi se habría reído más alto que nadie si estuviera aquí.
—Y la vez que nos hizo construir una cabaña en este mismo árbol —recuerda mi amiga, sacando su teléfono para hacer una instantánea a la base del tronco.
—Madre mía, la cabaña —suspiro negando con la cabeza—. Metimos maderas, heno, telas viejas… Todo se vino abajo en menos de dos días.
—Pero él estaba convencido de que era un éxito —ríe su exmarido—. «Solo hace falta un par de ajustes», decía, cuando ya no quedaba nada en pie.
—Siempre fue un optimista —dice Guillaume en voz baja.
Nos quedamos en silencio un momento, mirando las luces de nuestras linternas parpadear contra la corteza del árbol. Es Adrián quien rompe el momento, sacando un pequeño cuaderno arrugado de su chaqueta.
—Sofía me dio esto. Son algunas de las cosas que Jordi escribió cuando tenía quince años.
—Dios, qué peligro —murmura Guillaume atragantándose con su propia risa.
Todos decidimos sentarnos alrededor del árbol dejando la urna con los restos de nuestro amigo enfrente. Adrián se aclara la garganta y lee:
—«Lista de cosas que haré cuando sea un viejo con dinero: Uno. Viajar en un tren de lujo y no pagar el billete para sentirme un rebelde».
Las risas son inevitables. Me abrazo a mí misma, sintiendo el calor del recuerdo.
—«Dos. Adoptar un perro, llamarlo Brad Pitt y enseñarle a saludar con la pata».
—Lo habría hecho —afirma Sofía secándose una lágrima.
—Hasta le habría enseñado a recrear alguna escena de Troya —admite mi pareja.
—«Tres. Aprender a hacer malabares con fuego y unirme a un circo».
—¿En serio? —Me río—. ¡No sabía eso!
—Jordi y su fascinación por el peligro —murmura Guillaume, negando con la cabeza con una sonrisa.
Adrián pasa unas páginas y se detiene en otro fragmento.
—«Algún día, cuando ya seamos todos unos viejos aburridos, quiero que volvamos a nuestro árbol y recordemos que aquí tuvimos la mejor época de nuestras vidas.
Quiero que nos riamos de todas nuestras tonterías, que brindemos por los tiempos pasados y que, aunque yo no esté, sepáis que siempre estaré aquí, en este maldito árbol, viendo cómo seguís con vuestras vidas».
El silencio se espesa. Miro a mis amigos y sé que todos sienten lo mismo. Guillaume se aclara la garganta y levanta la botella de vino caliente.
—Por Jordi.
Todos alzamos nuestras copas improvisadas. Nos miramos, con los ojos brillantes, con los recuerdos pesando en el pecho y la felicidad latiendo en el alma.
—Por Jordi —repetimos todos a la vez.
Y bebemos. Y reímos. Y hablamos hasta que el frío se nos mete en los huesos y los párpados nos pesan. Pero nos quedamos. Porque esta noche es suya. Porque este árbol es suyo. Porque, de alguna manera, sigue con nosotros.
Y siempre lo estará.