La tienda de las flores pentagrafiadas Guillaume
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Guillaume

Cogiendo fuerzas para la realidad

Guillaume

El aire de la mañana lleno del salitre del Mediterráneo me llena de serenidad, y más porque viene cargado con la promesa de un nuevo comienzo.

Sentado bajo el árbol del cementerio de los malos recuerdos, repaso de memoria todas y cada una de las cosas que llevo días planeando.

Miro el horizonte, dejando que el sol de primera hora me bañe el rostro mientras intento reunir el valor suficiente para hacer lo que debo hacer: ir a casa de Mónica y hablar con ella.

No quiero seguir huyendo ni permitiendo que el orgullo o los malentendidos sigan creciendo entre nosotros.

A mi lado, Sofía se abraza las rodillas, observándome con esa expresión mezcla de ternura y determinación que tanto la define.

—Te estás comiendo demasiado la cabeza —me comenta dándome un leve empujón con el hombro—. Si sigues esperando el momento perfecto, nunca llegará. Solo ve y habla con ella. No es tan difícil.

Suelto un suspiro pasándome las manos por el cabello y ajustando la coleta más fuerte.

—Lo sé, lo sé. Pero ¿y si no quiere escucharme? ¿Y si ya ha decidido que no hay nada que salvar?

Sofía me mira con paciencia y me coloca una mano en el brazo.

—Entonces al menos sabrás que hiciste todo lo posible. Dudo mucho que no quiera escucharte. Has estado protegiéndola todo este tiempo, incluso cuando podrías haber usado su incumplimiento del contrato en tu favor. Eso significa algo, aunque ella ahora esté dolida.

Me quedo en silencio unos segundos. Lo que dice tiene sentido, pero el miedo me sigue oprimiendo el pecho. Sin embargo, no puedo dejar que me paralice por mucho más tiempo.

Me pongo de pie y me sacudo el polvo de los pantalones.

—Vamos. Me llevas en coche hasta allí antes de que me arrepienta.

Sofía sonríe y se levanta también, sacando las llaves de su abrigo.

—Así me gusta. Pero no quiero excusas, Guillaume. Vas a tocar esa puerta y no te vas a ir hasta que hayáis hablado.

—Palabra de pianista.

Nos dirigimos al coche y en el trayecto me dedico a repasar mentalmente lo que quiero decirle a Mónica. Me aferro a la esperanza, a la posibilidad de que tal vez, si hablamos con el corazón abierto, podamos encontrar una manera de seguir adelante. Juntos o por caminos separados, pero sin rencores.

Cuando llegamos, el coche se detiene frente a la puerta de su casa. Trago saliva, intentando controlar el nudo en mi estómago. Sofía me da una palmada en la espalda.

—Suerte. Y recuerda, sin importar lo que pase, ya diste el paso más difícil.

Asiento y con una última respiración profunda, me bajo del vehículo y me dirijo a la puerta. Levanto la mano y golpeo con los nudillos.

Unos segundos de silencio que me parecen eternos.

Nadie abre la puerta, pero me ha parecido oír pasos detrás, así que con ganas de que me escuche de una vez, me siento con la espalda apoyada en la madera y empiezo un monólogo con todo lo que debía decirle.

—Sé que estás ahí, Mónica. O tal vez no. Quizás me equivoqué y solo fue el sonido de Amandine, pero si estás ahí necesito hablar contigo. Si de algo me he dado cuenta en estos meses es que necesito decir lo que siento, aunque no tenga respuesta.

Respiro hondo, me paso una mano por el pelo y apoyo la cabeza en la puerta.

—No sé por dónde empezar. Quizás por lo obvio: lo siento. Lo siento por lo de ese día en el calabozo, por no haberte llamado a ti primero y por haber confiado en Adrián, pero no entiendo qué ha podido pasar después de aquello. No sé si puedo arreglar eso, pero me gustaría intentarlo.

Me río, aunque sin ganas. Solo porque los nervios me hacen actuar así.

—¿Sabes? He estado vendiendo abetos. Nunca pensé que terminaría haciendo algo así, pero confesaré que me ha gustado.

La gente se lleva los árboles a casa con una sonrisa, los niños corretean entre las ramas y se llenan de resina las manos.

No tenía ni idea de que este tipo de cosas me harían sentir…

bien. Pero no quiero hacerlo solo. No quiero que todo esto se convierta en una costumbre sin sentido si no estás tú para compartirlo.

Paso una mano temblorosa por la tela de mi abrigo antes de poner las piernas como los indios y cambiar la postura.

—He estado viendo nuestras series, mejor dicho, reviendo los capítulos de nuestras noches de maratón.

Sé que suena ridículo, pero me aferro a esos pequeños hábitos como si pudieran traer de vuelta lo que teníamos.

Puse dos tazas de café, dejé tu lado del sofá libre…

—Hago una pausa cuando las imágenes me vienen a la cabeza y las lágrimas empujan por salir—.

Me sentí un completo idiota cuando terminé de ver un capítulo y no pude discutirlo contigo.

Ahí me di cuenta de cuánto te echo de menos.

No solo en la tienda, no solo en la casa.

A ti. A tus bromas sarcásticas, a tu manera de organizarlo todo, incluso a las peleas absurdas sobre qué tipo de flores combinan mejor. A todo.

Tomo aire de nuevo. Quiero decirle tantas cosas que siento que me voy a ahogar con ellas.

—Mónica, no sé si esto se puede arreglar.

No sé si me vas a abrir la puerta o si mañana seguirás sin hablarme.

Pero quiero que sepas que estoy aquí. Que no me voy a rendir.

Que pase lo que pase con la herencia, con la tienda, con lo que sea, lo único que de verdad me importa es que podamos volver a ser un equipo.

Aunque sea desde el principio, empezar de cero.

El silencio me responde. Un silencio denso, impenetrable. Pero no me muevo.

—No hace falta que digas nada —murmuro poniéndome en pie con un suspiro—. Sé que soy patético y quizás creas que soy un cobarde por no haber venido antes a tu puerta.

Me deshago de todos mis sentimientos, me desnudo por completo ante la nada. No sé si estará escuchándome al otro lado, pero suelto todos y cada uno de mis sentimientos por ella.