La tienda de las flores pentagrafiadas Guillaume
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Guillaume

Diciembre y sus planes navideños

Guillaume

Para cuando llega diciembre, ya sé formar ramos a la perfección y he organizado un nuevo concierto para Navidad, ya que el de octubre —a pesar de que Mónica no estuvo—, fue todo un éxito.

Las flores de invierno tienen un encanto discreto, menos ostentoso que las de primavera, pero igual de precioso. Las coronas de acebo, los ramos de abeto y las poinsettias rojas llenan la tienda de ese aroma fresco y leñoso que me recuerda a las navidades de mi infancia.

No sé nada de Mónica. Ni una llamada ni un mensaje.

Y cuando me la he encontrado por la calle, se ha dado media vuelta dándome a entender que no quiere saber nada de mí.

El vacío que deja su ausencia es como una herida mal cerrada, una punzada que aparece en los momentos más tontos: cuando preparo dos cafés por inercia, cuando pongo nuestra serie y dejo la manta a su lado del sofá, por si acaso.

A veces, incluso subo una foto a la cuenta conjunta que intento mantener viva para que Aina no se entere del incumplimiento y se cargue la parte de herencia que le toca a Mónica.

Además, para mí es una manera de seguir estando ahí, de no perderla del todo y con la ilusión de ver algún día que ha dado un «me gusta» o ha visto alguna historia.

Es patético, lo sé, pero no pierdo la esperanza.

Hoy toca abrir la tienda y empezar a vender los abetos para que la gente pueda montar su árbol de Navidad.

No tengo ni idea de si esto es algo que Mónica habría hecho o si, por el contrario, estoy arruinando todo el concepto de la floristería que ella soñó.

Pero siento que debo hacerlo por el bien del pueblo, porque la tienda tiene que seguir respirando aunque uno de sus pulmones esté fuera de combate.

La mañana empieza fría, con una brisa que corta las mejillas, y mientras coloco los abetos en la entrada, doña Fina aparece con su bufanda de lana y su boina verde. Me mira por encima de las gafas con esa mezcla de compasión y severidad que solo ella sabe manejar.

—Ya era hora de que pusieras un poco de espíritu navideño, muchacho —comenta dando un golpecito a un abeto con su bastón—. Pero estos pobres están más torcidos que mi espalda.

Hace un par de semanas fue al médico de cabecera porque se encontraba insegura, claro que a sus casi setenta y nueve años quién no. Le recetaron el bastón antes de que se fracture la cadera.

—¿Dónde está Mónica? Ella sí sabría cómo alinearlos.

Aguanto el golpe como puedo y sonrío, aunque siento que mi estómago se encoge.

—Está… ocupada —respondo poniéndome a erguir los árboles y evitando sus ojos.

—¿Ocupada? —repite con ese tono que deja claro que no se lo traga—. No sé qué ha pasado entre vosotros, pero más os vale arreglarlo. Las flores no crecen bien con corazones marchitos.

Su comentario me deja sin palabras. Solo atino a asentir con la cabeza mientras ella se pierde calle abajo.

—¿Usted no ha hablado con ella estos últimos días? —le pregunto siendo cauteloso de no mostrarme demasiado efusivo con mi preocupación y mi delirio personal.

—¡Ai, cariñet ! Nuestra chica es más cabezona que una colla de capgrossos . —Resoplo una sonrisa al recordar cuánta razón tiene—. Pero ten en cuenta que esta herencia debéis lucharla los dos o si no…

Sus palabras me caen como un jarro de agua fría, pero es cierto, no podemos seguir así.

—No irá a los juzgados a denunciarnos, ¿no? Ya tuve suficiente con ese día en el calabozo.

El cual, por cierto, me llevó a tener que acondicionar la trastienda con material que redujese la acústica para poder seguir con mi piano.

—Soy demasiado vieja para saber lo que tengo que hacer, pero tú demasiado idiota.

Y ahí debo darle la razón, pero tengo miedo.

Claro que he intentado acercarme a Mónica, la he llamado —aunque ahora hace días que no lo hago—, le he dejado mensajes, incluso me he intentado pasar por su casa unas cuantas veces…

Pero cada vez que hago un movimiento para acercarme, o ella me da la espalda o mi ansiedad hace que dé un paso atrás.

—Ten cuidado, hijo. Valldemossa es demasiado pequeño y nos gusta demasiado el chisme.

En cuanto doña Fina se va, y mientras preparo una corona de acebo para una clienta, Adrián me manda un mensaje.

«¿Has pensado en lo que te dije? Lo del concierto solidario en honor a Jordi. Podría ser una forma de cerrar ciclos. Dime alguna cosa».

Me quedo mirando el móvil, dándole vueltas a la idea. Un concierto solidario. Una oportunidad para hacer algo grande, para que la música vuelva a tener sentido. Para demostrarme que todavía puedo hacerlo bien, aunque ahora mismo sienta que todo a mi alrededor se ha desmoronado.

Debería contárselo a Mónica, decirle todo lo que estoy haciendo y no puedo dejar pasar más tiempo del necesario.

Unas noches más tarde, estoy sentado en el sofá comiéndome unos fideos chinos que he pedido a domicilio.

La mesilla de centro está repleta de notas adhesivas con todo lo que creo que debo decirle a Mónica.

También tengo el portátil abierto en videollamada con Adrián y Sofía, que observan el caos de papelitos con una mezcla de diversión y escepticismo.

—Vale, tío, explícame esto otra vez —recapitula Adrián ajustando la cámara—. ¿Por qué hay una nota que solo dice «Lo siento por lo que sea que haya hecho»?

Sofía se ríe al otro lado de la pantalla y asiente.

—Sí, ¿eso qué significa? ¿No tienes ni idea de qué hiciste mal?

Suspiro y revuelvo los fideos con los palillos.

—Exacto. No lo sé. No sé qué hice para que me evitara durante todo este tiempo. No sé si ha sido por el arresto, porque conoció a alguien ese fin de semana, porque se cansó de mis desayunos fallidos… Así que mejor cubro todas las bases, ¿no?

—Qué desastre, de verdad —murmura Sofía mientras se estira en su sofá con una manta sobre las piernas—. A ver, repasemos las otras. Esta de «Propuesta amistosa de tregua y cena» me gusta. No es demasiado insistente.

—Sí —coincide Adrián—. Pero la de «Tenemos que hablar sobre la continuidad de su floristería» suena un poco a «tu negocio se va a pique y no sé cómo cubrirte las espaldas ni para qué lo estoy haciendo».

Ruedo los ojos y aparto los restos de la cena.

—No quiero que crea que intento imponerme, pero tenemos que hablar sobre el negocio. No puedo seguir fingiendo que todo va sobre ruedas.

—O que no la echas de menos —interviene Sofía con tono pícaro.

—Eso no hace falta decirlo —respondo con una sonrisa cansada—. Lo peor es que cuando me la encuentro, huye. No me deja ni acercarme.

Adrián resopla.

—Por eso tienes que ir a verla en persona. Las notas están bien, pero si te da con la puerta en las narices, no van a servir de nada.

Asiento con un movimiento exagerado de cabeza mientras la ansiedad crece en mi pecho.

—Mañana voy. Sea como sea.

—Entonces tienes que preparar bien el discurso —sentencia Sofía, con tono de coach motivacional—. Nada de divagar. Ve al grano, sé sincero y, sobre todo, no la presiones.

—¿Tienes algo planeado para Navidad? —pregunta Adrián—. Quizás si le cuentas lo del concierto, se anime.

—Lo pensé, pero no quiero que crea que la estoy manipulando para que venga.

Si viene, quiero que sea porque quiere, no por compromiso.

—Me froto la frente desesperado por ver toda la montaña de cosas que debía decirle y que no he hecho por ser un maldito cobarde—.

Además, no tiene ni idea de la muerte de Jordi y siento que ya ha pasado demasiado tiempo.

Sofía suspira con un aire soñador.

—Mira que eres adorable cuando te pones así. Guillaume, el romántico incomprendido.

Adrián suelta una carcajada.

—A ver si esta vez no acabas en la cárcel por intentar hacer lo correcto.

Pongo los ojos en blanco, aunque no puedo evitar reírme.

—Esa es la meta. Hablar con Mónica sin acabar arrestado..

Nos despedimos entre bromas y la promesa de actualizarlos mañana por la noche sobre cómo va todo.

Cuando cierro el portátil, miro la mesa llena de notas y suelto un suspiro largo.

Mañana puede salir bien o fatal, pero al menos lo voy a intentar.

Recojo los papeles y escojo solo los que en realidad quiero decirle.

No hay garantía de que Mónica me escuche, pero al menos sabrá que sigo aquí, dispuesto a hablar.