Mónica
Manteniendo la cordura a veces
Mónica
Dos meses. Eso es lo que llevo de incumplimiento del contrato de la herencia. Dos meses enteros sin pisar la finca. Sin oler las flores recién cortadas. Sin escuchar las notas del piano de Guillaume colándose por las rendijas del suelo. Dos meses en los que lo he perdido todo.
Y no estoy enferma. Lo que estoy es harta.
Harta de que Guillaume me engañe, me oculte cosas y, al final, se salga con la suya.
Eso es lo que me pasa. Que estoy hasta los cojones de que siempre tenga que salir ganando él en todo.
Pero esta vez las cosas son distintas a hace quince años, esta vez he sido yo la que ha tomado la decisión.
Me he quedado en mi antiguo piso. Como lo dejé para que se viniese Aina a hacer de niñera, todavía conserva los muebles y todo lo necesario.
Pero se ha quedado en este limbo extraño entre lo que era y lo que iba a ser.
Sé que esconderme aquí no va a devolverme a mi antigua y calmada vida, como tampoco va a solucionar todos los problemas que tengo ahora.
Ahora necesito cerrar los ojos y dejar de existir por una temporada.
Llevo un mes mintiendo a Aina, diciéndole que estoy replanteándome las cosas, que quizás tiene razón y que debería hablar con un abogado para reclamar el total de la herencia por lo del arresto, como también le digo que sigo en la finca con Guillaume.
Aunque por dentro siento que cada vez que lo menciono, una parte de mí se encoge, como si le estuviera traicionando.
Me jode tener este doble pensamiento con él, que no se merece nada.
Llevo un mes escondiéndome de Sofía, que no deja de mandarme mensajes de audio, unos furiosos, otros rogándome que la llame.
—Mónica, por favor, ¿qué coño te pasa? Dime algo, lo que sea. Me tienes preocupada, tía. No puedes desaparecer así —berrea en uno, y noto su voz rota entre la desesperación y la rabia.
Otro, más suave, con el sonido de un vaso chocando contra una mesa de fondo:
—Nena, de verdad, te echo de menos. Llámame. Solo quiero saber que estás bien.
Y el último, el que más me duele.
—Si no quieres hablar de él, no lo hagas. Solo quiero saber que sigues ahí.
Me trago las lágrimas y dejo el móvil boca abajo. No puedo escuchar nada más. No quiero. Todo me recuerda a él, a sus mentiras, a sus traiciones. Estoy harta.
También llevo un mes ignorando a doña Fina, que ha venido tres veces a mi puerta, la primera con la excusa de traerme un poco de caldo casero, la segunda diciendo que había visto una luz rara encendida en la finca y me daba una alarma comprada en el chino.
—Por si era algún ladrón, niña, que nunca se sabe.
La tercera y última vez, llamándome egoísta en toda la cara.
—No sé qué demonios le habrás hecho al pobre muchacho, pero está hecho un trapo —me espeta con los brazos cruzados y esa mirada suya que parece capaz de taladrar paredes—.Tú aquí, encerrada, como si con eso se arreglara algo.
—Doña Fina, por favor, no es asunto suyo —le respondo intentando sonar firme aunque mi voz tiembla un poco.
—¿Ah, no? Pues que sepas que a los ojos de todo el pueblo sí que lo es.
¡Están diciendo que lo has abandonado porque ha estado en la cárcel!
—suelta, y noto un pinchazo en el pecho—.
¿Sabes lo peor? Que él no dice ni pío. Ni una mala palabra sobre ti.
Solo baja la cabeza y sigue tocando ese condenado piano como si le fuera la vida en ello y salvándote el negocio de las plantas. Egoísta, más que egoísta.
La puerta se cierra antes de que pueda responder. Me quedo ahí, con la espalda apoyada en la madera, resbalándome hasta el suelo.
Un mes. Y cada día se siente más pesado que el anterior.