Mónica
Desayunos que hacen historia
Mónica
Estoy sentada en una de las mesas junto a la ventana de la cafetería de Cloe, removiendo sin ganas mi café con leche mientras mi hermana ojea por enésima vez los documentos que encontré en la habitación de Guillaume.
Tiene el ceño fruncido y de vez en cuando niega en silencio con la cabeza juzgando todas y cada una de las palabras que hay en esos malditos documentos.
—Emmm… Esto es una locura —sentencia por fin dejando los papeles sobre la mesa—. No me extraña que te enfadaras, pero, con franqueza, me sorprende que no le dieras ni la oportunidad de explicarse. Además de que tener estos papeles se podría considerar un robo.
Levanto la vista y la fulmino con la mirada.
—¿Me tomas el pelo? ¿Tú habrías esperado con calma a que te soltara todo esto después de medio año conviviendo con él?
—No digo que no tengas razón. —Se encoge de hombros levantando las manos en un gesto de paz—. Digo que después de dos meses ignorándolo, igual ya va siendo hora de escucharle.
—¿Y si me sigue mintiendo? Siempre ha sido igual, desde ese último verano. Me engañó.
—Él no te engañó o al menos no lo sabemos. Él se fue.
Aina suspira y se inclina sobre la mesa, bajando la voz como si estuviera a punto de soltar una verdad absoluta.
—¿Y si no te engaña? Hasta donde yo sé te ha estado cubriendo las espaldas para que nadie en redes te echara de menos, incluso yo me creí que seguías viviendo en la finca y no lo estabas haciendo.
Mis dedos aprietan la taza caliente y noto un nudo en la garganta. No quiero responder. Quizás tenga razón, pero no quiero admitir que la he estado cagando, porque no es así. Ocultarme toda esta mierda me hace daño.
—Mónica —su tono es más suave, ahora más comprensivo—, lo que te jode no es que te mintiera sobre su pasado. Pero reconoce que, a pesar de eso, sigues sintiendo cosas por él.
Aparto la mirada y echo un vistazo por la ventana, como si la calle vacía de Valldemossa fuera a salvarme de esta conversación. Pero Aina sigue arremetiendo contra mí y mis sentimientos.
—Lo sabías desde el primer momento en que lo viste otra vez —continúa—. Y estos dos meses te han dolido igual que cuando se fue hace quince años.
Cierro los ojos y suspiro, dejando la taza sobre el platillo con más fuerza de la necesaria. Un pequeño silencio se forma en la mesa cuando de repente algo me sorprende y mi hermana sigue el recorrido de mis ojos. Guillaume acaba de entrar por la puerta de la finca de mi casa.
—Vale, sí. Lo admito —las palabras me queman en la lengua y estoy demasiado cansada para fingir más—. Me ha dolido. Me sigue doliendo. No sé si puedo perdonarlo, pero tampoco quiero vivir con este nudo en el pecho cada vez que lo veo de lejos.
Aina sonríe con satisfacción y se recuesta en la silla con los brazos cruzados.
—Ahí tienes la respuesta, hermanita. Habla con él.
Hace un gesto con la mano señalando cómo se cierra la puerta.
En el fondo no es por él. No todo este berrinche tiene que ver con Guillaume, sino con el resto de mi vida amorosa.
Estoy harta de pasar por desengaños amorosos.
Harta de Ricard, que me puso los cuernos; de Jordi, que me dejó tirada en el aeropuerto justo el día que nos íbamos juntos de viaje a Londres; de Santi, que mientras salía conmigo estaba casado con otra; de Lluís, que me hizo ghosting ; de Joan, que solo quiso divertirse.
Por culpa de todos ellos he sumado un nombre más a la lista, uno que estaba en el número uno y que, aunque me duela, debería quitar de ella.
Quizás haya sido injusta con él. Quizás le haya metido en un saco que no le pertenecía. Quizás él ha cambiado. Pero ¿y yo?
Lo he juzgado como hubiese hecho quince años atrás.
Puede sonar infantil o de niña mimada, pero cuando tu primer amor vuelve a ti y te ilusionas, cuando descubres que él no te ha contado la verdad, a veces pierdes los papeles.
A veces te pasas de dramática. A veces te dejas llevar por esa adolescente que nunca ha tenido suerte en el amor, porque la primera persona de la que se enamoró le jodió el corazón y después de eso todo se ha vuelto en mi contra.
Y es en ese precioso instante en el que me doy cuenta de que me lo he cargado todo por no saber ver las cosas a tiempo.
Nos quedamos en silencio unos segundos hasta que su expresión cambia y me lanza una mirada que no sé si es más culpable o divertida.
—Y… ya que estamos y no te vas, yo también quiero pedir perdón.
La miro con escepticismo.
—¿Por qué?
—Por presionarte tanto con lo de la herencia. Y por meterte prisa con todo. —Junta las manos sobre la mesa y me mira con sinceridad—. Y por haberte mandado cien mil audios gritándote por no estar haciendo nada bien.
Suelto una carcajada amarga.
—Yo también te mandé a la mierda unas cuantas veces.
—No lo niego.
Nos miramos durante un segundo antes de que ambas soltemos una risa liberadora, de esas que alivian tensiones y sanan heridas.
—Vamos a empezar de nuevo, ¿vale? —promete extendiendo la mano sobre la mesa.
La miro con intensidad y luego, con una sonrisa cansada, tomo su mano entre las mías y le doy un leve apretón.
—Vale.
El peso en mi pecho sigue ahí, pero ahora es más liviano. Tal vez sea el momento de empezar a arreglar las cosas de verdad.
—Y ahora, ve —me apremia moviendo la cabeza hacia mi edificio.
—Está bien.
Salgo de la cafetería con el corazón latiéndome con demasiada fuerza y los nervios a flor de piel.
Aina se ha quedado dentro, removiendo su café con aire pensativo y yo apenas puedo procesar todo lo que hemos hablado.
La calle está húmeda por el rocío de la mañana y el aire frío me araña la piel, pero apenas lo noto.
Solo quiero llegar hasta él y plantarle cara.
No sé qué voy a decirle pero lo que sí sé es que para bien o para mal, tenemos que tener esta conversación.
Cruzo la calle con pasos acelerados y entro en mi edificio. A medida que subo las escaleras, las voces que resuenan arriba me hacen detenerme en seco.
Guillaume.
Tardo un segundo en reconocer su voz, porque suena distinta por culpa del eco. Tampoco es la voz confiada e irritante con la que me discutía cada día. Es una voz baja, pausada, con mucha firmeza y seguridad en cada palabra que hace que se me erice la piel.
Con cautela, subo un escalón más y me detengo justo en el piso de abajo. Doña Fina está ahí, en el umbral de su puerta, con los brazos cruzados y un dedo sobre los labios. Me mira con una ceja enarcada y me indica que escuche y calle.
Mi corazón se acelera.
¿Por qué Guillaume está hablando solo?
Contengo la respiración y me inclino un poco hacia adelante para escuchar mejor todo lo que dice.
—Nuestros veranos eran todo lo que tenía —explica Guillaume con un deje de nostalgia en la voz—. Cada año volvía contando los días hasta el siguiente. Era mi única escapatoria. Nuestras escapadas, las risas con la pandilla y las noches de verano al raso contando estrellas.
El aire se vuelve denso en mis pulmones al recordar de nuevo todos y cada uno de esos instantes.
—Pero ese último verano… —Hace una pausa y suelta un suspiro—. No fue mi decisión. No fue lo que quería.
Siento cómo mi corazón se salta un latido.
—Mi padre me dio dos opciones: quedarme y aceptar lo que él quería para mí o irme y no volver nunca.
Sus palabras me hielan la sangre en las venas.
Doña Fina me observa por el rabillo del ojo y sus labios forman una larga sonrisa mientras asiente confirmando todo lo que él dice.
—Pero nunca me olvidé de mis días felices aquí, nunca.
Hace una pausa extensa para coger aire. El tono de su voz está cargado de dolor, de sentimientos, incluso me atrevería a decir que sus lágrimas aparecen tras cada frase que dice.
Y aunque suene extraño, las mías se amontonan en los ojos.
Me escuecen y siento como mi pecho sube y baja con demasiada fuerza.
—Y luego París. —continúa Guillaume—. El conservatorio era todo lo que soñaba y al mismo tiempo todo lo que me aterraba. No encajaba. No era suficiente. Lo intenté con todas mis fuerzas, pero nunca bastaba.
Doña Fina pasa un brazo a mi alrededor para calmar todas y cada una de las emociones que se me amontonan.
—Y entonces llegó ella. —Mi corazón se detiene un segundo—. Sophie… Ella pertenecía al mundo de los instrumentos de viento. Siempre con una palabra amable, su sonrisa eterna y esa dulzura que me derretía el corazón. Me enamoré de ella. Fue mi segundo amor.
Cierro los ojos con fuerza al recordar esos nombres en uno de sus papeles, en un certificado de defunción. Doña Fina me aprieta el hombro con suavidad mientras asiente con la cabeza. Ella sabía toda la historia y nunca me la había contado. Pero eso ahora da igual.
—... pero el cáncer me la arrebató hace un año. No se lo merecía, era demasiado buena.
No sé cuánto tiempo estoy espiando mientras me cuenta lo terrible y duro que fue para él superar su pérdida. Y mucho más cuando en abril se enteró de la muerte de María del Carmen. Entre risas habla de un accidente que tuvo al inicio de un concierto con un teléfono móvil y unas teclas que lanzó.
Me tapo la boca para no reír en voz alta. Pero luego cambia a cuando llegó aquí y nos volvimos a ver. Recuerda todas y cada una de las perrerías mutuas que nos hicimos y no puedo más que sonrojarme al escuchar en voz alta lo idiotas que hemos sido.
—Me prometí a mí mismo que nunca volvería a la finca —continúa Guillaume—. Que nunca volvería a verte, Mónica.
Mi estómago da un vuelco. ¿Por qué dirá eso?
—Porque sabía que si lo hacía, no podría soportarlo.
Siento la presión de las lágrimas en mis ojos, pero no dejo que caigan. Debo subir, dejar de esconderme y confesarle toda mi parte y lo estúpida que he sido.
—Míranos, hablando a través de una puerta. Ni siquiera sé si estás escuchándome. Pero voy a seguir peleando y fingiendo que todo va bien. No quiero que pierdas legalmente la floristería. Todo por lo que has estado luchando durante años. No otra vez. Pero claro, ¿y ahora?
No puedo más. No puedo seguir aguantando cómo se rompe en mil pedazos mientras yo he escuchado todas las explicaciones que necesitaba aquí, escondida entre los brazos amorosos de doña Fina.
Así que termino de subir los peldaños que me quedan de dos en dos hasta llegar a él.
Sentado en el suelo con la espalda contra mi puerta, con los ojos rojos y un mechón largo y rubio de su preciosa melena.
Y no puedo evitarlo, me lanzo sobre él, lo abrazo y le susurro.
—Ahora estoy aquí.