La tienda de las flores pentagrafiadas Guillaume
94%

Guillaume

Algo inesperado

Guillaume

Sentir el cálido tacto de Mónica cuando me abraza hace que mi corazón vuelva a latir. Durante un instante, no sé si es real o si mi mente me está jugando una mala pasada. He soñado tantas veces con volver a estrecharla entre mis brazos que tengo miedo de que no sea más que fruto de mi imaginación.

Sus brazos me aprietan con firmeza y tengo la sensación de que siente que si no lo hace voy a desaparecer. Y yo… yo la sostengo con la misma necesidad.

No sé si lo ha escuchado todo o no. No sé si ha entendido mis palabras o si tan solo ha decidido ignorar todo el dolor que ha habido entre nosotros estos últimos meses.

Pero nada de eso importa ahora. Necesitaba desahogarme, no tanto por ella sino por mí.

Por soltar riendas y permitirme ser sincero conmigo mismo.

Una sensación de liberación me recorre por dentro y me permite volver a respirar con normalidad. Y noto cómo me perdona sin la necesidad de decir ni una palabra más.

No sé cuánto tiempo estamos así, pero cuando se deshace del abrazo, nuestros rostros quedan a escasos centímetros. Mónica sigue sentada sobre mi regazo y su respiración entrecortada choca contra mis labios. No se aparta. Yo tampoco lo hago.

El mundo entero se ha detenido en este preciso instante cuando la miro a los ojos y siento que todo lo que he vivido me ha llevado hasta aquí y nada más importa.

Mis ojos recorren su rostro y me pierdo en cada detalle, en cada peca, en una lágrima de emoción que se derrama y cruza su pómulo derecho. La curvatura de sus labios entreabiertos, el leve rubor en sus mejillas, el brillo magnético en sus ojos… Todo es perfecto.

Es un segundo. O quizá una eternidad, pero siento que hay una emoción que nace en la punta de mi lengua y quiero que la oiga.

—Mónica —susurro con la voz grave por la emoción—, hay algo más que necesito decirte.

Ella me mira con intensidad. Antes de dejarme continuar, mueve la cabeza hacia un lado y con determinación acorta los centímetros que nos unían y me besa.

Sus labios se funden con los míos acoplándose en una melodía tranquila de Vivaldi. Siento la música dentro de mi cabeza, la perfección del momento y el dulzor de ese beso que durante tantos años he echado de menos.

Llevo una mano a su nuca, enredando los dedos en su cabello y la acerco más, profundizando el beso con la desesperación contenida. Necesito más. Necesito saber que ella siente lo mismo que yo y que no quiero irme de su lado otra vez.

Mónica suspira contra mi boca y ese simple sonido me desarma por completo.

Su peso sobre mi regazo, el calor de su piel contra la mía, la manera en que sus dedos se aferran a mi chaquetón Todo es demasiado.

Y a la vez, es justo lo que necesito. Y no me tiembla el pulso al aferrarme a ella como si fuese la última tecla de piano del mundo.

La beso con la certeza de alguien que ha esperado demasiado.

Con la ternura de un hombre que ha extrañado cada parte de esta mujer.

Con la pasión de alguien que, por fin, después de tanto tiempo, vuelve a casa.

Porque ella es mi hogar, ella es la tecla que me faltaba, ella es la melodía que mis dedos anhelan rozar, ella es el allegro de mis días, ella es…

Mónica responde con la misma intensidad, sus labios se entreabren para recibir los míos en un baile sin prisa, pero cargado de significado.

No hay nada más que importe. No hay pasado, no hay rencores, no hay malentendidos. Solo estamos ella y yo, enredados en este beso que sabe a reencuentro, a perdón, a hogar.

Mis manos recorren su espalda con suavidad, queriendo grabar cada centímetro de ella en mi memoria. Nuestras lenguas se encuentran en una vorágine de sensaciones que me hacen feliz. Por fin vuelvo a ser feliz..

Mónica se aparta apenas unos centímetros, dejando que nuestras respiraciones agitadas puedan acompasarse y podamos coger aire por un instante. Abro los ojos apreciando cada momento de lo que acaba de pasar y la encuentro mirándome con una intensidad que me deja sin aliento.

—Guillaume —susurra con un hilo de voz—, yo también quiero decirte algo.

—No hace falta.

—Sí, sí hace falta porque te juzgué mal. Me cegué en lo que sucedió cuando éramos unos críos. Y ya sé que no debería, pero tampoco he tenido buenas experiencias en el amor como tú. De hecho, han sido nefastas.

—Shhh —la silencio poniéndole un dedo sobre los labios, mojados por las lágrimas—. No estoy enfadado contigo. ¿Te guardaré un pelín de rencor? Puede, pero todo va a ir bien.

—Guillaume, lo que te he hecho no tiene perdón. Me he comportado como una niña.

Me doy cuenta de que mi nombre en sus labios es la melodía más hermosa que he escuchado jamás. Hace una pausa, indignada.

—Lo sé, pero yo también te tendría que haber hablado de Sophie y de por qué me fui.

—Entonces, ¿qué hacemos?

Apoyo mi frente contra la suya, incapaz de soltarla todavía.

—Dime que no es un error —murmuro sin apartar el contacto visual—. Dime que podemos arreglarlo.

Los labios de Mónica se transforman en una sonrisa mientras que siento cómo su pulgar acaricia mi mejilla con una ternura infinita.

—Podemos con esto y con más.

Y con eso, me besa de nuevo, sellando nuestras palabras en un pacto silencioso. Y esta vez, no hay más dudas. Ni miedos, ni mentiras.

Cuando esa misma tarde, entre los dos, preparamos de nuevo la bolsa con la ropa de Mónica para que regrese a la finca, siento mi corazón latir con más fuerza que nunca. Cada prenda doblada y guardada en la maleta es un paso más cerca de tenerla de vuelta. De hacer que esto funcione.

Ella bromea sobre el desastre que es su armario y yo la molesto por la cantidad absurda de bufandas que ha metido. Pero en el fondo, en cada pequeña risa compartida, hay una sensación de alivio y de esperanza que me emociona.

—Por cierto —comenta ella levantando sus ojos hasta conectar con los míos—, ¿y todas esas visitas al notario?

Juro que mi cabeza acaba de cortocircuitar.

—¿Qué visi…? —entonces caigo en la cuenta—. ¿Al principio de vivir juntos?

—Esas.

—¿Cómo sabes que fui? —levanto una ceja. Se supone que entonces ella no estaba en casa para no preocuparla.

—A ver, que yo no… O sea, que fue una coincidencia… Que yo no…

Me río. Verla excusarse de esa forma y lo nerviosa que se ha puesto me hace mucha gracia.

—Tranquila. Fui por el tema del empadronamiento. Como la casa no es mía pero necesitaba registrarme, pedí ayuda un par de veces al notario.

Mónica se queda observando la maleta un segundo antes de cerrarla. Sus dedos recorren la cremallera con un gesto pensativo, y yo me acerco, rozando su mano con la mía. Un hormigueo nervioso me recorre por dentro hasta hacerme estremecer.

—¿Lista? —pregunto dando un vistazo rápido a todo lo que llevamos, incluido el transportín con Amandine.

Ella levanta la mirada y me sonríe con esa calidez que hace que el mundo entero se detenga antes de darme un ligero beso en los labios.

—Más que preparada.

Cargamos la maleta y salimos a la calle. Es una tarde fría, con el cielo teñido de naranja y el aire oliendo a invierno. Pero mientras aguanto la puerta de la calle para que pase, siento la calidez en lo más profundo de mi corazón, y eso me reconforta.

Nos miramos de reojo y, como si nos leyéramos el pensamiento, nuestras manos se entrelazan con naturalidad.

Todo va bien. Todo es perfecto.

Hasta que, de repente, la maleta de Mónica decide traicionarnos. Con un chasquido, una de las ruedas se parte en mitad de la acera provocando que el plástico roce contra los adoquines y la tela de esta se rasgue y se rompa.

Los dos nos quedamos congelados por un segundo, viendo cómo un par de jerséis ruedan calle abajo y su bufanda favorita queda atrapada en el poste de una señal de tráfico.

Mónica suspira con demasiado dramatismo.

—Perfecto. El universo diciéndome que no vuelva.

Yo parpadeo, mirando el caos a nuestro alrededor para después soltar una carcajada. Mónica me mira levantando una ceja y señalando el desastre, pero enseguida se echa a reír también.

—¡No te rías, idiota! ¡Mi ropa está por todas partes! —grita señalando las prendas atrapadas entre los postes y los árboles de la calle.

—¡Es que es demasiado bueno! —confieso agachándome para recoger unos pantalones que han quedado cerca de una montaña de hojas—. Primero nos odiamos, luego nos reconciliamos y ahora esto. Parece una comedia romántica de las malas.

Ella resopla, pero la risa no desaparece de su rostro.

—Más bien un melodrama.

La ayudo a recogerlo todo, doblando las prendas lo mejor que puedo, mientras ella sacude su bufanda con cara de resignación.

—Necesito documentar esto —anuncia sacando su móvil y enfocando el desastre.

—¿De verdad? —Levanto una ceja—. ¿No prefieres fingir que esto nunca pasó?

Sus ojos brillan bajo la luz del crepúsculo.

—Ni hablar. Esto es icónico.

Se agacha junto a la maleta destrozada y me agarra del brazo para que me incline con ella.

—A ver, sonríe, que hay que hacer bien el ridículo.

Pone el temporizador y, en el último segundo, me mira con un brillo travieso en los ojos.

—Espera. Falta algo.

Antes de que pueda preguntar qué, se inclina y me besa.

El clic de la cámara captura el momento justo en el que sus labios tocan los míos.

El beso es rápido, suave, pero queda inmortalizado para la posteridad y con eso tengo suficiente. Cuando nos separamos, Mónica ya está sonriendo como una niña traviesa, mirando la pantalla del móvil.

—Vale, esta es perfecta.

Yo aún estoy procesando lo que acaba de pasar, pero no dejo de sonreír

—¿Lo has hecho a propósito?

Ella se encoge de hombros y pestañea demasiado rápido como para ser inocencia real.

—Quizá.

Y entonces, con toda la naturalidad del mundo, sube la foto a redes con una frase corta pero contundente:

«Nuevos comienzos».

Siento un cosquilleo en el pecho, una calidez que me llena de emoción. No solo por el beso, sino por lo que significa. Por primera vez en mucho tiempo, Mónica y yo estamos avanzando juntos. Aun con la maleta rota y cargándola a peso hasta llegar a nuestra casa, no cambiaría este momento por nada.