La tienda de las flores pentagrafiadas Guillaume
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Guillaume

Melancolía

Guillaume

Desde que Mónica se fue, volví a aporrear las teclas del piano.

No hay mejor forma de decirlo. No toco. No interpreto. No compongo con arte. Golpeo. Maltrato. Descargo sobre las teclas toda esta mierda que se me acumula dentro como una tormenta que no acaba de estallar.

Las primeras noches fueron las peores. Me sentaba con el whisky en la mano, todavía vestido, sin siquiera encender las luces. Solo la silueta negra del piano brillando contra la ventana como un animal dormido. Me obligaba a sentarme. A enfrentarme a ello. A dejar que hablara por mí.

Y lo hizo.

Lo sigue haciendo.

En más de mes y medio, he compuesto la sinfonía más amarga, hermosa y desquiciada que he parido nunca.

Una armonía en cuatro movimientos. Cada parte, una etapa.

El desconcierto de su marcha, la rabia de no entender por qué.

La tristeza de sus ausencias por la casa.

La ternura de los recuerdos. El vértigo de haberme enamorado de ella cuando ya era demasiado tarde.

Lo toco cada día. A veces más de una vez.

A veces en plena madrugada, cuando todo el pueblo duerme.

Suerte que insonoricé la habitación en cuanto salí del calabozo.

No la he grabado. No la he escrito en partitura.

No quiero que exista más allá de este piano.

Es... mía. Es de Mónica. Es este desastre silencioso que me consume.

Por eso cuando alguien me interrumpe, gruño como un animal herido.

—¡Guillaume!

La puerta de casa se abre de golpe. Sofía. Claro. Habíamos quedado.

—¿Dónde estás? —me llama desde la entrada, mientras se sacude la chaqueta con energía.

Yo no respondo. Estoy en la trastienda, con las manos aún sobre el piano, la espalda tensa y los ojos cerrados.

—¿Guille? —Entra por fin y se detiene al ver mi expresión cruzándose de brazos—. ¿Has dormido algo?

Niego. No tengo fuerzas ni para mentirle.

—¿Sigues con la sinfonía esa?

—No es «la sinfonía esa» —mascullo sin apartar la vista del teclado—. Es lo único que mantiene mi cabeza en su sitio.

Sofía se acerca y se sienta a mi lado, en el borde de la banqueta. Me estudia un momento, ladeando la cabeza.

—¿Puedo escucharla?

—No.

—Guillaume...

—Es demasiado personal.

—¿Demasiado personal para mí? ¿Para la persona que lleva más de un mes haciéndote de terapeuta, soporte emocional y niñera de gatos?

Suspira y se deja caer más cómodamente.

—¿Vas a contarme qué demonios pasó entre vosotros o solo vas a seguir componiendo como si fueras Chopin con resaca?

A pesar de todo, suelta una risita, y eso consigue arrancarme una sonrisa torcida.

—No lo sé. No sé qué pasó. No sé qué hice mal. Me dejó una nota que decía «ni me llames» y desapareció. No contesta al móvil. No abre la puerta. Doña Fina dice que parece un fantasma.

—¿Y no has intentado hablar con ella?

—Cada día. —Me paso las manos por la cara—. Cada vez que llego a su portal, me paralizo. Me imagino el rechazo. Me imagino que abre la puerta y me mira con esa frialdad. No podría soportarlo.

Sofía me da un golpecito en el brazo.

—¿Sabes qué creo? Que tanto tú como ella estáis igual de rotos y asustados. Pero a diferencia de ti, ella ha decidido esconderse. Tú al menos has hecho algo maravilloso con ese dolor.

Miro el piano. La sinfonía. Mi confesión escondida en cada nota. Es cierto. Esto es lo único que tengo ahora que habla de ella sin que me destruya.

—¿Quieres saber lo que significa?

—Claro.

—La primera parte es confusión. Todo empieza con un tema suave, casi ingenuo.

Como si todavía creyera que era posible explicarlo todo con palabras.

Después el tema se quiebra, entra un ritmo que imita sus pasos por la casa, pero se alejan, se apagan.

Y entra la rabia. Es el segundo movimiento.

Más disonante. Las notas se pisan, se gritan unas a otras.

Como yo con el espejo cada mañana. Como los porqués sin respuesta.

Sofía se queda en silencio, sus ojos se han suavizado.

—La tercera parte —trago saliva— es el recuerdo. Casi toda en pianissimo . Melodías que aparecen como ecos. Como si ella estuviera aún aquí. A veces me sorprendo viéndola entrar en la cocina. Escuchando su voz en la habitación de al lado.

—¿Y la última parte?

—Es la que aún no sé cómo terminar. —Me miro los dedos. Están rígidos de tanto tocar—. No sé si este dolor se resuelve en esperanza o si termina de romperme.

Antes de que pueda responder, mi teléfono suena. Miro la pantalla.

Aina.

—¿Quién es? —pregunta Sofía al ver mi cara.

—La hermana de Mónica.

—Cógelo —murmura mientras le doy al botón verde y lo llevo a mi oreja.

—¿Sí?

—Guillaume, hola. Perdona que te moleste a estas horas —la voz de Aina suena tensa, directa—. Llevo una semana sin saber nada de Mónica. No me responde los mensajes, no devuelve las llamadas. Me estoy empezando a poner de los nervios. ¿Sabes algo? ¿Le ha pasado algo?

Cierro los ojos. Sofía me observa en silencio.

—Aina, está aquí. Bueno, estaba. Se fue hace más de un mes, casi dos para ser exactos. Yo tampoco sé nada desde entonces. He intentado contactarla pero...

—¿«Se fue»? ¿Cómo que se fue?

—Tuvo un... una crisis. El fin de semana que salió con Sofía, a la vuelta pasó lo del calabozo y se fue. Me dejó una nota.

Al otro lado del teléfono, Aina suspira con rabia.

—Joder. ¿Nadie ha hecho nada? ¿No la has buscado?

—He ido a su antiguo piso mil veces. Doña Fina me ha dicho que la ha visto, que está ahí. No abre la puerta. Estoy preocupado. Más de lo que puedas imaginar.

Hay un silencio largo.

—Voy a coger el primer coche de línea de mañana. No puedo quedarme de brazos cruzados.

—Hazlo. Quizá contigo...

—¿Y tú? ¿Qué vas a hacer tú?

No sé qué responder. Me miro las manos. El piano. Las teclas negras y blancas manchadas de mi desesperación.

—Voy a hacer lo que pueda.

—Haz más. No desaparezcas como la última vez —concluye Aina con un deje de dolor antes de colgar.

Sofía me mira.

—¿Qué vas a hacer?

Trago saliva. Respiro hondo.

—Voy a terminar la sinfonía.

—¿Y después?

—Después voy a tocarla para ella. Aunque no me escuche. Aunque no esté. Voy a tocarla en la tienda, con las puertas abiertas, y si le llega el eco aunque sea por una rendija, quizá... quizá recuerde que todavía hay algo entre nosotros que no se ha roto del todo.

—Eres un romántico.

—O quizás solo reúna el valor para llamar a su puerta.

—Eso me parece bien. —Hace una pausa pasando una mano por mi espalda—. Yo voy a preparar la cena mientras, ¿te parece?

Asiento mientras me deja solo de nuevo. Y esa noche, por primera vez en mucho tiempo, me siento frente al piano y empiezo a escribir las últimas notas.