La tienda de las flores pentagrafiadas Mónica
90%

Mónica

Mi hermana se presenta sin avisar

Mónica

Me despierto de golpe en el sofá, con el cuello entumecido y la boca pastosa.

Ayer me debí de quedar dormida a las tantas mientras veía un capítulo de ese programa sobre cosas paranormales.

He pasado una noche de perros, sé que he tenido un montón de pesadillas y que me despertaba pero al poco volvía a quedarme dormida dejándome con un mal sabor de boca.

Escucho cómo alguien está aporreando la puerta con insistencia para que a los dos segundos los gritos de mi hermana y los niños retumben al otro lado como si fueran a derribarla.

—¡Mónica, abre de una vez! ¡Sabemos que estás ahí!

Parpadeo aturdida y me paso la mano por la maraña de pelos enredados. Me cuesta recordar en qué día estoy, en qué momento de la vida me encuentro. Pero el batiburrillo de voces al otro lado de la puerta me empuja a levantarme de mala gana y abrir sin pensarlo demasiado.

Aina entra hecha un basilisco sin darme tiempo ni a reaccionar. Va escupiendo palabras atropelladas y gesticulando con las manos mientras los niños se cuelan tras ella y se esparcen por la sala sin pudor.

—¡Pero bueno, Mónica! ¡Eres la persona más irresponsable que conozco!

—Pero ¿qué...? —mascullo tratando de entender de qué va todo esto.

Al cerrar la puerta, me fijo en el reflejo que da mi imagen contra el espejo de la entrada y reconozco que doy asco.

Unas enormes sombras oscuras se dibujan bajo mis ojos, el cabello parece un nido de pájaros y el pijama está enredado alrededor de mi cuello.

Estoy segura de que si levanto el brazo hasta huelo a choto, pero por un instante recobro la cordura y no lo hago.

—He hablado con Guillaume —me suelta, y la sangre se me hiela en las venas—. Me ha dicho que estás aquí porque viniste a buscar unas cosas que te habías dejado.

Me quedo estática, siento como si un cubo de agua fría me hubiese caído encima.

—¿Qué? —es lo único que consigo decir mientras me acerco al sofá.

—¿Se puede saber a qué huele aquí? Esto hay que ventilarlo, ¿eh?

—se queja Aina mientras abre la ventana antes de proseguir y se cruza de brazos—¡No me habías dicho nada de que habías estado enferma, Mónica!

¡Y resulta que has estado con gripe y por eso no subías contenido!

¡Todo este tiempo lo ha estado haciendo él!

Me quedo boquiabierta. No solo no le ha contado a mi hermana que me he ido de casa e incumplido el trato de la herencia, sino que encima Guillaume ha cubierto mi ausencia con una mentira que ni yo misma sabía.

—¡Es que ni para avisarme, ¿eh?! —Aina sigue despotricando—. ¡Menos mal que he hablado con él! Si no, seguirías aquí aislada, sin que nadie supiera nada de ti. ¡Por Dios, Mónica!

—No es tan grave, Aina —empiezo a decir, pero ella me interrumpe con un ademán de la mano.

—Da igual. ¡Los niños y yo nos quedamos aquí la semana del puente! Y para Navidad también venimos. Sin Lluc.

Me froto la cara con ambas manos, sin poder creerme lo que estoy escuchando.

Estoy demasiado cansada para procesarlo todo.

Pero lo que más retumba en mi cabeza es la mentira de Guillaume, su extraña protección hacia mí cuando habría tenido todas las razones del mundo para delatarme y quedarse con la finca.

¿Por qué lo ha hecho?

Me dejo caer en el sofá, sintiendo que mi mundo se desmorona aún más y sin saber qué hacer con la información que acaba de aterrizar sobre mis hombros.

En ese instante, cuando mi hermana carraspea, caigo en que han venido los cuatro solos y en la aclaración de su última frase. Frunzo el ceño y la miro con confusión.

—¿Y Lluc? —pregunto, esperando que me diga que vendrá en unos días o que ha decidido quedarse en casa.

Aina se remueve en el asiento y al principio intenta decirme que está de viaje por negocios, pero su voz suena tensa, falsa. Algo no encaja. Antes de que pueda soltar otra mentira, le levanto una mano.

—Espera un segundo.

Me levanto sin esperar respuesta y llamo a los tres monstruitos que tiene por hijos. Aparecen correteando desde mi habitación. Les dedico mi mejor sonrisa y les paso un brazo por encima de los hombros.

—Vamos a hacer un trato —les digo en voz baja, inclinándome hacia ellos—.

Vais a bajar a casa de doña Fina y le vais a contar qué tal os ha ido el inicio de curso.

Le encanta escuchar cuentos de valientes caballeros y príncipes traviesos que van a primaria.

Luego, cuando terminemos, os contaré un secreto superimportante.

Los tres intercambian miradas cómplices y asienten al unísono antes de salir disparados escaleras abajo. Sus risas se pierden por el pasillo y cierro la puerta con un suspiro, aliviada por haber conseguido un poco de privacidad.

Cuando regreso al salón, Aina está mirando por la ventana con una taza de café entre las manos, sin beber.

Ni siquiera sé cuándo se la ha hecho ni si es la que dejé hace un par de días sobre la mesa desordenada del comedor.

Se la quito con suavidad y la empujo para que se siente en el sofá.

Luego me acomodo a su lado, dejando que el silencio se instale entre nosotras por un momento.

Su mirada no es la misma de siempre, hay un brillo extraño en ella.

Se la ve agotada, como si no hubiera dormido en días.

—Dime la verdad.

Ella aprieta los labios, pero al final deja escapar un largo suspiro y hunde la cara entre las manos.

—Mi vida perfecta se ha ido a la mierda —susurra con la voz temblorosa.

Espero sin interrumpirla. Aina nunca ha sido de las que muestran su vulnerabilidad con tanta facilidad, y si está aquí, es porque ha tocado fondo.

—Lluc tenía varias amantes —confiesa al fin con la voz rota mientras sorbe la nariz—. Desde hacía un tiempo. Me lo contó una de ellas, porque, según él, yo tenía derecho a saberlo.

Siento un escalofrío recorrerme la espalda, pero no digo nada y la dejo continuar.

—Y por si eso no fuera suficiente, lo despidieron hace meses. Pero no me lo dijo, claro. En vez de eso, se lo ha pulido todo en el juego. Todo, Mónica. Nuestros ahorros, el dinero de los niños, incluso el fondo de emergencia.

Aina deja escapar una risa amarga y se pasa las manos por la cara. Está temblando y yo solo puedo mirar con los ojos muy abiertos, tratando de procesar todo lo que acaba de soltarme de golpe. Y aunque ella es la mayor de las dos, por un instante parece que empequeñece a mi lado.

—¿Por qué no me lo contaste antes? —pregunto en voz baja.

—Porque soy una idiota —responde con un suspiro tembloroso—. Porque durante un tiempo intenté convencerme de que podíamos arreglarlo, de que si hacía terapia o si hablábamos las cosas, podría cambiar.

Suelto un bufido, pero me contengo. No quiero que se cierre en banda ahora que está abriéndose conmigo. Las dos sabemos de sobra que esa situación no se puede arreglar de un día para otro. Cuando alguien toca fondo y lo hace de verdad, salir de ese pozo es la tarea más complicada del mundo.

—Hace un par de semanas llegó borracho a casa —continúa en voz baja—. Los niños lo vieron. Me puse furiosa, le grité que se fuera y lo denuncié. Tenía miedo.

El aire se me queda atrapado en los pulmones.

No puedo ni imaginarme lo difícil que habrá sido para ella toda esta situación y lo que más me jode es que por mantener ese rictus de mujer perfecta y que nadie se entere de sus mierdas, me haya apartado de su vida.

Claro que yo he hecho un poco lo mismo al no contarle lo de Guillaume, pero eso es otro cantar.

—He pedido el divorcio —confirma con la mirada fija en la nada—. Necesitaba irme de allí. Necesitaba pensar, tomar espacio, alejar a los niños de toda esta mierda.

Asiento despacio, intentando digerir la información. Nunca imaginé que la vida de Aina pudiera desmoronarse de esta manera. Siempre la he visto como la fuerte, la que tiene todo bajo control. Verla así, rota y perdida, me parte el alma.

—Vamos a salir de esta —le digo al fin tomándole la mano con fuerza.

Ella me mira con los ojos vidriosos y me aprieta los dedos.

—Gracias, Moni.

Por primera vez en mucho tiempo, siento que mi hermana me necesita.

—Tengo una idea. —La miro con picardía.